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martes, 12 de julio de 2011

Bruselas II

La Gran Plaza es Bruselas, sin que de otra forma se pueda definir a la ciudad. Un espacio de 110 metros de longitud por 68 de anchura que transporta a otra época. Un canto a la arquitectura gótica de la zona, que supo definir el estilo y acomodarlo a su gusto. Posiblemente sea uno de los espacios públicos europeos más pintorescos y personales, con los edificios del Ayuntamiento y de la “Casa el Rey” como referentes goticistas y un inmenso proyecto de embellecimiento público que levantaron los gremios de la ciudad en el barroco más ornamental tras el bombardeo de 1695.

El Ayuntamiento es un edificio iniciado en 1459 y dotado de una fantasiosa idealización decorativa. Su torre, inabarcable para una cámara de fotos ordinaria, alcanza los 96 metros de altura. 
Casa del Rey (Museo Municipal) está frente por frente a este anterior y se inició en 1536, aunque en 1873 termina siendo objeto de una reornamentación neogótica que le da su sorprendente aspecto. De los tapices y pinturas que conserva, destaca la colección de trajes que siempre han sido donados al “niño meón” de la ciudad, al Manneken. En la plaza, la taberna del rey y otras dependencias donde se puede observar la tradición de los títeres o teatros de marionetas, para burlas de manera bucólica la estricta prohibición española de las representaciones teatrales que escondían mensajes contrarios a la corona. Y la gran colección de fachadas barrocas de los edificios gremiales como la de los merceros, bateleros, toneleros o panaderos. El busto de Carlos II, el último Austria español sigue decorando la fachada de la Taberna del Rey de España. 

El Palacio Real no es la residencia oficial de la corona belga desde los inicios de esta en 1830; se levantó a principios del siglo XIX por el rey holandés Guillermo II y no tuvo que hacer ninguna gracia que fuese constante recuerdo de uno de los muchos periodos históricos de dependencia belga respecto de algún país europeo, por lo que el primer rey de los belgas, Leopoldo, lo adornó siguiendo las trazas neobarrocas y el aire áulico que lo debe marcar. Con todo, una arquitectura rotunda y atractiva rodeada de espacios verdes que multiplican su plasticidad. El interior recoge un mobiliario de época, algún tapiz (tierra dada a estas artes) más que soberbio e influencia de los palacios rococós germanos casi contemporáneos a este.

La leyenda del Manneken Pis arranca con una tradición que dice que el hijo de un noble bruselense abandonó una procesión para orinar; escogió la fachada de una casa habitada por una bruja que en su hechizo lo convirtió en estatua y así quedó alojado en la pared de este edificio próximo a la Gran Plaza. Otros se inclinan por pensar que se trata de un niño que a la hora de “miccionar” salvó sin darse cuenta a la ciudad de una explosión segura, al dejar húmeda la mecha que habría de prender la pólvora que haría volar buena parte de Bruselas, y al fin, se cree también que es un pasaje histórico en el que el hijo de un noble local levantado en contra de los españoles, fue suspendida su cuna sobre las ramas de un árbol para minar la resistencia de su padre. Pero este, salió de la cuna y lo primero que hizo fue orinar. Sea como fuere, se trata de una estatuilla de 50 centímetros que corona una simple fuente barroca y que ha sido robada en innumerables ocasiones, hasta que en 1619 se colocó una réplica donde hoy sigue. Y en 1698 recibió el primer regalo, un traje para vestirlo de un gobernador, iniciando así una tradición de la que han participado los presidentes de gobierno y jefes de estado de todos los rincones, hasta el punto de poseer más de 700 trajes de todo el mundo. Lo cierto es que se trata del símbolo de Bruselas, y le ha nacido desde hace unas décadas una compañera, Jeanneke Pis, una niña de 1987 que orina de cuclillas a las afueras de Bruselas.

El Atomium es la Torre Eiffel de Bruselas. Se construyó para la Exposición de 1958 y no es otra cosa que un átomo de hierro ampliado 165.000 millones de veces. Tiene 102 metros de altura y 9 esferas de 18 metros de diámetro conectadas entre sí por espacios que pueden recorrerse por el visitante. No recomiendo esperar la cola desesperante que precede su visita, para encontrarse dentro con unas formas arquitectónicas nada relumbrantes y exposiciones temporales que desde luego no marcarán un antes y un después en nadie, teniendo en cuenta que Bruselas es la admiración de sus edificios públicos, el contraste entre las zonas modernas y las propias, y el gusto por la fusión paisajística y arquitectónica.

El Palacio del Cincuentenario responde a ese interés patrio por dejar constancia de las excelencias de un país. Como la Plaza de los Héroes de Budapest por el milenario de los húngaros, o el colosal monumento al Rey Víctor Manuel de Saboya en Roma. Esto nos hace una idea de la historia inabarcable que tiene España, mientras que otros países celebran poco más de siglo y pico de existencia como hoy los conocemos. El caso es que para 1880 se planteó un arco de triunfo copiando el modelo de la puerta de Brandenburgo de Berlín y un palacio que acude al revival y donde se mezcla el neorrenacimiento y el neobarroco y que tiene los museos del Ejército, del Cincuenteneraio y uno que sí recomiendo: 700 coches que componen una sorprendente guía de la historia del automóvil.

Las Galerías San Huberto fueron las primeras del mundo que ofrecieron un amplio espacio comercial techado, un lugar dedicado a la burguesía y las clases acomodadas para comprar y el arquetipo de centro comercial aristócrata. Levantadas en 1847, son muy anteriores a las de Milán, pioneras del mundo. Tienen 200 metros de largo y están cubiertas por bóvedas emplomadas de cristal y divididas en tres zonas: las galerías del Rey, de la reina y de los príncipes. Una colección de marcas rutilantes y alguna que otra tienda que desobedece el aire “elegante” del lugar para convertirse en lugar de recuerdos. Hacedme caso los hombres: nada recomendable acompañado de una mujer.

Bruselas es una de las pocas ciudades donde la convivencia entre la arquitectura más contemporánea y ese aire pintoresco y tardomedieval sigue conviviendo de manera apacible y perfecta. No he querido referir las grandes obras contemporáneas elevadas a raíz del establecimiento de la Unión Europea; y sigo preguntándome cómo (estando en julio todos los días ha llovido, de manera débil, pero todos) tienen tantos jardines y parques para el ocio y el asueto ciudadano con un clima tan inhóspito. Una curiosa capital que dejo para volar hacia otra más “PERFECTA”.

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