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lunes, 19 de marzo de 2012

La Semana Santa de Federico García Lorca

La Semana Santa de Granada nunca se había perdido, aunque estaba herida de muerte. Era el siglo XX la hora de un renacimiento cofrade que aguardaba en la cabeza de intelectuales y próceres de aquella ciudad de hace casi un siglo que quiso retomar la religiosidad popular que desde el siglo XVI había sido pujante y notoria. Sobrevivían las hermandades que hoy conocemos como la Soledad de San Jerónimo y el Entierro. Incluso se alternaban para salir, mientras los antiguos Titulares de Cofradías sin vida (aunque legalmente no desaparecidas) aguardaban en sus capillas y altares. Esa era la Semana Santa de los años 20 del pasado siglo que conoció Federico García Lorca.

En 1936 pronunciaba el que, sin él ni nadie saberlo, se convertía en el Primer Pregón del Mundo en clave cofrade. Pionera esta ciudad una vez más, la oratoria primero se dio a través de Radio Madrid y después se pronunció en aquel viejo Teatro Cervantes que en su día fue el Napoleón de la plaza del Campillo, muy cerca de donde se hospedó don Miguel, el “príncipe de los ingenios”, o donde se reunía Ángel Ganivet y su tertulia. Y esto era lo que decía Lorca sobre Granada y su Semana Santa. Así entendía lo cofrade el poeta, hermano de las Angustias, que portó en 1928 su cruz de guía y que en su texto, no hay desperdicio alguno:

“Estos últimos años, con un afán exclusivamente comercial, hicieron procesiones que no iban con la seriedad, la poesía de la vieja Semana de mi niñez. Entonces era una Semana Santa de encaje, de canarios volando entre los cirios de los monumentos, de aire tibio y melancólico como si todo el día hubiera estado durmiendo sobre las gargantas opulentas de las solteronas granadinas, que pasean el Jueves Santo con el ansia del militar, del juez, del catedrático forastero que las lleve a otros sitios. Entonces toda la ciudad era como un lento tiovivo que entraba y salía de las iglesias sorprendentes de belleza, con una fantasía gemela de las grutas de la muerte y las apoteosis del teatro. Había altares sembrados de trigo, altares con cascadas, otros con pobreza y ternura de tiro al blanco: uno, todo de cañas, como un celestial gallinero de fuegos artificiales, y otro, inmenso, con la cruel púrpura, el armiño y la suntuosidad de la poesía de Calderón.

En una casa de la calle de la Colcha, que es la calle donde venden los ataúdes y las coronas de la gente pobre, se reunían los "soldaos" romanos para ensayar. Los "soldaos" no eran cofradía, como los jacarandosos "armaos" de la maravillosa Macarena. Eran gente alquilada: mozos de cuerda, betuneros, enfermos recién salidos del hospital que van a ganarse un duro. Llevaban unas barbas rojas de Schopenhauer, de gatos inflamados, de catedráticos feroces. El capitán era el técnico de marcialidad y les enseñaba a marcar el ritmo, que era así: "porón..., ¡chas!", y daban un golpe en el suelo con las lanzas, de un efecto cómico delicioso. Como muestra del ingenio popular granadino, les diré que un año no daban los "soldaos" romanos pie con bola en el ensayo, y estuvieron más de quince días golpeando furiosamente con las lanzas sin ponerse de acuerdo. Entonces el capitán, desesperado, gritó: "Basta, basta; no golpeen más, que, si siguen así, vamos a tener que llevar las lanzas en palmatorias», dicho granadinísimo que han comentado ya varias generaciones.

Yo pediría a mis paisanos que restauraran aquella Semana Santa vieja, y escondieran por buen gusto ese horripilante paso de la Santa Cena y no profanaran la Alhambra, que no es ni será jamás cristiana, con tatachín de procesiones, donde lo que creen buen gusto es cursilería, y que sólo sirven para que la muchedumbre quiebre laureles, pise violetas y se orinen a cientos sobre los ilustres muros de la poesía.

Granada debe conservar para ella y para el viajero su Semana Santa interior; tan interior y tan silenciosa, que yo recuerdo que el aire de la vega entraba, asombrado, por la calle de la Gracia y llegaba sin encontrar ruido ni canto hasta la fuente de la plaza Nueva”...

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Pero pregunto yo, ese hombre que era ROJO, y además de los de antaño, que pintaba en la SEMANA SANTA, un SEÑORITO DE ESA EPOCA. NO LO ENTIENDO.
QUE ME LO EXPLIQUEN POR FAVOR, PERO BIEN.

MORILLAS-

guardabrisas dijo...

Otra lección de historia señor David, muy interesante.