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jueves, 13 de enero de 2011

Juana I


Educada en un ambiente cultural impropio para una mujer de su época (aunque hubiera estado llamada a reinar), al parecer la enorme piedad que veía en la corte, y especialmente en su madre, hizo en la joven Juana que desde muy corta edad sintiera el deseo de ser monja, que durmiera en el suelo cuando se descuidaban sus ayas o que se flagelara ofreciendo a Dios el tormento. Pero la destinan a ser esposa del hijo del emperador de Austria, casando con 17 años. La fama que le ha valido al sobrenombre a Felipe, el esposo de Juana, debía ser cierta. Dice Francisco de Rojas, el embajador español en Alemania, que la hija de los Reyes Católicos no se atrevió ni a mirar a su cónyuge, subyugada por su belleza. Pero desde el comienzo, éste deja claro cuál será su trato futuro para con su esposa: cuando la infanta española pise Flandes, él no estará allí para recibirla porque se encontraba en el Tirol. Eso sí, ardor sexual no le faltó a Felipe, pues en cuanto vio a su prometida, hizo traer a un cura que los casó, y se retiraron a sus aposentos donde consumaron de inmediato el matrimonio.

Esta actitud de Felipe responde a un capricho que como cualquier otro, debía ser pasajero, y en cuanto Juana da a luz al primer hijo, Leonor, un 16 de noviembre de 1498, Felipe pierde todo interés por su esposa al tiempo que ya eran de sobra conocidos sus escarceos extramatrimoniales. A Juana la espían por orden del marido. Le retiran la compañía de sus damas españolas y sus sirvientes musulmanas (tanto Isabel la Católica como su hija tendrán en alta estima a las mujeres musulmanas como acompañantes regias) y empieza a sufrir de celos. Al tiempo, en 1500, ha muerto Miguel (heredero al trono) en Granada. Era el último varón vivo que le quedaban a los Reyes Católicos, así que estos deciden que Felipe y Juana viajen a España para ser jurados como herederos. Pero Felipe, a espaldas de su padre y en contra de sus suegros, se ha hecho amigo de Francia, enemiga entonces tanto de España como de los intereses austríacos. Y pone largas y excusas insostenibles que abren una brecha entre el matrimonio, la familia de Juana, Felipe y la corte de Flandes. Al fin consiguen que lleguen a España, pero en cuanto Felipe comprueba lo diferente que es la corte castellana, absolutamente severa y poco lujosa, a la suya de Borgoña (era duque al servicio de Francia) se va, a pesar de los ruegos de sus suegros.

Sin embargo el rey Fernando no quiere enemistades con su yerno y le encomienda que sea él el que negocie diplomáticamente con Francia. Le deja escrito cuáles son las pretensiones y argumentos de España y Felipe se encamina a su entrevista con Luís XII, con el que llega a acuerdos desfavorables para los españoles y lo que iba a significar la definitiva actitud de este: no se lleva consigo a Juana, que deja sola y embarazada. Parirá sola a Fernando, luego heredero del Imperio, y nacido en Alcalá de Henares. Antes, igualmente sin Felipe, había nacido en Gante el futuro Carlos I de España, el gran Emperador. Hasta dos años después no pudo volver a ver a su marido. Cuando se reúnen, pasan a vivir a Bruselas, donde la hija de los Reyes Católicos tiene que aguantar continuas infidelidades y situaciones innecesarias. Gustaba Juana de lavarse el pelo varias veces al día, algo que enojaba a Felipe; el castigo que le reservaba era privarla del acto sexual. Y moría Isabel, heredando la hija el reino.

En ese instante, Fernando el Católico mandó al obispo de Córdoba a Bruselas para que su hija abdicara en él hasta la mayoría de Carlos. Felipe se hizo con el documento y lo rompió, naciendo un instante de enfrentamientos entre suegro y yerno, como ya sucediera en el pasado. Por fin llegaron a España los esposos, aunque la voluntad de Juana siempre fue estar junto a su marido y poseerlo. Empezaba a dar en ese 1505 muestras de desequilibrio mental, obviamente alimentados por el trato que recibía de Felipe. Cuando muere un año después, la locura es absolutamente patente. Sólo un momento de lucidez tiene, que se produce a la hora de convocar las Cortes del Reino y destituir de sus cargos a los extranjeros que se beneficiaron de los privilegios otorgados por Felipe en el instante de actuar como rey. Y no se separaba del féretro. Hasta cuando en Burgos se declara una epidemia, Juana se marcha hacia Palencia con el ataúd de Felipe. Viajaba de noche para no ver la luz del sol. Prohibió que ninguna mujer saliera a ver el recorrido fúnebre, no quería siquiera descansar en conventos de monjas, celosa ya de por vida de cualquier mujer que, incluso muerto, se acercara a los restos de su marido. Sin duda, la perseverancia en su infidelidad por parte del Habsburgo causó un deterioro férvido en Juana.

Su estado empeoró. En 1509, se le conmina a pasar sus días encerrada en Tordesillas. Juana exigió que el féretro se pusiera en el convento de Santa Clara, para poder verlo desde la ventana de la fortaleza donde está. Allí, será cuando a una de sus camaristas le diga: “lloré tanto las infidelidades de mi esposo que ni lágrimas me quedan que verter”. La única distracción que le permitían era asomarse por una ventana desde la que arrojaba monedas a los que pasaban camino de Misa. Al duque de Denia se le encomendó hacerse cargo del arresto de Juana. El noble, se jactaba de “haber introducido en el castillo la soledad y la disciplina”. Estaba claro que una mujer maltratada por la vida y sin el cariño de los suyos, pues en todo este tiempo sólo recibió la visita en dos ocasiones de su hijo, y una de su padre (y hablamos de 47 años) estaba destinada a la locura. Muere a los 75 años, habiendo tenido poca oportunidad de ejercer como reina (entre 1504 y 1506). Fue bueno el gobierno porque aplicó las mismas directrices y políticas, y con las mismas personas que hicieron sus padres. Aguantó como Felipe le enseñaba en la residencia de Bruselas las mujeres con las que había que acostarse. Aguantó 47 años de encierro, con ventanales cegados y sin distracción alguna. Tratada a golpes por sus custodios, privada de trato familiar, con el consuelo único del que luego sería Santo, Francisco de Borja, dejó escrito que no creía que Juana estuviera loca.

En 1505 consiguió abolir la recién creada Inquisición, reagrupar con los mismos derechos pero respetando sus particularidades a los reinos hispanos bajo una misma corona y dinamizar los estamentos jerárquicos mediante un férreo control del viejo modelo feudal aristócrata y recortar el poder eclesial. Tuvo una cuidadísima educación y hablaba cinco idiomas... ¡Un verdadero torbellino! ¡Una adelantada y encima mujer! Y fueron sus ideas las que le valdrían el sambenito de loca, no su estado mental, que tras los muchos padecimientos, a nadie se le escapa que en efecto debía estar condenada a la locura.

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