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viernes, 9 de diciembre de 2011

Joaquín Turina

Finalizado el siglo XVIII, y presumiblemente desde la muerte de Goya, la creatividad española sólo era destacable mediante la aportación de algún autor muy concreto que elevaba a la categoría de arte alguna producción señalada. Si además hemos de irnos a la música, España atravesaba una dilatada crisis en relación con el resto de países europeos, más teniendo en cuenta que con el Barroco y el Romanticismo, el centro de Europa había alcanzado una cúspide que nuestra nación estaba lejos de atisbar. Desde el Renacimiento, nuestras obras musicales no podían competir con las del resto, y ni siquiera éramos capaces de crear nuestra propia Ópera Nacional.

Con Felipe Pedrell (1849-1922) llega el revulsivo y al toma de conciencia. El musicólogo pare un  “manifiesto” al que pone el nombre de “Por nuestra música”; su pretensión es que tras el estudio de las raíces y orígenes musicales españolas, se alcance un renacer de esta en base a nuestro folclore propio. La inspiración que produce no se haría esperar, y tomando como punto de partida la música tradicional andaluza, el empleo de la guitarra como instrumento reconocible y la exaltación del sentimiento patrio (aún perseguida España por el desastre de 1898), se consigue la creación de un espíritu musical español y devolver al país a la esfera internacional de la música de calidad.

Los inicios de este “nacionalismo español” vendrán apuntados por Isaac Albéniz (1860-1909) o Enrique Granados. Del primero, “Cantos de España” incide en el folclorismo más patrio. Del segundo, la idea de nacionalización de una música que sirva de representante al Estado Español queda más que presente con títulos como “Danzas españolas” o “Goyescas”, donde los arabescos (un ornamento, un punteo tal vez) alcanzan inimaginables cotas.


Llega entonces un segundo periodo del nacionalismo musical español, que está definido por el que, puede ser, terminará convirtiéndose en el más pretendido, popular e interesante de todos los músicos españoles desde el Renacimiento. Es don Manuel de Falla, gaditano de nacimiento pero granadino de corazón. Y precisamente en este segundo periodo, mientras nos acordamos de “El amor brujo” o “El sombrero de tres picos”, se encuadra nuestro hombre.


Nació Joaquín Turina en Sevilla y desde los cuatro años se rebeló con unas aptitudes que le valieron la mención familiar de “niño prodigio”. Dio su primer concierto público con 15 años tocando una pieza de Thalberg y al poco, componía su primera obra, dedicada además a una Hermandad: “Coplas al Señor de Pasión”. Tiene todo cuanto puede necesitar: su familia, el reconocimiento público de sus ciudadanos y hasta una novia. Y con todo, marcha primero a Madrid, más tarde a París, para formarse. Apasionado por las orquestas sinfónicas, para ellas realizará sus más extraordinarias aportaciones.

La amistad labrada con Falla en Madrid, hará que visite Granada cuando el maestro don Manuel reside en la ciudad de los Cármenes. El testimonio fotográfico de arriba es una prueba del folclorismo de Turina hasta en la visión idílica del pasado monumental español.  Obras escénicas, música cinematográfica, para orquesta, piano, óperas... “Danzas fantásticas” o “Sinfonía sevillana” son los ejemplos extraordinarios de la calidad de este músico que nacía un día como hoy de hace 129 años.

Permitan que yo traiga hoy a esta Alacena un fragmento de una de sus obras. En 1914 escribía su Ópera Margot. En el segundo cuadro del segundo acto, bajo el nombre de Noche del Jueves Santo, se produce el clímax absoluto. El propio Turina escribió antes de que se estrenara el 10 de octubre de 1914 en el Teatro de la Zarzuela de Madrid: “Mis deseos y esperanzas al escribir Margot no son otros que ayudar al resurgimiento del drama lírico español [...] Andalucía es, sin duda, fuente de lirismo para compositores andaluces. Tan maltratada ha sido por los extranjeros y los forasteros, que me parece inútil insistir en ello. El fondo del sentimiento andaluz es triste, ¡y se empeñan en una continua pandereta!” Noventa años después, José Manuel Bernal Montero instrumenta esta parte a cuya resultas, heredamos la más sublime de las marchas procesionales que antes nunca, con permiso de los Font, ha visto la luz. Y abajo entienden por qué.

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