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viernes, 17 de junio de 2011

Cristianos, musulmanes y judíos...

El tópico del argumento léxico para considerar España un país de indudable poso islamista, al menos cultural. El error de bulto cae ante los siguientes aspectos: no todas las palabras de origen árabe usadas en el español tienen por qué ser elementos culturales árabes, o dicho de otra manera… nadie duda que aceituna procede del árabe, pero la oliva y la cultura del aceite, es cuando menos 1.000 años anterior (en España) a la llegada musulmana. Y precisamente ahora que hablamos de agricultura, la mayor parte de la población cree que hoy día cualquier cultivo que se dé en el territorio español es gracias a la acción ingeniera musulmana, cuando lo cierto es que las canalizaciones, sistemas de conducción de agua, irrigaciones y otros modos agrícolas fueron adaptados por los musulmanes gracias a los conocimientos previos aplicados por el mundo romano que fueron los que idearon, trajeron e implantaron dichas maneras en España. 

El declive del uso del árabe era ya una realidad constatable en el siglo XVI. Si tomamos como partida la obra de Cervantes, sin ir más lejos, admiramos que en la narrativa del “príncipe de los ingenios”, sólo el 0,5 % de las palabras empleadas tienen su origen en el árabe. Sin lugar a dudas, es tan escasa la participación cultural del mundo islámico en la literatura de oro española (y cuanta le seguirá) que sostener el mito de su importancia es predicar en un desierto. Con todo, hoy día tenemos 4.000 palabras en nuestro idioma, que habría que recordar, se compone de un total de 410.000 palabras. Si menos de 1 % del total del idioma procede del árabe, y más del 80 % lo hace del latín, dudo y pongo en discusión que sea algo como enarbolar la bandera del peso cultural islámico en el español. Además, querría hacer una interesante reflexión, a raíz de un comentario del arabista Serafín Fanjul, catedrático de Filología Árabe de la Universidad Autónoma de Madrid: “usamos menos del 10 % de esas 4.000 palabras. Es decir, en todo caso, el español sigue manteniendo menos de un 0, 1 % de su lengua bajo influjo árabe. ¡NO HAY MÁS COMENTARIOS!

Benito Pérez Galdós (1843-1920) cuenta en los “Episodios Nacionales” la crudeza con la que un judío de Tetuán es tratado por su amo musulmán. No es otra cosa que continuar con una historia bien documentada y lejos en el tiempo. Suele la televisión pública andaluza contarnos escandalosas mentiras sobre la convivencia de culturas en la Córdoba Califal, que a pesar de las referencias de los dos días anteriores en esta Alacena, convendría seguir aportando algunos datos interesantes. Si recuerdan la figura de Maimónides (1135-1204) sabrán que les hablo del médico, filósofo y teólogo más importante de su época. Un judío nacido en Córdoba que hubo de convertirse al Islam por obligación y que fue perseguido cuando volvió a abrazar la fe de Israel. Tuvo que huir de al-Andalus. Primero de Córdoba, luego de Almería. Tampoco encontraron paz ni sosiego en el norte de África (como en Fez). Se desmoronan los mitos…

No considero un iletrado a don José Ortega y Gasset (1883-1955). Sin embargo algunos con menos lustre académico e intelectual que el filósofo madrileño han procurado decirnos que sus palabras estaban cargada de cierta necedad. Nadie duda que tras ocho siglos de paso por nuestra actual nación, los musulmanes dejan un imborrable sabor y huella que abarca desde la cultura a la forma de ver la vida. Pero quizás tanto peso se fue progresivamente diluyendo y más teniendo en cuenta que las diferentes salidas de estos de la Península, obligadas o forzadas, junto a su definitiva expulsión, o las fuertes y continuas repoblaciones terminan por desleír toda esta enorme influencia. El caso es que Ortega y Gasset se repetía: “los árabes no fueron un ingrediente esencial de nuestra cultura”. Don José fue un republicano convencido, y conviene hacer constar esto último. Aunque tal vez me sugiera más predilección la figura de Ramón Menéndez Pidal (1869-1968), un filólogo, historiador, folclorista y medievalista español, creador de la escuela filológica española, miembro de la Generación del 98 e incontestable autor. Uno de los más grandes intelectuales patrios. Don Ramón insistía en la herencia romanogermánica de España. Si él admitía esto, y genéticamente hemos visto que no iba muy desencaminado… ¿Habría que dudar más al respecto?

Corán 5:56=  “¡Creyentes! No toméis como amigos a los judíos y a los cristianos”. Lo dice el libro sagrado musulmán. de ahora en adelante cualquier otra tesis que haga revalidad la convivencia toledana o cordobesa entre tres pueblos distintos, cae por su propio peso. ¿Alguien podría explicar desde la aplicación cientifista de la historia, por qué judíos y cristianos son ciudadanos de segunda en la estructura social musulmana del Califato, o de los reinos de taifas, obligados a pagar más impuestos y condenados a no proliferar blasfemia alguna contra el Islam o el profeta so pena de muerte? Porque en la Granada nazarí (1238.1492), simplemente, no pudo darse dicha convivencia dado que judío o cristiano en tierras granadinas era conminado a la conversión, abandono de su cultura, su lengua, ropas y abrazo fiel y absoluto del Islam.

Ibn Abdun, poeta del reino de Badajoz y secretario del emir de Ëvora, situado históricamente en la primera mitad del siglo XII (en concreto habría que decir de él que nace en torno a 1070 y muere en 1034), dice en uno de sus tratados que “los judíos y los cristianos son como leprosos”. Aconseja mantenerlos apartados y hace hincapié en la población de que no adquieran ropas de cristianos, judíos ni leprosos. Ese “idílico entendimiento” que nos viene dado en la Extremadura del Siglo XII continua profiriendo parecidos insultos al punto de decir que judíos y cristianos son indicados para las faenas de limpieza de letrinas o para sacar basuras, pues al fin y al cabo son tareas para gentes viles. Pero el musulmán no se retracta de su pensamiento ni aún vencido, pues cuando Abú Abd Alahh, el último rey granadino (Boabdil) está firmando las capitulaciones y acuerdos de entrega de Granada a los Reyes Católicos, hace que el secretario real Hernando de Zafra incluya la siguiente condición: “No permitirán Sus Altezas que los judíos tengan facultad ni mando sobre los moros, ni sean recaudadores de ninguna renta”… Si consideramos que hasta la llegada de los españoles y franceses a Marruecos, los habitantes del Norte de África impedían que ningún cristiano o judío entrara a caballo a sus ciudades para que estos nunca pudieran tener la cabeza más alta que la de un musulmán, o que en la ciudad de Fez hasta el siglo XVIII, los judíos y cristianos debían entrar descalzos para obligatoriamente humillarse ante el pueblo de Allah, todo empieza a tener más sentido.

Les recomiendo la lectura de “Inexistente al-Andalus de Rosa María Rodríguez Magda (Catedrática de Filosofía, ex consejera de Cultura de Valencia…) Pero especialmente les conmino a una reflexión: la primera vez en la historia que España vive una deportación masiva obligada y forzada, se produce a raíz de la ocupación almorávide, desde el año 1091, cuando en Granada se terminan por derribar las Iglesias cristianas que quedan (1098) o sucede la inscursión cristiana de Alfonso I con el que se marchan 10.000 mozárabes, es decir, cristianos en tierras musulmanas. Esto no significó más que una radicalización absoluta por parte islámica que terminó por expropiar todos los bienes de los mozárabes y conminar al pueblo cristiano a un estado de sumisión. Pero será la figura de  Abu l-Walid ibn Rusd, la más temida. Este no es otro que el abuelo de Averroes, que consiguió la expulsión de los cristianos del sur de al-Andalus (la actual Andalucía) que pasaron a ser mercancía en manos musulmanas y vendidos como esclavos a los pueblos beréberes del norte de África. Quizás, cuando conmemoren algunos los 4 siglos de expulsión morisca, habrá que recordarles que los primeros en expulsar, deportar y esclavizar a otros por cuestiones religiosas, al menos en España, fueron los musulmanes. 

Por último, les dejo con un fragmento de un artículo del catedrático y profesor de la Autónoma de Madrid, Serafín Fanjul, “El mito de las tres culturas”, publicado en el número 224 de la Revista de Occidente (año 2000).

Decir que los españoles somos “medio moros” es uno de los tópicos de la “leyenda negra”. De hecho, hoy es cuando viven sobre nuestro suelo mayor número de magrebíes. Por otra parte, las mismas barreras que el propio Islam pone a los matrimonios mixtos salvaguardó el legado hispano-romano anterior. Ni los 30.000 árabes que entraron inicialmente con Tarik y Muza, ni los que se incorporaron en las sucesivas oleadas posteriores, alteraron el fenotipo medio de los hispanos.

Hacia el 1500 apenas existían 25.000 moriscos en Castilla , casi todos concentrados en Trujillo, Plasencia de las Armas, Alcántara y Uclés, mientras que en Andalucía solamente quedaban 2000 en Sevilla y Córdoba, aparte de los de las Alpujarras y Granada que en esa época apenas quedaban 40.508. Es decir, que en la España liberada de reinos musulmanes, apenas quedaban no más de 65.000 moriscos. Poco, realmente. Y no se sentían “españoles” contrariamente a lo que Américo Castro opina. Ni se sentían, ni lo eran, ni querían serlo, ni se comportaban como tales. Uno de ellos –el morisco Juan González- escribía en 1597: “la lei de los cristianos se podía decir de perros […] que era puto el que estaba en esta lei de Cristo […] Y que quisiera que lo llevara el diablo a su tierra [Argel] que havía de fazer quemar a todos los cristianos que allí uviese”. Podemos pensar lo que hubiera supuesto que toda esta patulea permaneciese en la Península hasta nuestros días. Las guerras balcánicas habrían sido poco en comparación con lo que nos hubiera esperado de no haber sido expulsados tras la guerra de las Alpujarras. En realidad, lo que ocurría es que los ocho siglos de presencia islámica habían creado dos campos enemigos. Tras la Toma de Granada y las medidas pacificadoras de los Reyes Católicos, esta mentalidad de bando se siguió manteniendo, especialmente en las filas de los perdedores. Y que no se diga que los Reyes Católicos extirparon el culto islámico. Fanjul recuerda el testimonio de un viajero de la época que describía Granada: “Las casas son como se acostumbra en Egipto y África, pues todos los sarracenos convienen tanto en las costumbres como en los ritos, utensilios, viviendas y demás cosas”. La política generosa de integración impulsada por los Reyes Católicos no cosechó el más mínimo resultado.

Caro Baroja recuerda: “Hacia el 1550 o 1560 no cabía establecer gran diferencia racial entre la población morisca y la cristiana vieja de muchos de los pueblos de Granada, Almería y Murcia. La distinción entre unos y otros era de tipo social, no biológico. Se hacía teniendo sencillamente en cuenta la línea masculina y la religión del padre. Así, un cristiano viejo, e hidalgo por añadidura, podía ser y de hecho era con frecuencia, hijo de madre morisca y nieto, también de abuelas moriscas”. Así pues, en la zona cristiana no existía el prejuicio religioso con la misma intensidad que en la parte musulmana. Fanjul cita dos hechos que contribuyen a elucidar la situación de la época.

El primero es la galería de retratos de los príncipes omeyas reproducida por Sánchez Albornoz en “La España musulmana”, “con presencia de rubios y morenos y hasta algún pelirrojo, pero dentro de las características generales del tipo físico común a la Península Ibérica”. El segundo dato explica la tendencia de los musulmanes de la Península a vincular sus linajes con las familias conquistadoras del siglo VIII; pero la mayoría de estas genealogías son espúreas. De hecho, cuando Ibn Hazm compone su “Yamhara”, comprueba que “el reducido número de linajes árabes arraigados en la Península y lo limitados y dispersos que vivían en el siglo XI, señalando la cifra de 73”. Y concluye Fanjul: “La aportación racial árabe fue muy exigua”.
A lo largo de ocho siglos, a esta aportación foránea se fueron uniendo los hispano-romanos que terminaron convirtiéndose al Islam, ya sea por convicción, o más frecuentemente, para evitar pagar tributos.

Y en cuanto a los judíos, no puede decirse que fueran muy numerosos en relación a la población residente en otros países europeos. Se cree que en el siglo XI no vivían en la Península más de 50.000 judíos y algunas fuentes hebreas dan cifras menores.

Ahora bien, esta minoría judía era fuertemente racista y tampoco aquí encontramos nada que pueda evocar la “España de las tres culturas”. Quien no era de raza judía, de pura raza judía, no pertenecía al “pueblo elegido”. La sangre, tanto como la religión, eran extremadamente importantes en la visión hebrea de la vida. Las referencias bíblicas a la prohibición de mezcla de la sangre hebrea con otras sangres “impuras”, recorre todo el Antiguo Testamento, desde el Deuteronomio hasta el Libro de Esdras. Fanjul, siempre atento a los pequeños detalles, recuerda que “en la literatura hispano-hebrea menudean las muestras de hostilidad hacia cristianos y judíos”. Cita también dicterios hispano-hebreos repletos de improperios hacia los musulmanes, que, en el fondo, no son sino la muestra de la mentalidad de la época, cualquier cosa menos “intercultural”.

1 comentario:

J. Carlos Medina dijo...

Somos racionales pero animales al fin y al cabo. En la propia condición humana, como en la propia condición de los animales, está el establecer fronteras muy claras en las diferentes razas, que en definitiva es lo que establece las diferentes culturas. Después del holocausto nazi y motivado también por la falta de mano de obra en el crecimiento alemán, se estableció la voluntariedad de convivir en una sociedad multirracial y multicultural. Durante muchos años Alemania ha abanderado la intención y la voluntad de establecer vínculos multiculturales dentro de la propia Alemania. Pues bien, Angela Merkel, en un discurso dado en octubre de 2010 habló del fracaso en su país de la "multikulti", la sociedad multicultural alemana.
Y como dijo el torero: lo que no puede ser no puede ser y ademas es imposible.
Un saludo.