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lunes, 26 de marzo de 2012

Pregones

Ahora que hemos escuchado la casi totalidad de nuestros pregones, de nuestras presentaciones, de cuantas piezas de literatura cofrade se disertan en la ciudad (y no son pocas), me golpea en la cabeza el sentido de estas exaltaciones y el aprecio cada vez menor que se les destina a los partos de versos y textos que algunos son capaces de fabricar sumándose al teorema de hacer de nuestra Semana Santa algo mejor y con más raciocinio, o simplemente utilizando las armas disponibles para hablar de Dios y con Dios.


Cuando se producen tantas citas de este tipo y se nos concita a tantos actos del estilo, está claro que ha de haber de todo en la “Viña del Señor”. No se agotan las ideas, sino las personas capaces; no se cae en la sequía creativa sino en la reiteración. Hay muchos pregones, quizás, pero no lo veo como algo malo. Simplemente hay que buscar a quien de verdad puede encaramarse a un atril para decir lo preciso en cada momento. Y cuando una Hermandad, por ejemplo, se ve en la tesitura de convocar la edición número treinta (que las hay) de su Pregón, o de su Presentación de Cartel, empiezan a escasear las personas capaces y se le da el texto al primero que pasa por la puerta de la Casa de Hermandad.

Ninguna Cofradía deja al albur no ya la elección de un orfebre o de un bordador, sino el de un arte tan efímero como el de la literatura cofrade, la vestimenta. Ninguna Cofradía deja en manos del hermano con buena fe y mucho tesón la responsabilidad de aderezar su bendecida Imagen, menos aún de componer una marcha. Pero sí de pronunciar un pregón, sí de confeccionar un texto que distanciándose de la homilía y de la proclama sea instructivo, exaltador, poético, al menos lírico y capaz de sugestionar. Que pueda publicarse para que años después tenga vigencia su mensaje, sea capaz de mantener intacta su capacidad de emocionar y desvele compromisos de fe.

Si algo me molesta es que los pregones y presentaciones de cartel se han convertido en un acto que hay que convocar por tradición y que pasa indefectiblemente por un mero trámite dirigido por cualquiera y al que hay que añadir algo tan demoledoramente frustrante como una banda... no por la banda en sí, sino porque de esa manera se consigue llenar más el auditorio, convencida la organización del escaso tirón que tiene el pregón, el pregonero, ambas cosas, o simplemente porque los datos de asistencia, a veces, mandan más que el simple y rotundo hecho de la convocatoria de la exaltación.

Las bandas tocan repertorios que en ningún caso son exclusivos; marchas que no están dedicadas ex profeso para ese día y para ese evento y que crean una confrontación en el devenir del pregón o de la presentación: acuden como “teloneros” del orador pero se llevan el protagonismo no de este, sino de su palabra. Porque el pregonero no es el centro de atención, sino el acto para el que él se ha puesto al servicio, prestando creatividad y voz. ¡Que nadie se le olvide eso!

Hay que sentar cuanta más gente mejor en los bancos de la Iglesia o las localidades del teatro; hay que llenar, aunque sea a costa de una Banda. Los que van a ver a la formación musical, no en el pregón. Ni osan pasar al interior hasta que este no ha terminado. O en su defecto, abandonan la sala si es que los músicos han participado antes. Al contrario, los músicos aguardan en la puerta también. Y al final, la Hermandad que ha convocado a un pregón, organiza un acto complejo y sin sentido donde lo menos importante es la declamación literaria, todo sea por llenar.

Hasta que a más de uno, se nos ponga la nariz como el Tajo de Ronda... Al tiempo. 

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