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viernes, 23 de septiembre de 2011

Dios

Te hemos arrinconado como un mueble, como un elemento decorativo. Poco nos importa tus intenciones, tus deseos, tus exhortaciones paternales; simplemente hemos hecho de ti una suerte de zahorí, de santero mágico, de brujo que casi todo lo puede y a fuerza de pedirle, terminará por aburrirse y concedernos lo deseado.

Me encantaría pasar por la cabeza de más de uno y averiguar qué imagen tienen de ti. Estoy convencido que encontraría entre su imaginación un señor mayor, que juega con sus títeres a su antojo. Tal vez la de un demiurgo que apunta en su libreta todo lo malo que hacemos para cobrárselo después. Seguro, que una especie de bonachón jorguín, un entrañable nigromante que tiene la solución a todo y que está sólo esperando dos oraciones más para darla.

Si nos sucede algo malo, rápido decimos que Tú nos has castigado... Si no nos sucede algo bueno, es porque Tú no has querido... Y a fuerza de repetirlo, terminamos creando la figura de ese dios del Antiguo Testamento, tan malévolo, tan perverso, tan rencoroso y sañudo que es capaz de ahogar a todas sus criaturas, convertirte en estatua de sal o no dejarte que comas una manzana. Por fortuna, los católicos sabemos que no eres así porque tu Hijo nos lo enseñó. Por eso condeno ese Antiguo Testamento que me espeluzna. Si eres así, nunca podría creer en Ti. Nunca sentirte como Padre, como el ser omnisciente y omnímodo que sé que eres.

Pero esta sociedad de consumo que explica todo a pies juntillas mediante una probeta y un acelerador de partículas, considera que o eres el santurrón bobo que hará posible cualquier capricho (confundiendo la figura de un padre con la de un mal padre) o la de un mefistofélico arúspice, un perverso ojo que todo lo ve y que decide entretenerse un poco más con sus criaturas humanas jugando a ver hasta dónde aguantan la respiración... Quizás, la herencia de Grecia y Roma aún perdure en Occidente.

Te hemos sacado de los colegios, porque incluso los que creen en Ti y van a Misa, piensan que no debes estar presente entre sus hijos y los hijos de los demás. Por supuesto, te hemos sacado de nuestras películas y libros, de nuestra memoria, de nuestras fiestas, de nuestra vida... Te hemos apartado, porque el cáncer se cura mediante la mano de otro hombre y la depresión la trata un especialista; y por tanto, NO HACES FALTA.

Te hemos recluido a episodios de la mitología, te hemos encarcelado entre los muros del medievalismo y te hemos acotado tanto que desapareces. No queremos ninguna injerencia tuya. No soportamos tener que ir a escuchar tu palabra cada domingo, porque es un latazo, un rollo, un aburrimiento, porque tus ministros son una panda de pedófilos que aprovechan el púlpito para sacar más dinero y para acercarse a los monaguillos más apetecibles. Pero a la hora de la verdad, queremos que uses tus poderes de sanador, de encantador, de brujo, y nos remedies la situación laboral, la enfermedad familiar, el examen futuro...

Somos una panda de caprichosos, de egoístas. Y en esta ocasión los únicos que actúan con verdadero criterio son los ateos. Porque al negarte, reniegan de tu maldad, que es producto del hombre. Porque no te damos nada a cambio, no somos capaces de hacer algo por Ti (que es hacerlo en tus hijos) y no nos esforzamos ni tan siquiera en cumplir las cuatro reglas de humanidad, de benevolencia, que nos diste.

Esto es fácil... No te hace falta que nadie crea en Ti. Pero los que no lo hacen olvidan que sólo por condición personal merece la pena escucharte y seguirte; que tus reglas son las del humanitarismo, que tus normas nos traen una aplastante piedad, que tus preceptos sólo buscan el ejercicio de la caridad; que en lo que nos exiges buscas que actuemos con la misericordia de un ser racional, y que todo el corpus de reglas, instrucciones, indicaciones y pautas que habríamos de llevar a cabo en nuestros días, sólo se encierra filantropía, sensibilidad, altruismo y bondad. No, no es tan malévolo.

No te queremos cerca, pero sí te pedimos cosas. Nos das la libertad para creer o no en Ti, para comportarnos como mejor nos convenza, para inventar la bomba destructora a placer, para dejar que se muera de hambre, según convenga, un pueblo entero. Para olvidarnos hasta del vecino que vive detrás del tabique medianero. Pero a la hora de pedirte salud, de pedirte trabajo, amor, dinero, éxito, resultados académicos... Entonces vuelves a ser nuestro Padre. Y entonces sí, hacemos acto de contrición, casi que protagonizamos una buena acción en tu Nombre y cumplimos pasajera e inmediatamente con lo único que pretendes de nosotros: que hagamos el bien.

Esta es tu creación, Señor. Te hemos convertido en un Papa Noel generoso al que pedirle un sueño una vez al año. Una suerte de Reyes Magos en uno, a quien escribimos la carta desde una de sus Iglesias, posiblemente pisándola por vez primera desde años y años. Y lo más gracioso es que sería fácil llamarse hijo tuyo cumpliendo con poco. Pero si no se consigue el trabajo, si no se logra la salud, la novia, el aprobado o quién sabe qué cosa, eres malo, eres un ser que aprieta y ahoga y nos estrangula, y probablemente, muy probablemente, NO EXISTES PORQUE DEJAMOS DE CREER EN TI.

A alguien le tenía que tocar, ¿no crees, Padre? Zapatero ya está muy vilipendiado. Quedáis Mourinho y Tú. Lo del portugués es pasajero, lo tuyo  Eterno. Porque algunos creen aún en el Juicio ese; otros, desafían su  etérea personalidad riéndose de cuanto te rodea. Yo en cambio, sé que tampoco existe el Juicio, ni el Infierno. Que no nos creaste para vernos sufrir, que no nos ahijaste para destruirnos, para castigarnos. Que no nos abandonarás y pasará una humanidad entera, asó fueren mil siglos, que no te cansarás de enseñarnos qué camino es el correcto y cuál el que habremos de llevar.

Respondemos por nosotros mismos, porque sería un pensamiento egoísta sacarte para todo y responsabilizarte de lo malo que nos ocurre. Somos nosotros los que nos enfrentamos a nuestra vida. A fin de cuentas decidimos eso, ser libres. Aquí no valen excusas: “me quieres decir algo”... “por algo lo habrás querido así”... No, ni tienes libreta donde tomar notas, ni caldeas las ascuas de un infierno azufroso ni concedes loterías y matrículas de honor en la tómbola de nuestra vida. Pero nadie se da cuenta, nadie se quiere enterar que no estamos solos, pero ya no es tiempo de seguir apartándote más tiempo y responsabilizarte de todo lo malo, mientras no nos acordamos de lo único que nos dijiste que habíamos de hacer: “amaos los...”

A Iván, que entiende que no es más que un refrán español... Dios aprieta pero no ahoga, claro que no. Ahogamos nosotros mientras apretamos a tantos. Tú, amigo, serás grande si te sostienes en unos principios como estos, los de tu fe.

4 comentarios:

monaguillo dijo...

Una leve salvedad, amigo: Mou se lo busca... Dios no.

DE LO MEJOR QUE TE HE LEÍDO. ME HA ENCANTADO.

Un abrazo grande... en Dios.

Derechatras dijo...

Compadre..por Dios..eres genial
Te quiero hermano

MACARENO dijo...

Estoy con monaguillo,ademas de gran persona y costalero eres un gran expresador de sentimientos.
un abrazo hermano.

Victor Vedia dijo...

Ya lo sabes hermano. Eres genial y de vez en cuando hay que catequetizar y rebuscar nuestros principios, reflexionar y por qué no, agachar también la cabez. Un abrazo.