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viernes, 10 de febrero de 2012

La entrevista de Hendaya

Ya habían comido aquella tarde de otoño del 23 de octubre de 1940; más que nada porque para cuando el tren Erika empezó a silbar anunciando su entrada en la estación de Hendaya, eran las tres y veinte de la tarde. De uno de sus vagones desciende el canciller alemán, el nuevo Reich, un austriaco de verbo fácil que por la vía democrática y criminal había encandilado a los alemanes. Bajaba hasta el andén de la estación Adolf Hitler.

Ya debía haber estado allí; pero el más puntual de los españoles de esa época, intencionadamente, se estaba retrasando. Diez minutos sobre la hora de la cita llega un gallego de talla corta y toda suerte de distinciones militares, investido General de generales. Entre ambos se va producir una entrevista que resuelva la participación de España en la II Guerra Mundial, necesitada Alemania del mayor número posible de colaboradores y soldados dispuestos a que le vuelen la cabeza defendiendo la cruz gamada.

Franco le ha dicho a su alter ego alemán que la nación no está para sobresaltos. Tres años de guerra y un millón de muertos dejan poco margen y muchos aprietos como para ensangrentar de nuevo el país y jugarse el tipo en algo que ni le va ni le viene a los españoles. Como sabe que Adolf Hitler no es un ciudadano al que se le puede llevar la contraria, decide pedirle a cambio lo justo como para que no se lo pueda conceder el nazi y que tampoco levante sospechas: la devolución de Gibraltar, la costa de Argelia, Marruecos entero y la zona francesa fronteriza con España: el histórico Rosellón que ya había sido español siglos atrás.

Por su parte Alemania quería de España una de las siete islas del Archipiélago canario, la colonia de Fernando Poo en África y el uso de algunas de nuestras bases navales durante la II Guerra Mundial. Pero lo que no quería Hitler era enemistarse con Francia ni por supuesto exponerle a los franceses que iban a perder parte de su país a favor de España y su colonia marroquí porque un gallego Jefe de Estado tenía sueños imperiales.

El acuerdo no llegaba. España suspiraba (encontrándose en el peor momento para entrar en una enésima guerra más) viéndose fuera de los compromisos con los alemanes, teniendo que devolverle favores pasados. Cuando entonces Hitler, sin pensárselo ni un instante, amenaza a Franco y le dice: “si no entras mañana en Guerra a mi lado, mis tanques ocuparán España en tan solo dos semanas”.

Y Franco, que de bravatas y coacciones había pasado unas pocas, le contestó socarronamente, con la ironía de este pueblo nuestro, a sabiendas que si hay que palmar, lo último en perderse al menos es el honor y la capacidad de decisión o cuando menos la voluntad propia... “¿En dos semanas? ¡No sabes tú cómo están las carreteras de España para tomarla en dos semanas!

Y esa misma tarde, uno regresaba camino de París sin Canarias y sin el apoyo de los españoles y otro a Madrid, sin imperios pero también sin bombas ni muertos en los rincones de cada trozo de España. Y puede, que dejando claro que el todopoderoso Reich que tenía el Mundo en un puño, se fue cachondeado por un gallego de talla embebida y particular humor... Y con un par. 

2 comentarios:

El porculero de izquierdas dijo...

Que descaro el tuyo. Que bueno era el hijo de la gran puta de Franco. Hijo de puta él y todos los que vivían bien con ese asesino. Y ahora si tienes cojones lo publicas, que no lo haras. Este tipo de comentarios no te gustan, como no te rio la gracia........

David R.Jiménez-Muriel dijo...

Anónimo reincidente... En este blog se publica todo. No es de izquierdas, pardiez, por lo que no está vetado nada ni nadie. Los regímenes dictatoriales, entre cuyas acciones están la de proteger desmanes de jueces o adoctrinamiento educativo mediante la asignatura de Educación para la ciudadanía, han expirado. Costó, pero han expirado.

En un segundo orden de cosas, me parece que su inteligencia da para lo justo: aguantar día a día respirando.

¿Se ha dado cuenta que ni me postulo, ni digo nada acerca de los personajes protagonistas de la historia, ni ensalzo ni deterioro la imagen de ninguno?

He contado algo que sucedió realmente; entre otras porque por edad ni conocí a Franco ni a su régimen, y desde ya le aseguro, no me hubiera gustado hacerlo. Para nada. Me limito a reproducir la parte irónica, jocosa o desconocida de una entrevista que podía haber resultado desalmadamente perjudicial para España y los españoles. Ya está.

Luego, desde este instante, espero entienda tres cosas: la primera que a menos que utilice lo soez y el insulto, cualquier comentario argumentado y medianamente salido de una mente con raciocinio, me guste a mí o no, se publicará. Siempre ha sido así.

Lo segundo, que la capacidad de comprensión lectora es un hábito maravilloso que puede sacarlo de más de una metedura de pata, como esta en concreto con la que me quiere vincular y le aseguro ni puede ni sabe.

Y la tercera, que esto de estar agazapados, escondidos, ocultos, anónimamente pululando por Internet no es sano. Yo soy esclavo de mis palabras a conciencia, y publico mi nombre y mis apellidos sin reparo. Pienso como pienso e intento argumentar y contrastar lo que digo, grosso modo. Está claro que mis pasiones, como las suyas, afloran. Pero siempre con mi cara y con mi nombre por delante. Le animo a lo mismo; encontrará en ese ejercicio una saludable forma de abandonar la actitud anónima y cainita.

Y a la postre, haga el favor de mirar algunas ilustraciones de la zona izquierda de esta Alacena. ¿Considera que un monárquico puede ser alguna vez franquista, o cuando menos admirador del franquismo? Si sabe algo de historia y la practica, la respuesta es evidente: no.

Pero en aquel otoño, las cosas pasaron así. Aquí no nos dieron más por donde amargan los pepinos y Franco tiró de humor y de algo de valor (a Adolfo llevarle la contraria no era una práctica muy saludable) y así lo reproduzco. Sin admiraciones ni nada por el estilo.

Para cualquier cosa, encantado de debatir; pero hágame caso, sin insultos ni groserías, ni expresiones que lo retratan a usted y que de partida, ya le están restando una y mil razones.

Un saludo.

P.D. ¿Cojones, puta? ¿Es usted de la Sorbona? Los cojones, señor, se echan en su momento. No se le olvide nunca.