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miércoles, 23 de noviembre de 2011

Sevilla

Llevaba tiempo rumiando estas palabras, porque quizás te las debía. Y no conviene nunca dejar las deudas pendientes. Acaso fue en el mismo instante que aquel niño de 9 años te vio por vez primera. Probablemente el hombre ya que te recorrió, solo, calle a calle, palmo a palmo, impregnándome de ti sin voces que nos contaminaran en aquel encuentro. O tal vez, en cuantas veces estudié tu nombre, sinónimo del esplendor que te avala y te agranda. Porque el tuyo es un matrimonio con la profusión. Es un casamiento con el genio. Es una boda con el primor. Y te duran los esponsales, cientos de años.

Pareciera que todo en ti estuviese pensando para subyugar. Hasta los árboles de tus calles se conjuran con la magia del ambiente y emborrachan de efluvios que saben a gloria a los que pasan a su lado. Y tientan con la seducción de lo abigarrado tus portadas. Y perturban los colores de tus muros, y ciegan los destellos de tu río y enamoran los acentos de tus hijos.

Hoy hace 763 años que el rey de Castilla y de León, que el Santo Fernando, te tomó. Los musulmanes ya se encargaban de decir de ti que pocas ciudades podían igualarte. Desde el instante en que el pendón castellano se izó sobre el  alminar y yalmud, aún mocha esa torre embebida, de tu mezquita mayor, empezó una historia más rica, más próspera, más opulenta y más estética que nunca. Y fuiste el centro del Mundo y la llave de un Imperio. Y luego llegarían los artistas, los literatos, los pensadores, los poetas y los que adornaron el almíbar caliente de tu personalidad, copla a copla.

Hoy te pago mi deuda de la única manera que sé: rindiéndome ante ti. Nací en una ciudad, que además de ser la mía, ciertamente tiene pocas competidoras en España, y pocas podrían competir con ella en belleza y patrimonio. Tú eres una. Y cada vez me convenzo más que de no haber nacido en la cuna materna que Genil y Darro y mecen, estaría deseosamente convencido de hacerlo entre tus murallas, en las aristócratas faldas de la colación de San Vicente, en medio del barroco más fantasioso posible, al arrullo de “turris fortissima”, a la fe incontenible de tu Señor (que déjame sea un poco mío) y sabiéndome heredero de la historia y de las artes, compañeras de un viaje que te están durando ya 2.700 de vida.

Estoy convencido que una ciudad la hacen sus ciudadanos. Nunca al contrario. Cada urbe, cada localidad, es lo que es por sus ciudadanos. Nada más. Así que déjame que este granadino, hoy, te quite un poco el protagonismo y se lo conceda también a tus hijos, que te han ido haciendo a golpe de sol, a golpe de piedra, a golpe de color y a golpe de perfume... Y poniendo tanto amor, un desmesurado cariño, naciste. Y vio Dios que era buena la obra de sus hijos y te bendijo. Y conjurados tus ciudadanos y el mismo Dios a una, resolviste ser el espejo de la gracia y el feudo donde somos reclutados para las sensaciones, cuantos tuvimos la suerte de habitar, para que siempre ya habites en nosotros.

Yo soy un poco tuyo; y tú, simplemente, eres SEVILLA. 

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