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jueves, 16 de febrero de 2012

Cruasán

Todo aquel que haya pisado Francia alguna vez ha tenido que claudicar ante el bollo más famoso para el desayuno; y sin necesidad alguna de visitar el país vecino, la mayor parte de la población no dudaría en decir que el cruasán es francés, dándole una nacionalidad que no le corresponde. Pero si algo ha tenido el país galo desde siempre, es la oportuna sapiencia de quedarse con lo mejor de cada pueblo y adaptarlo a su idiosincrasia. Ahora que la nación del impresionismo está de moda por las burlas y ataques al deporte español, aprovecho con esta entrada para generar una corriente de opinión favorable hacia uno de los estados occidentales que más ha contribuido al arte, la cultura y por supuesto a la estética y al diseño de cuántos se pueden preciar. Que los deportistas españoles sean ridiculizados desde un canal privado francés no es desde luego otra cosa que una broma de mal gusto. Y desconozco de todas formas si algún alto secretariado español ha pensado dirigir una protesta formal a nuestros vecinos, mas en todo caso me parecería inoportuno y fuera de lugar.

El cruasán no nació en Francia. Lo hizo en aquel país que durante todo el periodo moderno se alzó como uno de los símbolos del refinamiento artístico, el catolicismo defendido y la influencia de lo español: Austria. El imperio estaba amenazado por los turcos que se dirigían por el Danubio hacia la mítica Viena. En 1683 los soldados otomanos sitiaron la ciudad que perpetrada tras su recia línea de muralla se preparó para resistir el ataque de los musulmanes. No prosperaban los intentos de asalto gracias al sólido sistema defensivo de los vieneses de forma que las tropas comandadas por Karem Mustafá idearon excavar el terreno y pasar por debajo de los cimientos de la contundente muralla de Viena; las excavaciones se realizaban de noche, sumando a la campaña el factor sorpresa. A altas horas de la madrugada, los únicos que estaban despiertos en la capital del Danubio Azul eran los panaderos, los primeros en darse cuenta de los propósitos del ejército turco. Y los primeros en dar la voz de alarma.

En aquel momento, cuando los turcos eran considerados invencibles, habiendo arrasado los Balcanes, conquistado Hungría y sometido a pasos agigantados buena parte del Centro de Europa, los ciudadanos vieneses y los soldados imperiales apoyados por los polacos, consiguieron sorprender a los otomanos que se disponían a cavar y deslizarse bajo las murallas de Viena infringiéndoles un doloso castigo y cogiéndolos por sorpresa y no al contrario. Luego, las victorias se decantaron por los austríacos y los turcos pasaron de invictos a vencidos. En recuerdo de aquella hazaña, los pasteleros y panaderos vieneses inventaron un bollo al que llamaron Halbmond, que en alemán quiere decir media luna. Y con forma de media luna, el gran símbolo del mundo musulmán y de la bandera turca, los austríacos desayunaban y merendaban, de forma que el bollo terminó recordando la victoria cristiana y especialmente sirviendo de alegoría: Austria se comía la media luna islámica.

No será hasta 1839 que llegue a Francia. En concreto, un antiguo oficial del ejército imperial, ya en la reserva, se traslada a la capital de la luz; August Zang, el nombre de nuestro protagonista, abriría una panadería vienesa en el nº 92 de la calle de Richelieu de París, poniendo de moda el Halbmond vienés que pronto fue muy bien aceptado por los parisinos. La receta se modificó levemente y se esponjó su textura, pero su origen y significado siguió presente en sus formas, como recuerdo de un lado de un hecho histórico que pudo haber cambiado el devenir de toda Europa y de la Cultura Occidental, y por otro lado, arraigando en el colectivo como el referente panadero o repostero de los franceses, que hicieron suyo el cruasán y que es imprescindible en el desayuno de nuestros vecinos.

Francia, una nación de intelectualidad y de envidiable patrimonio que de ser vilipendiada por los españoles hoy día, desde luego no debería ser por esta broma de mal gusto de los guiñoles franceses hacia los deportistas españoles... Lástima que la gente no recuerde, ni aún en medio del Bicentenario, que los galos pasaron de 1808 a 1814 arrasando España y robándonos parte de nuestro patrimonio. Si esto se les perdonó y ya nadie recuerda la afrenta, las muertes y la violación de nuestra identidad y soberanía, sinceramente, que cuatro guionistas sin gracia y sin acierto hayan puesto en la televisión francesa un esperpento como este, tiene mucho menos de irritante que los seis años de terror que los soldados de Napoleón sembraron en nuestra Patria.

Y como Agustina la de Aragón, los Nadal, Gasol, Casillas y otros se bastan para decir alto y claro que España es algo más de lo que algunos (¡algunos!) creen. 

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