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domingo, 29 de enero de 2012

Haz el amor y no la guerra

Si la entrada del pasado martes se movió en los tiempos del reinado de Felipe V y la de mañana buscará acercarse a la figura de Carlos II, esta debía contar de manera somera algunos sucesos que se dieron en la Guerra de Sucesión española, esta que desde 1700 a 1714 supuso la disputa de 6 países europeos por hacerse con la herencia del vasto Imperio español, toda vez que el último de nuestros Austria murió sin descendencia y dejándole el trono al nieto del rey de Francia.

Legitimados los Borbones por los Ministros españoles y por la Corte que respetó el deseo de Carlos II, ingleses, holandeses, daneses, los italianos de Saboya, y austríacos entre otros no estaban de acuerdo con que un francés subiera al trono español y entre ambos países se llegaran a pactos que pusiera en peligro al resto de potencias, que de haberlo querido (nunca nos entendimos los franceses y los españoles, tal vez por ello persista cierta tirantez aún), uniendo la fortaleza militar de ambos reinos, se hubiera logrado. Así las cosas, los ingleses y portugueses se acercaban a Madrid en 1706, aprovechando que el ejército español apoyado por el francés estaba en mil frentes bélicos a la vez. Por espacio de unos meses, la Villa y Corte dejó de ser hispana y vivió la coronación del pretendiente de Austria que quiso hacerse con nuestra corona tomando como nombre el de Carlos III. ¿Cómo plantar cara al invasor sin soldados? Y el ingenio madrileño se puso manos a la obra.

Reunida una Junta de urgencia, observaron cómo los miles de soldados ingleses y portugueses solían ser los mejores clientes de los casi 100 prostíbulos que en aquellas fechas poblaban Madrid. Y teniendo en cuenta que las medidas higiénicas no eran las más efectivas, decidieron vestir con las mejores galas y bañar literalmente en perfume a las prostitutas enfermas; a los pocos meses, 6.000 soldados enemigos estaban contagiados de sífilis, de gonorrea y de otras enfermedades de transmisión sexual.

Lo que las bayonetas no consiguieron, lo hizo la castiza puta de Madrid. Y poco a poco, el que estaba llamado a ser Rey, se encontró coronado y regresando a la capital, libre de soldados enemigos y lleno de enfermos moribundos sin heridas de guerra pero con pústulas “de amor”. 

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