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sábado, 24 de diciembre de 2011

La Noche Buena.

Las horas previas a la noche más entrañable de cuantas tiene el calendario occidental y máxime teniendo en cuenta el desapego religioso que abunda en estos tiempos sobre nuestra sociedad, sigue siendo, aún para mal de algunos, la que estamos a punto de vivir. Será para los cristianos una “noche buena” e incluso los musulmanes, aunque no la celebren como tal, reconocen que en unas horas nace el Profeta Isa. Las dos principales religiones en número de creyentes, centrándose en la figura trascendental de Jesucristo. Algo de mágico tiene el día que ha visto además partos culturales de primer nivel y el nacimiento de otros grandes cuyas fechas quedarían eclipsadas por el Hijo de Dios.

Salzburgo es una ciudad imponente. A los lados de un sosegado río cuya actividad en tiempos del Imperio Romano terminaría por otorgarle el nombre a la ciudad austríaca, con una Catedral que embauca al que tenga una mínima sensibilidad estética y el Castillo que simboliza el rectorado cívico del Arzobispado salzburgués durante siglos, cerca de aquí nació nada menos que Mozart. Pero además, es parte de ese país que ha dado a la música como casi ninguna otra nación. Quiero que nos traslademos ahora a un 24 de diciembre de 1818; El sacerdote Joseph Mohr ha concluido un villancico para que se cante en la Solemne Función de la Misa del gallo de la Iglesia de San Nicolás.

Los villancicos fueron registrados por vez primera en España, a finales del siglo XV, aunque viven su más esplendoroso apogeo ya en el siglo XVI. Son letras arrebatadoramente sencillas que prenden por toda Europa, dispuesta a emular precisamente el candor y lo pegadizo de este canto entre popular, castizo, sacro y adherente. Ese 1818 se oye por vez primera, muy cerca de Salzburgo, el más internacional y afamado de todos, el que crea el sacerdote austriaco Mohr bajo el nombre de Noche de Paz, que incluso fue cantado por ingleses y alemanes, enemigos, en el transcurso de la I Guerra Mundial. Una obra sin más pretensiones que está a punto de cumplir doscientos años.

Algo más tarde el Mundo aún no sabía que otro 24 de diciembre iba a nacer una de las composiciones musicales más colosales de todos los tiempos. Porque en un día como hoy hace 130 años, se estrenaba en el Teatro del Jedive de El Cairo, la incólume y apoteósica Ópera Aída, de Giuseppe Verdi. Muchos siguen creyendo firmemente que se escribió por encargo del gerifalte egipcio (los turcos crearon ese título para el Gobernador de su entonces provincia de Egipto, que al caer en manos inglesas en 1914, desapareció como cargo y como parte de la historia) para conmemorar la inauguración del Canal de Suez. Pero no es del todo cierto. En efecto, el dirigente tuvo ese empeño, pagando 150.000 francos a Verdi para que pusiera música a tan trascendental acontecimiento que abría Egipto al mar más si cabe. Es verdad que el grandioso italiano ya había trabajado antes con la autoridad del país de las pirámides inaugurando ese teatro dos años antes con su fabuloso “Rigoletto”. Pero ni por el Canal de Suez ni por más que gustarle el proyecto aceptó el encargo Verdi, que ante la propuesta de que pusiera sonido al final de las obras dijo que “él no escribía piezas originales”. De cualquier modo quería el jedive una ópera, que repitió el encargo a Wagner. Al fin, en 1871, un 24 de diciembre, nació para el mundo y la cultura, Aída.

Y hace 120 años, también hoy, en el pueblecito onubense de Moguer, castiza interpretación de lo mejor de la arquitectura vernácula andaluza, vio la luz de los días el Premio Nobel y admirable poeta Juan Ramón Jiménez. Tan incomparable figura de las letras, jamás olvidó su cuna, diciendo de ella: "Te llevaré Moguer a todos los lugares y a todos los tiempos, serás por mí, pobre pueblo mío, a despecho de los logreros, inmortal".


24 de diciembre. La noche más buena del año, pero un día fecundo para las artes y la cultura. Disfruten cuanto puedan y si quieren aprovechar la jornada, lean algo del poeta, mientras de fondo suena la “Marcha Triunfal” de la Ópera y al fin, todos juntos, entronizando al Niño en el pesebre casero, se entona un villancico de doscientos años, recordando que es la Noche de la Paz.


1 comentario:

costalero gruñón dijo...

Pues que sea de Paz también para tí, David, y que El que va a nacer esta noche, y podremos colocar en el belén familiar, te colme a ti y a los tuyos de la mayor de las felicidades.

Un abrazo hermano, y feliz Navidad