Visitas

martes, 18 de enero de 2011

Felipe II


Concebido en la Alhambra, el viaje de sus padres a la ciudad de Granada se produce durante la propia luna de miel; sin embargo, nadie le tuvo que explicar al futuro rey que Granada fue la ciudad predilecta de su bisabuela, que en ella descansaban sus abuelos y que su padre mandó por algo allí a su madre, toda vez muerta. Además de haber sido corte imperial y residencia de la Emperatriz durante años, porque Felipe, trato favorecedor nunca tuvo con Granada. Pero el caso es que nació en un complicadísimo parto que a punto estuvo a su madre la emperatriz de costarle la vida. La comadrona le insistía a Isabel que gritara para relajarse; y esta profirió un rosario de expresiones en su portugués materno que hizo plantearse mejor la cuestión a la comadrona. Parió y mandó apagar las luces. Nadie debía ver el rostro de una emperatriz, después de tanto sufrimiento. Incluso se lo tapaba con un trapo durante la dilatación. Era 1527.

Se esmeraron en una educación que falló en las lenguas. Dominó a la perfección el latín, pero jamás pudo hablar en cada una de las lenguas de sus reinos como quería su padre. Lo que sí captó fue un especial aire en sus movimientos, gestos y posturas que le dieron un aire de autoridad y respeto. Tenía aversión a la guerra, pero sin embargo le apasionaba la Arquitectura, que estudiaba junto a las matemáticas. Tal vez por eso tuviera presente el siguiente lema austríaco: “Que los demás combatan. Tú, Austria, cásate y que lo que a otros le da Marte, que a ti te lo dé Venus”. Y como Habsburgo, aquello no sería mal consejo de no tener en cuenta que había nacido español y su pueblo, español era. Así que sin tanta vehemencia como su padre, el rey Felipe no olvidaría la espada al cinto. Como no olvidará la muerte de su madre. Tiene 12 años, y ese día, se ha acabado su infancia. Desde entonces, escuchará a su padre, cuyo consejo más acertado será: “desconfía de tus consejeros y resérvate la autonomía de tus decisiones”.

Desde 1543, con 16 años, ya es regente de España en los periodos en los que su padre ha de ausentarse. Además, consigue casar con quien prefiere (Carlos pretendía que lo hiciera con una Valois y así asegurar la paz con Francia) que es María de Portugal, y durante el periodo de “compromiso”, vigila a su prometida hasta el punto de preocuparle si esta engordaba. Cuando se casa, recibe instrucciones de su padre: “recuerda lo que le pasó a mi tío el príncipe don Juan ( se refiere al heredero de los Reyes Católicos que muere “consumido por su furor sexual”) y evita los excesos de la vida conyugal”. Visitaría a su abuela con su mujer y Juana, lúcida, les pide que bailen para ella y así las distraiga. Al poco, hacen de la triste reina encerrada, bisabuela, pero el parto le cuesta a María la vida, porque de una sencilla infección propia de la época le sobreviene una fiebre que los médicos mandan curar con baños salados y cálidos y abrigo, o con baños fríos. Y deriva en una pulmonía que a la edad de 18 años, cuatro después de parir, le ocasiona el fallecimiento. Viudo el rey, parece ser que se prodigó en amantes. Dicen que en una ocasión, estando en Inglaterra, sorprendió en el baño a una vizcondesa que le propinó un bastonazo digno de tener en cuenta. Pero las mujeres nunca disminuyeron su capacidad de gestión, al punto que es suya la frase: “las mujeres amadas por los príncipes son las pestes de los Estados”. Ay, lástima que Felipe V no se aprendiera la lección casi doscientos años después. Pero ya llegaremos allí.

En 1549 viaja Felipe hacia los Países Bajos para encontrarse con su padre. Hacía 7 años que no se veían, y cuando conoce a los que deberán ser sus súbditos en Centroeuropa, no se entiende con ellos, con un protocolo frío y choques culturales insalvables. Felipe era austero y muy amigo de la pulcritud. No podía ver una mota de polvo, era frugal hasta el exceso en la comida y muy sobrio vistiendo. Se esforzó por soportar los banquetes oficiales que siempre acababan con los comensales arrojándose los restos de comida, el lujo de los estados y las licencias de flamencos y alemanes. Echaba de menos su católica Castilla y no se separaba de sus consejeros españoles. Lo que sí hacía era charlar con Tiziano. Luego, vendría por necesidades de Estado su boda con María Tudor, la heredera de Inglaterra, trece años mayor que él, avejentada y flaca. A Felipe, lo único que le interesaba es que Inglaterra volviera a ser católica. Pero la inglesa era capaz de tener un hijo y ya los súbditos pedían una nueva reina, la hija de Enrique VIII y Ana Bolena. Si no es por Felipe, la trsite y deprimida María Tudor hubiera sentenciado a muerte a Isabel, responsable de las revueltas anti católicas que prosperaban por el reino inglés.

Ya rey por la abdicación de su padre, a Felipe le estalla la primera crisis internacional: sube al solio pontificio Paulo IV, enemigo declarado de los Habsburgo y amigo de Francia; lo primero que hace el maléfico pontífice es publicar una bula de excomunión contra Felipe, en estos términos impropios de un Papa: “Engendro de iniquidad, Felipe de Austria, hijo del mal llamado Emperador Carlos, quién haciéndose pasar por el Rey de España, sigue las huellas de su padre, rivaliza con él en maldad y aun intenta superarle”. Pero el Duque de Alba mete en cintura a tan indigno sucesor de Pedro y el Papa claudica. Los franceses se ponen manos a la obra y guiados por el duque de Guisa, terminan perdiendo en la Batalla de San Quintín. Perderán también en Gravelinas, y perdona el de Alba al Papa, una segunda vez, cuando ya estaba a punto de invadir y saquear Roma.

En estas muere su mujer. Su mayordomo era un espía a sueldo de Isabel. Con el cadáver aún caliente, el traidor le quita el anillo nupcial como prueba de su muerte. Isabel era cuñada de Felipe y quería casar con ella el Rey español. Pero alguien aconsejó a nuestro monarca que la Tudor no era precisamente una buena elección. Carecía de vagina y estaba imposibilitada para tener niños, manifestaba una enorme convicción protestante y por ende anti católica y tampoco es que pueda decirse que muriera virgen. De modo que casa con la hija del rey francés, para asegurarse la tregua y paz pertinentes, poniendo en práctica austríaca sobre los enlaces matrimoniales. En la celebración del matrimonio, el rey se empeñó en tomar parte de una justa de caballeros. Una lanza se astilla y se cuela por la visera de la armadura, hundiéndose en el ojo del monarca, que muere al poco. Era lo que le faltaba a España: en el matrimonio de un español (enemigo de Francia) fallece el rey de ellos. Una maldición para los galos y un borrón en el comienzo de las nuevas relaciones diplomáticas entre ambos países.

En 1559 regresa Felipe a su amada Castilla y desde entonces, quiere tener una capital fija para su reino y una corte que no esté continuamente en movimiento. Contra todo pronóstico, se fija en un villorrio perdido porque ofrecía para él el aislamiento que tenía como ideal de gobernante. Dice el rey cuando le preguntan por qué Madrid para hacer su capital: “un monarca debe permanecer lo más aislado posible”. Y llega su nueva esposa que a juicio de todos debía poseer una de las bellezas más impactantes del momento, por cuanto “quien la mire tiene miedo de enamorarse y el peligro que le trajera tal cosa, y los clérigos no afrontan el riesgo de contemplarla pues ya no les sería posible contener la pasión”. Pero Isabel alegra la corte y conecta bien con Carlos el hasta entonces único hijo de Felipe, que había nacido con cierta anormalidad, propenso a enfermar y con un carácter y genio indomable.

España goza de paz tras llevar enfrascada en guerras desde la de la Conquista de Granada (de 1482 a 1557, 75 años continuos por varios continentes), están naciendo los primeros hijos, se empieza el Escorial y se protegen de manera sorprendente las artes. Una dama de la reina escribe diciendo: “el rey es de tal constitución física que le produce a la reina enormes dolores cuando están en el lecho”. Quedaba claro el vigor natural del monarca. Pero su primer hijo ardía en deseos de ser rey. Con 19 años querían un estado amparándose en que su padre lo tenía a los 16. Entonces estallan revueltas en Flandes, decidiendo Felipe mandar a su hijo; pero no muy convencido, pospone la decisión y en su lugar, manda al Gran Duque de Alba. Este, al despedirse del rey y del heredero, provoca las iras sin intención del desquiciado Carlos que se lanza contra su padre con un puñal en la mano. La pericia militar y física del Duque de Alba consiguió que éste pudiera coger a tiempo el brazo del desequilibrado Carlos y evitar una tragedia. Pero no paró con estas… Maltrató hasta la muerte el caballo favorito de su padre, intentó escapar a los Países Bajos para ser reconocido allí Rey y al final, tuvo que ser recluido en el Alcázar de Madrid, incomunicado. Muere al año siguiente, en 1568, con 23 años.

Ese mismo año moría la reina, que en España se le conocía como Isabel de la Paz, por haber procurado una serie de años de tranquilidad. Desde entonces, vestirá siempre de negro Felipe, y empieza a canear. La pérdida de su esposa fue irreparable para él; En Flandes, las guerras de religiones proseguían. El duque de Alba le decía: “es mejor conservar con la guerra para Dios y el rey, un reino empobrecido y arruinado, que sin guerra, conservarlo entero para bien del diablo y de sus herejes”. Tras cinco victorias en tantas batallas y el establecimiento del Consejo de la Sangre, que se encargaba de purgar las tierras de herejes, el Gran Duque pasa a la historia. Hoy día cuando un belga o un holandés quiere asustar a un niño, recurre a un truco parecido al casticismo español. Nosotros advertimos que viene el “hombre del saco” y allí dicen que “viene el Duque de Alba. Lo que quedó claro fue la insuperable disciplina y la condición invencible de los tercios españoles y que estas no eran las formas, por lo que Felipe II lo destituyó.

Fue la época también de don Juan de Austria, la Guerra de las Alpujarras, la Victoria en la batalla de Lepanto (“la más alta ocasión que vieron los siglos, dijo Cervantes, que en ella perdió una mano), la lucha contra Inglaterra y el mando de la Armada Invencible, diezmada por un temporal y que da lugar a la famosa frase que pronunció el rey: “yo no mandé a mis barcos a luchar contra los elementos”. Tiempos de catedrales y palacios renacentistas en España, de galeones cargados de oro venidos de América y tiempo de Alejandro Farnesio, de los granadinos Álvaro de Bazán y Diego Hurtado de Mendoza, las novelas de picaresca, la Celestina, el Lazarillo, la mística, ascética y el inicio del siglo de oro español. Tiempos en los que Ana de Mendoza, la princesa de Éboli, intenta traicionar al rey manteniendo contactos con los flamencos, además de instigar a su amante en contra del rey. El resto es de esperar.
Felipe amplió el reino más si cabe. Se hizo con Portugal y mantuvo la situación económica crítica que ya tuvo su padre, para sostener un imperio tan vasto a costa de España y del oro de América. Objeto de la leyenda negra, no es posible que reyes coetáneos como Isabel I, la de la Torre de Londres y sus martirios, o Enrique III a quien corresponde las matanzas de hugonotes, no se puede juzgar a un rey que desde luego era el odiado por excelencia en Europa. A él se debe la Biblia Políglota, o la gran biblioteca escurialense, el primer archivo de iglesias, los estudios de flora y fauna del nuevo continente. Si pusiéramos sus virtudes y defectos en una balanza, nos saldría un gran rey. Pero sobre todo, un rey español que gobernó el mundo desde España y consiguió el sueño gestado desde sus bisabuelos los Reyes Católicos: unificar la Península Ibérica.

1 comentario:

EL ESPERANZO dijo...

Picha, como se nota que ves "el aguila roja".