Visitas

lunes, 16 de enero de 2012

El Cardenal Belluga

Luís Antonio de Belluga y Moncada es, junto a Javier de Burgos, el motrileño más afamado y digno que hasta el momento ha dado la ciudad. Cardenal y Virrey, supo aprovechar muy bien su condición eclesiástica en Roma y favoreció extraordinariamente a su pueblo natal (no como otros hijos de la Tierra que se olvidaron pronto de ella), quizás como ningún otro antes ni después, preocupado especialmente en socorrer a los desfavorecidos y en educar a los que menos posibles tuvieron en aquel tormentoso siglo XVIII de guerras intestinas y pérdidas de la hegemonía española en el Mundo.

Ahora que se cumplen 350 años de su nacimiento me parece bastante interesante narrar los enormes problemas que tuvieron dos de las tres únicas estatuas que en su honor se levantan, la primera de ellas claro está en su Motril natal y la que le sigue en Murcia, a las espaldas de la Plaza que lleva su nombre y que preside la fabulosa portada barroca de la Catedral.

La de Motril se encargó siendo alcalde Enrique Montero López, el que aún  es recordado como “Alcalde Ejemplar” y que ostentó el cargo en la década que va del 25 de abril de 1941 al 28 de junio de 1951, que presenta su dimisión ante la inminente muerte que tristemente le sobrevenía. El proyecto lo firma el Ayuntamiento motrileño con el escultor de Torrenueva Fernando Correa Antúnez. Había nacido en 1912 aunque con diez años ya vivía en Granada e ingresaba en la Escuela de Artes de la capital recibiendo su aprendizaje del inolvidable José Capulino y en el campo escultórico de José Navas Parejo. A los 17 años, en 1929, era becado por la Diputación y termina su aprendizaje en Madrid. Y abriría su primer taller en la granadina calle del Lavadero de las Tablas, en el viejo y céntrico Barrio de la Trinidad. En aquel 1943 el Ayuntamiento de Motril quería rendirle tributo al Cardenal justo en la fecha en la que se cumplían 200 años de su fallecimiento. Y he aquí que arranca el proyecto escultórico.

Una Comisión institucional se traslada al taller del paisano Fernando Correa. Nombrado profesor de la Escuela de Artes de Granada en 1944, en el mes de enero de ese mismo año su solvencia le vale el encargo formal de la escultura. Para el 18 de enero hay un modelo en barro que protagoniza la portada del martes 18 de enero de 1944 del Diario Ideal. La estatua debía medir 2 metros de altura, sería de bronce y descansaría en un pedestal de tres metros de altura más. La idea era inaugurarla para las fiestas patronales de 1945 y todo apuntaba a que se podía materializar el encargo sin mayores sorpresas. Pero Fernando Correa andaba en mil vicisitudes. La demora empezaba a notarse. El Ayuntamiento motrileño se impacientaba y veía como aquel agosto de 1945 no podía llevarse a cabo el tan ansiado homenaje a su más ilustre hijo. Las correspondencia entre comitente y artista fueron más que frecuentes. En 1946 nada se había satisfecho aún. Será en el mes de marzo de este año cuando escriba a don Enrique Montero diciéndole que la obra está terminada. Pero las demoras y el incumplimiento de su palabra no caen en saco roto para el Alcalde Ejemplar que decide que Fernando Correa se quede con su escultura y llama al también motrileño Pablo Coronado (1898-1970).

Era el artista motrileño pintor, pero ello no fue óbice para que se atreviera con la obra del Cardenal Belluga. Encargada en 1946 se inaugura en menos de un año y medio, con dos metros veinticinco de altura de pedestal y don Luís de Belluga a tamaño natural encarnando la figura de un teólogo más que un capitán general, cargo que también desempeñaría.

Se instaló en el centro de la Plaza de España en 1948; la reforma de la misma en 1995 dio al traste con su ubicación, pasando desde entonces a flanquear la portada principal de la Iglesia Mayor motrileña, hasta que en 2011, con un criterio magnífico, se eleva sobre el espacio ajardinado que en su día ocupó su gran proyecto arquitectónico y su mejor legado patrimonial para la ciudad que lo viera nacer, la Capilla de los Dolores, tomando por tanto pleno sentido y mejor entendimiento histórico la ubicación que hoy exhibe. A la tercera, dicen, va la vencida.

Poco después se inaugura, quizás con meses de demora sobre Motril, la estatua cincelada en bronce por el escultor valenciano José Arnal, también de 1948, que se basa en el retrato que conserva la Sacristía Parroquial del pueblo de Dolores, en Alicante. Esta población como otras tantas, fue fundación del Cardenal  y en concreto el nombre responde a su indiscutible devoción e intentos de propagación del nombre mariano de Dolores. El monumento preside la Plaza a la que le da nombre el Cardenal, enfrente del Templo que fundó el Eminentísimo don Luís.

Y el tercer monumento, que tampoco estuvo exento de problemas, el de Murcia. El último de los tres que a día de hoy se consagraron a la memoria de tan prolífico eclesiástico. Aún hoy algunos murcianos se lamentan que Motril se adelantara 10 años a la inauguración de una estatua a nuestro hombre. Lo cierto es que todo arranca en 1883, cuando ya hay propósito de hacer  una obra de este tipo, aunque a concurso se presentaron 11 pinturas y ninguna maqueta, salvo la que Ramiro Trigueros, de Jumilla, entrega fuera de plazo. La Sociedad Belluga (que tocaremos en otra entrada, pero que ha sido activa y partícipe de buena parte de la cultura de Murcia) consigue que la Plaza del Palacio Episcopal se llame como el cardenal motrileño y encarga el diseño de un monumento en 1885. Pero en 1887 sólo se había inaugurado la fuente y la anhelada estatua caía en el olvido y más aún cuando la Sociedad Belluga se extingue en 1892. Pero al liquidar sus fondos, aparece el altorrelieve de Trigueros con el nombre “Murcia ofreciendo sus respetos al Cardenal Belluga” y se despierta de nuevo el interés de la población por honrar a su benefactor.

Habría que esperar a 1919, año en que el alcalde de Murcia encargó unos bocetos al escultor murciano José Planes, que culminó su boceto tal y como el Diario Levante Agrario lo enseñó en febrero de 1919, donde se veía al Cardenal en pie sobre el pedestal y una imagen alegórica a sus plantas. De nuevo quedó esperando el proyecto hasta que en 1943, se estimuló la sociedad murciana con el proyecto ya antiguo, que aún esperaría a 1953 para ver los permisos institucionales para el diseño presentado por los arquitectos Eugenio Bañón y Damián García Palacios y con el escultor Juan González Moreno como artífice de las efigies (el Cardenal y las cuatro virtudes cardinales).


Y las calamidades siguieron... En noviembre de 1956, se anunció que el monumento, después de décadas de intentos frustrados, no se ubicaría finalmente en la Plaza de Belluga, sino a sus espaldas. El monumento fue simplificado, reduciéndolo al pedestal y la estatua sedente del purpurado motrileño y aunque la calidad de su autor no puede más que alabarse, lo cierto es que en 1958 (y no 1968 como reza la placa, equivocadamente, del Monumento) se concluyó tras 75 años de deseos frustrados.

Un personaje de su época con mucha enjundia que homenajeo con esta particular historia de sus Monumentos y cuya tumba en Roma dejo en la ilustración de arriba.


P.D. El escultor de Torrenueva Fernando Correa, al ver que el Ayuntamiento se desentendía del encargo por incumplimiento suyo, decidió romper a mazazos la obra ya concluida...

No hay comentarios: