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jueves, 8 de diciembre de 2011

Inmaculada Concepción


Que se trata de la aportación a la fe católica más sólida y plenamente hispana de cuantas pueda haber no nos cabe duda. Pero en algún momento, algún lugar, alguna ciudad de la actual España hubo de servir de germen a la eclosión devocional y la defensa a ultranza que motivó la defensa en esta verdad que ha sido, con diferencia, la que más le costó a Roma considerar como Dogma, como verdad irrefutable. Cuando el Papa, entonces Pío IX, se decidió de veras a elevar a la dignidad de Dogma que la Virgen no fue tocada por el pecado original, en 1854, con toda probabilidad hubo una tierra en este Mundo que se había adelantado al sesudo empecinamiento de la Jerarquía Eclesiástica, quizás, 1.500 años.

La primera vez de la que hay constancia que se habla sobre la concepción sin pecado de la Virgen, ya en el seno de su madre Santa Ana, fue de manos de un granadino. Se llamaba Gregorio y jugó uno de los papeles fundamentales en el comienzo de la Iglesia en Occidente y especialmente en el sur peninsular, ya bajo el amparo institucional del Imperio Romano. Gregorio alcanza la mitra de Granada en el año 353. Será obispo hasta el año 393 como los documentos y testimonios arqueológicos comprueban, y de su sagacidad y altura intelectual dan cuenta, entre otros, nada menos que el mismísimo San Jerónimo.

Gregorio, desde entonces de Elvira o el Bético, en su tratado sobre el Cantar de los Cantares, afirma que la existencia del pecado original con el que nacemos todos los mortales, no tuvo lugar en la Virgen que fue preservada hasta de eso por las gracias con las que quiso signarla y destacarla Dios Padre. Habría que esperar casi tres siglos para que de nuevo se viera esta creencia reflejada en el Mundo. Y no llegaría de manos cristianas ni occidentales. Será en el Corán, donde se contenga que “María, a quién no tocó la mancha”, predique con vehemencia esta afirmación de fe. Y las dos grandes religiones que tienen a la Madre de Cristo como eje de veneración, quedan así unidas en un solo propósito. El libro sagrado musulmán es, tal y como nos ha llegado, del año 632, a la muerte del Profeta Mahoma.

Granada ha sido uno de los centros culturales e intelectuales musulmanes más apremiantes de cuantos ha habido en la Tierra. Casi ocho siglos de dominio musulmán y de especial protección a la cultura y al pensamiento dentro de los muros de la que tantas veces ha sido capital, es algo imborrable. Estaba ya abonada esta tierra desde al menos el año 360 con las palabras de San Gregorio de Elvira. Y el Islam ratificaría este precepto. No es de extrañar que el pueblo granadino se viera íntimamente envuelto en esta defensa, protagonizando además uno de los capítulos más interesantes: que dos religiones presuntamente antagónicas y enfrentadas, encontrasen a través de la Virgen María un nexo de unión.

El 8 de diciembre de 1491, el Reino de Granada es ya una sombra de lo que fue. El último de sus sultanes, Muhammad XII, al que las crónicas nos lo han presentado como Boabdil (el Chico), recibe a siete caballeros cristianos que en nombre de los Reyes Católicos parlamentarán con la corte granadina la rendición de la ciudad y la entrega de los últimos bastiones musulmanes a la Corona de Castilla. Terminada la reunión y con la firma de esas “Capitulaciones” firmadas en el Real Sitio de Santa Fe, la expedición cristiana se marcha de nuevo de la todavía ciudad musulmana (menos de un mes como tal le quedaba) y antes de abandonarla por la puerta del Arrabal, próxima a la Mezquita Mayor (donde hoy se alza Catedral y Sagrario), se atreven a realizar una heroica gesta que no es otra que clavar sobre el alfiz de la puerta principal un cartelón que reza: Ave María.

Señalo como trascendental este punto... Y recuerdo que será durante el pontificado de Pedro de Castro (que fue arzobispo granadino durante los 21 años que van de 1589 a 1610) cuando la ciudad viva una explosión mariana sin precedentes, donde a raíz de los falsos libros plúmbeos, será la figura de la Virgen el eje central por donde discurra esa fusión de fe entre catolicismo e islamismo. Con todo, cuando Pedro de Castro sea nombrado Arzobispo de Sevilla en 1610, será aquella ciudad la que viva con intensidad el inmaculismo, que ya había germinado un poco antes en Granada.

De otros hitos trascendentales hemos de quedarnos con que Granada conserva la Iglesia más antigua dedicada al Misterio de la Inmaculada Concepción. La del Monasterio de San Jerónimo. Si hubo otras consagradas antes, no existen o perdieron al poco su nombre, por lo que la primera del Mundo sigue izada en Granada. E igualmente ocurre con la Primera Cofradía del Mundo dedicada a la Inmaculada; se fundó ese 8 de diciembre de 1491, tras la heroica gesta de fe de los caballeros cristianos a cuya cabeza iba Hernán Pérez del Pulgar y sigue viva y latente en el Monasterio de la Concepción de Granada, uno de los cuatro espacios sacros consagrados a tal advocación mariana.

A la postre, convendría recordar que en 1618 se levanta el primer monumento del Mundo a la Inmaculada. El granadinísimo Triunfo, con 22 metros de altura, deja constancia de la arraigada manifestación concepcionista que vivió desde siempre la ciudad de Granada y que especialmente intensa sería en el siglo XVII, donde 1640 hay procesiones con la iconografía que nos ocupa, cuando aún algunas órdenes religiosas y acendrados personajes eclesiásticos se negaban a reconocer que la Virgen fue concebida sin el pecado original.

Recorrer Granada desde el arte es la mejor manera de darse cuenta que esta ciudad capitalizó durante mucho tiempo el empuje y la defensa de esta creencia. Su Universidad, su Ayuntamiento o su Curia Metropolitana abogaron y acusaron cartas para que las instancias superiores no cejaran en el empeño de reconocer esta virtud a la Virgen. Nadie deja atrás a Sevilla, con toda probabilidad la ciudad que con más intensidad vivió el concepcionismo y donde más prendió su defensa, si bien es cierto que no le cabe el honor de ser la primera ciudad del Mundo en consagrarse a tal dogma, puesto que queda demostrado, fue Granada la que primero propuso lo que a Roma le costaría nada menos que 1.500 años reconocer.

La historia de la Inmaculada Concepción y España se resume de manera difícil. Valencia, Toledo o Barcelona juegan también papeles importantes en ella. Como los reyes Carlos I, Felipe II, Felipe IV y al fin, Carlos III, que consigue del Papa que la Inmaculada sea la Patrona de España y el privilegio de usar en exclusividad el color celeste en la fiesta y vísperas del 8 de diciembre. Casi cien años antes a la proclamación dogmática sucederá esto, y quedará para la memoria como el mejor testimonio de que España entera será la iniciadora y única defensora de una virtud que jalona a la Virgen María y que aflorará en el Sur peninsular, en Granada, auspiciada y aumentada en Sevilla y tenida como cierta por todos los españoles durante siglos, hasta que ya ni Roma ni nadie pudo hacer durante más tiempo, oídos sordos a la proclama que España lanzaba con rotunda creencia y seguridad.

Tal día como hoy, con independencia de que los católicos festejemos la jornada con la firmeza de ver en María la reunión de virtudes morales que nos sirven como modelo, también tenemos en cuenta la aportación española, la memoria contundente y categórica de nuestro celo, repasamos la historia de nuestra aportación y nos jactamos de formar parte de un pueblo sin el que la Iglesia Católica no sería lo que es, ni nuestra fe hubiera llegado a donde España la llevó. Y además, como granadinos, presumimos de otra de las muchas facetas culturales, artísticas o intelectuales donde hemos sido, (una más), los primeros de todos en ver, creer, inventar, defender o propagar. Es el caso de la Concepción sin mancha de la Virgen.

P.D: Recuerden algunos curas de Granada, que la bandera de España en un Altar de la Inmaculada, no daña a nadie, ni debe hacerlo. Primero porque es la Patrona y la bandera no puede causar mal alguno a un español que tenga dos dedos de luces. Segundo, porque sin la Patria, no creemos que alguna vez se hubiera dicho desde Roma que la Virgen es Inmaculada. Y tercero, porque sin España, el catolicismo hoy sería una religión residual y en tan franca decadencia que quién sabe si su fuerza moral y espiritual no estaría ya casi en peligro de extinción. Y tengan bien en cuenta esto. Eso, y un episodio histórico: cuando el Papa deja de ser Vicario de Cristo y se convierte en político que muerde la mano española. Entonces, un 1527, la nación defensora del catolicismo, entró en Roma y dejó bien claro que en el Mundo manda Dios, pero en la Tierra lo hace España. Si algunos curas, vicarios territoriales, les da por manchar nuestra bandera, quizás es momento de recordarles algunas cosas... Y hasta aquí sigo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hermano amén, menos mal que ha seguido usted solo hasta ahí, porque con los tiempos que corren en que algunos pocos reniegan de su bandera o se avergüenzan, no sería raro que se viera usted envuelto en algún embrollo, e incluso de ex........., a
Dios lo que es de Dios, al Cesar lo que es del Cesar, y a España lo que es de España.

Viva la Inmaculada Concepción de María, y Viva España.
Un abrazo hermano.
Morillas.