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martes, 24 de enero de 2012

Expo de Sevilla

Sevilla abría sus puertas en 1929 al Mundo con una exposición que pretendió poner de manifiesto la relación con América y reformar urbana y socialmente la ciudad. Con 20 años de retraso se inauguraba contando con 9 países americanos, Portugal y Marruecos y pabellones de regiones españolas y de las ocho provincias andaluzas, hasta el total de 22 edificaciones, algunas de ellas de una maestría soberbia que siguen siendo referente arquitectónico hispalense y usándose para diversos destinos e infraestructuras de servicios, al contrario que la de 1992. Y como la que acabamos de citar, también en 1929 Huelva se opuso a que la sede fuera Sevilla, reclamando su participación en el Nuevo Mundo. Sin duda, el desconocimiento de la historia es a veces el peor compañero de los atrevidos.

Como estaban las provincias andaluzas, estaba el Pabellón de Granada. La ciudad de los tres ríos quería tener un papel trascendental en el curso de la Exposición, dado que en tierra granadina consiguió Colón permisos, dotaciones y prebendas para conquistar el Nuevo Mundo y cuando este ingresa en el ya Imperio Español, Granada es la capital y corte de la nacida España. Lo cierto es que no atravesaba la mejor de las situaciones económicas para hacer frente a un proyecto arquitectónico lucido y ambicioso como desde un primer momento se pretendió, quizás obligando a llegar demasiado tarde a la cita: en febrero de 1928, cuando la Exposición Iberoamericana se inauguró el 9 de mayo de 1929.

En abril de 1928 ya había concluido el proyecto el genio Leopoldo Torres Balbás, el conservador de la Alhambra y con toda probabilidad, el más ajustado a la intervención científica y respetuosa del patrimonio local. Un edificio de una sola planta con 484 metros cuadrados de los que 66 correspondían al patio; una obra del neomudéjar, que respondía a la perfección a los criterios constructivos que imperaban en la zona de los pabellones: el historicismo. De manera que el arquitecto que mejor conocía el estilo original, con mucha diferencia sobre el resto de autores mundiales, pensaba en un bloque constructivo hispano musulmán presidido por patio, con torreón que funcionaría de ingreso al interior, galería en torno al patio y armadura en las techumbres y tejas vidriadas en los tejados.

La entrada remitía directamente a la soberbia Puerta del Vino de la Alhambra. En el zaguán, un complejo azulejo cerámico reproducía el famoso cuadro de Pradilla, “La rendición de Granada”. En el suelo, un mapa provincial en cuyo interior se inscribieron el nombre de los principales pueblos y pasando al patio, las medidas, proporciones y decoraciones del Patio de la Acequia del Generalife. Toda la cerámica la hizo Fajalauza; el mármol de las seis columnas del patio, provenía de la granadinísima Sierra de Elvira. A los lados, siete salas (tres a cada lado y una enfrente) para acoger muestras de Arte, Historia, Industria, Agricultura, Medicina, Ciencia y la última sala destinada a fotografías de paisajes y patrimonio de Granada, a la vez que sirvió para recepciones. En la galería superior se instalaron despachos y puntos de información.

El Pabellón de Granada estaba justo enfrente del que levantó el País Vasco y era vecino del de Cádiz. Se presupuesto en 195.000 pesetas, cantidad nada desdeñable en la época e iba a acabarse en 100 días. Pero el presupuesto que se manejaba no cubría la cantidad exigida, por lo que Torres Balbás se vio obligado a restringir dimensiones y dotaciones del conjunto, que quedó constreñido a 336 metros cuadrados y a 176.000 pesetas de coste. Eso sí, nunca redujo la calidad de los materiales, de forma que se contemplara el sueño de su autor: la casa palacio granadina del siglo XVI hecha en estilo mudéjar. El pintoresco contraste de la edificación gustó desde el primer momento.

Con todo, el contratista no pudo trabajar a placer porque Granada hacía ímprobos esfuerzos, no siempre con buenos resultados, para ir liberando el dinero que se le exigía. Así las cosas, las obras se eternizaron más de lo previsto y no se pudo concluir hasta el 2 de noviembre de 1929, contando en su inauguración con el Rey Alfonso XIII y la Familia Real al completo, siendo decorado gracias a la generosa contribución de varios anticuarios granadinos que no escatimaron en piezas, cedidas, para el ornato del interior. A las piezas se unían interesantes muestras: las de Cerámica Fajalauza, los Tapices de la empresa López Sancho y los granadinísimos faroles de Fernández Estete. A su vez, Sierra Nevada aparecía fotografiada con especial vehemencia gracias al Club de Esquí, la Compañía de Jesús exhibía su delicado y exquisito material astronómico y sismológico por la que se recibió la Medalla de Oro de la Exposición (sorprendió sobremanera la Estación Sismológica) y por supuesto, la cuidada selección patrimonial.

Fue tal el número de piezas que se seleccionaron desde los Conventos e Iglesias de la ciudad que hubo que decirle no a algunas, por falta de espacio.  Santa Catalina de Zafra, San Antón, Santo Domingo, Escolapios, de la Universidad, de la Abadía del Sacromonte, de la Basílica de las Angustias, de la Real Chancillería, del Ayuntamiento, Palacio Arzobispal, Catedral y de colecciones particulares llegaron lienzos, esculturas, documentos y la participación de Alonso Cano, Diego de Mora, Pedro de Mena, José de Risueño, José de Mora y Bocanegra entre otros, sin olvidar los valiosos documentos que la Casa de los Tiros expuso, desde los Reyes Católicos a don Juan de Austria. Leopoldo Torres Balbás fue distinguido con la Medalla de Oro de la Exposición por el Edificio, como también la Estación que exhibieron los jesuitas, mientras que fueron condecorados con la Medalla de Plata la empresa de tapices y con menciones honoríficas la empresa de mármol de Sierra Elvira y la de faroles artísticos... Y así fue como Granada, después de muchos esfuerzos, dejó tan alto el pabellón, gracias  a su pabellón. 

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