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viernes, 10 de junio de 2011

Frases de Cine

Una de las cien mejores películas de la historia del cine nace en 1935. Era la sexta de las obras firmadas por los Hermanos Marx, siempre con la estela inagotable de Groucho patentizando un estilo de humor único. “Una noche en la ópera”, fue considerada como un obra cultural, histórica y estéticamente significativa. ¿Quién no recuerda ese fragmento de diálogo? La parte contratante de la primera parte

Un clásico de la literatura estadounidense es llevado al cine en 1939; era la primera gran apuesta del siempre acertado productor  David O. Selznick que intuyó, cuando observaba que la novela se sostenía en el número uno de ventas durante 21 semanas y recibía el Premio Pulitzer, que sería un éxito llevarla a la gran pantalla. Se colorearon los fotogramas y junto al monstruo George Cukor en la dirección, la acertada labor de Max Steiner en la música, Clark Gable o Vivian Leigh como protagonistas, narraron el episodio clave de la historia estadounidense en casi cuatro horas. En España, nuestros abuelos la denominaron, sufriendo la incomodidad de las butacas de aquellos desvencijados cines de barrio, “Lo que el viento se llevó y lo que el culo aguantó”. Pero sin duda, aquel instante en que Scarla O`Hara se recorta sobre un atardecer que vomita fuego, se nos quedó en la memoria colectiva: “A Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre”. 

Corría el año 1941 y tal vez ese sería el escenario para el nacimiento de la que ha venido a ser denominada la mejor película de la historia. Lo cierto es que Orson Welles tenía armas suficientes como para parir una excelencia cinematográfica como “Ciudanao Kane”. Si había conseguido meter el miedo a cientos de miles de estadounidenses nada más que con su voz en aquella radio que hoy nos parecería prehistórica (hablo de “La guerra de los mundos”) estaba preparado para decir “rosebud” y caracterizar un magnate poderoso que diría aquello de “si no hubiera sido tan rico, hubiera sido un buen hombre”.

Si uno sube a bordo a Humphrey Bogart y a Ingrid Bergman, pone a Max Steiner a componer y envuelve tras la sombra de Michael Curtiz la intensidad de una dirección sin tacha, el resultado no es otro que hacer la mejor película del año (se grabó en 1942) y una de las piezas claves de la historia del cine. ¿Alguien no ha visto a Rick Blaine dirigirse a Ilsa Lund y decirle…? “Siempre nos quedará París”. Por supuesto, para volar a la capital francesa, hay que hacerlo desde Casablanca.

Ver a Audrey Hepburn, quizás la más arrolladora de cuantas mujeres se han puesto delante de la gran pantalla, precisamente porque destilaba una candidez que era como un sortilegio lanzado desde esos ojos ocultos por enormes gafas paseando por la Quinta Avenida, hace única a esta película. En 1961, Desayuno con diamantes deja claro varias cosas: que los diamantes son amigos perfectos de las mujeres, que detrás de toda vida díscola hay un corazón indemne y que si metes en un alambique cionematográfico a Truman Capote, a la música de Mancini y a la candidez arrolladora de Audrey, te queda una película maravillosa. Porque, como decía Holly: “Las personas se pertenecen las unas a las otras, porque es la única forma de conseguir la felicidad”…

Está claro que “si vienes a mi casa el día de la boda de mi hija a pedirme que mate por dinero”, todos los lectores saben que en aquella habitación mafiosa está siendo dirigido por Francis Ford Coppola, nada menos que Marlon Brando en aquel 1971 donde iba a nacer la saga del cine negro actual más aplaudido: El Padrino. Y hay que tener muy en cuenta el consejo que da don Vito, y que entre otras frases, hace famosa a tan legendaria película: “Mantén cerca a tus amigos pero más cerca a tus enemigos”.

Jamás volveremos a ver con la misma intensidad una interpretación como aquella de Robin Williams dejando un poso intelectual a un puñado de alumnos elitistas con poco interés por la formación que pretendían inculcarles. Y cuando se gana, poema a poema, el afecto de todos, cuando ya han oído aquel poema dirigido al presidente Abraham Lincoln, ellos, subidos a las mesas desportilladas de su academia rimbombante, con la lección del Carpe Diem bien aprendida, lo saludan como de ninguna otra manera podían: “Oh, capitán, mi capitán”. Es El club de los poetas muertos, de 1989.

No será ni de lejos la mejor película que haya sido capaz de producir el cine español, y por supuesto no entrará en las vitrinas donde están los largometrajes más impactantes de la historia. Ni siquiera su duración pudo ser absolutamente fiel a los seis libros perfectos, redondos y contundentes que firmó (y espero que siga haciéndolo) don Arturo Pérez Reverte. Pero hay mucho de español en esa frase y mucho de verismo en la escena. La nación más poderosa del Mundo, el Imperio más vasto, invencible y próspero del momento (y que lo fue de la Historia de la Humanidad), está poco a poco muriendo. Pero queda en sus soldados, aquellos temibles hombres enrolados en los tercios de la cruz de San Andrés, un intacto orgullo a pesar de saberse ya muertos y arrollados por el ejército enemigo. Si se rinden, viven. Pero el español de entonces (el de hoy es una pantomima vergonzosa) sabe que la vida sin honor no tiene sentido. Y como no entra en su código moral, un soldado que ha dado todo por España y por su Rey, por la cruz y por Cristo, malherido y sin cobrar su soldada, hambriento e infecto (sino enfermo), se planta delante de un mariscal galo y le espeta, con la chulería propia del que nada tiene que perder salvo su honra, la más conmovedora frase que el cine español ha sido capaz de lanzar en el último medio siglo: “Decidle al señor Duque de Enguin que agradecemos sus palabras, pero este es un tercio español”… Y desde 2006, la adaptación de la saga de El Capitán Alatriste, nos deja una lección que bien nos vendría ahora. De fondo, “La Madrugá” de Abel Moreno, y en pantalla, los restos gloriosos del honor español, muriendo por Dios, por España y por su Rey…

3 comentarios:

monaguillo dijo...

Tu que me conoces y sabes que soy un "padrinómano" empedernido pensarás que de todas, mi favorita es la de Don Vito... pero no... me quedo con la última, la de Alatriste... CON DOS COJONES: pobres y vencidos, pero con dignidad... ESTO ES UN TERCIO ESPAÑOL.

Genial.

Lemar dijo...

“A Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre”.
Se nota que esta mujer, cuando dijo tan celebre frase, no imaginaba ni por asombro un ZP, sino no la hubiese dicho.

Pitu dijo...

Olvidas la frase pronunciada por la gran actriz Celia Blanco en "Jodeme que me estrenas":
"Así, así, metemela hasta los huevos..."
Pasará a los anales de la historia cinematográfica.
Jajaja.