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lunes, 2 de mayo de 2011

Osama Bin Laden


Nunca he sido amigo de las conspiraciones, de las teorías que con toda probabilidad nacieron a la orilla de la barra de un bar mientras un caldo de la tierra hacía su efecto. Nunca creí que el mismo Vaticano acabara con la vida de Juan Pablo I, que el Rey demoró su aparición pública la noche del 23 F porque estaba en el lado de los golpistas o que los árbitros, al dictado de la UEFA, hayan seguido el eslogan de Digital + y como el Barça ha comprado la Liga le han regalado la Champions. Simplemente no me creo todo lo que oigo y suelo poner en tela de juicio las reflexiones que pululan a mi alrededor, a fin de que mi capacidad de raciocinio no quede reducida a la más vulgar de las expresiones y por supuesto, para forjar una idea propia de aquello que me concierne o me invita al debate.

Por eso no pongo en duda que el hombre más odiado, buscado y maléfico que hasta hace relativamente poco pisaba la faz de la tierra, no esté muerto. O mejor, que no lo haya matado un elitista comando militar estadounidense en una compleja operación llevada a cabo en el culo del Mundo, que es lo mismo que decir un pequeño pueblo paquistaní de trascripción cuasi imposible. Lo que sí cuestiono es la moralidad y la justa forma de llevar a cabo este dispositivo que como todo el mundo sabe, nos ha hecho un planeta más seguro, casi a salvo de atentados de locos creyentes islamistas y por supuesto, tan feliz como los adolescentes que tomaron el día de la noticia las calles de Nueva York, presos de una euforia sólo comparable al 4 de julio, pero sustituyendo la tarta de manzana por el alcohol.

Los videos que ofrece la Casa Blanca nos arrojan la imagen de un decrepitoso anciano que guardaba más relación con el abuelito de Heidi que con el terrorista número uno. Alguien que en una chabola de cemento y ladrillo sin enfoscar, con una televisión de quince pulgadas de las que ya no quedan ni en los hogares más humildes de España y con un AK- 47 como defensa, que para colmo ni llevaba encima, tuvo que ser defendido por su peligrosísima mujer. Una escena que completan una decena larga de gigantescos militares americanos, de esos que han crecido masturbándose con “La chaqueta metálica” y que destilan testosterona a manos llenas. Una escena que ponía en una de las esquinas del ring a un anciano cuasi indefenso que no hizo amago ni de sostenerse en pie, y en la otra, a la élite de la élite del macho universal, a los herederos de Steven Seagal y de Silvester Stallone caracterizado como Rambo, a los todopoderosos Seals, que obviamente, tuvieron que abrir fuego ante tamaña provocación y especialmente, tremendo peligro, y además en la cara, no sea que alguien les pidiera luego una foto del detenido (cadáver, pero detenido) y pudiera reconocerse sus facciones.

Cuando el Premio Nobel de la Paz, el Presidente de los americanos salvadores del universo, sentenciaba que en una operación donde se había perdido un helicóptero de 50 millones de euros no había habido lugar a una puñetera cinta métrica que comprobara cuánto medía el finado, él mismo acababa de dejar bien claro que la operación, de todas todas, no iba a ser juzgada por la opinión pública ni como trasparente, ni como coherente, y por supuesto, engrosaría el listado pretendido de las conspiraciones y tramas secretas con las que especular en la barra de alguna taberna, de Arkansas o de la Alpujarra granadina, al abrigo de algún caldo del terreno.

El cadáver andará por los fondos del Océano Índico. Otra medida más que viene a enturbiar todo. Pero lo incomprensible es que el responsable e ideólogo de la muerte de 3.000 personas, recibiera como castigo una ráfaga de dolor que le duraría medio segundo, para encontrar la oscuridad para sus días, mientras su aguerrida esposa era herida en una pierna intentando defenderlo. Que alguien a quien podía habérsele imputado el mayor número de crímenes contra la humanidad, sólo parecido a los más perversos locos de los Balcanes o a los altos mandos nazis de hace 70 años, encuentre como castigo a tan ignominioso conjunto de actos una muerte rápida, efectiva y de desproporcionado calibre en comparación con su culpabilidad, me hace que pensar.

No sé si alguien que sostiene las guerras que heredó y que fomenta otras en otras partes del mundo, que es el último en decidir sobre el final de un terrorista que cuando fue encontrado parecía el abuelo de Heidi y que sale a decirle al Planeta que Estados Unidos ha derrotado a su archienemigo” mientras nos invita a respirar tranquilos por todo ello, mereció algún día recibir una condecoración tan alta. Si hacen memoria, recordarán que no ha mucho algunos toreros, al enterarse que otros recibirían la medalla de las artes española, decidieron devolverla para no ser partícipes de algo que cuesta tan poco mérito ganar. Pues estoy convencido que más de un premiado, que se ha partido el pecho y se ha dejado la vida en el intento de hacer una sociedad más justa, no habrá pensando que el Presidente Obama ha empañado y tintado de negro el galardón sueco. Es curioso cómo Estocolmo premiaba este año al chino Liu Xiaobo, que no pudo recoger la distinción al estar detenido por el gobierno de su país, y no tuvo reparos alguno en dejar que el Air Force One aterrizara en suelo patrio y de él bajara el representante de la democracia que arrasa a golpe de misil.

Osama era uno de los peores seres humanos que han existido. Debería haber sido recluido en una cárcel de tal dureza que las afamadas cárceles turcas parecieran lujosos complejos diseñados para el relax. Había que haberlo conminado a un cuchitril de 3 metros cuadrados sin luz natural y con una de las ingestas alimenticias más duras posibles. Sin opción a higiene, a contacto con nadie, a comunicación alguna. Que hubiera penado el resto de sus días en el espacio más deplorable que pueda imaginarse. E ir publicando su estado y su imagen progresivamente, para que los suyos vieran que Guantánamo es casi preferible. Eso sí, sin vejaciones ni castigos corporales alguno. Sólo, con un aparato de megafonía directo a su celda donde oyese de continuo el nombre de todos los que murieron un 11 de septiembre, y tras el nombre, una sentencia tal que así: “tú lo mataste”.

Pero no, se ha optado porque el más pérfido de cuantos pisaban el Universo, reciba como castigo un disparo a bocajarro hecho por un experto, un militar de la élite que en menos de un segundo lo dejó en los brazos de Caronte. Y mientras miro la cara de un presidente que lo está haciendo rematadamente mal y que no ha sido capaz de cumplir nada de lo que prometió a golpe de eslogan (Yes, we can) y para colmo, significa el oprobio del premio Nobel, mientras miro y remiro por si se me escapa algo acerca de la desaparición del ente moral de al-Qaeda, sólo puedo empezar a preocuparme porque por vez primera, estoy empezando a creer en las teorías conspiratorias, en las dudas de barra de taberna… ¿Y si Bin Laden nunca murió en una aldea perdida paquistaní? ¿Y si los americanos no acabaron con él hace poco? ¿Y si la forma parte de una maniobra de distracción a gran escala como las que suele usar de vez en cuando el gobierno socialista español?

No sé, parece que anduviera yo poseído por el espíritu incrédulo de Pedro J. Ramírez. Pero lo que sí estoy convencido, es que aplaudir la desaparición de Bin Laden en estas formas, sólo nos compara con un pueblo deshumanizado.

1 comentario:

Anónimo dijo...

David, por culpa de este artículo, has tenido bloqueado el blogger durante dos días.
Francis Rabaza.