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viernes, 15 de julio de 2011

Tras rendir Flandes



Después de casi ocho días entre Bélgica y la breve estancia (otra más) parisina, regresa uno con más de dos y tres anécdotas, el grado de experto en el gótico de Brabante, el perfeccionamiento en la pintura flamenca, la sensación de que como en España no se come en ningún lado (omito algunos menús) y no sé si agradecido por el par de zapatos que he de tirar (ni un día sin lluvia, ni a caso hecho) o porque he disfrutado de Europa con el clima de Europa, a la mitad de grados que marcaría Granada en esos momentos. 

Los viajes, al menos a mí me lo parecen, han de ser instructivos. No voy para nada a influir sobre aquellos que viajan a destinos de playa y pulseras de “todo incluido”. Seguro que pasar casi ocho días viendo museos, iglesias, palacios, edificios públicos, canales y paisajes monumentales les atraen poco. En el polo opuesto, pisar una arena que es arena en los mares caribeños y en las costas mediterráneas y bañarme en aguas saladas cuando tengo calor (como hago en Motril) y comer como si el mundo estuviera a punto de acabarse mientras me sirve en una piscina de esas que denominan infinitas un cóctel del lugar, me parece poco enriquecedor. Sigo pensando que lo que hay debajo del pelo y encima del cuello debe recibir más atenciones de lo que solemos procurarle. 

Para mí, descubrir el pasado de España a dos mil kilómetros, la importancia de las artes y la estética como modificadores de una sociedad y los modos de vida (analogías y diferencias, por supuesto) de los europeos que alojan el poder y el gobierno del continente, me parece más sustancioso que nadar en aguas cristalinas. Porque para eso me ducho en la pureza del agua de Granada y me río en las orillas motrileñas con primos y tíos. 

Llevo 10 países europeos a mis espaldas. Me fui pensando que Bélgica iba a ser el destino nacional donde todavía las madres asustan a los hijos traviesos, los que no quieren comer o que desobedecen, a los gritos de “que viene el Duque de Alba”. Y vengo con la imagen de ciudades que parecieran diseñadas para escenarios medievales, una limpieza y un rigor que para España quisiera y una fineza de trato y modos que me subrayan qué es Europa y por qué camino ha de ir España. 

Ahora que regreso a paisajes que desde el avión parecen desérticos, que vuelvo a ser abofeteado por 40 grados cuando allí no he pasado de los 20 y que me quedan días para el asueto que me proporcione la costa granadina (en versión local, nunca de visitante… La suerte de la doble nacionalidad) seguiré pensando que la única manera de superar ciertos complejos, identidades sospechosas y de seguir creciendo mediante la obtención de modelos y ejemplos, es conociendo lugares que aportan y merecen la pena. Y así, pienso en el mes de julio de 2012… ¿Tal vez Polonia?

2 comentarios:

camaldulense dijo...

Que le puedo decir...Envidia c.......

Resignación cristiana en este día, en que la S. M. I. celebra a la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo.

Saludos en María Siempre Virgen

David R.Jiménez-Muriel dijo...

Creáme que se aprecian sus comentarios... Un abrazo en y con Ella.