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viernes, 20 de enero de 2012

Jesuitas

Si ha habido una Orden o Instituto religioso controvertido a lo largo de la historia, esta es sin duda la españolísima Compañía que fundó San Ignacio de Loyola en 1540, con propósitos muy distintos a los que tomaría con los siglos la Sociedad de Jesús. No obstante ya la Sorbona rechazó de pleno sus primeros escritos, iniciando así la arraigada tradición de vincular jesuitas con polémica. El contexto histórico del reinado de Luís XIV, el rey Sol, en Francia, señala a los jesuitas como enemigos y espías; pero será en el siglo XVIII cuando la Orden quede señalada de una manera rotunda.

El desmesurado poder de la Compañía y la falacia de su cuarto voto (el de la inquebrantable fidelidad al Papa), junto con los contactos (revestidos de intelectualidad) que mantenía con círculos masones o jansenitas levantaron el recelo más contundente por parte de los Estados europeos y, quizás lo más sorprendente, del mismísimo Vaticano. En Portugal, a José I de Braganza se le acababa la paciencia con los desmanes que en el Brasil patentaban los religiosos de la túnica negra. Los lusos fueron los primeros, expulsando a la Compañía en 1759 de todas las posesiones y territorios del reino. La mecha estaba encendida y 5 años después Luís XV de Francia decreta la enajenación de los bienes y expulsión de los Jesuitas de su reino.

Así llegamos a nuestra España. Reinaba el siempre bien recordado Carlos III, quizás el mejor rey que desde Felipe II había tenido el Reino y que al que sólo se ha acercado nuestro Juan Carlos I. Vivió la Nación tiempos de progreso, intelectualidad, obras públicas e infraestructuras que nos situaron en el mundo contemporáneo. Pero vendría a suceder un hecho que invito a los lectores a conocer: el motín de Esquilache. Seguro que podríamos hacer referencia a la revuelta (iniciada de manera tan estúpida) en alguna futura entrada, pero para el propósito de esta que es lo que nos interesa, digamos que detrás de la algarada que dejó profundamente abatido al gran Rey Carlos III, estuvieron (probadamente) los jesuitas.

El Motín se sucede el Domingo de Ramos, 23 de marzo de 1766; los pasquines que el pueblo de Madrid fue fijando a las paredes de la Villa no eran nada respetuosos con el Rey. Desde Palacio se pone de manifiesto que los hijos de San Ignacio de Loyola han tomado parte en los disturbios de manera muy activa. Así las cosas los ánimos en la Corte se encienden y los dedos señalan casi sin ánimo de equívocos a la dirección correcta. La mejor solución entonces que puede adoptar el Rey es abandonar la corte y trasladarse hasta Aranjuez en tanto recobraba la confianza en el pueblo que tanto había favorecido y que lo había “premiado” de esta manera. No iba a terminar el año de una manera espléndida y aguardaba la muerte de la madre del Rey, Isabel de Farnesio. Y los jesuitas, cavan su propia tumba:

Aprovechando el fallecimiento de la reina madre, el General de la Orden, el Padre Ricci, se atreve a sostener que Carlos III era hijo ilegítimo fruto de relaciones extramatrimoniales de Isabel de Farnesio con el religioso Padre Alberoni. Y estalló la ira definitiva de un paciente monarca que había consentido los múltiples desmanes que la Orden había realizado en Paraguay, todavía en manos de España y en general, los propósitos de fundar un país jesuita en territorio del Imperio Español, contradecir las órdenes regias, violar las leyes hispanas y tomar partido en sediciones como la del Motín de Esquilache. El intento de mancillar el honor del Rey fue la gota que colmó el vaso, y a semejanza de lo que antes había hecho Portugal o Francia, el 27 de febrero de 1767, España expulsa a 6.000 jesuitas de sus dominios, siendo imitada al poco por los reinos de Parma, Nápoles y Austria. Y no habría que esperar mucho para que el propio Vaticano cerrara las puertas a la Compañía de Jesús.

El Padre General Lorenzo Ricci, fue mandado apresar por el Papa Clemente XIV, falleciendo en su celda del Castel Sant`Angelo de Roma en 1775. Sobran las explicaciones; pero una última cuestión me parece muy esclarecedora: para persistir en la fidelidad al Papa, la defensa, propagación y sostén de la Teología de la Liberación, contraria a lo que dice Roma, no es muy fiel en efecto. Y las condenas a jesuitas por parte de Juan Pablo II, constantes. Las virtudes ignacianas no vamos a ponerlas en duda, y tampoco la contribución a la fe y a la Iglesia. Pero el pasado negro, oscuramente negro de los jesuitas y sus múltiples expulsiones y encarcelamientos a lo largo de la historia (yo sólo he narrado aquí los del siglo XVIII) dejan claro que la polémica y la controversia rodearán siempre a esta Orden.

2 comentarios:

Santi dijo...

Capaces de lo mejor... y de lo peor. Y ésto último, gracias al P. General español P. Arrupe y la deriva que han tomado.
Ahí tenemos un P. Cándido Pozo, q.e.p.d. fiel al carisma ignaciano y que la nota de defunción por la Compañía es casi infame, y el Sr. Castillo... con su cátedra horroris causa en la UGR (vergüenza para nuestra centenaria institución académica).

Ya lo publiqué en mi blog, supresión ya... y reorganización en un futuro. La cangrena no se quita con pomada sino amputando para que no se corrompa el cuerpo.

J. Carlos Medina dijo...

Y es que la izquierda nunca estuvo bien vista en el seno, no de la iglesia, si no de los que la componemos.

Si, son la mosca cojonera de muchas conciencias y sus excesos son directamente proporcionales a los excesos de los demás.

Caen bien porque les dan al poder donde más les duele.

Podríamos disparar sobre los males de los jesuitas pero corremos el riesgo de darle a los males del resto de las organizaciones eclesiales incluida, por supuesto, la más alta instancia de esta. Y ya se sabe que cuando se dispara podemos dar a gente inocente.