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domingo, 30 de octubre de 2011

Federico Fellini

Italia había protagonizado el cine de las producciones grandilocuentes, de los escenarios y atrezos más atrevidos, de los mil extras y de la necesidad de hacer epopeyas teatrales, óperas costosas y narraciones imposibles de carácter histórico en esa década de los diez del siglo XX cuyo testigo recoge la Francia del “cine de arte” y desbanca a una cinematografía italiana carente de nuevas ideas y de capacidad para sorprender. En el resto de la historia hay que incluir el régimen fascista, el país de la II Guerra Mundial y la reconstrucción espiritual de una nación que siempre ha sido el Everest de las artes.

Y llega la paz en aquel 1945 y el parto de un nuevo modo de hacer cine, alejado de los sistemas hollywoodienses donde un buen guión y una pléyade de estrellas rentabilizan la obra. Asistimos al neorrealismo, a un nueva idea de hacer cine, a remover al espectador en su butaca y obligarlo a la empatía, a no olvidarse del mundo que lo rodea. “Roma, ciudad abierta” es el acta fundacional donde se gesta una Italia cinematográfica única y novedosa, y Visconti aprovecha todo su talento para encoger hasta el tamaño de un puño al espectador con “Ladrón de bicicletas”.

Ya están los ingredientes para que un guionista novel, “un artesano que no tiene nada que decir... pero sabe cómo decirlo”  despierte a la ejecución del cine y nos traiga obras que merecen la categoría de inmortales. Federico Fellini, recordado por sus doce nominaciones al Óscar, su victoria en 4 ocasiones, la concesión de un quinto Óscar honorífico y títulos como “La dolce vita”, “Amacord” u “Ocho y medio” que describen a un director que tuvo como armas de “cuenta cosas” al realismo, el surrealismo y la ironía, todo ello dentro de un contexto narrativo cuidado y grandilocuente, casi circense, tal era su pasión por las artes de la carpa.

Fellini nos dejó hace hoy 18 años pero aún nos queda un legado intacto y actual. Spielberg reconoce su pasión por el italiano y muchos lamentan el escaso interés que “La dolce vita” despertó en los académicos estadounidenses, pero no en los países donde un largometraje de 1960 causó verdadero impacto. El mejor homenaje, es recordarla antes de que termine el mes de octubre donde el impulsor de Marcelo Mastroianni y el que deja sus influencias a Woddy Allen, desaparecía. Y no quiero olvidar esa sentencia suya, intacta tras décadas: “Un buen vino es como una buena película: dura un instante y te deja en la boca un sabor a gloria; es nuevo en cada sorbo y, como ocurre con las películas, nace y renace en cada saboreador”.

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