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lunes, 12 de marzo de 2012

Palmadas en la espalda

Te lo mereces; y por eso la Hermandad, tú Hermandad, decide darte este homenaje. Público, reconocido, entregado, sentido, multitudinario... Porque ya sabemos todos que en efecto, tu esfuerzo, tu cooperación, tu dinero, ha buscado siempre que un día, como este quizás, te demos este premio. No. Que no. No se trataba de sentirte en tu casa de Hermandad como en tu casa familiar. De saber que contabas con éstos, como verdaderos hermanos, de que la fe moviera las montañas que van de tu corazón al Altar y viceversa. No, no y no. Se trataba de eso precisamente, de recibir un premio, de la palmada en la espalda.

O mejor aún. Te hablo ahora a ti. Anónimo. Desconocido. No estarás llamado jamás a dar un pregón, a figurar entre los hermanos oficiales y señores de Junta de Gobierno, a encaramarte a un atril, a custodiar los bienes de la hermandad como si tuyos fueran, a vestir el negro de capataz, a ser entrevistado por los medios. Y no mereces que nadie se te acerque a ese último rincón de la esquina derecha de la Iglesia, a aquel recoveco lindero con la pila del agua bendita desde donde se ve un resquicio de los brazos en cruz de tu Señor, un trocito del manto que se ase a la mejilla derecha de tu Madre. ¡Y no tendrás nunca la placa, la medalla de oro, la cena y la palmada en la espalda, porque a fin de cuentas, tú estas aquí hoy, mañana y al otro.

Dos historias y dos realidades. Yo el primero como acusado. ¿Hacemos los cofrades las cosas porque nos mueve primero la fe y luego el sentimiento de pertenencia a un colectivo donde en efecto somos hermanos e iguales? ¿Las hacemos revestidos de una falsa modestia que esconde la cara cierta y amarga de una Hermandad?

Hace unos años, los señores, los ilustres, los próceres, ingresaban en una Cofradía dándole nombre y prosapia, lustre y etiqueta a la Hermandad. Hoy, las hermandades dan nombre a los hermanos; he lidiado con cofrades que se han hecho una tarjeta especial donde, bajo su nombre y apellidos, podía leerse: “Hermano Mayor”, en una desmedida actitud que desde luego echa a perder todo el sentido de las instituciones públicas de la Iglesia. He conocido a los que buscaron antes el aplauso fácil en sus pregones que llegar y conmocionar. Quienes quisieron pasar a la historia como el “cargo o posición” más joven de nuestra Semana Santa; el que cogía martillos con el objeto de ser más reconocido y disfrutar de un mayor número de oportunidades de que una cámara te tomara en pantalla o un micrófono recogiera tu voz. Y he caído a veces en esa misma trampa, porque con esta entrada denuncio y me denuncio. Sin más.

No sé bien si es necesario premiar a aquellos hermanos que han dado mucho a su hermandad o simplemente pensar que era su obligación, que era su deber adquirido libremente en el momento que juró un cargo, y si me apuran, que juró unas Reglas. Pero todos sabemos que la palmada en la espalda tiene adherida una pomada anestésica, adictiva, que consigue estimular en una sana competición a unos pocos. En mi Hermandad se alaba que un hermano desaparecido normalmente acuda a las misas de reglas de cada domingo, a las Solemnes Funciones, a las Charlas de Formación. Da alegría encontrarlo en su casa, en nuestra casa. Al hermano que va siempre y cumple siempre, se le regala otro gesto distinto. Y es de ley. No se puede censurar al que por norma no acude a su Cofradía; porque no acudirá más. El que sabe cuál es su responsabilidad adquirida es un cofrade que hoy día ha terminado siendo valorado como excepcional, pero que no tiene nada de extraordinario.

¿Es acaso digno de aplaudir que un padre intente alimentar a su hijo? ¿Es de alabar que un marido que se comprometió con su mujer la quiera? ¿Es sorprendente que un estudiante sin otra obligación apruebe sus exámenes? Pero nos hemos acostumbrado, así corren los tiempos, a hablar de buenos padres que hacen lo que están llamados a hacer, a congratularnos porque un marido (o una mujer, o una novia, ojo) sea fiel, o a premiar a nuestros hijos por aprobar... Cuando es su responsabilidad.

Un cofrade que un día decidió entrar en su Hermandad, ha de ser responsable con esa actitud, comprender que está llamado al estímulo de su fe, a sumar con su actitud a la evangelización de la calle y a aportarle a la Corporación, bienes, preseas y materiales con los que desarrollar esa actividad. El donante puede permitirse el regalo; el que no puede hacerlo, no lo lleva a cabo. Luego, cuando algún cofrade hace un potente desembolso en la Cofradía, ¿merece los serviles y vergonzosos tratos de los que muchas veces es receptor? ¿Alguien recuerda aquella parábola de Cristo donde la viuda daba lo único que tenía? No sé si recuerdan cuando un ex presidente de fútbol de primera, quiso comprar la voluntad de una imponente Hermandad sevillana; llegó incluso a comentar ¡cuánto! haría falta para ser hermano mayor. La Hermandad, tuvo a bien decirle que nada, porque si hacía falta alguna cuantía, ya proveería Dios y el pueblo llano, sencillo, humilde y fiel de Sevilla, parecido a esa viuda que daba en la Sinanoga la limosna que su pobreza y estrechez le permitía, pero era mucho más que lo que daban esos fariseos potentados.

Las Hermandades... Y los cofrades. El que esté libre, que tire la primera piedra... Pero qué nos gusta una vara dorada, un cuadro enmarcado, un reconocimiento, una insignia de honor, un título, un cargo, una palmada en la espalda... Y es entonces cuando se pregunta uno qué de católico, de realmente católico, tiene todo esto. Y atención, señores, que el primer denunciado hoy aquí, soy yo. Aunque al menos, como me manda mi Iglesia, yo ya he hecho propósito de enmienda años ha... 

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