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domingo, 1 de mayo de 2011

1 de mayo

Media España puede que esté en el empeño de celebrar el día de los trabajadores. Puede. Lo cierto es que con la tremebunda cifra de 5 millones de parados y otros tantos, al menos, de desencantados con la clase política patria y con el Gobierno es ciernes, el 1 de mayo queda como una jornada poco propicia para elevar alta la voz de la satisfacción laboral, que a nadie se le escape, nació como un castigo divino y así lo recoge un libro con miles de años a sus espaldas. Pero fuera de todo ello, lo cierto es que la fecha, asentada hace 125 años, viene a recordarnos otras épocas y circunstancias felizmente pasadas, superadas y mejoradas. Lo que no deja de servirnos para que todos, reconozcamos que un día como hoy de hace 125 años, los hubo con los arrestos suficientes para imponerse a todo un sistema no político ni económico, sino social, mental, de pensamiento, que tildaba al trabajador como un estigmatizado, un despojo de lazareto, un don nadie digno de ser explotado.

A estas alturas, quien no sepa mi condición ideológica debería hacérselo mirar, pero lo cierto es que dentro de mi postura conservadora, mi firme convicción monárquica y mi españolismo sin tacha, tengo un lado contestatario, cuasi sindical para con el mundo del trabajo, quizás por una experiencia amasada donde el que trabaja tiene las de perder y el timo económico y el robo de tus emolumentos, puede incluso hacértelo una Administración Pública, que se llama Ayuntamiento, Junta o Diputación.

A lo largo de los años, desde que me aventurara en el mundo nocturno del ocio con 18 recién cumplidos años, he visto que en lo laboral no importa nada más que el bolsillo propio y el interés de uno, y el trabajador puede ser sin reparos el moderno explotado, el heredero de aquellos obreros protestantes y contestatarios del siglo XIX que dieron lugar a las internacionales y a las asambleas socialistas que propagaron la dignidad del trabajador allá donde fuere. Y tengo un punto de eso, a pesar de mi más que evidente voto e inclinación porque he sido protagonista de abusos, testigo de estos y fiel notario de una sociedad que clasifica sin pudor al prójimo en relación a su ocupación laboral y a su posición económica. Tienen que venir las series de humor a decirnos, como una conquista jocosa, que el que arriba en yate es árabe y el que lo hace en patera moro. Y un negro de Estados Unidos será siempre el yanqui simpático y el subsahariano, un vendedor de piratería. Pero esta abortiva forma de entender la sociedad encuentra entre españoles caucásicos y rectos esta misma consideración: pobre o rico, basurero o funcionario… No hay otra.

No seré yo el que enarbole la bandera del trabajador una jornada como hoy. Y veré en los telediarios de las 15:00 horas, un universo de banderas republicanas y un batiburrillo de ideas e ideologías que nada tienen que ver con los que están llamados a partirse el pecho por el trabajador. Quizás por eso, sólo quizás, los sindicatos siempre me han parecido la guarida del lobo y en estos últimos tiempos, ellos solos se han clasificado y encasillado a las mil maravillas: una panda de comprados, que con su silencio, inoperancia, coste y sinvergonzonería reciben el menor de los cariños y aprobaciones de la historia en la sociedad española.

No sé si el Partido Popular puede aferrarse a la tijera que pode abusos y usos en una España podrida laboralmente hablando. José María Aznar y su ganinete obró el milagro que algunos periodistas y comunicadores comprados cuales sindicalistas baratos, se empeñan en negar. Las cifras son contundentes. Antes de este récord triste de parados y de tasa de paro, desconocida en todo el Continente Europeo, hubo una cifra ya batida pero entonces auspiciada a lo más alto del oprobio y la vergüenza, y curiosamente, la ostentaba España y la patentizaba el Gobierno Español. ¡Premio! Estaba también firmada por el socialismo hispano con Felipe González a la cabeza.

No sé de qué tenemos que sentirnos orgullosos. Al menos en este terruño de más de medio millón de kilómetros cuadrados que es nuestra Nación. Mientras seguimos comprando voluntades y regalando prebendas que no podemos sostener, acumulamos a gente provechosa en la cola de la inactividad. Yo hoy me siento orgulloso de que el género humano sea tan felizmente obstinado como lo fue hace 125 años, tal día como hoy, que se jugó la vida en la América de 1886 para conquistar derechos laborales hoy tenidos como lógicos. Reivindicaré al trabajador que lo merece, abominaré del sindicalista español que no merece otra y esperaré que alguien con algo más de entendederas y de ganas, quizás en el ya anhelado 2012, haga de mi Patria algo más que la cuna del parado, del apesebrado, del comprado y del estulto que seguirá votando a la mayor fábrica de miseria que conoce la Unión Europea. Las siglas, su rosa, su puño y la desfachatez de sus representantes, es de conocimiento público.

¡Descansen en paz, trabajadores de España!

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