Visitas

lunes, 23 de mayo de 2011

La balsa de la Medusa


Junio de 1816; sale de puerto una fragata con destino a Senegal. El barco francés tiene el nombre de Medusa y su capitán es un absoluto desconocedor de las artes del mar, pero debido a un favor político se le ha puesto al frente de esa expedición, compuesta por “Medusa” y otros dos barcos. El capitán Chaumereys tiene a su cargo la vida de 400 personas. Casi veinte días después de haber zarpado desde la costa francesa, está a la altura de Mauritania. Tiene prisa por llegar cuanto antes a su destino y regresar, de forma que toma un desvío considerable de ruta. Pero el barco encalla en un banco de arena un 2 de julio. Tres días después, ha sido imposible rescatarlo y la vía de agua es ya considerable. ¡Hay que abandonarlo!

La tripulación es alojada en 6 botes salvavidas, con una capacidad de 42 pasajeros cada uno. 252 tripulantes suben a bordo, dejando atrás a 147 personas, en concreto, 146 hombres y una mujer. 17 marineros se quedaron a bordo de “Medusa” y se ahogan con ella. Por supuesto, el capitán está a salvo. El problema es que estas 147 personas tienen que salir con premura de un barco a punto de hundirse, por lo que se construye una balsa de madera de 20 metros de largo y 7 metros de ancho, donde subirán los últimos 147 desdichados a los que no se les ha querido alojar en alguno de los seis botes salvavidas. Con menos de un metro cuadrado por persona, uno de los botes, donde va el capitán, empieza a tirar de esta ridícula e improvisada nave. Pero pesa demasiado, y alguien, abandona a su suerte a 147 personas, cuando queda aún 60 kilómetros para alcanzar la costa.

Las únicas provisiones que se dejan en la balsa son un paquete de galletas, dos bidones de agua y dos barriles de vino. La mañana primera del 5 de julio, ya se había acabado el agua y las galletas. El capitán había dejado a su suerte a decenas de franceses. Alguien, desde la costa francesa, se hace eco de la noticia y esta llega hasta París. En la capital, nadie hace el mínimo esfuerzo por recoger a 147 compatriotas. Trece días después, el 17 de julio de aquel 1816, un barco encuentra la balsa. A bordo 15 personas. El capitán del “Argus” que rescata la paupérrima embarcación, les pregunta acerca de su desdicha. Y la contestación es aplastante: han muerto 132 personas, las que quedan se han tenido que comer a sus compañeros de viaje, muchos han enloquecido y tienen una preocupante deshidratación. El mundo se entera de la noticia y de la espeluznante vivencia de estos 15 supervivientes.

En 1819, el pintor francés Théodore Géricault presenta un cuadro de fabuloso formato, un lienzo cercano a los 35 metros cuadrados con un asunto que fascina, atrae, envuelve, está tamizado por una luz opresiva y representa una escena dantesca. Lo peor de todo es que el lienzo se inspira en un suceso real. Es la balsa de la medusa la que flota a duras penas en el cuadro. Y los 15 que sobrevivieron a un infierno demente abandonados por todos, los que escenifican tan cruento asunto. Gericault ha ido a morgues para ver la muerte de cerca, y se ha colado en hospitales y ha acompañado a moribundos en sus últimos instantes de vida, para poder retratar con precisión el color de la piel de alguien a punto de morir. En manicomios, ha sabido qué cara habían de tener sus personajes. El artista tiene 27 años y muere cinco años después, adquiriendo pronto el Estado francés dicho cuadro.
Acababa de nacer el romanticismo en la pintura. Una balsa, quince despojos humanos, una historia aterradora y un pintor genial. Medusa, seguía viva…

No hay comentarios: