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jueves, 15 de diciembre de 2011

Laocoonte

Laocoonte era el sacerdote del Templo de Apolo. Estaba en Troya en el momento en que los griegos, en la más hábil de cuantas argucias bélicas tiene la historia, introdujeron el caballo de madera con el que conquistarían la ciudad. El sacerdote era avispado, porque no se creyó que en efecto, fuera un regalo y pronunció la famosa frase: “desconfío de los griegos incluso cuando traen regalos”... Y a continuación, procuró quemar el caballo lanzándole palos en llamas. Pero estaba claro que los dioses sí se pusieron de parte de los griegos, porque al instante castigarían al sacerdote Laocoonte, que ya había enfadado a Apolo rompiendo la norma del celibato y teniendo hijos. Y así, de repente, dos grandes serpientes se lanzaron a engullir a sus hijos y cuando el viejo sacerdote quiso socorrerlos, corrió la misma suerte.

Fue siglos después cuando la ya casi extinta escuela escultórica griega, se atreve a realizar la que sin duda pasa por ser una de las más reconocidas, afamadas y grandilocuentes esculturas clásicas. El conjunto de Laocoonte, fue ejecutado en el año 50 de nuestra era. Lo contemplan casi 2.000 años. De dos metros y medio de mármol, es la mejor expresión del mundo antiguo y la obra cumbre de la escuela de Rodas. Fue descubierto en 1506 por una agricultor. Avisado el Papa, mandó a sus artistas de más confianza: Sangallo y Miguel Ángel. Acababa de aparecer nada menos que la escultura que fue del Emperador Tito, de la que Plinio dijo que era la obra de arte más preferible que la escultura y la pintura había producido jamás. 1.500 años después, ahí estaba. Julio II la mandó trasladar en procesión, como si fuera una Imagen católica bendecida, hasta los palacios papales.

Le faltaba un brazo y fue Miguel Ángel el que lo reconstruyó. En 1957 apareció el original, y por si ya había más que pruebas refutables que decían que Miguel Ángel era el artista más grande de todos los tiempos, el brazo original recién aparecido, era idéntico al que supuso el genio florentino que hubo de ser y talló él mismo 450 años antes. Pero la historia que hoy nos interesa es todavía más rocambolesca. Nada más subir al trono de Francia, Francisco I continúa la guerra en suelo italiano. No había salido bien parado el ejército francés con anterioridad, derrotado una y otra vez por el Gran Capitán. En esta ocasión, se hacen con el Milanesado e impone al Papa, entonces León X, entre otros, que como muestra de respeto y sello de la paz, le dé varias piezas de arte de indudable valor. Una de ellas era esta genialidad que llevaba descubierta 9 años.


Era buen negociador el Papa, que consigue acallar al pérfido rey francés (todavía sería 4 veces más derrotado por los españoles bajo el gobierno del Emperador Carlos) convenciéndolo de que se quede con una copia. En aquel tiempo, el más grande, Miguel Ángel, estaba haciendo la Basílica de San Lorenzo y le era imposible reproducir la colosal escultura helénica. Pero había sabido venderse de una manera extraordinaria Baccio Bandinelli (1493-1560), un joven entonces de 23 años que siempre fue fiel a su fama de problemático, celoso y soberbio. Cuatro años antes, en 1512, cuando Miguel Ángel exponía en los salones del Ayuntamiento de Florencia su cartón preparatorio de la Batalla de Cascina (con la que había humillado a Leonardo mientras este hacía la Batalla de Anghieri), en un arrebato se acercó a la obra y la desgarró.

Estas eran sus credenciales. Pero a León X, que lo que más procuraba era conservar intacto el legado pontificio, le pareció oportuno que fuera Bandinelli el que se encargara de realizar la copia de Laocoonte y sus hijos destinado a Francio de Francia. Y manos a la obra, la termina en 1525. Entre tanto, el emperador Carlos y los españoles habían tenido entretenido al rey galo y ya le habían perdonado una vez la vida. Mientras, los territorios italianos quedaban en manos españolas y el Papado, libre y con posibilidad de anexionarse más territorio. No había prisa alguna. Al punto que muere León X, muere su sucesor Adriano VI y concluye la obra con otro Medici en la silla de Pedro: Clemente VII.

Tanto se había vendido Bandinelli que cuando el Papa Clemente vio la copia de Laocoonte tuvo que quedarse estupefacto. La anatomía del torso dista mucho de la violenta ejecución del original, demasiadas venas y arterias por la piel y una reconstrucción del brazo derecho con excesivo albedrío. Y así las cosas, nunca se envió a Francia, no sabemos si por vergüenza del Papa, por no provocar a los franceses, o porque no merecía la pena ni como documento histórico. Hoy, está en la Galería Uffizi de Florencia, que es si acaso, demasiado para tan tosca obra. Quizás la desgracia de Bandinelli llega cuando Clemente VII encarga, ese mismo 1525 a otro escultor, una nueva copia.

Sugiero que retrocedamos unos años antes. En 1508, al fin, se instala en la Plaza de la República de Florencia, ante el Palacio de la Señoría, el grandioso DAVID. Al poco, encargará la ciudad una obra compañera a este colosal monumento que deposita en manos de Bandinelli. Ni de joven gozaba de reputación, aún no estropeada, el bronco y problemático escultor. Él debía esculpir a Hércules sometiendo a su enemigo. Ya cuando la pieza de mármol se trasladaba hasta Florencia, el pueblo reía a placer sobre las dotes del escultor. Antes de llegar a la ciudad, se cayó a las aguas del Arno, por lo que los florentinos acuñaron como chascarrillo que “el mismo bloque se había arrojado al río por la desesperación que le produjo al enterarse que iba a ser mutilada por Bandinelli”.

Pero se hizo. Y más le hubiera al mármol haber terminado con su suicidio frustrado, porque cuando en 1534 se descubrió, llegaron a escribirse hasta mil sonetos riéndose de la misma. Y a tal punto llegó la cosa, que el Duque Alejandro tuvo que mandar apresar a quienes siguieran haciendo mofa y escarnio de la estatua. Nunca Hércules sería más ridiculizado que entonces, cuando lo que se procuró era exaltarlo y con él a la República florentina.

La historia del arte, está llena de sucesos de este tipo, curiosos, anecdóticos y que ponen en su sitio a cada cual. 

1 comentario:

costalero gruñón dijo...

Lo que se aprende en esta alacena, David, me quedo como el papa Clemente..."estupefacto".

Un abrazo