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jueves, 2 de junio de 2011

Juan XXIII

El Papa bueno dio muestras de un humor, una cortesía y una forma campechana de actuar desde los inicios de su sacerdocio y labor apostólica tratando con exquisita camaradería a cristianos ortodoxos, lo que valdría el mayor de los reconocimientos del entonces rey de los búlgaros, Boris III, o actuando con soflama en el turbio asunto de los prelados franceses que ayudaron a las tropas nazis. Y así, con 77 años sube al trono de Pedro elegido quizás porque su bonhomía natural tranquilizó a los cardenales que siempre creyeron que sería, entre su ser natural y su avanzada edad, un papa de tránsito.

Con un temperamento dado a la alegría y un rostro cándido y siempre cercano, conquistó con una rapidez inusitada a todos. Lo primero que hizo como Papa fue visitar hospitales infantiles y cárceles, dejando sorprendidos a los encargados de la etiqueta vaticana. Y la primera decisión que toma es bajar los salarios de los altos funcionarios vaticanos y subir los del personal más sencillo. La medida no hubo de gustar al alto clero, pero mucho menos que convocara un Concilio que si bien no pudo terminar, sí que apuntaló con diligencia. Quizás la anécdota más sorprendente del transcurso del “Vaticano II” la protagoniza nuestro hombre y el entonces asesor teológico del cardenal Josef Frings… Hoy, es nada menos que Benedicto XVI.

En una de las sesiones, el Papa, que dada su enfermedad no podía seguir las mismas, era testigo de la alocución del teólogo Joseph Ratinzger desde sus habitaciones mediante unas cámaras que le mandaban la señal. En una de ellas, la obstinación del que hoy es Santo Padre se ponía de manifiesto repitiendo en un latín culto de continuo: “non placet”. O lo que es lo mismo, que no le gustaba lo que oía. Y al poco tiempo, nuestro hoy Papa recibió un sobre cerrado. Estaba dirigido por Juan XXIII y contenía una foto en blanco y negro, foto que una cámara había captado y en la que se le veía a Ratinzger durmiendo en el transcurso de una sesión del Concilio. Y por detrás, sin otra, un apunte de puño y letra del Papa Juan XXIII: “Non Placet, Johannes XXIII”. Un bromista hasta el final de sus días.

De hecho, es él mismo el que precipita su muerte, cuando le detectan un doloroso cáncer de estómago del que se niega operarse aduciendo que significaría el retraso evidente del Concilio, mucho más importante que él mismo. Porque si algo hay que aplaudirle a Juan XXIII, no es nada menos que sus titánicos esfuerzos por acercarse al resto de cristianos (casi 400 años después, y gracias a él, se produce el primer acercamiento entre los anglicanos y católicos), que protagonice la primera consagración de cardenales no europeos y que le preocupe fundamentalmente la manera de actuar de la Iglesia en los nuevos tiempos (que ha venido a ser conocido como aggiornamento) aunque los propósitos conciliares se fuesen pervirtiendo como muchos saben pero no es ahora objeto de nuestro estudio.

Muy simpática fue la anécdota que tuvo lugar tras su nombramiento, puesto que en su primera noche como Pontífice pidió al cardenal Nasalli que se quedara a cenar con él. Pero el purpurado le dijo que era costumbre que los Papas comieran solos, a lo que el recién elegido respondió: "¡Tampoco de Papa van a dejarme hacer lo que me dé la gana!". El cardenal, accediendo a la petición preguntó: "¡Santidad!, ¿puedo traer champán?". Juan XXIII respondió: "¡Sí, por favor, pero no me llame Santidad, que cada vez que así lo hace me parece que me está tomando el pelo!".

A nadie se le escapa que fue uno de los papas más entrados en kilos que ha tenido la Iglesia; por eso, cada vez que se subía a la silla gestatoria lo hacía a regañadientes, murmurando su desencanto por el esfuerzo. La primera vez que subió a ella preguntó con una sonrisa a quienes iban a cargar con él: "¿No se hundirá esto con tanto peso?". Y ese humor queda patente cada vez que tiene lugar de sacarlo a relucir. En otra ocasión, recordando que había sido sargento sanitario en la Primera Guerra Mundial, salió de un embarazoso hecho. Un capitán de la Gendarmería Pontificia se le arrojó a los pies solicitándole ayuda, y Juan XXIII le dijo: "Pero levántese hombre. Usted es un capitán y yo sólo un sargento". Y no será la única oportunidad que tenga de dejar bien claro que el Papa de Roma es el primero dispuesto a servir, pues coincidiendo con una visita del Vicario Castrense, lo dejó mudo saludándolo como hacen los soldados simples en Italia: "Roncalli Angelo, presente",

Imaginamos lo que hubo de suceder cuando al comienzo de su Sumo Pontificado, su familia fue a visitarlos a los palacios pontificios. Sus familiares eran unos sencillos, humildes y rectos campesinos, que quedaron impresionados por los lujos del Palacio Apostólico vaticano. Roncalli, al darse cuenta, les abrió los brazos y les gritó. "Pero vamos, de qué tienen miedo, soy sólo yo". Lo que sí es cierto es que tenía un vicio contumaz consistente en fumarse el mayor número de cigarrillos posibles al día.

Ha pasado a la historia inmortalizado por su rotunda silueta. Al principio de su pontificado, tuvo que posar para los fotógrafos, para que éstos hicieran las fotografías oficiales del nuevo Papa. En una ocasión, inmediatamente después de posar ante las cámaras, recibió en audiencia a monseñor Fulton Sheen, que era un obispo muy conocido en Estados Unidos porque predicaba en televisión. Al saludarle, Juan XXIII le manifestó con toda sencillez: "Mire, Dios nuestro Señor supo ya muy bien desde hace setenta y siete años que yo había de ser Papa. ¿No pudo haberme hecho más fotogénico?" Y es que las cámaras nos devolvían a un entrañable Papa gordo; hasta tal punto lo fue que cuando lo eligieron, le quedaban chicos los tres talles que preparan los sastres para los hábitos pontificios, dando lugar a una chanza que él mismo dijo: "Todos me quieren bien, menos los sastres". De hecho, habían tenido que descoserle la sotana blanca e hilvanársela de emergencia, agregando algunos alfileres.

Le gustaba la gente común, se sentía uno de ellos. Cuando paseaba por los jardines vaticanos, entraba a la Torre de los Vientos, el lugar más alto dentro de los muros leoninos de la Ciudad del Vaticano (que tiene sólo 44 hectáreas), y desde el ático miraba con unos prismáticos a los chicos que jugaban en la calle, a las mujeres que iban de compras, a los que tomaban los ómnibus cerca del Vaticano.

En otra ocasión, al despedirse un obispo polaco después de haber sido recibido en audiencia por Juan XXIII, ya casi desde la puerta, dijo: "Alabado sea Jesucristo". Entonces, el Papa le hizo volver para decirle: "En Bérgamo, nuestro pueblo, que es listo y piadoso, al saludo Alabado sea Jesucristo se responde diciendo: "Sea por siempre alabado, señor cura, y el diablo sea ahorcado". Y siguiendo sus costumbres de Venecia, Juan XXIII, desde el comienzo de su pontificado, solía pasear un buen rato todas las tardes. Lo hacía por los jardines vaticanos. Ante la propuesta de los funcionarios del Vaticano de que "había que hacer algo…, tal vez cerrar la cúpula a los turistas para que no vean el paseo del Papa…", respondió con mucha tranquilidad, preguntando a su vez: "¿Y por qué hay que hacer algo? ¿Por qué hay que cerrar la cúpula?" Aquellos hombres le contestaron: "Santidad, es que todos os verán…" Ante esta respuesta, Juan XXIII pensó un poco y les dijo: "No se preocupen. Les prometo a ustedes que no haré nada que pueda escandalizarlos".

Camino de los altares, de él se ha dicho que ha sido el Papa más amado de la historia… Quizás por eso, todos lo conozcan como EL PAPA BUENO.

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