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lunes, 19 de diciembre de 2011

El condotiero Gattamelata

Erasmo de Narni era el capitán de los ejércitos de Padua. En italiano, el cargo viene a ser conocido como “Condotiero”. Al servicio primero del papado, luego de Venecia, se erigió en dictador paduano en 1433. Ese año muere y su familia decide erigir una estatua que perpetúe eternamente la memoria del militar, haciéndole el encargo al entonces más capaz de cuantos escultores había, el genial Donatello. La estatua se convierte en la primera en honor de un guerrero de todo el mundo moderno, sirviendo de inspiración a las que luego mandaría hacer Luís XIV, a la de Felipe IV en la Plaza de Oriente de Madrid y en definitiva, a cuantos honran la memoria de los ilustres dirigentes y militares de Occidente. Con 340 centímetros de altura y una capacidad resolutiva ingeniosa, es sin temor a dudas una de las mejores referencias artísticas de todo el Renacimiento y una de las obras capitales del arte moderno.

Pero la estatua esconde secretos más que interesantes; el primero de ellos, quién la costea: la propia familia. Nadie hace frente más que los herederos del condotiero a los costos que planteó Donatello en 1444. En aquel momento, Padua seguía bajo el poder veneciano y el Gobierno de la Serenísima consintió que se llevara a cabo el monumento, no sin preguntarse a qué se debía tal estipendio. Y quién más se lo preguntaría fue el propio pueblo de Padua que sabía, digámoslo de una manera elegante, de los escasos éxitos militares que Erasmo de Narni tuvo en vida. Así las cosas, los descendientes querían honrar la memoria de su dictador fallecido sin que cupiera algún mérito que lo hiciese digno de tal distinción.

En un primer instante quisieron que la fabulosa peana donde se asienta el équido y el jinete sirviera de contenedor de los restos mortales del Gattamelata. Este era su sobrenombre, que nosotros traducimos como “gato dulce o meloso”. Pero la Serenísima veneciana torció los planes. Se opuso a tanto fasto y el dictador y capitán militar terminó en una tumba de la Iglesia de San Antonio. Los paduanos empezaron pronto a sacar satíricamente chanzas y bromas sobre la escultura, no porque fuera grotesca o repelente, puesto que nadie duda de sus méritos que 560 años después nadie se ha atrevido a igualar, sino porque era cuando menos sarcástico que se representara a Erasmo de Narni sobre el caballo que había empleado para huir en una de las batallas.

Para colmo, Padua debía soportar toda una epopeya, una glorificación a un tirano: el caballo es el pueblo, el mismo que condujo con mano dura y rienda corta, espoleándolo con grandes espuelas, y sobre la pata delantera del caballo se encuentra una esfera que representa al mundo a sus pies. Pero esa bola de cañón que situó bajo el casco izquierdo de la montura Donatello, no era más que un guiño a los caballos de la Plaza de San Marcos de Venecia que dirigía los designios de la ciudad. Suponemos que tenía poco de amistoso la complicidad alegórica.

La estatua de un héroe que nunca lo fue. El monumento a un ciudadano ilustre que tiranizó a la población. Y una genialidad que inspiró los monumentos ecuestres del renacimiento y del barroco de toda Europa, luego por los valores artísticos y porque no dejaba de ser un recuerdo de la historia (más o menos grata) de Padua, sigue, 560 años después, en la Plaza del Santo, en el centro histórico. ¿Será España el único país del Mundo que con su Ley de la Memoria Histórica sea intolerante, o son los demás países del Mundo los raros?

1 comentario:

monaguillo dijo...

La respuesta a la pregunta final es "evidentemente sí". Seremos los únicos.