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miércoles, 25 de enero de 2012

Enemigos de España (I)

Con una nueva dinastía y un rotundo cambio en la política española empezaba el siglo XVIII. Al despojo que fue en vida Carlos II le sucede un francés, el primero de los Borbones. De la figura de Felipe V hablaremos en su día, pero hoy toca dilucidar sobre el papel que ejercerían en su voluntad y con ello en el devenir de España dos mujeres, la princesa de los Ursinos, aristócrata francesa que el abuelo del primer Borbón español (Luís XIV, el Rey Sol de Francia) colocó cerca de su nieto para que le sirviera de espía, y la que centra verdaderamente el interés de este escrito: la pérfida Isabel de Farnesio, la segunda esposa del rey Felipe V de España que lo único bueno que hizo fue parir a Carlos III.

A la muerte de Gabriela, la primera esposa, la Ursinos (María Ana de la Tremòille) por encargo del monarca de los franceses le buscó la esposa más indiferente y del reino menos activo y decisivo del continente a nuestro rey. Por mucho que fuera su nieto, una alianza con alguna de las potencias destacadas de Europa no beneficiaría en nada a Francia, de forma que el Rey Sol, hábil como pocos, empezó a tutelar la política exterior española; y la historia, hemos visto, se ha vuelto a repetir no ha mucho. La elegida no era otra que la hija del Rey de Parma, que fue vendida por la Ursinos a su verdadero señor (y enemigo español), Luís XIV con esta descripción: “tiene la muchacha veintidós años, insignificante, se atiborra de mantequilla y queso y está educada de tal manera que nunca ha oído hablar de nada que no sea coser y bordar”... Habían escarmentado después de Gabriela de Saboya que no se dejó amedrentar por la camarilla francesa instalada en nuestra corte madrileña y había sido el verdadero motor del gobierno español ante la indiferencia de su marido.

En cuanto se casa por poderes, su tía Mariana, viuda del último Austria español Carlos II, la pone sobre aviso del carácter de la Ursinos. Y en cuanto está en suelo español, aún sin conocer a su ya marido, la Princesa María Ana le sale al encuentro en la provincia de Guadalajara. Allí, Isabel de Farnesio, cándida joven de 22 años, la manda apresar sin haberse siquiera saludado y la obliga al destierro escoltada por la caballería que los parmesanos le habían puesto para cubrir el viaje desde su patria a la nuestra. Aquí dio la primera muestra del carácter que iba a tener la futura reina española, que al contrario que Gabriela, defender a España le importó menos que dotar a cuantos hijos tuvo de un espléndido futuro gracias al nombre de nuestro Imperio. Como madre no se le puede tachar de nada, como reina, de derrochar nuestra ya entonces escasa fortuna en hacer que sus hijos fueran reyes o reinas de los países europeos.

Fue Felipe V uno de los reyes más promiscuos sexualmente hablando de nuestra historia, aunque esto no signifique que engañó a ninguna de sus esposas, aunque bien es cierto que podía encerrarse en la alcoba real con la Farnesio hasta 22 horas seguidas, haciendo pasar al servicio para comer y reponer fuerzas mientras los augustos reyes se tapaban su desnudez bajo las sábanas. El embajador de Francia dijo al verlo que “lo encuentro decaído por el excesivo comercio con la reina, que lo soporta todo”... Más específico fue el religioso Alberoni: “El Rey sólo necesita un reclinatorio y una mujer”. Isabel de Farnesio se dio cuenta desde el primer momento que podía gobernar fácilmente al rey y con ello a España y en eso se empeñó.

Lo primero que hizo fue cambiar a toda una corte de franceses por otra de parmesanos puestos a su servicio. A su hijastro, el futuro Luís I (el rey más breve de España, con siete meses en el trono) lo ninguneó. Apoyó a sus amigos prelados para que consiguieran el ansiado título de Cardenal, mandando dinero de las arcas españolas al Papa y deseosa que sus hijos heredaran Parma a pesar de que a las potencias extranjeras no les gustaba que un posible rey español lo fuera también de otro Estado, introdujo a nuestra nación en la Guerra que estallaría en 1717. España, sombra de lo que fue militarmente hablando, se enfrentaba contra la nada menos que Triple Alianza, esto es, Inglaterra, Holanda y Francia que nos obligaban a cumplir los pactos alcanzados en el Tratado de Utrech cuatro años antes. En cuanto España se hizo con Cerdeña, entró en la Alianza Austria, que de ser nuestra amiga secular, pasó a formar la ya Cuádruple Alianza. Isabel se empeñaba en que su hijo fuera el futuro Rey de Parma y de la Toscana. Y esto significó la invasión de Galicia, la toma de Vigo y la asfixia sobre las posesiones que aún manteníamos en Europa. Tres años después, en 1720, se firmaba la llamada Paz de Londres. ¡España era más pobre y menos respetada! Todo por el capricho de una madre, no de una reina de todos sus súbditos.

Cuando en 1724 Felipe V abdicaba a los 40 años en su hijo Luís, la cosa se puso fea para Isabel de Farnesio. Recluida en La Granja, lejos de poder disponer y tomar decisiones como antes, cuando fue testigo de la repentina muerte de su hijastro a los siete meses de subir al trono, no ocultó su felicidad. De regreso a la corte y siendo de nuevo su esposo el Rey, cada vez veía más cerca la posibilidad de que su hijo Carlos fuera el futuro monarca. Esta segunda etapa se iba a caracterizar por el inmenso poder de la parmesana, ya sin disimulo. En 1725, después de gastar fortunas inmensas a través de su portavoz, el barón Ripperdá, consiguió que Austria reconociera a su hijo Carlos como rey de Parma, Plasencia y Toscana. Poco después obliga a su marido a firmar un acuerdo con Inglaterra. Los ingleses ya pueden campar a sus anchas en América; ellos por su parte apoyaban la instalación militar de la marina española en suelo italiano, para provecho del futuro Carlos (nuestro Carlos III) que cada vez estaba más cerca de ser rey de Nápoles. En 1731 la Hacienda española estaba en bancarrota. El Ministro competente no entendía que había sucedido con los galeones de oro que desembarcaron entre 1729 y 1730 en Sevilla. El destino de la fortuna fue directo a Italia. Carlos, con 16 años, entraba el 30 de diciembre de 1731 en Florencia con tal fasto y grandeza que dejó a todos boquiabiertos. Los gastos, como pueden entender, iban a costa de la plata y oro de la América española. La ambición no iba a menguar. En 1735, conseguía que su hijo fuera el Rey de Sicilia tras 21 meses de guerra con lo que quedaba de Polonia, los ejércitos del Imperio Austríaco y unas primeras batallas frente a Francia, que rechazó la idea de adquirir la tierra de los sardos.

Cuando se firma la paz mediante el Tratado de Viena, las cosas no salen como esperaba Isabel. En efecto, su hijo mayor (Carlos) es coronado Rey de Nápoles y Sicilia. Pero hay que ceder a Austria Parma y Palermo, que ella esperaba que quedase en manos de su segundo hijo, Felipe. España había puesto la vida de sus soldados e ingentes cantidades de dinero en Guerras que no nos importaban para que la parmesana viera sobre la cabeza de sus hijos la corona de un reino.

Isabel no perdió el tiempo con el resto de la prole; la infanta “Marianina” casó con el rey de Portugal. La dote fue espléndida, como su vanidosa madre supo hurtarle a las arcas de la hacienda española. Al infante Luís Antonio lo quiso destinar a la carrera eclesiástica. Una vez más los impuestos españoles se iban en pagar el capelo cardenalicio que nunca le dieron. Si por lo menos lo hubiera ostentado, por bien empleado los dejamos. Pero como fracasara, ese dinero también fue a parar a saco roto. Después de siete partos y presa de una glotonería imparable, la reina estaba deformada. El embajador de Francia dijo de ella: “no le conozco virtudes salvo las que ella misma dice de sí: por lo menos nadie podrá decir que soy una puta”.

La larga lista de despropósitos con los que obró le valen, sin paliativos, la consideración de enemiga de España. Pero lo que es peor: siendo encima empleada de todos los españoles. 

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