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sábado, 31 de diciembre de 2011

Qué noche más vieja

La primavera árabe cantada desde Occidente como la respuesta de la población musulmana a sus caudillos y dictadores, pero que aún no sabemos si terminará siendo un régimen islamista tan radical como el militar que algunos países vivieron antes; Libia se deshace de un asesino que los gobiernos europeos tenían por amigo; asesinan al más despiadado de los hombres que han pisado en estos últimos años la Tierra: Osama Bin Laden. Poco después, Somalia se muere de hambre. El Mundo llega a siete mil millones de habitantes. Se declara definitivamente el fin de la Guerra de Irak y España cambia de Gobierno. Mueren Lyz Taylor, Severiano Ballesteros o el Maestro Antonio Chenel.

Cada  uno de vosotros tiene su propia lectura; hoy estáis muchos en mi mente. Algunos que pisáis el paro, que la muerte os birló a alguno de los vuestros o que las esperanzas puestas en una meta concreta no se han podido cumplir. El año se va y el juicio que cada uno haga de este será muy distinto. Yo no le pido nada al que está a punto de entrar, entre otras porque creo que la suerte no está escrita sino que se conforma y confecciona con la actitud y la labor constante. No hay más recetas.

Es la noche de los excesos y de la fiesta dictada casi por una norma y un decreto oficial. No comparto tal desenfreno. Para mí cambiar de año es tan normal como hacerlo de día y de mes. La fiesta de la Navidad para los que somos creyentes tiene su preámbulo y epílogo en la noche del 24 de diciembre y en la jornada del 25, por lo que esta “vieja noche” de hoy queda insustancialmente vacua de sentido. Cada vez que cambiamos de hoja en el almanaque nadie se lanza a la calle a la celebración masiva de esa nueva etapa, no sé por qué entonces hacerlo en un día como este.

Atravesamos el ecuador de la fiesta y miramos a ese 2012 que será, un año más, el de la crisis. No tengo esperanzas porque la derecha haya regresado a nuestro Gobierno. Simplemente porque somos capaces y porque tenemos el objetivo claro: ser menos pobres, menos improductivos, menos pedigüeños. Ahora nuestra clase política no se concentrará en nimiedades que han enturbiado lo importante, legislar para todos. Y eso es un avance.

Si esta noche optan por salir a las calles y disfrutar de la celebración, aprovechando la jornada vacacional del día siguiente, sólo les pido una cosa: ¡no den por el culo y si tiran petardos y similares, recuerden del exacto lugar de donde salieron, siendo bebés! Pueden por mi parte, introducir tales artefactos en el materno orificio de sus respectivas y dejar que el resto de los mortales no tengamos que soportar sus extraordinarias muestras de júbilo.

GRACIAS

viernes, 30 de diciembre de 2011

Atentado en el Aeropuerto de Barajas

No lo olvidamos. Dos muertos, 20 heridos, múltiples destrozos, el último alto el fuego quebrantado, la última paz ficticia. Así paga un asesino la supuesta confianza de toda una Nación. Hace hoy cinco años de esto pero sólo los que tienen la conciencia perturbada o la memoria comprada por intereses partidistas olvida esto.

Sea por tanto un aviso para navegantes y quede claro que con alguien que ha sido capaz de matar, pocas palabras y procesos se han de intercambiar.

jueves, 29 de diciembre de 2011

El Lavadero de la Puerta del Sol

La Placeta del Lavadero, dentro del que fue Barrio de la Virgen y hoy parte del Realejo. El Lavadero de las Tablas, de Santa Inés, de la Cruz, de Zafra, de la Manchega... Todas estas calles hacen referencia a los lavaderos públicos que tuvo Granada desde tiempos inmemoriales y que hoy nos sirven para hablar del que ha llegado hasta nuestros días en mejor estado, siendo posiblemente el más antiguo de todos. Su ubicación merece por sí sola ser incluida en las guías de la ciudad, desde donde se obtienen vistas al patrimonio y urbanismo granadino que a nadie dejan indiferentes.

Este Lavadero, llamado del Sol, toma su nombre de la puerta musulmana que desde el siglo XI tuvo esta parte de la ciudad. Estamos en el Realejo, huelga decirlo. La pieza que nos interesa, sustituye a otra que levantó la comunidad judía en Granada, a la que debemos el nombre de nuestra patria chica y que anexionaron los ziríes hacia 1013 desde Elvira o Ilbir, el actual Albaicín.



La obra es del siglo XVII. Sus columnas de piedra pertenecieron a una ermita próxima. Su tejado, una armadura de madera con tirantes, se protege con tejas vidriadas. Los pedestales de este templo del agua, de este testimonio de otras épocas, se asientan sobre un suelo de barro cocido y piedra en forma de espina de pez, el empedrado típico granadino con siglos de tradición.

Un peculiar monumento pero sobre todo un exquisito enclave desde el que descubrir una visión de Granada distinta y única. Tal vez en un espacio parecido, como venimos cantando estos días, la “Virgen está lavando”. 

martes, 27 de diciembre de 2011

Santa Sofía

No está consagrada a santa alguna, sino que su nombre responde a la transcripción fonética al latín de la palabra griega sabiduría, luego cuando se proyectó la soberbia Basílica que se terminara tal día como hoy y que en esta jornada está cumpliendo nada menos que 1.474 años, la idea era dedicarla a “La Santa Sabiduría de Dios”. Pero lo que seguro todos saben es que se trata del edificio bizantino más importante en la historia del arte y el símbolo perfecto de una época y una concepción religiosa en Oriente, luego mil quinientos años después, sigue sobresaliendo en ese país oriental en Occidente, entre Asia y Europa, dejando sorprendidos aún a cuantos se acercan a tan fabulosa Basílica que no fue construida por artistas sino por científicos.

Santa Sofía embauca al que la contempla por sus dimensiones. Su nave central es un cuadrado casi perfecto de 70 por 74 metros de dimensión. Fue durante 1.000 años la Catedral más grande del Mundo, hasta que en 1520 podía transitarse bajo las bóvedas de la Catedral de Sevilla, terminada al completo sus cinco naves descomunales. Pero es su cúpula la que siempre ha despertado todo tipo de halagos. Diseñada matemáticamente, mide 32 metros de diámetro y se eleva hasta los 57 metros de altura. Al apoyarse sobre cuatro pechinas usando hasta cuarenta contrafuertes por donde se intercalan ventanas, pareciera flotar, resultando la cúpula con mayor ingravidez de toda la historia del arte.

Se acabó en el año 562 convirtiéndose desde ese mismo instante en la segunda cúpula más grande del Mundo. Otras fantásticas piezas parecidas no lograron acercársele nunca. La de la catedral de Florencia es sin lugar a dudas la más armónica, pero no tan estructuralmente perfecta y grande. En cambio es algo mayor la de San Pedro, obra de Miguel Ángel, y probablemente la más exquisita. Pero ni la del Taj Majal, ni la de San Pablo de Londres (de 31 metros y hecha 1.100 años después), ni la de los Inválidos de París (de 1670 y 24 metros de diámetro) o la también parisina del Panteón (de 27 metros, concluida en 1790) la igualan. Por no olvidar la del Capitolio de Washington (de 28 metros y acabada en 1792), aunque tuvo que ser una española, la de San Francisco el Grande de Madrid, la que desbancara del segundo lugar a Santa Sofía, cuando se termina en 1770 y supera los 33 metros de diámetro.

Tal vez sorprenda más saber que tan gigantesca obra se inició en el año 532 y se terminó cinco años después. ¡Sólo cinco años después! A excepción de la cúpula, algo más grande que la actual pero que fue víctima del terremoto de diciembre del año 557, el resto del edificio se completó en tan escaso tiempo. Trabajaron en ella 10.000 personas y el material de su cantera salió de Éfeso, Siria, Egipto y la propia Bizancio. Ha sido saqueada en infinidad de ocasiones, y cuando Constantinopla cae en manos musulmanas en 1453, se convirtió en mezquita. Pero el padre de la patria turca, Atatürk, en uno de sus muchos aciertos políticos, tuvo a bien convertir el primitivo Templo cristiano en un Museo y Monumento públicos y secularizar su espacio. Ya que no era lógica su función religiosa por parte del Islam y su pueblo no entendería un guiño cristiano, que fuera espacio para el disfrute de los sentidos y de los amantes del arte.

Y desde 1935 sigue fiel a este empeño del presidente Atatürk. Pero sobre todo, sigue siendo la referencia de la arquitectura de la Antigüedad. 

lunes, 26 de diciembre de 2011

La Virgen de Belén en Granada

En 1615 se fundaba en Granada el convento de los monjes mercedarios descalzos, una colosal obra que con los años llegó a ostentar uno de los patrimonios más altivos de cuantas fundaciones monásticas tuvo la ciudad y que con la Guerra de la Independencia y la desamortización de 1835, quedaría arruinado. Hoy en su solar se levanta el Colegio José Hurtado en la Calle Molinos y parte de sus huertas sirve para el lugar urbanístico que en Granada conocemos como los “Hotelitos de Belén”. Pero fue el encargo que recibía Alonso de Mena en 1615 el que dará nombre al Convento, al enclave que hoy día persiste y a una de las obras cumbres de su gubia y de la escuela granadina, la primera de cuantas llevaría este nombre.

Se le dio tal nombre mediante una votación que se repitió tres veces. Y por tres veces los monjes extrajeron dicha advocación para la Imagen de María que habría de ser titular del Convento. Así nacía Nuestra Señora de Belén que en el siglo XVIII llegó a protagonizar peregrinaciones como la del 8 de diciembre de 1755 rogándole por el cese de los terremotos (con epicentro en Lisboa) que tan dañinos estaban resultando. Se había valorado la hechura en 150 ducados, pero quedaron tan contentos con la labor de Alonso de Mena, que le premiaron con otros 50 más. La Virgen se sienta sobre una jamuga sosteniendo al Niño en su rodillas, siendo Éste tan rotundo, tan sensible, tan poderoso a la hora de concentrar la atención del espectador que simplemente subyuga. Mientras, la Virgen lo tapa con los pañales en un gesto dulce e íntimo que causaría especial devoción en aquella Granada barroca. Es deliciosa la mano derecha del Niño, sobre el brazo de su Madre; su pie se apoya en el cuerpo, mientras que María no deja de mirar al espectador pero dentro de un ambiente protector. Hoy en San Cecilio, es inevitable empezar con tan buena obra de arte para acordarnos del tema de Belén en la escuela escultórica granadina.

A esta sigue la que se conserva en el Museo de la Catedral de Granada, nada menos que de Alonso Cano y que tuvo que hacerla para sustituir a su famosísima Inmaculada, posiblemente la mejor pieza de formato pequeño que ha dado todo el Barroco español. Cuando entregó en 1656 tal genialidad que coronaría el facistol del Coro de la Catedral, los canónigos la extrajeron del sitio y la condujeron a la Sacristía, donde hoy día sigue vigilando la ceremonia litúrgica de los oficiantes catedralicios. Entonces Cano talla esta otra en 1664, a dos años de su muerte. Mide 46 centímetros y todo en Ella es suavidad y armonía, aunque podíamos resumirla diciendo solamente: es una obra de Alonso Cano. ¡Y ya está todo dicho! Como curiosidad, hasta el siglo XIX no se le llamó de Belén, siendo conocida hasta entonces como Virgen del Rosario.

También en el Museo catedralicio se custodia una Virgen de Belén que con permiso de Cano, la hizo el más dotado de los escultores de nuestra escuela: Pedro de Mena. De bulto redondo y de 40 centímetros, recibió culto en San Bartolomé, hasta que en 1965 pasó a la Catedral, toda vez que la vieja Parroquia Albaicinera fue cerrada. Se data hacia 1680 y la blandura y elegancia del desnudo del Niño revela la calidad de su autor.

El Museo Provincial de Bellas Artes de Granada se hizo con no pocos bienes del Convento del Santo Ángel. Es una obra de otro de nuestros genios escultóricos, José Risueño. De 50 centímetros, el creador de la Virgen de la Esperanza demostró que conocía la pintura flamenca de los Van Dyck, la amabilidad del trabajo de los escultores italianos del cuatrocento y que era era el mejor barrista que antes nunca tuvo Andalucía.

En el inconmensurable Monasterio de San Jerónimo tenemos la siguiente Virgen de Belén, procedente del extinto Monasterio de Santa Paula, de tamaño natural, sentada y con un dinámico y resuelto Niño en sus rodillas al que mira con afecto maternal. Muy novedosa, es de principios del siglo XVIII y se debe nada menos que a José de Mora, el más espiritual de cuantos imagineros tuvo el barroco español. Su extraordinaria policromía y su riquísima vestimenta deja claro el gusto artificioso del autor. Además, era procesionada en la Nochebuena por las monjas de su Convento, tradición que a muchos nos encantaría ver repetida y desde donde animo a la Hermandad de la Soledad a encabezarla.

La escuela dejaría magníficos ejemplos en Córdoba, la Catedral de Málaga, en Priego de Córdoba, en Purchil y otros lares donde fue fecunda la labor de los artistas granadinos. Pero este tema iconográfico nació en Granada de la mano de Diego de Siloe hacia 1540 y desde entonces, se cultivó con fortaleza y gran capacidad por un buen número de autores, tanto en escultura como pintura. Por eso, en la foto de arriba, traigo el sublime ejemplo de este cuadro de Alonso Cano de 1646 que conserva nuestra Catedral.

La Virgen, tal día como hoy, debía estar en estos menesteres íntimos, domésticos, maternales y desde luego, tiernos. Nuestro arte lo supo reflejar extraordinariamente y aquí los traigo yo.

domingo, 25 de diciembre de 2011

25 de diciembre

No te gusta la Navidad porque se presenta ante ti como el periodo del año donde mayor consumismo e hipocresía llega a desplegarse ante tus ojos. Pero nadie, nunca, te obligó a participar de una fiesta adulterada y destinada a la reactivación económica del sector comercial. Y probablemente no te guste porque echas en falta a tantos que un día se fueron de tu lado. ¿Acaso es menos triste un día cualquiera del mes de mayo? ¿Menos oportuno el verano para recordar a los que marcaron el principio de tus días? Con todo, no te gusta.

Quizás formas parte de los que consideran extravagante exteriorizar una alegría que momentáneamente no sientes. Y te concedo que te resistas a estar feliz porque el dictado de la fiesta te aboca a “estar feliz”; pero oye bien que juntarse con familia, conocidos, amigos y vecinos con el exclusivo fin de derrochar simpatía y gracia, unas horas al año, jamás puede ser motivo de crítica.

A fin de cuentas, no te gusta esta Navidad remendada, falsificada con los siglos, porque te obliga una vez al año a soportar a miembros familiares con los que no has de tener encuentros puntuales. Ojalá nunca tengas que sentir la orfandad de un hermano, de un sobrino, de un tío o de un abuelo. Ojalá.

Pero precisamente con toda esta prosapia de argumentos, acabas de ser vencido por la Navidad, la auténtica, alejada del Universo de luces parpadeantes y de compras a toda prisa por las galerías de un centro comercial. Acabas de concederle más importancia de la que te gustaría. Reconoces en lo más profundo de tu corazón que la familia es fundamental y que rozas con ella porque con ella has vivido, porque a ella no le puedes ocultar tu pasado, porque a ella no le puedes engañar sobre tus orígenes ni sobre cuánto fuiste y eres. Y admites que la Navidad tiene adherida la idea sintomática y contundente de la felicidad, de la alegría, del exceso medido y jocoso; y tal vez te apetece más llevar la contraria y resolverte como alguien iracundo e irascible, pero como reminiscencia de una protesta juvenil incurable que sigue campando en tu corazón.

A la postre, la Navidad te evoca al que se fue porque el resto del año has jugado con el cinismo del olvido, te has hecho amigo del arma de no recordar para no rememorar buenos tiempos. O tal vez te empeñas en pensar que la muerte es el final y tu desesperanza es un abrigo de mil capas del que no puedes desprenderte.

Ahora, permíteme que te cuente qué es la Navidad, o al menos que te esboce qué dio pie a la fiesta que detestas. Cómo en la madrugada del 25 de diciembre, 2.000 millones de cristianos y 1.500 millones de musulmanes recuerdan que nace Jesús, o Isa, alguien que, si no crees en Él, al menos estás condenado a reconocer que existió y cambió el Mundo. Y si bailas coquetamente con el ateísmo no dejas de admitir que ha sido el espejo más vívido, limpio y perfecto en el que se mira la sociedad de todos los tiempos, y habrá de mirarse. Conmemorar el nacimiento de la persona más influyente de la Historia de la Humanidad vale más que mil copas de campeones del Mundo, cuando al fin luciste los colores de tu nación sin complejos, un julio de 2010. Y la alegría de esa jornada, contagiosa y renaciente no te enfadó tanto.

La Navidad es el momento de la tradición; y nunca viene mal repetir lo que tus mayores hicieron. El homenaje sentimental merece la pena. Como tampoco vendrá nunca mal que fuerces esa risa que ante el televisor sí le das rienda suelta. Porque a veces la felicidad es enseñarla para que otros estén felices.

Pero aunque no compartas esto, aunque te cueste incluso respetarlo, ten en cuenta que hoy, la Navidad que verdaderamente celebramos hoy y tras la que el resto de compromisos festivos ya dejan de tener sentido, no es otra cosa que lo que venimos haciendo millones, cientos de millones de personas en los cinco rincones de esta Tierra nuestra: invocar el Nacimiento del Hijo del Hombre. Porque somos felices sabiéndolo entre nosotros. Y si llevamos a la práctica (también, también en Navidad) lo que un día nos dijo que resumía todo su código humano, toda su enseñanza, la fiesta que aborreces por contagio, se abrirá ante ti con sentido renovado: “amaos”.

Mereces la pena, Navidad, por el universo de verdad que se encierra en el establo palestino de hace 2011 años. Y a ti, aunque te resista a decirlo y a oírlo, te deseo una FELIZ NAVIDAD.

sábado, 24 de diciembre de 2011

La Noche Buena.

Las horas previas a la noche más entrañable de cuantas tiene el calendario occidental y máxime teniendo en cuenta el desapego religioso que abunda en estos tiempos sobre nuestra sociedad, sigue siendo, aún para mal de algunos, la que estamos a punto de vivir. Será para los cristianos una “noche buena” e incluso los musulmanes, aunque no la celebren como tal, reconocen que en unas horas nace el Profeta Isa. Las dos principales religiones en número de creyentes, centrándose en la figura trascendental de Jesucristo. Algo de mágico tiene el día que ha visto además partos culturales de primer nivel y el nacimiento de otros grandes cuyas fechas quedarían eclipsadas por el Hijo de Dios.

Salzburgo es una ciudad imponente. A los lados de un sosegado río cuya actividad en tiempos del Imperio Romano terminaría por otorgarle el nombre a la ciudad austríaca, con una Catedral que embauca al que tenga una mínima sensibilidad estética y el Castillo que simboliza el rectorado cívico del Arzobispado salzburgués durante siglos, cerca de aquí nació nada menos que Mozart. Pero además, es parte de ese país que ha dado a la música como casi ninguna otra nación. Quiero que nos traslademos ahora a un 24 de diciembre de 1818; El sacerdote Joseph Mohr ha concluido un villancico para que se cante en la Solemne Función de la Misa del gallo de la Iglesia de San Nicolás.

Los villancicos fueron registrados por vez primera en España, a finales del siglo XV, aunque viven su más esplendoroso apogeo ya en el siglo XVI. Son letras arrebatadoramente sencillas que prenden por toda Europa, dispuesta a emular precisamente el candor y lo pegadizo de este canto entre popular, castizo, sacro y adherente. Ese 1818 se oye por vez primera, muy cerca de Salzburgo, el más internacional y afamado de todos, el que crea el sacerdote austriaco Mohr bajo el nombre de Noche de Paz, que incluso fue cantado por ingleses y alemanes, enemigos, en el transcurso de la I Guerra Mundial. Una obra sin más pretensiones que está a punto de cumplir doscientos años.

Algo más tarde el Mundo aún no sabía que otro 24 de diciembre iba a nacer una de las composiciones musicales más colosales de todos los tiempos. Porque en un día como hoy hace 130 años, se estrenaba en el Teatro del Jedive de El Cairo, la incólume y apoteósica Ópera Aída, de Giuseppe Verdi. Muchos siguen creyendo firmemente que se escribió por encargo del gerifalte egipcio (los turcos crearon ese título para el Gobernador de su entonces provincia de Egipto, que al caer en manos inglesas en 1914, desapareció como cargo y como parte de la historia) para conmemorar la inauguración del Canal de Suez. Pero no es del todo cierto. En efecto, el dirigente tuvo ese empeño, pagando 150.000 francos a Verdi para que pusiera música a tan trascendental acontecimiento que abría Egipto al mar más si cabe. Es verdad que el grandioso italiano ya había trabajado antes con la autoridad del país de las pirámides inaugurando ese teatro dos años antes con su fabuloso “Rigoletto”. Pero ni por el Canal de Suez ni por más que gustarle el proyecto aceptó el encargo Verdi, que ante la propuesta de que pusiera sonido al final de las obras dijo que “él no escribía piezas originales”. De cualquier modo quería el jedive una ópera, que repitió el encargo a Wagner. Al fin, en 1871, un 24 de diciembre, nació para el mundo y la cultura, Aída.

Y hace 120 años, también hoy, en el pueblecito onubense de Moguer, castiza interpretación de lo mejor de la arquitectura vernácula andaluza, vio la luz de los días el Premio Nobel y admirable poeta Juan Ramón Jiménez. Tan incomparable figura de las letras, jamás olvidó su cuna, diciendo de ella: "Te llevaré Moguer a todos los lugares y a todos los tiempos, serás por mí, pobre pueblo mío, a despecho de los logreros, inmortal".


24 de diciembre. La noche más buena del año, pero un día fecundo para las artes y la cultura. Disfruten cuanto puedan y si quieren aprovechar la jornada, lean algo del poeta, mientras de fondo suena la “Marcha Triunfal” de la Ópera y al fin, todos juntos, entronizando al Niño en el pesebre casero, se entona un villancico de doscientos años, recordando que es la Noche de la Paz.


viernes, 23 de diciembre de 2011

Germana de Foix

La muerte de Isabel la Católica a efectos prácticos no supuso el tan temido desmembramiento del nuevo Estado que nació gracias a sus impulsos: España. Pero se corrió el riesgo. La tan manida frase de “Tanto monta, monta tanto” terminó por convertirse en una falsedad que descubrimos aquel 26 de noviembre de 1504, el día en que expiraba la que con toda probabilidad ha sido una de las personalidades más importantes de la historia de España.

Fernando el Católico había sido uno de los gobernantes más decisivos y acertados de su época y probablemente del periodo. Pero justo cuando muere su esposa, el rey aragonés es presa de un ataque de vanidad sin precedentes, que entre otras cosas pasa por asegurarse el control de todas las posesiones que ya tenía más las que le correspondían a su mujer (Castilla y el Nuevo Mundo), a la vez que decide empezar la más vergonzosa de las falsedades que han terminado convirtiéndose en leyenda y aceptada como verdadera por los españoles: la locura de su hija Juana. En noviembre de 2010 ya me referí a ella, desmontando su presunta enfermedad que si bien existió, fue aumentada a conciencia (aquí), y también comentamos que hubiera sido una gran Reina (aquí)

Cuando aún no se había cumplido un año del fallecimiento de la Reina, Fernando decide volver a casarse. Escoge a una joven de 18 años (él tenía 53), sobrina del Rey de Francia. En el pacto matrimonial, el monarca francés les da a ambos Nápoles como regalo nupcial y le cede el título de Rey de Jerusalén. Pero si no tenían hijos, ambas cosas volverían a Francia. Es aquí cuando se despierta la codicia del aragonés que se lanza a la empresa de ser padre una vez más al tiempo que para proteger la dote territorial, procurará que su hija Juana y su yerno Felipe de Habsburgo, no sean reyes nunca. Pero como quiera que la fortuna le es esquiva en la tarea de ser de nuevo padre, termina no sin protagonizar episodios un tanto oscuros, por reconocer a los reyes.

Su esposa era Germana de Foix, sobrina del rey de Francia Luís XII. Cuando muere Fernando el Católico, con toda probabilidad tras dos años tomando remedios para ser más fértil y lograr la obsesiva sucesión, tiene 29 años. El heredero español, de 17 años, es el Emperador Carlos. Germana por tanto es su abuelastra y le lleva doce años. Ese 1517, Carlos I pisa España y se “enamora” de su abuelastra con la que mantiene relaciones íntimas (era soltero) de las que nace Isabel, que aunque no será nunca reconocida oficialmente, siempre formará parte de la corte y será educada como Alteza.

No tardó Carlos I en casarla con uno de los nobles de su séquito, para acallar las habladurías y mantener el buen nombre de ambos. Desde entonces, poco nos importa ya la vida de Germana, que será nombrada virreina de Valencia, y que morirá en 1538 a la edad de 50 años. Lo que nos hace acordarnos de ella no es otra cosa que la perversión que hasta las personas más rectas, grandes y trascendentales pueden experimentar en su vida. Si el Rey Fernando el Católico fue considerado como el modelo de gobernante y estimado como un modelo a seguir por los reyes y altos cargos de su época, fue morir Isabel y envenenarse de la enfermedad de la codicia. Germana por supuesto, habría que dejarla al margen de las triquiñuelas de su marido, a la hora de inhabilitar a la verdadera heredera (Juana, mal llamada Loca) en connivencia con su nieto (hijo de Juana) Carlos.

Una reina consorte que se quedó con la miel en los labios... Tener descendencia y ser, sin concesiones, Reina consagrada. Y siempre me pregunto lo mismo: ¿qué hubiera sido de España con esta nueva dinastía? Yo casi que respondo... ¡No le hubiera llegado a Isabel la Católica ni a la suela de los zapatos! Y sin la herencia europea de Carlos I, o no hubiésemos sido un Imperio tan próspero, o nos hubiéramos ahorrado tan descomunal derroche en guerras absurdas. Ahora bien, tal vez no hubiera funcionado la unificación española ni prosperado el catolicismo europeo. 

jueves, 22 de diciembre de 2011

Arcimboldo

Más allá de sus capacidades técnicas, nuestro artista fue capaz de adelantarse varios siglos a las corrientes artísticas más innovadoras al punto de realizar una serie iconográfica que a muchos hoy les sugeriría la época de las vanguardias o del periodo de entreguerras, cuando lo cierto es que el italiano nacido en 1527, las acomete hacia el segundo tercio del siglo XVI. Su arte es el de un visionario, de una creatividad enorme que ha inspirado a artistas del siglo XX. Fue el primero en realizar pinturas invertidas, que dándoles la vuelta cobraban igualmente sentido y cambiaban el motivo original, o el que realizase composiciones a partir de piezas, esto es, formar un retrato del invierno, por ejemplo, mediante elementos naturales y vegetales que recordaran la estación. Su imaginación desbordante empieza a dar frutos ya en 1560, fecha a la que responden los dos dibujos que arriba y debajo de este párrafo conserva la Galería Uffizi de Florencia. En el de arriba, un diseño para la vestimenta de guerra de un caballo, que seguro daría pavor al enemigo. Abajo, un proyecto de trineo.

Giuseppe Arcimboldo (1527-1593) ideó en 1572 la serie de “las cuatro estaciones” que tuvo que repetir dada la fama y el aprecio con la que fue acogida en no pocas ocasiones, variando insustancialmente la misma cada vez que la reproducía. Se atrevió con una nueva idea que abundaba en este caso en los cuatro elementos de la naturaleza, y se empeño con vehemencia en los retratos el Emperador Rodolfo II que caracterizó de las maneras más atrevidas.

Hay una temática clave en su obra: el retrato invertido. El lienzo es un bodegón atrevido y rupturista. Al girarlo 90º se convierte en un retrato que sin pretenderlo, anunció el surrealismo y preconizó un estilo que había de ver la luz a partir de 1924, pero que Arcimboldo adelantó con la friolera de 354 años. Arriba y debajo de este párrafo traigo su famoso cuadro “El asado”, pintado en 1570.El cuadro muestra una fuente con lechones que alguien intenta tapar evitando que se enfríen. Pero al darles la vuelta, se han convertido en la cabeza de un grotesco personaje con una fuente por sombrero.

Esta absoluta muestra de originalidad superando incluso a otros pintores renacentistas como El Bosco y anticipando los estilos Dadá y Surrealista vienen a confirmarse en “El Hortelano”. En la foto de abajo, otro de sus retratos invertidos:

Pero hay una genial obra ejecutada en 1566 que sin duda habla por sí sola del ingenio del autor y de lo adelantado de su capacidad creativa. Se trata del retrato imaginario y alegórico de “El Bibliotecario” que se conserva en Suecia y yo les dejo justo abajo. Siempre me ha parecido una obra que, en vez de tener 450 años a sus espaldas, pudo haber hecho hace unos 60 Salvador Dalí.

¿Fue un autor con suerte o el estar al servicio de un mandatario le facilitó pintar lo que quiso sin tapujos ni cortapisas? ¿Si hubiera tenido que subsistir de su arte nos habríamos perdido al más anticipado y creativo de los pintores de la época moderna? Y a la postre: ¿cuántos grandes artistas tuvieron que claudicar y pintar lo que les pidieron en su momento frustrando su capacidad e ingenio para pérdida de la Historia del Arte? Afortunadamente no fue el caso de Arcimboldo, padre (o casi tatarabuelo) de la pintura contemporánea que, como en la imagen de abajo (“El agua, 1566”) marcaría un antes y un después indiscutible. 

miércoles, 21 de diciembre de 2011

La Fuente de Neptuno

Nada menos que San Carlos Borromeo, entonces Cardenal en Bolonia, propondrá el embellecimiento de la ciudad erigiendo una monumental fuente en un espacio céntrico de la urbe; para ello se diseña una espectacular fontana que se coronaría por la estatua del Dios Neptuno. El encargo de todo el programa iconográfico se le encomienda a Juan de Bolonia (1529-1608), el escultor francés que aprendió en Roma sobre las obras de Miguel Ángel. Este es el mismo que proyecta la escultura para Felipe IV de la Plaza Mayor de Madrid.

El artista quería reivindicarse después de haber perdido el concurso para realizar la Fuente de Neptuno de Florencia que como vimos hace unos días (aquí), inexplicablemente ganó Bandinelli, aunque no la llevó a cabo, para fortuna de la Historia del Arte. Sea como fuere, Juan de Bolonia quiso llevar a cabo un proyecto sobresaliente y con un fuerte contenido erótico que difícilmente pasó la inspección eclesiástica, a la que no obstante se le pudo engañar con artimañas propias de un genio. Así las cosas, las ninfas y nereidas de las esquinas sirven de surtidores manando agua directamente de sus pezones. Pero lo que no pasó por la criba de la Iglesia fue el descomunal tamaño que el escultor quiso regalarle a los genitales del dios Neptuno.

Como quiera que no se le permitió llevar a cabo tal cosa, Juan de Bolonia pensó en un modo de resaltar la virilidad del hermano de Júpiter. Y concibió a Neptuno con un sugerente pose permitiendo que desde un ángulo concreto, uno de sus pulgares quedara sobresalido de forma que se intuyera por debajo de su vientre a manera de un pene erecto. La obra coló, pero los boloñeses no pasaron desapercibida la carga sexual que había evadido a la censura de la Iglesia, hasta el punto que las damas de la ciudad se turbaban tanto al pasar por la plaza y ver al dios, que la Iglesia terminó durante el barroco por ponerle unas calzas o pantalones que ocultaran las vergüenzas del “rey de los mares”.  

La tradición entre los estudiantes de su prestigiosa Universidad es rodear la fuente dos veces en el sentido contrario a las agujas del reloj antes de un examen. Si a Juan de Bolonia le funcionó en 1565, cuando estudió la manera de incluir este guiño sexual a su magnífica obra, ¿por qué no iba a traer suerte al estudiante?

Sea como fuere, la obra es ejemplo de las cualidades artísticas de su autor, que como hemos visto además, ha de tener capacidades creativas enormes como para “colar” algo así a la mismísima Iglesia de la Contrarreforma.