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miércoles, 30 de noviembre de 2011

William Adolph Bouguereau

Es uno de los más interesantes pintores europeos y como casi todos los creadores con una personalidad artística determinante, el reconocimiento le ha venido mucho después de su obra. La de arriba, “Dante y Virgilio en el Infierno”, la pinta en 1850 con sólo 25 años.

Nació tal día como hoy en 1825. Han pasado pues 187 años. Su formación sin duda se verá condicionada al pasar a vivir con un tío cura suyo a los 7 años. Al entrar en la Escuela de Artes de París, lo primero que le inculcan es una animadversión hacia el estilo romántico. A nuestro hombre, le dicen con rotundidad: “el romanticismo es una herejía a la que debes resistirte”. El cuadro de arriba, “Ninfas y sátiro” (1873) responde a una educación pictórica propia del academicismo y de un arte reglado, medido y que sigue poniendo en la Antigüedad Clásica sus ojos.

Pero, Bouguereau ¿qué pintura hace? Desde luego académica. Aunque algunos de sus cuadros rezuman un espíritu de sensibilidad propia del romanticismo. El ideal sublime de este movimiento no deja de estar presente en el autor. Y el realismo que contemporáneos suyos como Zola están perpetrando, se cuela en retratos y en personificaciones alegóricas. Incluso algunos temas costumbristas y cotidianos olvidan ese encorsetamiento académico. Quizás una de sus obras más conocidas sea esta de arriba, “El primer beso”, del año 1873. En efecto es una pintura de una corrección formal propia de la Academia. Pero la exaltación de lo sublime y el tratamiento edulcorado (y alegórico) del conjunto, se aleja de los postulados fríos y casi neoclásicos que le inculcan.

Su éxito viene de la mano de la figura del Emperador Napoleón III y su mujer, la emperatriz nacida en Granada, Eugenia de Montijo. Convertirse en el retratista de los monarcas le granjea todo tipo de éxitos. No nos cabe duda que cultiva el género religioso porque cultiva la espiritualidad católica amasada en su infancia. Es el caso de esta sugerente “Piedad” de 1876.

Fue un extraordinario dominador del mercado del arte. Pronto se dará cuenta que los temas mitológicos habían dejado de estar de moda y que la burguesía de su época demandaba principalmente asuntos amables, francos, cotidianos y donde pudieran verse reflejados. Por otro lado, la Iglesia era cada vez menos pudiente y los encargos más dilatados en el tiempo. Aún así, hay tiempo para flirtear (aunque sea conceptualmente hablando) con la alegoría redundante más propia de los prerrafaelistas que de los académicos. Esta pintura de arriba “La Caridad”, de 1878, comparte varias corrientes pictóricas en un mismo lienzo: la perfección de dibujo academicista y de herencia neoclásica. El realismo en el tratamiento de los rostros y la sensibilidad abotargante de la escena que bien pudiera haberse concebido desde el romanticismo. Yo también quiero ver la carga adoctrinante y alegórica del prerrafaelismo. La conjunción, juzguen, creo que es casi perfecta.

No quiere decir que Boguereau no se aplicara en el cultivo mitológico, como la imagen de arriba nos revela. Se trata de una revisión de un clásico. Su formación una vez que se alza con premios y becas francesas, culmina en Italia. Nunca niega su predilección por el renacimiento italiano y su admiración por los grandes de la Roma y Florencia del Siglo XVI, luego recordando a Botticelli, reproduce la escena en esta particular interpretación de “El nacimiento de Venus” (1879) que el maestro florentino había plasmado siglos antes.

La atmósfera, el uso cromático y la sensualidad latente del cuadro que ahora vemos, pueden reportarnos a Delacroix. Es un magnífico pintor de desnudos, dotando a la figura de la mujer de una carga erótica sin necesidad de caer en provocación, que muy difícilmente lograron siquiera igualar sus coetáneos. Es el ejemplo que traigo justo arriba, “El Ninfeo” (1879).

Tiene una particular forma de tratar los tipos. Renueva las iconografías con mucha capacidad creativa. De lo clásico y ya prefijado, pasamos a una carga original que nos indica “La flagelación de Cristo” de 1880.


Sigo insistiendo en que su estilo y su manera de pintar es el de un academicista. Como si no se hubiera roto la cuerda de Jacques Louis David. Pero no podemos negar que en la imagen de arriba, hay más que la frialdad hierática que aprendió durante su formación. Ha sublimado el conjunto, ha empleado la metáfora de un tema fingido y ha pasado por el filtro de lo romántico un asunto religioso como este: “El canto de los ángeles” de 1881.


Ahora toca hablar de esa fijación por los clásicos. Por los temas inmortales que han ocupado desde el trecento a los pintores. Vuelve a Grecia y a Roma con esta “estación”, con su obra “La primavera” que termina en 1886.

Más evidente es la foto de arriba. Su cuadro, “El amor en la mirada” (1890) nos habla con sutileza de un tema pintado por encargo, resuelto admirablemente y de un atractivo único. ¿Se trata de un retrato? No nos cabe duda. Pero esto no era concebible en el estilo en el que se movía. Por tanto, casi acuña una nueva manera de pintar, una escuela (no me atrevo a decir estilo) que lo distingue y lo avala. Es la mezcolanza obligada entre las reglas de varios estilos pero todo ello con una pintura donde el dibujo alcanza un protagonismo y una perfección propia del clasicismo y los colores coadyuvan al asunto, siempre en tonos fríos, neutros y sin destacarse sobre la línea, que es lo que verdaderamente le importa. Hoy día, se pinta con color. Ya lo hacía Goya. Como alumno de otra época Bouguereau no concebiría nunca que el color se superpusiese al dibujo.

Era el pintor preferido de Chopin. Hablamos del que con distancia, es uno de los mejores compositores románticos del mundo. Hay incluso cierto interés exótico en esta nueva obra. “La ola”, de 1896, no ceja en el empeño por crear un desnudo admirable, ser fiel a una pintura que busca la perfección técnica pero que encuentre salida en los domicilios alto-burgueses de la Francia del momento.

Toca de nuevo la alegoría. ¿Qué si no es esta “Compasión” (1897) que traemos ahora? Vuelve a sorprendernos, cuando ya no tiene nada más que decir (tenía 72 años), porque es capaz de crear nuevos modelos iconográficos que revelan su capacidad inventiva. El cireneo se acerca a Cristo en la cruz.

Para un particular tuvo que destinarse esta “Admiración”, del mismo año. Es un ciclo de sentimientos humanos, una lección en base a virtudes del ciudadano encarnadas por los más diversos asuntos, religiosos, cotidianos o mitológicos. Esta madre con el hijo lo evidencia.

Fue un enemigo acérrimo de la pintura impresionista, a la que definía peyorativamente. Esto le granjeó la enemistad de valores artísticos en alza como Manet o Degas. Estos dos pintores, dijeron de él que era “el artista más recordado del siglo XIX... en el año 2000”. Fue una premonición. Ha costado mucho recuperar los valores técnicos y ejecutorios de este autor. Limpiar su producción de las críticas que el arte contemporáneo ha vertido sobre él. Lo cierto es que para 1901 (cuatro años antes de morir), el año en que pinta el cuadro de arriba (“Las dos hermanas, de 1901”), está considerado el mejor pintor francés de su época y uno de los más grandes del mundo.

Y para acabar, lo tengo entre mis preferidos...

1 comentario:

guardabrisas dijo...

Totalmente desconocido para mí, me ha encantado lo que has reflejado de su obra. Contigo siempre se aprende algo nuevo e interesante, amigo David.