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lunes, 31 de octubre de 2011

La Capilla Sixtina

El 10 de abril de 1508 recibía Miguel Ángel el encargo de decorar los 40 metros de longitud de los paramentos de la capilla que Sixto IV mandó construir dos décadas antes en las estancias papales de la Ciudad del Vaticano. Por aquel entonces Bramante encabezaba el capítulo de los artistas de prestigio de aquella Roma que estaba transformando el concepto de arte en el Mundo, desbancando a Florencia como capital de las aptitudes estéticas. Y no dudó en aconsejarle al Papa que fuera el Buonarrotti el autor, a la espera de verlo fracasar en el proyecto.

Miguel Ángel se consideró siempre escultor. A pesar de las cualidades que tenía reservadas para toda disciplina artística, que lo hace ser el genio más grande que han visto los tiempos, sin necesidad de patrañas pseudo históricas que envuelven la vida de otros, y me estoy refiriendo a Leonardo. Y lo cierto es que la situación entre Julio II y el florentino no pasaba por sus mejores momentos, después de haber vivido una disputa sin precedentes a causa de la tumba papal, algo más relajada aquella riña que tres años antes obligó al maestro a recluirse en su Florencia natal dejando atrás los que ya para él eran peligrosos Estados Pontificios.

Miguel Ángel se dejó aconsejar por frailes agustinos de Roma, que fueron los artífices intelectuales del proyecto iconográfico. Siempre soñó con cubrir bóvedas y lunetos de la oscura y angosta capilla con Cristo como eje referencial de la Humanidad. Desde las profecías milenarias que advertían de la llegada del Mesías hasta su glorificación, Cristo “sería la Capilla”. Y empezó el mayor calvario que el más inmenso artista haya de haber vivido nunca.

Primero, Bramante ideó un sistema de andamios suspendidos del techo mediante cuerdas que resultó un fracaso. Al Buonarrotti le obsesionaba cómo sortear los agujeros que dichos andamios iban a dejar. De forma que venció al enemigo proponiendo andamios sobre tablas que descansarían en los vanos de los laterales, permitiendo así cubrir con su magisterio la totalidad del espacio. El Papa apremió al autor y así, dejaba a Donato Bramante silenciado de por vida.

Completamente recostado sobre la madera del andamiaje, mientras la pintura caía sobre sus ojos, Miguel Ángel soñó con el Génesis, las sibilas, los grandes Profetas... Y esperaba pacientemente la llegada de un Papa megalómano que llegaba incluso a pegarle con un bastón mientras escamoteaba el dinero que requería el autor para proseguir con la obra. Al punto, el de Florencia tuvo que seguirlo en las guerras que sostenía el Estado Pontificio para recibir el dinero que tarde y mal le llegaba. "Nadie ha penado nunca lo que yo estoy penando y padeciendo ahora, sin salud y con muchas fatigas, y, sin embargo, espero con paciencia el momento de alcanzar el fin deseado". Las palabras del artífice hablan por sí solas. Y en esto que llega a Roma Rafael Sanzio para que decore las estancias papales, a la vez que Miguel Ángel hace lo propio en la Sixtina. Si en principio temió a este otro rival, presumiblemente con ganas de usar artificios que lo dejaran en mal lugar, su inalcanzable magisterio deshizo la competencia: Rafael se dejó influir por Miguel Ángel y no cejaba de alabar la calidad de su obra en las bóvedas de la Sixtina.

Al fin estaba terminado este tesoro pictórico. Antes de su consagración definitiva, Julio II sugiere a Miguel Ángel que llene cuerpos y vestimentas con oro. A sus ojos, los personajes les resultaban “pobres”. Y el artista contestó con la rotundidad de la que hacía gala: “los que están aquí representados, fueron pobres”. Al fin, se abría el 31 de octubre de 1512. La crítica fue unánime: nadie antes había visto tal prodigio. A los cuatro meses moría Julio II, mecenas y demonio, a la vez, del gran Miguel Ángel. Y se cumplía palabra a palabra el dicho español: “más vale malo conocido que bueno por conocer”. En 1522 el Papa Adriano VI se plantea destruir los frescos. Llegó a decir de esta Capilla que “parecía una sala de baños llena de gente desnuda”, y añadía que estaba “llena de las lascivias del mundo y cosas oprobiosas y abominables". Pero ya Miguel Ángel era conocido, para cualquier mortal, como EL DIVINO. El Papa pudo cerrar el Belvedere para que nadie viera los desnudos de las estatuas griegas y romanas que poseía el Vaticano, pero no pudo acabar con una de las maestrías más grandes que ha podido hacer el género humano.

Hoy se cumplen 499 años de una de las mayores aportaciones al Arte Universal. Cinco siglos separan al Divino de nuestros tiempos. Cinco siglos, de supremacía artística. Buen día para rendir tributo al Apolo florentino que en cuatro años, seis meses y veintiún días, hizo una de las maravillas del Mundo.

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