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miércoles, 12 de enero de 2011

Fernando V


Nacido de la segunda esposa del rey de Aragón, Juana Enríquez, tiene por esta sangre de los Trastámara que es lo mismo que decir que está entroncado con la casa real castellana. Pero la madre es sutil y sabe que nacido en Aragón se confirma plenamente su condición de heredero, estaba salida de cuentas en Estella (Navarra) de modo que sin pensárselo dos veces, parte a punto de dar a luz camino del reino de su marido naciendo Fernando en el pueblo de Sos; una venida al mundo desde luego peculiar. Esto, y la muerte de su hermanastro ( y primogénito de su padre) lo alzan al trono, aún con sospechas que ya nunca despejaremos, si dicha muerte fue por envenenamiento, no siendo pocos los que señalan hacia Juana Enríquez como autora de tan trágico fin.

Con nueve años era el heredero. Y el panorama poco propicio. De un lado Cataluña se reveló contra el Gobierno aragonés y recibe el apoyo de Luís XI de Francia, que quiere anexionar a su nación las regiones del Rosellón y la Cerdaña. En Gerona, madre e hijo son tomados como rehenes. Liberados, con 13 años el joven Fernando se pone al frente del ejército y sale victorioso en Calaf como lugarteniente general. Estaba claro que desde la cuna estaba llamado a ser un estratega militar sin rival en la época. Su padre, cegado por cataratas, le dejó todo el peso del gobierno, por lo que cuentan que la mayor parte de las veces interrumpía sus lecciones con Francisco Vidal para tomar armas o departir según que asuntos. El todavía rey, su padre Juan II, ya soñaba con unir Castilla y Aragón. Fue el ideólogo y su hijo y su nuera, Isabel la Católica, los artífices. Para conseguir esto y sin levantar las suspicacias de los aragoneses y especialmente de los castellanos contrarios a Isabel y partidarios de la Beltraneja, se disfrazó de mozo de mulas (que igualmente hizo su futura esposa) y se casa en secreto. Y ahora, luchando a favor de la causa propia por ser la de su mujer, se revela como un militar sin parangón, ganando en Toro, Zaragoza y Albuera, de forma que Alfonso el Africano, que luchaba de lado de la Beltraneja, tiene que firmar la paz que da victoriosa a Castilla y a Isabel. Tal fue el ardor de Fernando, que cuando muere su padre, él, en medio de una batalla, no puede ser coronado y proclamado rey hasta tanto no se alza con la victoria.

Hábil diplomático, mete en cintura sin el ejercicio de las armas a Francia y sus pretensiones sobre Sicilia y recupera el Rosellón y Cerdaña. Reinaba en Francia ahora Carlos VIII, que se empeña en extender la importancia gala conquistando Italia. Fernando el Católico le asegura neutralidad siempre y cuando no ponga en peligro los Estados Pontificios. Pero la ambición sin límites del francés le hace en 1495 campar a sus anchas y el Papa debe refugiarse y solicitar la ayuda de Fernando V. El aragonés (realmente fue su esposa Isabel I) manda al curtido Gonzalo Fernández de Córdoba, que a raíz de sus victorias empieza a ser conocido como El Gran Capitán. Poco después, el militar vence hasta en seis ocasiones dejando Nápoles bajo pabellón español.

El rey que nos ocupa siempre será un extranjero en Castilla, pero a partir de 1500, cuando Isabel dé muestras de cansancio y enfermedad, toma mayor protagonismo en las cortes castellanas. Era ahorrador, frugal en sus gastos y nunca ambicionó riqueza alguna. Se le conoce alguna flaqueza sexual y dio nombre a hijos no habidos en el matrimonio. Controlado por la Católica Reina, esta leía toda carta antes de que la sellara, asegurando así que los dos tendrían la misma cuota de decisión en los gobiernos compartidos. Cuando muere la reina, Castilla no lo quiere, y reclaman que gobierne su yerno Felipe. Decía un embajador: “no hay ni siquiera un zapatero que no se haya ido con Felipe”.

Viudo y a la edad de 54 años, en 1506, decide acercarse a Francia casando con Germana, sobrina del rey francés. Tenía la joven 18 años y un apetito voraz. Está claro que por amor no se casa Fernando, en tanto que nos es descrita la cónyuge como poco hermosa, glotona y festiva. El embajador de Flandes dijo al conocerla: “no creo que en este tiempo se halle mujer como esta, que mejor que obesa debe llamársele el inmenso abdomen”. Y nos narra el obispo de Pamplona, Sandoval, que se gastó el pueblo de Burgos en un banquete, “sólo 1.000 maravedíes en rábanos”. El caso es que el viejo monarca fue aceptado tras la muerte de su yerno Felipe y una vez pudo comprobar Castilla que “más vale malo conocido”… por lo que asume el papel de regente y anexiona Navarra (entonces en manos francesas), consolida el ejército al mando del Duque de Alba y recupera la economía del reino, preparando el camino a su nieto Carlos, el gran Emperador.

Quiso tener más hijos mientras duró su matrimonio con Germana. Nadie le explicó que a su edad, la tarea era ardua. En 1513 le recetaron pócimas sexuales que en vez de producir los frutos esperados, actuaron de manera contraria. El rey se afligió más si cabe. Moriría a los 64 años el que fue durante siglos, el mejor modelo de gobernante. El Cardenal Cisneros, que fue suy enemigo más febril en vida, decía de él: “es muy buen sujeto de rectas intenciones que no conoce amigo o familiar al que beneficiar”. A parte de armas y piezas sobrias de vestir, a su muerte no se encuentra dinero ni para pagar su entierro. Eso, habla de un rey que vivió para el reino, y no del reino. Al lado de su mujer, descansa en Granada como artífice igualmente de España. Y repito, PESE A QUIEN PESE.

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