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jueves, 12 de enero de 2012

La hoguera de las vanidades

Florencia. Año 1497. La ciudad del arte y de la estética consumada lleva años envuelta en el miedo más atroz al cambio inminente de siglo. El fraile dominico Girolamo Savonarola viene predicando desde años atrás que al llegar a la redonda fecha de 1500 se va a acabar el Mundo. El religioso de la Orden de los Predicadores es un adelantado reformista, mucho antes que los protestantes suizos y que Martin Lutero. Se ha atrevido incluso a denunciar a la poderosísima familia Medici, que trajo la riqueza y el esplendor a la República florentina y que por culpa de sus encendidas homilías se ha visto obligada incluso a abandonar el Gobierno y la mismísima ciudad. Savonarola además ha atacado a la familia Borgia y especialmente a Rodrigo, que desde hace unos años es nada menos que el Papa Alejandro VI. A tal punto llegan sus denuncias sobre la depravación que él ve en la sociedad y sobre los excesos y riquezas del papado y el poder civil, que el Papa lo ha invitado a reflexionar sobre sus envenenados sermones y no surtiendo efecto los consejos, se ha visto obligado a excomulgarlo.


Antes de caer en desgracia, Savonarola prepara un golpe de efecto último: que toda Florencia en la Plaza de la Señoría, reúna los bienes más preciados, especialmente joyas, mobiliario ostentoso y presuntuosos vestidos y los quemen en una descomunal hoguera que él ha venido a llamar, “de las vanidades”. Ese 7 de febrero de 1497 la conducta más fanática e intolerante del dominico conduce al fuego a cuadros, esculturas y bordados de valor inmenso. Uno de los que se deja seducir por sus pláticas en contra del lujo y la ostentación es el inconmensurable Sandro Botticelli, que no duda en arrojar al fuego algunos de sus lienzos de tema mitológico. Ese fanatismo imposible de domar produce el hartazgo de Roma que unido al ejército francés de Carlos VIII prende a Savonarola y lo condena a muerte. En la misma plaza, pero un 28 de mayo de 1498, arde en una plataforma parecida a la que un año antes él mismo se encargó de levantar para consumir en sus llamas la expresión refinada de la cultura y la intelectualidad de la capital del Renacimiento y las artes.

¿Un Santo que decía verdades o un fanático embaucador?

1 comentario:

Santi dijo...

Fanático embaucador.

No es la única vez que por un celo hacia la pobreza se llega a la herejía.