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martes, 1 de noviembre de 2011

No a Halloween

Cuando un pueblo pierde su identidad difícilmente tendrá asumido el camino a seguir. Cuando la excusa de una celebración supera al peso de las tradiciones alguien debería recapacitar sobre qué se ha hecho mal. Cuando la relajación de según qué actos puede justificarse de manera rauda y veloz y para colmo airadamente, la educación ha tocado fondo; y cuando se admiten tradiciones jocosas, festivas, mal encaradas y a todos ojos exógenas y nada identificativas, sustituyendo a otras nuestras, la derrota se instala entre todos.

Soy alguien que admite con verdadera pasión aquella palabra machadiana donde uno es ciudadano del mundo. Soy alguien que jamás se ha resistido a las influencias de otros pueblos y otras culturas, siempre y cuando estas se cumplimenten con las nuestras, convivan con las propias y enriquezcan el panorama social de uno. Soy, en definitiva, alguien abierto a aprender, a conocer y a explorar el microuniverso que nos rodea, sin pestañear ante influencia alguna.

Pero me resisto a la americanización de una jornada festiva que lo es con un evidente componente católico. Y que recuerda a cuantos en vida hicieron algo loable por los demás. Como Vicente Ferrer, como Teresa de Calcuta, como el que un día evitó un robo o el que con frecuencia dona sangre. Como el que acoge en su casa a los familiares que no tiene qué llevarse a la boca, o el que se mete cada tarde en la casa de esa vecina olvidada por todos, sólo para estar con ella.

Son santos. Sin necesidad de figurar en las hojas de cantos dorados con las que Roma escribe a los canonizados. O mejor, son santos canonizados y desconocidos. Y el primero de los noviembres, la España de hace más de mil años celebra precisamente eso. Y la ciudad española que menos ha podido celebrarla, Granada, lleva 519 años sabiendo por qué el primero de los días de este mes, el calendario trae en rojo la jornada.

Eso celebro yo cada mes que viene precedido de uno de los refranes más nuestros: “dichoso mes, que entras con Todos los Santos y sales con San Andrés”. Habrá en la mesa esa castaña de la Alpujarra, tan escasa en este año de otoño seco. Y el boniato que antaño fue uno de los cimientos del estómago de Motril, asado con el mimo artesano que nos retrotrae al pasado. Y el membrillo, macerado con el azúcar que lo vuelve en la carne más deliciosa que sale de la tierra y no del solomillo de un animal. Y no faltará, porque el uno de noviembre es así, el terciopelo de la enagua de esa mesa de salón, los licores caseros que te traen los buenos amigos de Iznalloz, el dulzor insuperable de las granadas preñadas de granos de almíbar, o los primeros días de un frío evidente en esta Granada nuestra que no sería nada sin su pasado y olvidarlo y olvidar sus raíces es condenarse a la mediocridad. ¡Cuánto más España!

Es esta nuestra identidad, que los católicos acompañaremos con una misa donde especialmente, “nuestras oraciones secretas” (lástima de CV II) recordarán a aquellos santos sin altares ni capillas, sin retratos ni óleos, pero que nunca nos dejaron porque sus actos se prendieron indefectiblemente al corazón de los que seguimos. Y el sólo hecho de sabernos herederos de quienes un día creyeron que el mundo puede cambiarse brindando las manos de cada uno a los demás, nos sobran disfraces ridículos, nos colman los enjambres de personajes tétricos y nos parece que el mejor trato es pasar nuestros días de esta vida recordados por el afán de ayudar y que el mejor truco es el de poder recostar la cabeza cada día, con la conciencia liviana.

A mí no me esperen nunca conciliándome con aportaciones culturales que desplacen a las mías. Nunca dejaré de lamentarme de lo que soy y sé que el mes de noviembre resume melancólica y lánguidamente ese espíritu milenario del español que sabe cuál es su historia y qué fue forjando su vida y lo que es hoy día.

Y como todos los días de mi vida, me acordaré de ese santo en vida, sin necesidad de las aureolas y resplandores del barroco hispano, que dejó harto consuelo con su memoria y el testamento más firme y decidido que no se traduce en bienes muebles sino en ejemplos morales. Y con mi abuelo en la cabeza y lo español en el pecho, sé que hago bien deseándoos a todos, un muy feliz día de TODOS LOS SANTOS. Porque las buenas personas, jamás deberían disfrazarse y encarnar lo que no son.

6 comentarios:

J. Carlos Medina dijo...

Si no puedes con tu enemigo únete a él.
¿Cuantos festejos y ritos no ha adoptado para sí la religión católica con tal de no verse desplazada en el devenir de las culturas?

Aún así digo que es compatible una fiesta de disfraces, porque no nos engañemos, es un carnaval monotemático, con el hecho de disfrutar de nuestras tradiciones. Se pueden comer castañas disfrazado de vete a saber qué.

Baste recordar que Halloween proviene de la expresión inglesa "All Hallow´s Eve" cuya traducción es "Vigilia de todos los santos". Con lo que antaño ya se definía como la concatenación a una festividad religiosa.
Sin entrar en muchas profundidades es muy común también que antes de una fecha de respeto y devoción siempre hay una de divertimento. Carnaval es a la Semana Santa lo que Halloween es a la festividad de Todos los Santos.

En Galicia no les viene importado de EE.UU. tal festividad. Ellos mantienen la ancestral festividad del Samaín o Samhain que viene a ser esto mismo pero en su versión original.

No me preocupa tanto el hecho de comer menos castañas como el que cada vez esté mas de moda la incineración (por cuestiones económicas, claro) y que dentro de unos años no tengamos razón ni lugar para ir a honrar y recordar a nuestros difuntos.

En fin, no deja de ser el contagio de otra cultura a la que la humanidad está acostumbrada. Y Granada precisamente, es el mejor ejemplo de ello. Lo cual no quiere decir que ya mismo veamos una calabaza bordada en un techo de palio pero no hay que tenerle miedo si tenemos bien arraigadas nuestras costumbres y si no están arraigadas no serían tales costumbres.

Todo pasa y todo queda...

David R.Jiménez-Muriel dijo...

El origen que señalas es y no cierto; de primeras festejamos el arraigo de tradiciones ancestrales donde se suponía que en ese día, los espíritu podían realizar el recorrido de uno a otro lado de esos dos mundos que en la fe católica señalaríamos como el Cielo y la Tierra, luego ya es de por sí contrario a nuestras creencias.

Pero me preocupa bien poco el significado de algo exógeno a nuestra cultura, más que la aceptación de la misma cuando esta supone el desplazamiento de otra.

Si te das cuenta, en ningún momento he apelado a la festividad de los Fieles Difuntos, sino la de Todos los Santos, que arranca en las Vísperas, señaladas esta en nuestra fe por el día de antes a la celebración en sí.

Si un movimiento económico y social como el de la calabaza, con 90 años de historia, pues arrancó con fines publicitarios en una cabalgata estadounidense de 1921, se convierte en el escenario de todo esto, está claro que el cine (y el de serie b o cochambroso) ha cumplido su función. Y me parece absurdo reproducir tradiciones de poco empeño y aporte más si cabe cuando estas pervierten no ya el sentido católico de la fiesta en cuestión, porque seamos justos, España es cada vez menos religiosa, sino el mismísimo acervo cultural de la sociedad.

Lo atractivo de la fiesta anglosajona es el disfraz y las ganas de divertimento. Nadie abunda en una fiesta de componentes históricos, de peso cultural... Eso es doblemente negativo. Reproducimos influencias externas descafeinadas y grotescas, casi escatológicas. Ayer en Granada, la colección de niños pequeños con sangre en la cara y atributos propios de la greguerías de Gómez de la Serna, producían conmiseración.

A nuestros pequeños los introducimos en un universo de ocultismo, sangre, mundo tétrico... No creo que sea muy apropiado, pero por supuesto es absolutamente disparatado.

El Carnaval tuvo su presencia en España antes que el cristianismo. Y en el Carnaval, el jolgorio, la alegría, la capacidad y originalidad de disfraces... hacen el resto. Aquí, colmillos en punta, maquillajes opresivos, telarañas, tonalidades sepulcrales y apelaciones a brujas y hechiceros hacen el resto. ¿Te parece análogo a la fiesta latina de las carnestolendas? A mí no. Y menos como una importación de unos quince, quizás veinte años, bajo la premisa del cine malo y de lo tétrico y lo supranormal. El carnaval canta a la primavera, la alegría, la originalidad y nuestras raíces. El mundo del 31 de octubre a una sociedad todavía en pañales con menos de doscientos años de historia y cuyos libros de texto son los largometrajes de los años 70 en adelante y por supuesto nunca bajo la dirección de Kubric o de genios coetáneos.

Sinceramente, la defensa de Haloween necesita de tantos argumentos que se desinfla.

Creo haber tertuliado contigo sobre esto alguna vez: se trata de la paulatina sustitución de valores sociales que no precisamente tienen que ser mejores, ni siquiera iguales, para hacer tambalear los cimientos de una sociedad que buena parte de España cree antigua, casposa y retrógrada.

Y de ahí, nace otro debate.

Anónimo dijo...

Lo siento David. Aunque a mi no me gusta mucho la fiesta de halloween y lo de disfrazarme lo hago a regañadientes, no creo que tenga nada dañino para con nuestra festividad de Todos los Santos.
con lo de los valores morales, te doy la razon, pero no pensemos que los valores morales se desarraigan por un disfraz. Ni en Halloween ni en Carnaval. Busquemos qe hemos hecho mal como Iglesia Catolica.
Francis.

David R.Jiménez-Muriel dijo...

Francis, si no se trata de que tenga algo de dañino, o qué pueda molestar que cada uno opte por hacer lo que vea conveniente en su tiempo libre y con su apariencia. Lo que me resulta un poco chocante es apasionarse con disfraces grotescos, casi escatológicos o feos. Sangre, telarañas, heridas cutáneas y maquillajes opresivos como cuadros del expresionismo alemán me resultan de todo menos plausibles.

Si para colmo desplazan la auténtica personalidad cultural de un pueblo para abrazar el de otro, algo rayano en la estultez.

Claro que el derecho a ejercer el sentido del ridículo de cada uno, existe y es respetado. Pero ni compartido ni apoyado.

Al igual que el ingenio en carnaval es de aplaudir, con un canto más a lo alegre que a lo paranormal, fantasmagórico y oculto, el disfraz tétrico y lúgubre, casi macabro, me parece desde luego de un mal gusto supino.

Y no creo que la sustitución de las tradiciones y sentidos festivos propios del catolicismo por los de Halloween tengan que ver con los fallos de la Iglesia y de cuantos la hacemos. A ver si a Manolete lo mató una homilía ahora.

Pensemos, tal vez, como diría un amigo nuestro, que: ¿tú no serás tonto, no?

Oye, se nos va a poner mala la cerveza, hermoso... A ver si se toma pronto.

eloy dijo...

David, no te esfuerces, creo que todo es un producto de la sociedad de consumo en la que estamos inmersos. Y allá cada uno con sus creencias y sus tradiciones. Un abrazo

Santi dijo...

Lo que ha dicho Eloy... es un producto para el consumo, entre vacaciones estivales y Navidades.

Aunque no discuto que su propagación también tenga un fondo de trivialización de las creencias cristianas...
Yo no creo haberme disfrazado por la fiesta, pero si haber salido de copas... y bueno, en la juventud es normal cualquier excusa. Sea shamain, samain, jalogüín... o san Patricio (que nos bendiga a todos). Pero cuando en coles concertados de ideario cristiano "se celebra" esta fiesta, malo, malo... y luego como padres tienes otra. Si todos los niños se disfrazan de brujas y vampiros, ¿cómo le dices a tu niño que no puede disfrazarse y salir a la calle a jugar? Si tiene buenas notas, se comporta bien... ¿qué haces? Tampoco hay que ser extremista y, a veces, hay que tragar con las circunstancias... por muy estúpidas que sean.

Más grotesco es que el Latín se enseñe sólo a los de Humanidades y no passsa nada... salvo que confundimos, como decía la chirigota, cultura con culturismo.