Visitas

lunes, 17 de enero de 2011

Carlos I


El más grande de los monarcas que han visto los tiempos estuvo a punto de nacer en una fiesta dada en Gante en la llamada “Casa del Príncipe”, porque Juana, harta de que Felipe el Hermoso cortejara en público a una flamenca de la nobleza, se presentó en la fiesta salida de cuentas para no ponérselo tan fácil al irremisible infiel. Y se puso de parto en aquel momento. Así, nació el Emperador en aquella ciudad hoy belga para después ser educado de una manera tan exquisita, al punto que su preceptor fue el decano de la Universidad de Lovaina, nada menos que el después Papa Adriano VI. Luigi Marliano inventó para él la famosa divisa “plus ultra”, más allá. Luego quedaría en el escudo español. Y cuando conoce la muerte de su abuelo Fernando, y por tanto que es rey de los territorios españoles, Carlos parte camino a su nueva patria. Pero un despiste de los que conducen la expedición marítima hace que su barco atraque en Villaviciosa de Asturias y no en Laredo, donde era esperado, ante el estupor del joven Carlos, que no creía tan poco interés que había despertado su llegada como nuevo rey. Mientras, en Laredo, algunos pensaban por el estilo.

Al joven rey lo gobernaba Guillermo de Croy; y su propia tía, Margarita, le pedía de continuo que se desembarazara de su influencia, porque ya los embajadores solían llamarlo el “alter rex”, el otro rey. Carlos acuñó entonces una divisa que dejaba bien claro su personalidad: Non Dum (todavía no). Pero lo cierto es que trajo demasiados flamencos y borgoñones que se hicieron con el control de las instituciones. Hasta sacaban la moneda española fuera de nuestras fronteras para enfado de los patrios. Tal fue el punto, que se dejaron de ver los doblones de oro, la moneda más preciada, sacando este poema los castellanos:
Dios os salve
ducado de a dos
que ningún flamenco
topó con vos.

Y el malestar provocó que Carlos prescindiera de ciertos gobernantes, sustituidos por el muy capaz Mercurino Gattinara, que decían de él que no había cobrado ni el valor de una paja en todo el tiempo que estuvo como canciller, algo que habla de su rectitud. Entonces, murió el abuelo de Carlos Maximiliano, correspondiéndole a él el nombramiento de Emperador. Pero los franceses temieron quedar rodeados por posesiones españolas, de manera que Francisco I también optó a ser coronado. Lo malo vendría cuando el Papa León X, que poco tenía que decir en cuestiones políticas puesto que saliera elegido cualquiera, los estados pontificios quedaban al margen (y le interesaba más un monarca de intachable catolicidad como el caso de Carlos), se pone en contra de Carlos sólo porque iba a alcanzar demasiado poder. Carlos lo intentó todo, hasta gastar un millón de guldens de oro, quizás la cifra más elevada de la historia. Los banqueros y prestamistas judíos de cuna alemana Fugger, le prestaron medio millón de esta moneda de oro. Se compraron a los electores, a los jueces, comisarios, agentes y consejeros; se otorgaron pensiones vitalicias y gratificaciones generosas. Y Carlos fue traicionado, saliendo elegido Federico de Sajonia. Lo que nadie esperaba es que el rey sajón renunciara a favor de Carlos. Todavía quedaba otro gasto: hacer frente a una coronación tan suntuosa. Y los castellanos ya estaban hartos de tanto pagar.

Entonces, mientras Carlos iba camino de Alemania, Juan de Padilla, capitán de los ejércitos, tomó Tordesillas y pasó unos escritos a Juana, que aún seguía siendo reina de Castilla, puesto que Carlos era el regente en vida de su madre de los reinos peninsulares. De haber querido Juana, Carlos jamás hubiese sido rey de España. Pero a pesar de su soledad, su hacinamiento y su régimen carcelario, Juana no quiso ir en contra de su hijo. La Junta de Comunidades (por lo que se les conocerá como comuneros) se alza en contra de los extranjeros que desvalijan España y ocupan los puestos de gobierno, además de rebelarse contra el pago de impuestos que no revierten en los españoles sino en el beneficio de alemanes y flamencos. Juan de Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado son ejecutados en 1521. Un año después, Vicente Pérez. Ha terminado el problema de las revueltas de comunidades y de las germanías.
Ya era emperador. Los desencantos en España; las deudas con los Fugger. Las conspiraciones para derrocarlo entre el rey francés Francisco I y el Papa León X. Ahora el luteranismo en Alemania. Y un gran proyecto: un gobierno universal para Europa, tal y como le inspiró el enorme Gattinara; sin duda Carlos se convierte en el primero que habla de unión europea. En 1522 dicen de él que “es extremadamente religioso, muy justo, exento de vicios […] no se da a ningún pasatiempo […] y su único placer es ocuparse de los asuntos del Estado”. Además, ha de decirse de él que cuando llega a España, al no conocer el idioma, levanta un absoluto miedo pues se le cree heredero del mal mental de su madre; cuando dominó el idioma y el mundo, la idea sobre él cambia. Lo cierto es que amaba la soledad, era poco hablador y meditaba mucho sus decisiones. Corrigió el fallo primero de nombrar a extranjeros para los gobiernos españoles, y se agarró al oro americano para costear sus empresas, pero lo cierto es que las riquezas de las Indias, cuando llegaban a España, poco dejaban en esta, pues iban bien a los ejércitos, o a los bolsillos de los banqueros y prestamistas.

Era el Papa aliado de Francia, que se había encaprichado con hacerle la guerra a España; ocupaba el Milanesado, que le correspondía a nuestra Nación, y en un Carlos convencidamente católico esto supone un decaimiento moral sin pudor. Decía el Emperador: “no quisiera morirme sin dejar un glorioso recuerdo de mi vida, pero no tengo nada con qué sostener mi ejército y menos aún para aumentarlo. La liga antiespañola funcionaba. A duras penas, Antonio de Leyva defendía Milán. Y como el rey que más dinero daba a Carlos para casar con una princesa fue el portugués Juan III, que dio 900.000 doblas de oro por tener a su hermana casada nada menos que con un emperador, Isabel se convierte en emperatriz (sin visos de amor) y esposa de su primo. Con esta inyección llegan dotaciones militares y los primeros triunfos: se hace prisionero al rey francés en 1525, se vence en Pavía, se mantiene preso en Madrid a Francisco I y este acepta devolver el ducado de Borgoña y las tierras italianas. Pero en cuanto es liberado (y se trataba de un rehén de honor, tratado como la regia figura que era) incumple el pacto y se alía nada menos que con Solimán el Magnífico, el enemigo de Europa y de la Cristiandad.

En 1526 el Papa encabeza la Liga Clementina (que toma el nombre del Pontífice) uniendo sus Estados, el de los Sforza, a Florencia, a Venecia y a Francia contra España. Se corea: ¡mueran los españoles! Luego se une Inglaterra. Los turcos ya han conquistado Hungría y marchan hacia Viena, donde está Fernando, el hermano de Carlos nacido y educado en España. Una alta reunión internacional tiene lugar en Granada. Allí Carlos V señala con el dedo a los franceses y les dice que su rey es un traidor. Lo reta a un duelo personal para evitar derramamiento de sangre. Serán 3 las ocasiones que Carlos rete a Francisco. Pero el francés, acobardado, melindroso, jamás aceptará la propuesta de hombría del Emperador.

La paciencia tiene un límite y España y sus aliados ya no aguantan más ultrajes. El 6 de mayo de 1527, con una Inglaterra que ya tiene en mente no ser católica pero se alía con el Papa y este lo acepta por interés, con un Papa que estaba más preocupado del tropel de afeminados que bailaban para él que de ser “pescador de hombres” y con una Francia que se atrevió a llamar al enemigo natural de Europa y que campaba ya por el centro continental, entra con 45.000 soldados al mando de Leyva a Roma, y el Emperador concede que cobren las soldadas que se adeudan y ganen botín, saqueando la ciudad. Clemente VII es hecho prisionero. Con España, no se juega. El Papa pone sus soldados a disposición de Carlos, paga 300.000 ducados, no castiga con la excomunión a nadie y, humillado, derrotado, sirve de ejemplo (para él primero) para sus sucesores. Dios es Dios, pero el Emperador de la cristiandad puede coger al Vicario de Cristo y hacer con él lo que le plazca.

Firmadas la paz con Francia y el Papa, Carlos es coronado por Clemente VII en Bolonia en 1530. Al poco le deja a su hermano el título imperial. Hizo a su hermana María gobernadora de los Países Bajos (estuvo 23 años en el puesto, y con mano dura. Hubo de heredar algo de su abuela Isabel I) y él se centraba en Alemania y el problema protestante. Le escribía a su esposa prometiendo regresar pronto (aunque pasó temporadas de tres años sin verla, y de los 13 que estuvo casado, siete estuvo sola la Emperatriz, gobernando España) pero los turcos atacaban Viena. El ejército de Carlos se quedó esperando la ayuda de Francia, de Inglaterra y del Papa. En 1532, vencía y levantaba el cerco sin necesidad de ningún soldado de otra nación. Bastaba el ejército imperial.

Llegó el momento de seguir ampliando el ya de por sí enorme imperio español. Dirigió la primera cruzada nuestra, contra Barbarroja y en pos de Túnez, conquistando tres plazas; mientras, el cobarde de Francisco I tomaba Saboya por descuido. Al final un Papa nuevo en 1537 ayudó a solventar problemas; Paulo III acercaba a los dos monarcas enemigos y el francés colabora con el español cuando Gante se revele. Aunque este, mefistofélico, no iba a cejar en su empeño. Aprovechando que Carlos intentaba tomar Argel, como un musulmán más ataca por cinco lados distintos al emperador, no saliendo victorioso. La paciencia de Carlos ya se había agotado. Invade Francia y cuando le quedan dos jornadas para llegar a París, el francés le propone un pacto. Era 1544 y Carlos estaba se siente mayor para tan frenética lucha.

Atacado por la gota, con una ictericia, montaba a caballo y se dirigía a los campos de batalla. Tendría aún que salir victorioso en Mühlberg en 1547. Ya había aparecido el asma, pero le perdían los banquetes copiosos y beber cerveza helada. Abdica en su hijo en 1556 y hace un viaje a Gante para despedirse de su ciudad natal. Cumplido esto, regresa para retirarse a Yuste, donde morirá. Su afición entonces es la relojería, teniendo cientos de aparatos que procura hacer sonar a la vez, y ajustarlos a la perfección. Como excelente comensal, pide anchoas de Andalucía, salchichas de Alemania, perdices de Valladolid y pasta de anguila. Tuvo una herencia genética inconmensurable: de su abuelo materno, el español Fernando, hereda la astucia y las dotes de político. De su bisabuelo Carlos, el honor caballeresco. De su abuelo Maximiliano, el gusto por las artes (Tiziano entre sus preferidos) y la música. De su madre, la religiosidad. Algo también de su padre, sino no nacería don Juan de Austria, el bastardo hijo suyo y de Bárbara Blomberg, una flamenca que parece, estaba de muy buen ver.

Carlos fue seguido hasta la muerte por los españoles. Ni Alemanes, ni flamencos, ni milaneses, napolitanos, austríacos, borgoñones… ni otro pueblo que hereda le es tan fiel. Y el dinero también lo aporta el reino español. Por eso se siente como tal y por eso decide acabar sus días en España. En ella se casó y nacieron sus herederos. Fue el más grande de los monarcas de su época y posiblemente de los más grandes de la historia. Leía a Ptolomeo, a Julio César y a San Agustín. Mandó decir cuatro misas diarias (por sus padres, su esposa y por él) asistiendo a la última. Estaba escribiendo sus Memorias que mandó quemar su hijo Felipe II. Le aconsejaron los médicos baños en vinagre y rosas. Cuando se supo a punto de morir, cogió el crucifijo de su esposa y en la mano izquierda, un cirio. Ese 21 de septiembre de 1556, lúcido, incorporado en la cama, dijo: “ya es tiempo”. Moría el más respetado, temido y odiado por envidia de Europa. Moría el que hizo de España la tierra en la que ni el sol, se atrevía a alumbrarla a la vez. Moría el que, tras de sí, NON PLUS ULTRA.

No hay comentarios: