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viernes, 23 de diciembre de 2011

Germana de Foix

La muerte de Isabel la Católica a efectos prácticos no supuso el tan temido desmembramiento del nuevo Estado que nació gracias a sus impulsos: España. Pero se corrió el riesgo. La tan manida frase de “Tanto monta, monta tanto” terminó por convertirse en una falsedad que descubrimos aquel 26 de noviembre de 1504, el día en que expiraba la que con toda probabilidad ha sido una de las personalidades más importantes de la historia de España.

Fernando el Católico había sido uno de los gobernantes más decisivos y acertados de su época y probablemente del periodo. Pero justo cuando muere su esposa, el rey aragonés es presa de un ataque de vanidad sin precedentes, que entre otras cosas pasa por asegurarse el control de todas las posesiones que ya tenía más las que le correspondían a su mujer (Castilla y el Nuevo Mundo), a la vez que decide empezar la más vergonzosa de las falsedades que han terminado convirtiéndose en leyenda y aceptada como verdadera por los españoles: la locura de su hija Juana. En noviembre de 2010 ya me referí a ella, desmontando su presunta enfermedad que si bien existió, fue aumentada a conciencia (aquí), y también comentamos que hubiera sido una gran Reina (aquí)

Cuando aún no se había cumplido un año del fallecimiento de la Reina, Fernando decide volver a casarse. Escoge a una joven de 18 años (él tenía 53), sobrina del Rey de Francia. En el pacto matrimonial, el monarca francés les da a ambos Nápoles como regalo nupcial y le cede el título de Rey de Jerusalén. Pero si no tenían hijos, ambas cosas volverían a Francia. Es aquí cuando se despierta la codicia del aragonés que se lanza a la empresa de ser padre una vez más al tiempo que para proteger la dote territorial, procurará que su hija Juana y su yerno Felipe de Habsburgo, no sean reyes nunca. Pero como quiera que la fortuna le es esquiva en la tarea de ser de nuevo padre, termina no sin protagonizar episodios un tanto oscuros, por reconocer a los reyes.

Su esposa era Germana de Foix, sobrina del rey de Francia Luís XII. Cuando muere Fernando el Católico, con toda probabilidad tras dos años tomando remedios para ser más fértil y lograr la obsesiva sucesión, tiene 29 años. El heredero español, de 17 años, es el Emperador Carlos. Germana por tanto es su abuelastra y le lleva doce años. Ese 1517, Carlos I pisa España y se “enamora” de su abuelastra con la que mantiene relaciones íntimas (era soltero) de las que nace Isabel, que aunque no será nunca reconocida oficialmente, siempre formará parte de la corte y será educada como Alteza.

No tardó Carlos I en casarla con uno de los nobles de su séquito, para acallar las habladurías y mantener el buen nombre de ambos. Desde entonces, poco nos importa ya la vida de Germana, que será nombrada virreina de Valencia, y que morirá en 1538 a la edad de 50 años. Lo que nos hace acordarnos de ella no es otra cosa que la perversión que hasta las personas más rectas, grandes y trascendentales pueden experimentar en su vida. Si el Rey Fernando el Católico fue considerado como el modelo de gobernante y estimado como un modelo a seguir por los reyes y altos cargos de su época, fue morir Isabel y envenenarse de la enfermedad de la codicia. Germana por supuesto, habría que dejarla al margen de las triquiñuelas de su marido, a la hora de inhabilitar a la verdadera heredera (Juana, mal llamada Loca) en connivencia con su nieto (hijo de Juana) Carlos.

Una reina consorte que se quedó con la miel en los labios... Tener descendencia y ser, sin concesiones, Reina consagrada. Y siempre me pregunto lo mismo: ¿qué hubiera sido de España con esta nueva dinastía? Yo casi que respondo... ¡No le hubiera llegado a Isabel la Católica ni a la suela de los zapatos! Y sin la herencia europea de Carlos I, o no hubiésemos sido un Imperio tan próspero, o nos hubiéramos ahorrado tan descomunal derroche en guerras absurdas. Ahora bien, tal vez no hubiera funcionado la unificación española ni prosperado el catolicismo europeo. 

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