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sábado, 31 de marzo de 2012

Adiós, Cuaresma.

Echo la vista atrás ahora que estás a punto de irte, Cuaresma. Ahora que nos has dejado empapados de tus tradiciones, de toda la cultura que los siglos te fueron confeccionando. Miro la cantidad de veces que me has llevado por tus Altares de Cultos, por tus conciertos y tus mesas redondas. Las ocasiones en las que me has pedido que suba a un atril, a pregonar, a presentar o a conducir uno de tus actos. La música, comidas, olores y conferencias que me has dejado. Esa virtud tuya de vestir los escaparates con elementos cofrades y esa obligada postura de fijar en los cristales de nuestros negocios las imágenes de lo que va a pasar.

Echo atrás la vista y recorro más de un mes de ensayos, de tertulias, de cabildos y de convocatorias. De publicaciones y de guías que se convierten en la memoria impresa de nuestros días. De cómo los obradores han ido pariendo imposibles que a la postre se volvieron factibles y los encajes y composturas de los priostes que supieron alienar decenas de candeleros sobre los tablazones disfrazados de nuestros efímeros Altares.

Echo la vista al pasado de las costumbres, a las herencias de nuestros mayores, a las tradiciones que un día depositaron en nuestras manos para que fuésemos nosotros los que las dejáramos en las tiernas y aún tibias de nuestros hijos. Busco en los devocionarios, en los sacerdotes que son realmente Ministros de Dios, en las cuentas de un rosario previo a la Función Solemne, en la Exposición del Santísimo mientras un predicador entona el Pange Lingua y en el Vía Crucis de un Viernes de Dolores, Cristo perdona a su pueblo de Granada.

Echo la vista atrás a 40 días de fe, de cultura, de historia, de patrimonio, de oficios, de producción económica, de sabores y de olores. Más que eso, si cabe, de convivencia, donde a diario te topas con los que no volverás a ver, caprichos del destino, hasta dentro de un nuevo ciclo de 40 días. Donde al menos, en el guión no escrito de la cortesía, hemos ido fabricando verdadera hermandad. Y donde se ha podido acariciar 40 noches seguidas, el sueño de las ocho tardes y noches mágicas que ahora nos aguardan.

Echo la vista atrás, Cristo mío, y sé que en todo esto has estado Tú. Y me acuerdo que sin fe, nada tiene sentido. Que sin Ti, nada merece la pena. Y que te encargas de cumplirme siempre lo que siempre te pido. ¿Verdad? Pues “SIGUE AUMENTÁNDOME LA FE”.

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