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viernes, 14 de enero de 2011

Felipe I


Alguna de las intimidades de este rey que lo fue gracias a su esposa y que como vimos ayer, debería ocupar un puesto destacable en la lista negra de los que han sido monarcas españoles nada gratos para los intereses patrios, son curiosos; su belleza ensalzada hasta la saciedad sería una de ellas. Al parecer no era tan cautivadora la virilidad del Habsburgo, presentando una dentadura horripilante y una rótula que se desencajaba de continuo y que él mismo reponía en su sitio. Dicen que estando en España, pudo verse la trayectoria del Cometa Halley (en aquel momento se desconocía su nombre) y eso era señal de mal augurio. Entonces, el rey Felipe dijo: “tanto se me da mientras no nos pase nada a mi padre y a mí”. Sirve la historia para retratar a las mil maravillas a un soberano (de Borgoña en un primer momento) que vivía para él, narcisista, que jamás tuvo ni el menor de los reparos hacia su mujer y que se atrevió a contradecir en más de una ocasión a los Reyes Católicos sus suegros, en actos perniciosos para los intereses del Reino, de su familia política, de su propia esposa y por ende, de él.

Como ya hemos dicho, nada más ver a Juana se casó con ella, sin esperas, protocolos ni ceremonias, tal era su pulsión sexual. El que ofició fue el deán de la Catedral de Jaén. Debió ser caprichoso, pues pronto conmina al ostracismo a Juana. Tal vez tenga que ver mucho que sus consejeros, le advirtieron que con este matrimonio pactado entre los Reyes Católicos y su padre Maximiliano, quien de verdad se favorecía era el interés de los Habsburgo y no de Borgoña, que era su verdadero apego y su herencia materna. Lo primero que hizo fue despedir a las damas y ayas de Juana. Controlada la voluntad de su esposa, todo sería más fácil; a posteriori, despidió con cajas destempladas a los consejeros castellanos sustituyéndolos por flamencos. Y la renta de 20.000 escudos que los españoles costearon para los gastos de Juana, se los quedó, pasando ésta y sus servidores, aprietos considerables, que quizás fueran menos debido al carácter sobrio y frugal de la castellana.

Su francofilia no tenía límites. Rechazó sus derechos sobre Borgoña a favor de Francia; el rey de los galos, entonces Carlos VIII, decía públicamente que “Felipe era más francés que el vino de Borgoña”, lo que retrata bien la sumisión del Hermoso. Incluso cuando Luís XII (que sucedió a Carlos VIII) invade el Milanesado, entonces en manos de Maximiliano que solicita ayuda a sus consuegros los Reyes Católicos, Felipe no sólo no se postula, sino que da la sensación de estar cómodo con este hecho. Eso sí, gustaba de un lujo sin mesura, más si tenemos en cuenta la estricta etiqueta de Castilla. Cuando el matrimonio se dispone a marchar para España, toda vez que Juana ha sido nombrada heredera, el cortejo lo componen más de doscientas personas de servidumbre, decenas de consejeros, una guardia y otros agregados, de manera que la fila de carruajes se extendía hasta el horizonte. Al pasar por Francia, fueron recibidos por el rey galo en Blois. Allí, Luís XII quiso besar en la mejilla a Juana, acostumbrada al frío proceder castellano, mucho más severo y poco dado a tratos tan familiares. Así, se echó para atrás con repulsa en cuanto vio el movimiento adelantado del rey.

Felipe, de golpe y porrazo, el 27 de octubre de 1502, era rey de Flandes, de Castilla y Aragón, de las tierras de ultramar (el Imperio español), y a la muerte de su padre, lo sería de Austria y el Imperio Alemán. Mucho para tal personaje, que en breve se demostraría contrario a su suegro. Cuando este le envía para negociar una paz venturosa para todos con el rey francés, prefiere estimar antes la amistad que la familia y traiciona a Fernando el Católico. Luego, cuando el de Aragón pretenda que su hija firme una abdicación en su persona, conmina a Juana a una habitación donde la tiene prisionera, niega cualquier trato de su esposa con españoles y pone en la puerta de entrada una guardia de doce soldados que todo lo controlan.

Asegurado rey de los territorios españoles, lo primero que hizo fue confiar en varios nobles el Gobierno, dividiendo este en zonas, y por ejemplo, el duque de Medina Sidonia se convierte en el reyezuelo de Andalucía (hasta hace relativamente poco, por Andalucía se entiende las provincias de Cádiz, Córdoba, Huelva y Sevilla, pues la otra mitad, es el Reino de Granada) y sus compatriotas flamencos, expulsan del Gobierno a los españoles. Entonces se decide partir para España, saliendo el 8 de enero de 1506 desde Middelburg (Holanda). Su embarcación se incendió; a Felipe lo atan a un salvavidas y en la espalda le pintan “Rey don Phelipe” para que si lo encuentran, se sepa quién es. El Hermoso promete a las Vírgenes de Guadalupe y Montserrat, que si se salva donará su peso en oro. Y Juana quedó tranquila, no se sabe si bien porque en efecto ya sufría su mencionado mal mental, o por una valentía sin precedentes. A ella se le pide también que prometa su peso en oro para salvarse, y entrega una moneda pequeña y sin valor, añadiendo: “no conozco ningún rey que haya muerto ahogado, por lo que no siento temor alguno”. Y mientras su infiel y medroso marido vomitaba, como el resto de la tripulación, ella se sirvió su propia comida a la hora del almuerzo.

Al fin llegan a España en abril de ese año. La maniobra fue la siguiente: desembarcar en La Coruña y no en Laredo donde esperaba el Rey don Fernando, conseguir para su causa a los nobles que había advertido de su desembarco en tierra gallega y usar los dos mil lansquenetes que se había traído, si fuera necesario, para reducir al Católico. Pero Juana dijo que o se entrevistaba con su padre o que rompía todo acuerdo y promesa de su marido, pues a fin de cuentas era ella reina de esas tierras. Y le valió una vez más, un secuestro y confinamiento en una habitación del palacio de Santiago de Compostela donde se alojaban, negándosele la posibilidad incluso de tratar con españoles. Creían los nobles que su apuesta por Felipe les traería buenos réditos. Para no verse obligado a nada, Felipe daba largas para reunirse con ellos, y cuando quería cazar salía disfrazado y regresaba al anochecer sin despertar sospechas. Con los meses, los nobles iban viendo que los que verdaderamente gobernarían España sería los flamencos venidos con el Hermoso.

Al final accede Felipe a verse con su suegro. Será en Puebla de Sanabria (Zamora). Se presenta con dos mil lansquenetes alemanes, consejeros, amplio cortejo y servidores. Viste la coraza más rica y no ahorra en lujos. Fernando, acude con el Duque de Alba, doce sirvientes, sobre una mula y desarmado. Felipe no concede ni una sola petición de su suegro, le niega ver a su hija y consigue que este ceda todos los derechos que tenía sobre Castilla al borgoñés. Al mismo tiempo, Felipe le obliga a firmar un documento donde reconozca la incapacidad de su hija, asegurándose así el domino completo sobre los territorios en España. Juana estaba mientras presa en el Castillo de Mucientes (Valladolid); el Almirante de Castilla se niega a creer la locura de la hija de los Reyes Católicos. Tanto insiste que Felipe le deja ir a entrevistarse con su esposa. Cuando termina su encuentro, don Pedro López de Padilla dice que Juana no está loca y que será ella la que presida las reuniones de las cortes. Así reinó brevemente la que con calzador nos han dicho, es “la Loca”.

No le sienta bien a Felipe este cambio de planes. Se divertía despojando de sus propiedades a los nobles que estuvieron al servicio de los reyes y dilapidaba el dinero castellano enriqueciendo a sus leales flamencos. A los marqueses de Moya les quita el Alcázar de Segovia, de su propiedad. Y al desleal Juan Manuel, señor de Belmonte (traidor a sus verdaderos señores los Católicos), dará los castillos de Atienza, Jaén, Burgos y Plasencia. Así que porfió en incapacitar a su esposa, y mandó a unos procuradores a que la examinaran. En el proceso, estaba él delante. Lo primero que le dijo es que por qué no vestía a la española (su etiqueta, a veces, era como la de una mujer musulmana), diciendo Juana (con una claridad meridiana) que si “no tenía el reino otros problemas que su manera de vestir”. Asimismo, Felipe insistió en que los procuradores convencieran a Juana de cambiar de damas de compañía. La supuesta “Loca”, tuvo una salida perspicaz: “no entiendo qué interés tiene para unos hombres, las damas con las que conviva una mujer”. Los procuradores no quisieron proseguir, viendo que Juana no estaba afecta a nada ni por nada, y cambió Felipe de estrategia usando la que siempre le funcionó: el sexo. Así doblegó la voluntad de su mujer. Pero en el fondo, Felipe fue un rey para sí y para Francia. Pudo ejercer realmente dos meses. Una peste le arrebató la vida, no siendo llorado más que por su mujer, pues dejaba las cuentas embargadas de tanta conspiración para conseguir favores, sin pagar a la cantidad enorme de soldados traídos desde Alemania y con los españoles privados de mercedes. A su muerte, Juana sí que se vuelve loca. Había estado prisionera en Bruselas, en Santiago, en Valladolid… Luego lo estaría hasta el final en Tordesillas. Se le conoce como el Hermoso, pero muchos se refieren a él como el Cojo, el Desdentado o el Mujeriego. Y todos, le vienen al pelo.

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