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lunes, 28 de noviembre de 2011

Catedral de Cádiz

En 1717 los barcos que llegan a España procedentes del Nuevo Mundo tienen tal calado que el Guadalquivir ya no puede soportar el tráfico marítimo que conecta las dos orillas atlánticas. El Gobierno de Felipe V decide entonces que sea Cádiz el único puerto que mantenga relación con el Imperio, desposeyendo a Sevilla de ese monopolio comercial que desde el siglo XVI tanta prosperidad le había otorgado a la ciudad de la Giralda. Estaba claro que será ahora Cádiz el escenario de una riqueza donde cimentará su futuro.

La Catedral gaditana se asentaba sobre una Iglesia de 1260, la de la Santa Cruz. En 1596, la ciudad fue asaltada y saqueada por las tropas inglesas y holandesas, que entre otros edificios arrasan este; reconstruida en 1602, jamás tuvo el porte y la dignidad que merecía la población, si la comparamos con otras catedrales andaluzas. Conscientes de ello, y dejándose influir por la pujanza que desde 1717 se hacía notar en las calles gaditanas, los canónigos catedralicios deciden la realización de una nueva encargándole el proyecto a Vicente Acero.

El arquitecto venía de dirigir las obras de la fachada de la Catedral de Guadix, con toda probabilidad el escenario arquitectónico más barroco, dinámico y teatral de todas las catedrales europeas. Durante 7 años condujo una fachada, la accitana, que sin duda pasa excesivamente desapercibida para el mundo del arte y que desde aquí demando y recomiendo a todo apasionado de las artes y sensible a la estética, una visita obligada a la ciudad granadina de Guadix, aunque sólo sea para ver externamente su Catedral.

Vicente Acero estaba en Cádiz aquel 1722 que se convertirá en el año del encargo de la Nueva Catedral. El proyecto colosal que diseña jamás pudo llevarse a cabo porque el enriquecimiento de la ciudad (y por tanto del cabildo de la Catedral) ni fue tan continuado ni tan cuantioso como habrían de esperar los canónigos y habitantes, y porque el dilatado proceso de construcción, que se alargó durante 116 años, hizo de las suyas. Por una lado, en 1730 abandona las obras por enfrentamientos con el obispado de Cádiz, que además procuró modificar su concepto estético. Cuando muere en 1739 las obras sufren una variación sobre el modelo inicial, y cuando en 1757 se hace cargo de estas Torcuato Cayón, del imponente proyecto poco iba a quedar en la catedral gaditana.

Torcuato Cayón encarna al discípulo académico, al arquitecto formado ya en el aula, al artista que sigue los patrones y dictámenes oficiales y no deja espacio a la invención. Suegro de uno de los más grandes arquitectos neoclásicos españoles, Ventura Rodríguez, el gaditano Cayón es uno de los primeros en realizar obras neoclásicas y el que desde luego viene a significar el gusto de la corte en Cádiz. Mutilado el trazo original de Acero, barroco y soberbio, de la catedral primitiva que iba a ser sólo conocemos la fachada.

Bajo el nombre de “Santa Cruz sobre el mar”, poético como pocos, es el único edificio católico con una cúpula dorada, tal y como suelen rematar los musulmanes sus mezquitas. Se escogió así para que todo el que llegara a Cádiz se diera cuenta de la riqueza de la ciudad al observar el dorado emergente de esta cubierta catedralicia.  La cabecera se inspira en la Catedral de Granada, así como la solución del entablamento sobre el capitel que el genio Siloe creara para la Metropolitana de Granada y que se ha copiado hasta la saciedad en otras catedrales españolas y americanas.

Ha sido la última catedral en terminarse, si no tenemos en cuenta la de la Almudena. Barroca pero con un corazón neoclásico. Visible desde cualquier punto urbano de esa ciudad y lugar donde descansa el inmortal Manuel de Falla, hoy, hace 174 años que se acabó.

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