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martes, 12 de abril de 2011

Castañuelas


La de veces que un cofrade repite la famosa frase que Felipe II tuvo que espetar al conocer la noticia que su Armada Invencible había sido destrozada, si el cielo está tonto ese día. La estampa le es conocida a más de uno: nubarrón pronunciado, parte meteorológico que no augura nada bueno, cruz de guía moviéndose dentro de la Iglesia, disparidad de opiniones entre los hermanos oficiales que acuden al cabildo más comprometedor del año, y el primero que se anima y dice: “¡qué le vamos a hacer! ¡No se puede luchar contra los elementos!

El que quiera engañarse, que lo haga; la finalidad primera de una hermandad de penitencia, y el origen de estas a raíz del Concilio de Trento, es salir a la calle para evangelizar. Sin más ambages. Por lo que tener que suspender la Estación de Penitencia por culpa de la climatología, es realmente triste. No ya en la conocida frase que cada vez que la oigo más me disgusta: “pobrecitos, todo un año trabajando y ahora…”. No, el año nos lo pasamos viviendo nuestra hermandad, compartiendo con los nuestros, sintiéndonos parte de un concepto distinto y emocionalmente bueno que tanto reporta, a pesar de los cuatro cantamañanas que uno tiene que echarse de vez en cuando y de tanto en vez a la cara. Pero ese es otro cantar. Y por supuesto, que nadie olvide que el esfuerzo, el trabajo, la dedicación, las horas robadas al descanso, al asueto y a la familia, el dinero invertido y los muchos sueños puestos, lo íbamos a hacer igualmente, por lo que nadie tenga pena por la “paliza” cuaresmal frustrada por la lluvia… Son otros los motivos.

Los más consecuentes saben que estamos perdiendo una oportunidad única y maravillosa para evangelizar, para impregnar a muchos de un discurso catequético y cristiano. Que a nadie se le escape que nuestra estética remueve más corazones y llama más a la devoción, al éxtasis, o a las dolencias propias del Síndrome de Sthendal, que ninguna otra cosa. Y el tiempo nos frustra esa posibilidad. A continuación, los hermanos, nos quedamos sin un disfrute, no seamos demagogos. Hay 364 días para rezar en las capillas, para llevar a cabo la palabra de Dios, ponerla en práctica y comportarnos como verdaderos creyentes, testigos y seguidores. Ese día, hay mucho de gozo, muchos sentimientos que se comparten y se disfrutan al calor de la amistad y de la complicidad. Y la lluvia, insisto, secundariamente también nos roba eso.

Al fin, una reflexión más: debo ser el único que en mi Hermandad, no disfruta nada. No lo hago. Voy acordándome si este año nuestro número de nazarenos efectivo (porque de sacar la papeleta a procesionar, también, aunque algunos no lo crean, hay un trecho) es mayor o menor, nuestro orden de insignias lógico, nuestra compostura la debida y nuestra imagen evangélica, la correcta. Voy pensando si la vestimenta de Ella ha cuajado, si la candelería aguanta los embistes del viento y si las capillas musicales están transportando a más de uno a otros tiempos. Y voy pensando si la cadencia, la mecida y el andar de los pasos, casa con el canon apropiado. Y me voy acordando de los míos, y de esa señora que me vio un día con un costal bajo el brazo, y con lágrimas asomadas, me dijo que a pesar de no conocernos, rezara por ella, que no sabía cómo ganarle el pulso al cáncer. Y voy en una humanidad moral, real y verdadera, que me engulle y me recuerda por qué soy de esa Hermandad y por qué lo seguiré siendo.

No, no disfruto. Pero aunque lo hiciese, como cuando oyes al Doctor debajo de la “Madre y Maestra” al tiempo que Valentín te cuenta la vida misma delante del respiradero, o Pepe Juncal levanta los tornillos que aprietan las entendederas de la vida y le contesta uno que deja al “ca Antoni” (¿se escribe así, miarma?) a la altura de un bonsái de esos que había en la Moncloa (sí, hombre, uno que te empapela tu casa de obras de arte sin necesidad de saber pintar, el de los Bareas de toda la vida), entonces, cuando pasa todo eso, uno disfruta, y sabe que está también donde tiene que estar, o de donde nunca se tuvo que ir un día. Que bendita morcilla de Corpus…

Y todo esto venía porque cuando aprieta la lluvia, lo único que tiene que hacer uno es ponerse una gola de época, arremangarse las calzas y salir con donaire de la situación, a lo Felipe II y pensar que cuando cae agua, lo mejor de siempre, lo verdaderamente coherente, lo lógico, medianamente intelectual y sabio, es quedarse uno en su casa, que como decía la señora esa motrileña que le estaba dando la extremaunción un cura, al tiempo que para consolarla en el trance le dijo que debía estar contenta porque ya mismo estaría en casa de Dios. Y entonces, con ese motrileñismo que no entiende todo el mundo, se levantó en los últimos compases del juego este que llamamos vida, y mirando al cura, le dijo muy seria: sí, padre, lo que usted me diga. La Casa del Señor y todo eso. ¡Pero como se está en la casa de una, me deja usted de líos!

Los palios esos que se ponen de hoja de perejil, más empapados que los bordillos de una piscina, y que encima llega un pregonero de estos que no tuvo rieles de sacarse el Graduado Escolar y juntando poemitas (de esos que tanto gustan a algunos ex capataces [excuse me, guía pasos], ojito, que hoy tengo para todos) los titula como “valientes”, me chirrían. No, tranquilos, no os hablo de lesiones irreparables en el patrimonio de la hermandad, y no comprenderé jamás cómo es posible que haya que mirar por el patrimonio humano (que no sé a quién se le ocurriría la ñoñez de término), entre otras, porque en el siglo XXI y debajo de una capa y de una túnica, el nazareno que por cuatro gotas se resfríe, se lo van a llevar a Houston para estudiarlo, porque no se puede ser más delicado que la Calle de la Colcha.

No, aquí el único problema es que las hermandades, de toda la vida del Señor, tienen unas maneras de andar, de avanzar, de comportarse en un todo que llamamos la estética cofrade. Las hermandades requieren de unas paradas determinadas, más que por descanso costalero, porque así debe ser. Y las hermandades, salen para ser vistas, para calar en el mensaje. Cuando uno se pone en la calle y ve un mar de paraguas por cuatro gotas (ojo, hacen bien), la señora que se quiere ir porque “lloviendo allí no pinta nada”, la novia de fulanito que accedió a regañadientes a ver una hermandad y se está poniendo enferma viendo como se le van a la garete los 60 euros de la peluquería, o a esa madre presa de un histerismo sin control que monta cisco y medio porque a sus benditos retoños (uno por cierto, feo de narices), le está cayendo agüita en el pelo. Que te dan ganas de aseverarle que en efecto, lo de la lluvia ácida es un riesgo pero que todavía en Granada, no se ha dado.

No se lo tomen a cachondeo. No crean que exagero. Para nada. Con la lluvia, las hermandades son parcialmente vistas. Si además no se apela a la protección de plásticos, todavía, pero si se echan, no tiene ningún sentido contemplar un palio envuelto, un Cristo con capucha o un crucificado como una cometa de 10.000 euros, herejía aparte. Los paraguas recortan la visión de la mayor parte de los presentes, los espectadores se reducen cuando no se refugian bajo el alféizar más anoréxico posible y los propios hermanos que van haciendo la estación de penitencia, pierden la compostura, aunque sea mínimamente, y se da una imagen (o se arriesga uno a dar una imagen) que choca frontalmente con los propósitos lógicos de las hermandades de penitencia.

La lluvia no es compañera de nada. Y lo peor, las hermandades que se dejan seducir por esta y se ponen en la calle sí o sí, apelando que el patrimonio no sufre nada (pero nuestros ojos sí, y en eso nadie ha caído) lo hacen por un prurito vanidoso, engreído, pasando a la historia como la Corporación que nunca dejó de procesionar o empujada la Junta por costaleros descerebrados que los términos: “discurso evangélico”, “estética secular” y “plasticidad catequética”, le suena a chino mandarín, pero no el del flan.

Aquí, sin ir más lejos el pasado año de 2010, algunas hermandades se quedaron con nosotros; nos vendieron, bajo la lluvia, como Donald O`Connor cuando se puso a cantar debajo de esta, una burra que no compramos. Y normalmente esa misma jornada hay otra hermandad que se empeña en decirnos que lo normal es salir. Y luego, en el lado opuesto, hermandades rancias y de negro que suspenden la estación de penitencia el Día de la Toma, en previsión a que el día de salida, pueda pasar algo. Y para los mal pensados, no fue el caso el pasado año de San Agustín. Que nos hemos llevado la fama y las cosas cambian.

Lo siento en el alma. Las hermandades, cuando llueve, en casa. Es algo de ley. Y si hay constancia fidedigna y tecnológica que la lluvia pudiera ocasionar ciertos inconvenientes a determinada hora, cuando la hermandad está en la calle (San Agustín en 2010, que hubiera tenido por Alhóndiga una tristísima petalá), se queda uno en casa. A todos nos duele, pero lo importante es que, aunque la Estación de Penitencia no vaya a devolvérnosla nadie (cómo me acuerdo de aquella charla, mi hermano y capataz Miguel Almagro y servidor, en el ya Martes Santo de 2010, diciendo que “paso no dado, paso perdido”), hacerla de cualquier manera es mucho más contraproducente. Mis treinta años me han enseñado muchas cosas… Que estoy donde quiero y donde mejor se puede estar (gracias, GOEV) y que yo escojo cuando me ducho. Pero por supuesto, no lo hago públicamente, como parece ser que algunas hermandades están empeñadas en decirnos. Y si de algo sirve, que se ponga en práctica este año, porque como decía ayer POTI, las “castañuelas” anuncian agua… VIVA EL ARTE DE VERAS, LUÍS JUNCAL.
P.D. Para los incrédulos, los "valientes" o los ineptos: ¿Cuándo estás en una terraza con unos amigos o la familia, se pone a llover inesperadamente...? ¿Qué haces? ¿Te quedas o te metes dentro del bar? ¿Y a que en lo que menos piensas es en que expones el patrimonio (la camisa y el saquito) o el patrimonio humano (los niños de haberlos)? Claro, te metes, porque lloviendo, lo normal es que te metas dentro, que estarás mejor. Pues con las hermandades, valiente, incrédulo, o inútil... LO MISMO.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

De acuerdo en todo.

Lemar dijo...

Una vez más de acuerdo en todo hermano y buenísima la entrada,dicen que de ningún cobarde se ha escrito nada, pero mejor que diga aquí huyó un cobarde que aquí murió un valiente, y encima si en Graná no pintas na, pues no se pa que vas.

Anónimo dijo...

La has clavado David, creo que no hay nada más horripilante que un paso cubierto de plásticos ,como si fuese el andamio de un pintor que va a echar el gotelé y no quiere manchar el suelo.Claro que la situación cambia en segun que lugares , si hablamos de ciudades con patrimonio de siglos , con tallas de valor incalculables, o hablamos de patrimonios de apenas 20 años donode todo vale , donde no importa tirar el manto de la Virgen y comprar otro , total , en los chinos las telas están baratas, no me lies que se me va la lengua y luego tu amigo me regaña.
Yo el año pasado estaba en Granada el Lunes Santo para ver a San Agustín y aunque no salió ,disfruté rezándole en su templo con esa exposición que montarón tan maravillosa y tan sobrecogedora,y aunque no superase la emoción de salir a la calle , mereció la pena estar allí.
Este año estoy segura de que haréis estación de penitencia ,si o si,y aquellos que no crean ,creeran cuando lo vean por las calles de Graná tan imponente , tan impresionante.....
una gran parte de mi corazón estará con vosotros, y el año que viene Dios dirá.
MELA

monaguillo dijo...

No hay cosa más triste que ver a una Cofradía en mitad de un jarreo de agua... bueno, sí que lo hay: que encima alguien los alabe.

Mira a ver, Maribel. Me da a mi que a alguno este año lo veremos mojado. Dios no lo quiera. Saludos cordiales desde mi retiro conventual.

Anónimo dijo...

Que concentraíco y que bien aprovechao estás coones.
Una vez más y ya no se cuantas van, estoy contigo.
PD: Las GOEV siguen operando to la semana.

Un abrazo hermano

PEPE JUNCAL

Anónimo dijo...

Como los negritos... "no comen".

Un abrazo.