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miércoles, 19 de enero de 2011

Felipe III


Las sucesivas muertes de herederos hicieron que el rey Felipe II se preocupara constantemente por la salud de este, y cada vez que se ausentaba de España, no hacía más que mandar cartas a sus hijas mayores, manteniendo una enorme correspondencia con Isabel Clara Eugenia donde preguntaba de continuo por la altura que tenía ya el príncipe, su salud, los dientes que le habían salido… Y el caso es que el futuro Felipe III salió inmensamente parecido a su padre. Muy religioso, rezaba con seis años 9 veces al día el rosario, por los 9 meses que duró el embarazo de María Santísima, se confesaba en la más insospechada ocasión o hacía ayunos desde la más corta edad. De estricta educación, Felipe II procuró que el príncipe no creyera que la vida de rey era voluptuosa y fácil, de modo que recortó a lo imposible su asignación económica e hizo de él un futuro soberano retraído y austero.

El marqués de Denia se dijo que era el momento de influir en Su Alteza. De vez en cuando le daba a escondidas dinero, resultaba extremadamente simpático e iba ganando su confianza progresivamente. Felipe II aconsejaba a su hijo: “ten en cuenta que es indecente pedir a un vasallo lo que un rey puede darle”. También insiste en que no se sujete ni deje gobernar por nadie, que mande si n ser mandado y se guarde de los aduladores. Buenos consejos sin duda. Y Felipe hijo hacía caso hasta para escoger esposa. Le propuso el entonces rey entre tres princesas de Baviera. ¿Cuál escoger? Resuelve con prontitud Isabel Clara Eugenia. Le dio la vuelta a los tres retratos y echó a suertes cuál sería la escogida, resultando Margarita. Felipe II, poco dado a bromas y azares, escogió a Catalina. La escogida moría al poco. Le tocó el turno a Gregoria, que en poco tiempo, moría de fiebres. Quedaba pues Margarita, la que el azar señaló.

Para el matrimonio, y por la muerte de Felipe II, el que llevará el 3, ya es rey. Esperado como revulsivo en la corte, solía decirse de su padre: “si el rey no acaba, el reino acaba”, Los agoreros querían que cesaran guerras y sueños imperiales. Y empezaron las intrigas y a repartirse los cargos mediante la amistad con el Marqués de Denia que se convirtió en el rey en la sombra, a pesar de los consejos de Felipe II. Una anécdota narra bien esto; Felipe III escribe a Rodrigo Vázquez para contarle que ha pensado darle su cargo a otra persona. La carta reza así: “Mirad qué color queréis que se le dé a vuestra salida, que ese mismo se dará. Yo el Rey”. Y le contestó el cesado: “el color no es otro que haber dicho la verdad y servido a Vuestra Majestad”. El de Denia colocó a sus amigos, se autonombró Duque de Lerma y se convierte en el valido. Será uno de tantos que dilapiden a España. Él, el conde-duque de Olivares, Manuel Godoy. Forman la tríada más tiránica y resueltamente perniciosa de la historia de España. Durante 20 años, el de Denia, ahora de Lerma, esquilmó la nación, compró hasta cinco Villas (como Getafe o Carabanchel) y engaña al rey diciendo que para ahorrarle tiempo, su firma puede ser igual de válida que la suya, de manera que así se evite el farragoso trabajo de firmarlo todo… Un sátrapa, un tirano que empequeñeció a España. Llegó a tal punto que en cierta ocasión, un capitán de los ejércitos españoles consiguió hablar con el Rey para solicitarle un favor. Este, siguió sin detenerse ni darle una contestación firme. Fue entonces cuando un miembro de la escolta del rey se volvió al capitán y le dijo: “acudid al duque. Si yo pudiera hablar con el de Lerma no me detendría a hacerlo con Su Majestad”.

España era un país de curas y de monjas. Había 1012 conventos de religiosas en la época que nos ocupa. Cerca de cien mil curas. Sólo entre dominicos y franciscanos, 32.000 miembros. Y Felipe III era hijo de su tiempo: religioso hasta el extremo, en un paseo por Madrid se topó un día con un sacerdote que llevaba el viático a un moribundo. No le importó que fuera la casa de un pobre de solemnidad, en la que se metió para sorpresa de sus inquilinos. Y si en algo luchó fue en conseguir que Roma reconociera el Misterio de la Inmaculada Concepción. Dio en el clavo con su mujer, o hizo bueno aquello de que Dios los cría y ellos se juntan. No probaban el vino (el rey no aguantaba el olor que dejaba en la boca), oían una misa diaria, un rosario diario y rezaban después de comer el Ángelus juntos. Margarita, la reina, estaba obsesionada por la muerte y eso acentuaba su pasión espiritual. De tanto escuchar el rey (ya de por sí piadoso) a su mujer, algo se le aumentaría la devoción: “moriré de parto, por lo que en cada parto me dispongo a morir”. Cuando dio a luz a su último hijo (el octavo) dijo que duraría ocho días. No sabemos si era profeta, tenía un don reservado a pocos, o la coincidencia fue total, porque a los ocho días de parir a Alfonso, murió. El rey no volvió a casarse ni conocería otra mujer. Margarita, le había causado un hondo sentir.

Felipe empezó a cambiar sus gustos. Con el Gobierno sobre los hombros del de Lerma y viudo, se aficionó al lujo. Cuando salía, el cortejo daba absoluto respeto: las armas reales, la guardia española, la guardia alemana, los heraldos, la escolta del sello del rey (con el que firmaba, cuando no lo hacía el valido, los documentos oficiales), el sello escoltado por maceros, el baldaquín con las armas de Castilla y León, guardias, dignatarios, consejeros y la calesa real. Más de doscientas personas para un paseo. Si se disponía a comer, la cosa chocaba con la frugalidad casi anacoreta de su padre: tres damas llevaban una servilleta sobre el hombro; si quería beber el rey, le hacía una señal a la primera. Esta la repetía a la segunda y la segunda a la tercera. Al final, la última avisaba a un mayordomo que hacía a su vez una señal a un paje encargado de avisar al criado cuya labor era gritar, “afuera”. En ese instante salían dos de servicio en busca del vino que lo iba a proporcionar, según la planificación del menú, el sumiller de la cava real. Cuando se daba con la bebida, los pajes regresaban con una copa en la mano derecha y una salvilla de oro en la izquierda. El criado les acompañaba hasta la puerta. Allí, una a una, las tres damas hacen llegar a los pajes hasta el rey. La última de las damas prueba la bebida, y deja caer en la salvilla unas gotas, sin tocarla con los labios. Entonces, pajes y dama caen de rodillas mientras bebe Su Majestad. Y todo esto con un grupo de nobles, enfrente, viendo comer al rey. Un protocolo complicadísimo que nada tenía que ver con la austeridad de los Reyes Católicos, de Carlos o de su padre.

De repente la corte se trasladó a Valladolid. Pero no por la bonanza de la ciudad o las mejoras que la noble villa castellana pudiera traer. El caso es que el valido Lerma, se dio cuenta que Felipe III visitaba con frecuencia a su abuela la emperatriz María. Y se entera que esta aconseja a su nieto que se desembarace de la nefasta influencia de su valido. Entonces, para aislar a la noble señora, se lleva durante cinco años la corte a Valladolid. Los vallisoletanos gastan lo que tienen y lo que no. Dan continuas fiestas y costean la llegada del embajador inglés (el duque de Nottingham) con sus quinientas personas de acompañamiento. Decía Góngora: “en quince días gastamos un millón”. La cara dura del de Lerma llegó al punto que, tras haber comprado en Valladolid una casa con el dinero del erario público, se la vendió al rey por 55 millones de maravedíes. Cuando murió la emperatriz viuda María, trasladó de nuevo la corte. Los vallisoletanos se quedaban hundidos económicamente. Luego, todavía en vida la reina Margarita, le prohibió hablar de política, cambiando su camarera personal por su propia mujer. Dijo Margarita: “hubiera preferido ser monja en Austria que reina en España”. Y la última desfachatez fue presentarle al rey unas cuentas falsas, que venían a decir que el Estado estaba sobrado de dinero. Sólo el confesor del rey consiguió entrarlo en razón, diciéndole que si seguía confiando en su valido ardería en el infierno. Un hombre tan religioso como Felipe III.

Empezaron los registros a los ministros del reino. A uno, se le encontraron cinco millones en escudos; se necesitaron tres días para juntar su patrimonio (colgaduras, vajillas, joyas, vestimentas y carruajes) y se supo que había robado el dinero de los impuestos de los portugueses. Cayeron Pedro Franqueza, Rodrigo Calderón…La última idea del valido fue expulsar a los moriscos, que procedió el rey, engañado con artimañas religiosas a sancionar dicho decreto en 1609 y que duraría hasta 1614. Como quiera que a un ministro se le supusiera sangre judía entre sus antepasados, el de Lerma era conocido por sus francachelas regadas con generosidad de vino, se dio a conocer este poema:
Para mi condenación
votaron un pleito mío
un borracho y un judío,
un cornudo y un ladrón.
Con la expulsión de los moriscos, España sangrada por aquellos que se iban al Nuevo Mundo y además, sin cañeros, tintoreros, toneleros, pasamaneros, boteros, curtidores, aguadores y labradores, ni siquiera fue capaz de vender en el extranjero el afamado acero toledano. La ruina pública empezaba a sentirse.

Sí se acertó en la ruta escogida y la protección otorgada a los galeones de Indias, que trajeron íntegro el oro de América. Se gozó de paz y cuando hubo que intervenir, tener a Ambrosio de Spínola al lado significó la victoria en batallas como Ostende. Y tenía que llegar la muerte del que fue el mayor acaparador de riquezas de la historia de España, causante de la caída de la hacienda pública. Le sucedió su hijo en la privanza del reino; y el pueblo de Madrid sacó una letra que decía:
Mi Majestad, mi señor.
Mire que viene engañado.
Que si al padre ha desterrado
el hijo es mucho peor.
En 1621 le llega la muerte a un rey que no escuchó los consejos de su padre y dejó que el reino se fuera malogrando. Cuando estaba a punto de morir, reunió a sus hijos y les dijo: “Heos llamado para que veáis en qué fenece todo”.

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