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jueves, 23 de junio de 2011

Corpus de Granada

Cumple la fiesta 520 años y sigue manteniendo los sabores y los ecos tradicionales que son el fundamento de toda sociedad; Granada ha sabido conservar con el celo y virtud de sus empeños, la huella de una historia que ha hecho de ella lo que es y que sin duda hace distinta a la misma. Pasarán por sus calles palafreneros, maceros, escribanos, portaestandartes, fanfarrias y músicos de chirimías y una cohorte de personajes sacados de los baúles barrocos de la corte de Felipe IV. Y además sus calles, con el empuje remozado de los últimos años, donde al fin crece el interés vecinal por decorar escaparates y balcones, mientras los cofrades pierden las horas del sueño vigilando desde ya (ahora que escribo esto, acaba de nacer el Jueves de Corpus) los Altares que mañana se camuflarán entre el mastranzo y el romero y las hierbas que pagaban en el fielato de su fe, los pueblos del derredor de esta ciudad a la que se le llamó acertadamente “Christianapolis”.

Mañana una pieza gótica sobre alma renacentista, cuerpo barroco y paso contemporáneo, abrazará a Dios mismo. El más madrugador de los cortejos, con centenares de granadinos en filas nutridas por 40 hermandades, órdenes religiosas, las autoridades civiles y militares, las Reales Órdenes Militares, la aristocracia, el protocolo cívico/histórico, las sillas de mano de la realeza, las escribanías de esta Grande, Nombrada y Celebérrima Ciudad y Él. Sobre todo Él. 

Toros, carocas, dulces propios, toldos, altares, autos sacramentales, zarzuelas y obras de teatro, la programación cultural más cuidada de cuantas fiestas locales tenga España este año (con la trampa de que el Corpus, coincide en 2011 con el Festival Internacional, claro), procesiones eucarísticas, colgaduras, calor, mucho calor y el día de las sensaciones y de los aromas. 

La fiesta de las Angustias tiene un componente devocional; pero este Jueves, que sólo mantienen tres ciudades (las otras, la envidiable Sevilla y su Corpus sin rival y la vieja Toledo), es el día de Granada. Y del dueño de Granada. Y eso me llena de un orgullo especial. 

Vestiremos las galas propias de una jornada donde, a pesar de las inclemencias meteorológicas, habrá que saberse embajadores de una ciudad que merece los esfuerzos corporales. Y acompañar a los 36 privilegiados que este año vuelvan a cargar el Sacrosanto y Divino Peso de Dios Mismo sobre su cerviz. Y visitar las muestras de arte efímero que tanto han costado mantener y que ahora vemos en aumento, fruto de la generosidad sin aranceles de los cofrades (alguna vez tendrán que recibir el reconocimiento) de esta ciudad. Y nos fijaremos en los detalles, en los balcones de la Granada de siempre, con nombres y apellidos, donde cornucopias y damascos arroparán custodias neogóticas, arcas clásicas e imágenes de Niños añejos con el arte de Risueño en los frunces de sus caras. 

Olerá (pero tendrá la oportunidad el madrugador) al campo y a la vega de pretéritos tiempos. Y después de rezar ante el Alcalde Perpetuo, Soberano indiscutible y Señor de Granada, iremos hasta la arena de un reloj inmenso y circular para que uno de los más grandes genios que parieron con muleta en la mano, detenga el tiempo y lo vuelva oro desde la Monumental de Frascuelo, la Real Maestranza de Granada, que por los caballeros maestrantes fuera erigida. 

Y habrá pasado otro año de polémicas a cuento de un ferial pequeño, mal situado y que otros alcaldes vendieron a la Junta y nos está devorando su coste de alquiler. Habrá que llegar a la solución precisa, pero por supuesto tener en cuenta que el espacio deberá tener un uso más allá del que marque la semana de francachelas, porque las otras 51, en una ciudad no sobrada de espacio, ha de haber algo en este. Todo ello depende ya de lo que quieran desde el Hospital de las Cinco Llagas… 

Granada tiene una vez más, como hace 520 años, su Feria. La de la diversión, el ocio, la música tradicional, los bailes regionales y propios, el componente adherido de su religiosidad a flor de piel y el sabor de la historia que continua viva en sus cortejos, desfiles y en su Magna y Litúrgica Procesión. 


Somos herederos de un pasado glorioso. Nos corresponde a todos remar porque lo sustancial e identificador de nuestra ciudad siga latente. Y hacer grande cualquier cosa que lleve implícito el nombre de nuestra tierra… Y mañana es la gran fiesta donde quizás, sea buen momento, para propósitos nuevos. Ojalá.

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