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viernes, 31 de diciembre de 2010

Nochevieja

Prisas para adquirir la tanga, el slip, bóxer, braguita, culotte, o braga como Dios manda de toda la vida, pero en rojo. A pelar uvas. Ingesta innecesaria de alcohol. Pocos motivos para tanto alboroto, disculpable. Ocasión de púberes para ver a amanecer. Tradiciones impostadas, metidas con calzador. Ruido insoportable, continuo. Petardos. Mesas enormes en salones escuetos. Lujo a medida y según qué hogar (seguro que no toda la vajilla sobrevivirá la cena). A la abuela le cuesta distinguir los cuartos. El traje de estreno del niño de estreno, planchado y preparado. El nudo de la corbata no le sale ni al padre ni al tío. Por fortuna, está el abuelo, que resuelve con uno clásico. Despedidas con las últimas recomendaciones. Dos vueltas de llave a la cerradura de la casa y cada uno a un sitio.

La calle. Jolgorio incontrolado. Pareciera que la celebración mereciera tantos esfuerzos. Primeros torrentes de alcohol. Ni el pavo, el cordero, la lubina, el marisco, los dulces, ni los estofados, empapan a ciertas horas. Primeros escándalos. Primeros sobresaltos. Ruido de siempre, música de siempre, garitos de siempre y los mismos donde siempre. ¡Nada nuevo bajo el sol ni nada extraordinario a pesar del boato!

Amanece. Regresan más tarde de lo habitual. Huellas ciudadanas de una noche sin freno. A la hora del almuerzo, hay "víctimas" entre los comensales. La tradicional, española y seria y respetable comida de Año Nuevo, se presenta con sillas vacías. Los ronquidos emanan de los dormitorios. He ahí la explicación. Se empieza el año ebrio, tras un considerable desembolso económico y con dolor de cabeza. Y eso que el refrán recomienda lo contrario.

Les resumo: no entenderé esta fiesta profana, civil y sinsentido. Jamás participé de la Nochevieja. No hubo necesidad de salir hasta la hora que se creyera oportuna en un día como este, cuando otros tantos, muchos del resto del año, me brindaban idénticas oportunidades. No compartí jamás la necesidad de vivir situaciones de ocio iguales a otro día con precios desmesurados, servicios claramente inferiores y ambientes enrarecidos. Y no llegué nunca a entender qué hace de especial el cambio de año, cuando no de semana, o de mes, o de lustro.

Si la Nochevieja significa no estar en el españolísimo almuerzo del Año Nuevo, donde lógico en estas Fiestas, consideramos el componente religioso de la fecha y nos acordamos nada menos que de la festividad del Niño Dios y de Santa María, conmigo no cuenten. Cuando fui púber jugué a comportarme de manera adulta. Cuando lo he sido, he dispuesto de muchas ocasiones para regresar a casa a mediodía, tras haber estado en las mejores reuniones, con ingestas de alcohol parecidas y con ambientes claramente mejores.

Como siempre salvo un erróneo lapsus de dos años, tras las campanadas, me enfundaré un cálido pijama. Haré caso de Groucho Marx y valoraré positivamente la tele; porque es tan especialmente mala ese día, que trabaja por mi cultura y me obligará a tomar un libro, el que haya dejado la noche de antes en la mesita de noche ("Sólo nos queda el recuerdo de Jesús Cabezas"). Cuando me venza el sueño, sabré que el cambio de año no es óbice para fingir deseos, plantearse metas y retos y proponerse cambios, que es eso una labor diaria. Y al fin, madrugaré, más que de costumbre, sin necesidad al ser festivo. Y disfrutaré de ir contracorriente con la sentida sensación de que el paganismo impuesto de esta fiesta insulsa y civil, no va conmigo.

Eso sí, vuestros sueños, que se cumplan. Buenos propósitos, que acaben en buen puerto. Pero no olvidéis que un año distinto no es sinónimo de un rumbo distinto (y a mejor). Hay días mucho más señalados para alcanzar ese anhelo. Yo, no voy a ser descortés: os deseo un Feliz Año 2011.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Año Viejo

Por más que quiera no puedo hacer balance porque me niego en rotundo a concederle espacio alguno en esta Alacena al pesimismo. Cierto que atravesamos una de las circunstancias sociales más duras que conocía España desde hace más de 50 años, pero apelo a la capacidad de mi pueblo, del Norte al Sur, para reponerse como en tantas otras ocasiones la historia demuestra que es capaz esta Nación.

Si una es de cal, la otra es de arena. Lo político y económico es absolutamente deplorable, pero lo cofrade para Granada, sigue arrojando motivos para la confianza, para el crecimiento y el progreso, aunque con la influencia monetaria de por medio, tal vez no con los bríos de años pasados. Pero sin decaimiento alguno; y ello a pesar de las voces negativas y proféticas que anunciaron menos nazarenos, menos cofrades, menos apoyos y drástica disminución del empuje de un puñado de locos.

Lo carnavalero es harina de otro costal. Yo reconozco tener la mollera dura, y que soy difícil de convencer. Pero creo que poseo argumentos sólidos para sobreentender que esto fue y es un concurso de letras, y que desde hace una década, las mejores las trae siempre Juan Carlos Aragón. ¿Serán “Los Príncipes” y será 2011 cuando podamos romper la racha politizada del Concurso coplero?

Y al fin, lo deportivo. Loas a España. Triunfos inconmesurables en muchas disciplinas, aplastante dominio en tenis, motociclismo, regreso y casi recuperación automovilística, la caricia del Fútbol a un Mundial, pero, y pero, y pero, para mí, hasta llorar de emoción, la salida de las cloacas del fútbol nacional y el regreso a lo que como merece su historia, trayectoria, su ciudad y su afición, fue el ascenso del Granada Club de Fútbol, que enfrenta 2011 con unos resultados extraordinarios y un juego vistoso y convincente.

Deseos, muchos… Personales sólo que la salud siga residiendo en casa. Lo demás, se verá. Esto se acaba, aunque no suponga nada acostarse el 31 de diciembre y amanecer el 1 de enero. El estreno de año es una continuación natural a menos que haya empeños rectos y firmes, propósitos serios que procuren esos auspiciados cambios. Sí que los deseo para Granada, para España, para los míos. Ahora bien, siento ejercer de adivino y decirles que 2011 pinta de manera muy parecida al viejo que se nos va. Y algunos derrotistas, eso sí, solventes en materia económica, lo pintan peor. Como el castizo, “Virgencita, que me quede como estoy”.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Navidad

Estoy convencido que es más fácil dejarse llevar por aquello que comporta un serio cariz destructivo que hacer un ejercicio de reflexión serio y concienzudo. Y es que en las fechas próximas a estas fiestas que nos tiene inmersos, la gente y más cada día, ha tenido a bien repetir místicamente que odia la Navidad bajo el amparo de criterios insostenibles o de frases hechas como un refrán popular y sinsentido que se lanza al aire sin cortapisas ni freno.

La Navidad es triste. Así, sin más. Sé lo que es precisamente que la figura clave, central y aglutinadora de la familia fallezca en estas fechas. Pero también vi a sus hijos cómo hicieron los esfuerzos mayores para que las fechas siguieran ligadas a la celebración religiosa y a la oportunidad indiscutible de reunirse la familia. Por ello sé que la tristeza puede embargarnos, lo que no entiendo es cómo, siendo tan criticables las Navidades, esa tristeza por el recuerdo del que marchó, no se produce en Semana Santa, o en verano, o cuando llega la fiesta del pueblo. Nadie se atreve a condenar la verbena popular porque falta el marido, o el padre, o la abuela. Nadie deja de celebrar el día de los enamorados porque desapareció la madre, o el tío, o el hermano. Y sin embargo, no me cabe duda que algo tienen de importancia, aunque muchos se atrevan a esconderlo, para que la Navidad sí pueda ser síntoma de tristeza. Quizás porque en el fondo de la condena a la celebración, se esconde un verdadero convencimiento de la trascendencia de la fiesta y un recuerdo entrañable.

Y si no, habrá quienes digan que la Navidad es sinónimo de falsedad. Y yo quien corrija tal aserto. Porque si buscar una excusa, cualquiera que fuere para sentarse quienes el resto del año difícilmente lo hacen, con el objeto de no perder el contacto, es falso, a mí tráiganme muchas oportunidades como esa. El problema es que estorba todo el mundo. El mayor, que hace meses que dormita en una residencia. El enfermo que dejó de ser lo que era y el niño por ser niño. En una sociedad caprichosa y egoísta, la familia molesta. Y se apela a la hipocresía “porque es Navidad”, para esconder en el fondo los males propios. Quizás fui educado de otra manera, pero si la celebración que nos trae me da la oportunidad de departir en mayor medida con mis primos Carlos, Rocío, José Carlos… O con tíos que cuesta ver dada la distancia; o aprovechar la ocasión para disfrutar de unos caldos y una tertulia con mi Tío Manolo, quiero y adoro esa falsedad. Que además les cuento, tradición del hogar, es la visita escueta, rápida y somera a los hogares de la familia (primos hermanos especialmente) la tarde de la Nochebuena. Con un beso y el deseo de que la festividad cristiana sea de veras importante, basta. Y alegra y concilia.

Los habrá que además, se empeñen en decir que son fechas para el consumo, inventos comerciales, intereses de niños y mayores en transacciones comerciales, en un dar y recibir regalos, más o menos caros. Si que primo José Marcos haya tenido a bien acordarse de mí de la manera más sucinta y cariñosa es entregar el alma a las marcas, las firmas y las empresas y áreas comerciales, soy uno de ellos. Porque los detalles que salen de dentro, marcan.

Y al fin, habrá quien sea tan desdichado que no se dé cuenta que, si a lo largo del año nos pasamos las horas y los días conspirando, traicionando y siendo siervos cainitas de nuestra vanidad y orgullo, si, por el simple hecho de ser Navidad, a pesar de que cunda la hipocresía, campe la falsedad y haya que estar alegres a la fuerza, conseguimos la risa, el acercamiento y la fraternidad entre unos pocos, valdrá la pena. Como ver la ilusión de los niños, la jornada festiva, cómo le cambia la cara a la ciudad, de qué forma se escoge, protocolaria y reverencialmente las cuestiones de la mesa, las oportunidades de reencuentros (no las dejen pasar porque la Navidad puede ser el modo y el camino para limar las asperezas de cada día) o la sana tertulia distendida y saludable (reparo de la tensión que siempre nos abotarga), habrá merecido la pena.

Jamás he hecho defensas quijotescas de nada. Y llegó el momento en que me dejé vencer por los mantras absurdos y miméticos, adocenados y hueros, que incidían en falsedad, hipocresía, consumismo y alegría impuesta. Pero la edad hace ver las cosas desde otro prisma. Y he de reconocer que tengo puestos mis empeños en que la ocasión para festejar el Nacimiento de Cristo, sea también la oportunidad de acercarme a los míos y proponerme los mejores esfuerzos en pos de una bonhomía absoluta. Yo sí lo deseo, para mí y para cuantos sigan siendo personas abiertas a la reflexión.

Por cierto, ya puestos me voy a felicitar por mi Santo... Felicidades a todos los David y a mí, pues también.

martes, 28 de diciembre de 2010

Los Santos Inocentes

La paternidad obliga a un ejercicio de responsabilidad enorme, partiendo de la base que no es innato ni podrá serlo nunca. Y siguiendo con estos presupuestos, no me caben dudas que no corren buenos tiempos para la labor de padre. Siempre he considerado una tarea ardua y a veces ingrata, la de convertirse en educando, la de adquirir voluntariamente la labor de hacer de un niño, una figura social y ciudadana plena. Más allá de condicionantes particulares o de imposiciones familiares. Porque a veces, el hijo termina recibiendo una herencia más allá de la genética que no ha pedido ni merecería.

El ritmo de nuestra sociedad, fuera de las arquetípicas frases que la señalan como dinámica, estresante y en continuo cambio, lo cierto es que ha configurado a personas egoístas, retrotraídos, intimistas. Fieles caricaturas del huraño de entonces, la vecindad tiende a excluirse y las relaciones familiares a reducirse. En estos ambientes que en ningún momento juzgaré como malos, sino diametralmente distintos a los que considero más oportunos, el ejercicio de la paternidad es sin duda cuestión harto complicada.

Procuramos basar en apreciaciones económicas lo positivo de nuestros actos. El valor del dinero asume el papel protagonista de nuestras vidas al tiempo que la transacción mercantilista se convierte en el escenario perfecto del Siglo XXI en la cultura de Occidente. Formo parte de la misma y si la critico, no hago más que una reflexión propia. Y dicho esto, para el ejercicio de la paternidad, la cuestión monetaria viene a significarlo todo. Sería yo el primero en procurar lo mejor para mi progenie y en el sistema social que nos envuelve, esto pasa por una situación económica solvente.

Sin embargo al nasciturus le amenaza más que la crisis que mal llevamos, la postura cómoda de la pareja creada. No se trata de la conciliación materna entre trabajo, hogar y responsabilidad maternal, sino que el niño coarte un modo de vida cargado de asueto. El ocio se escoge antes que la decisión de ser padre. Vaya mi respeto hacia esta postura. Pero mi crítica al mal ejercicio de los padres que alcanzada la responsabilidad de convertirse en tales, hacen delegaciones continuas de su función.


No seré yo el que no vea con buenos ojos la labor de los abuelos en la educación del niño. Casi que estimo más interesante, durante cierto periodo de la vida de la criatura, la educación madura y sabia del abuelo que la del padre. La sobreprotección, tal vez mezclada con inexperiencia, es superada por el que en su día hubo de vivir lo que vive el padre neófito. De ahí a que en cada salida, cada cita ociosa, cada ocasión de esparcimiento, se traduzca en la legación de unos padres de su ejercicio responsable en la figura de terceros, hay un mundo. La educación complementaria de los abuelos es enriquecedora y necesaria. La caradura de quien aprovecha la jubilación de sus mayores para desentenderse durante un espacio de tiempo del niño, algo moralmente reprobable. Ante cuestiones lógicas, de fuerza mayor, comprensibles, nada que objetar. Cuando es la necesidad de quedarse a solas, de recuperar el tiempo adolescente que ha tiempo se marchó, una desvergüenza de tamaña consideración.

El fenómeno que más me enerva lo llevo viendo hace unos ocho años. No deja de sorprenderme que en pubs tranquilos (mi garganta no soporta los infernales garitos de hoy), parejas en la frontera de los 30, o que acaban de estrenarse en dicha década, prosigan su hábito de ocio con los suyos, mientras en un espacio de humo, ruido y que es claramente antítesis del lugar propicio para un niño, pueden cohabitar carritos de bebé (no se espanten) o niños de infantil echados sobre taburetes y recostados en un montón de abrigos. Comprendo que la vida que nos envuelve haga necesaria unas horas de esparcimiento. Pero la elección de la paternidad, jamás puede convivir con este modelo. Ni creo que en el fuero interno de un padre con cierta capacidad de reflexión, se albergue un apoyo a esta práctica.

Molestan. Simplemente, los niños molestan. Hemos crecido en familias cada vez más reducidas. Legiones de hijos únicos como servidor. Estructuras monoparentales. Y lo peor, una enorme cantidad de familias que rompieron todo lazo entre ellos, lanzando a veces al aire expresiones jocosas que no dejan de encerrar verdades en el axioma pronunciado. O dicho de otra manera, toda broma esconde una verdad, y cuando oigan aquello de: “familia y trastos viejos, pocos y lejos”, o “tú cómo pasas la navidad, ¿bien o en familia?”, sepan que están ante el modelo que les propongo.

Los niños crecen con un importante desequilibrio personal. La televisión, las más variopintas opciones de videojuegos y todo un universo de distracción dirigido a fomentar diversiones “para uno”, abstraen al menor de ocios donde pueda interrelacionarse con otros. El cultivo del niño casero, aparte de los problemas endocrinológicos que los expertos vienen alertando, construye niños huidizos, introvertidos y a los que molesta el contacto social. Y es preferible acudir a la bollería industrial por un ahorro de tiempo, a la consola (por un descanso temporal “del jugador”) y a la colocación en el hogar de los abuelos del niño, que reconocer que en la sociedad que nos ocupa, las premuras, el desempeño de la vida laboral, el reclamado espacio para el ocio propio y el niño, no caben. No están llamados a entenderse y la paupérrima natalidad europea lo pone de manifiesto. A mí, me preocupa más que en definitiva, es el hijo el que pierde frente a las seducciones de la vida diaria.

Cuando además de todo esto uno oye a una mujer que por el simple hecho de parir está en el derecho de decidir, le queda todo más claro aún que corren malos tiempos para ese ejercicio paterno-filial saludable y correcto. Me sigue pareciendo un reto imposible formar a futuros ciudadanos sanos desde la visión social y cultural, con ese egoísmo latente y patente del que hacemos bandera. Si estudiáramos además la particularidad de un niño en un hogar donde los padres se han separado (o divorciado), aflorarían casos donde el pequeño se convierte en instrumento, arma arrojadiza y elemento mefistofélico en manos de sus mayores. Cuando no, en víctima mortal como hace unas semanas tuvimos que conocer.

Desconozco si todo lo dicho no ha de pasarme factura en un futuro. Tengo claro que a lugares reservados a menores no llevaré jamás a un menor a mi cargo. Y me empeñaré en que encuentre en la calle, en la observación del natural y en un ocio más allá de una realidad virtual servida en pantalla de plasma, la correcta educación. Los valores fundamentales que creo debo transmitir, son los de la amistad, la lealtad a los conocidos y el respeto a los mayores, y por supuesto el sentido de la familia como el conjunto de personas que más allá de la vinculación genética, se convierte en el oasis del recuerdo, la memoria y la verdad. En mi caso fue así y sigue sorprendiendo que primos segundos nos llamemos con inquebrantable sentimiento familiar. Muchos, no lo entiende; es algo de lo que me jacto.

No hay un único personaje oscuro. No ha dejado de existir Herodes, lacayo de Roma. Ni es el aquel el único sitio donde mueren infantes. Pero yo hoy, en la festividad de los Santos Inocentes, me he querido acordar que más allá de las tradicionales bromas socarronas de la jornada, los niños del siglo XXI sufren su particular matanza, desde el útero materno al de la privación de su papel de niños en este mundo egoísta y personalista.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Nacida para Reina


Hace algo más de una semana recibí en mi casa (me sigue ruborizando el detalle) la última apuesta literaria de Fermín Urbiola, que recuerda el cincuentenario del matrimonio entre el Rey belga y una española. El libro, de la editorial Espasa, si seduce y subyuga es por la profunda labor de investigación, contrastación de fuentes y argumentos históricos que lo ponen de relieve. “Nacida para reina” es algo más que la biografía de la que sigue siendo figura trascendental de la corona belga. Porque recuerda la labor en la sombra de una mujer paradójica, por cuanto respondía al patrón de la fémina de alcurnia de la época, con unos sólidos ideales y unas férreas creencias, al tiempo que demuestra el lado más personal de alguien que supo vivir la actualidad. Fabiola de Mora, Su Majestad Fabiola, tiene mucho que decir en el panorama social de la nación que es tan suya como España.

Propone Fermín Urbiola un viaje retrospectivo desde el palacete de la Calle Zurbano al de Leaken. Desde un hogar aúlico donde viven los Mora y Aragón hasta que la II República los destina al exilio, a la labor actual de una “Reina Madre” que, para el autor (y creo que es la definición más reflexiva de todas) constituye la encarnación de la unidad de un Estado proclive a los separatismos. No en balde y desde hace unos años, Fabiola es objeto de amenazas de muerte que desafía con unas curiosas apariciones públicas.

En 2008 Urbiola paría su primer libro, “La sonrisa que cautivó a España”, obra que será próximo destino de lectura, toda vez que la narración concisa, dinámica y argumentada del libro que nos ocupa me haya descubierto una suerte de autor literario personal y plausible. Este primer libro es una semblanza de la Reina Sofía. Quizás ha llegado el momento de poner en valor las labores mucho menos reconocidas de consortes como doña Sofía y Fabiola, cada una en su contexto, en su época y en el marco que las rodeó. Porque si la figura sin discusiones de don Juan Carlos pasará a la historia como el Jefe de Estado contemporáneo de mejor predicamento y uno de los más rotundos monarcas de la larga tradición hispana, y por supuesto Balduino rescató al país propio de problemáticas sociales insalvables sin su labor, las regias esposas de ambos hacen bueno el presupuesto que “tras un gran hombre…” Y quizás desempeñando una labor mucho más trascendental de lo que creemos.

En España, Fabiola es una compatriota que como Eugenia de Montijo, alcanzaría un privilegiado lugar. En mis patrias chicas, ellas en la provincia de Granada, Fabiola y Balduino son unos ciudadanos más que escogieron la candidez y climatología propicia del pueblo de Motril, ligado a Bélgica por sus reyes. Y la lectura de “Nacida para Reina. Fabiola, una española en la corte de los belgas” revela una personalidad arrolladora y una labor de arbitraje político y social que ha de ser valorado con vehemencia, algo que Fermín Urbiola consigue en 260 páginas.

En estos tiempos de perversión histórica, obras como estas ayudan a crear un perfil clarividente y exacto de la realidad belga y española de estos últimos cincuenta años. Además es un homenaje sincero. Un trabajo que compagina entrevistas a aristócratas y a la sencillez del personal de servicio. Un documento gráfico testimonial y válido como pocos (33 ilustrativas fotografías lo acompañan) y una obra que llena un vacío; me atrevería a decir que el necesario reconocimiento desde España a una reina española que nunca estuvo distante de su país, aunque desempeñara todos sus propios en el que la acogió como soberana.

En estos diez días escasos la lectura me ha atrapado. Sigo agradecido por el gesto del autor que me ha hecho llegar la obra. No procuro devolver el favor de manera servil, porque lo que les traigo en esta entrada no es más que la verdadera opinión acerca de un libro, que para todo amante de la realidad histórica (no digamos de la condición monárquica), se me hace necesario. Me resta las más cálidas felicitaciones a su autor, y el deseo de encontrar otra redacción próxima. Por el momento, “La sonrisa que cautivó a España” será mi próxima adquisición.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Gloria a Dios en el Cielo y en la Tierra paz a los hombres

Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado. Este primer censo se hizo siendo Cirenio gobernador de Siria. E iban todos para ser empadronados, cada uno a su ciudad.

Y José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto era de la casa y familia de David para ser empadronado con María su mujer, desposada con él, la cual estaba encinta. Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento. Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.

¡Gloria a Dios en las alturas, Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres! Sucedió que cuando los ángeles se fueron al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: Pasemos, pues, hasta Belén, y veamos esto que ha sucedido, y que el Señor nos ha manifestado.

Vinieron, pues, apresuradamente, y hallaron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Y al verlo, dieron a conocer lo que se les había dicho acerca del niño. Y todos los que oyeron, se maravillaron de lo que los pastores les decían. Pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Y volvieron los pastores glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, como se les había dicho.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Feliz Navidad

Es sin duda la noche más hermosa de cada año, la más trascendental, la más arquetípica, nuestra y saboreada. Da igual que no naciera en el diciembre palestino y tal vez ocurriese en las calendas de aquella provincia de Roma. Incluso si no son 2010 los años y sólo 2004. Hoy nace en el punto exacto de las doce de un nuevo día, la persona más influyente y seguida, la más admirada y única de la historia de la humanidad.

Los cristianos, la religión mayoritaria con más de dos mil millones de almas, lo vamos a llamar el Mesías, el Cristo, el Hijo de Dios y Dios mismo. Para muchos, es simplemente una figura, pero qué figura. Nadie puede negar su existencia que por fortuna estaba Roma allí de veedor, de fiscal de la historia, y nadie puede quedar indiferente a su palabra, aunque la que recogimos de Él nos hayamos esforzado en empañarla.

Que Cristo es la personalidad más relevante de todos los tiempos y la más segura y cierta influencia cultural y social del más recóndito vericueto de este Planeta, no puede negarlo ni el ateo. Podrá despojarle de su condición divina, negar su labor salvífica y retirar los honores que el Hijo del Hombre conservará esta noche en todos y cada uno de los hogares cristianos que no cejarán de alegrarse en la Tierra recordando que nació entre nosotros.

Pero no podrán negar que su palabra, adelantada siglos y siglos a su tiempo, ha sido la más humana, la más correcta y la más digna de imitar, de cuantas se hayan erguido en este mundo; ni podrán dejar de reconocer que seguir sus consideraciones haría de todos, seres mejores. Y no podrán tampoco engañarse no teniendo en cuenta que Él, cambió el discurrir de los tiempos y de la historia.

Nadie podrá eludir que el Mundo piensa, late, escribe, siente y se expresa según el patrón de Occidente. Y por ello, nadie diga jamás que Occidente no es cultural y socialmente hablando, una mezcla de la cultura de la Antigüedad Clásica y del Cristianismo. Una suerte de neoplatonismo. Un modo de ser y hacer que debe mucho a quien nos viene hoy a nacer.

Hoy te recibimos en cualquier parte de esta tierra tuya y nuestra. Incluso los que brinden por la fiesta del solsticio de invierno habrán de entender tu irremediable condición y saben que en el fondo, nadie ha sido tan influyente y mejor que Tú, niño palestino de Dios y de María. Los que sí depositamos en Ti nuestra fe, te recibiremos con las galas de la camaradería, la familiaridad y la ilusión puesta en todo tu ser y tu palabra. Y en nuestro brindis, si buscas casa, te sugeriremos que aceptes el portal y el pesebre que es la nuestra.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Vísperas

Sí, una fiesta Cristiana, quizás un momento marcado de sentido para los que nos consideramos seguidores de Cristo. Pero también la televisión es a veces un medio magnífico de definir las cosas. Y este anuncio de Intereconomía es soberbio.

Con independencia del credo de quien lo vea, a pesar de que el espectador sea o no religioso, el mensaje es claro y plausible. En un mundo como el nuestro, hay hogares donde todavía las lecciones vitales de aquellos que pasaron por la vida marcando para bien el ritmo de la Historia de la Humanidad, caben.

En mi casa, y más aún mañana, cabes, Niño de Belén.

En mi casa, en mi hogar, aquel que habla en estos términos, cabe.

En mi casa, en mi hogar, en mi corazón, aquel que me deja lleno de bonhomía y santidad, cabe.

En mi casa, en mi hogar, en mi corazón y en mi pensamiento, el que conserva estos preceptos, cabe.

Y seguro que en muchos hogares de los que os metéis por esta Alacena. Yo os doy las gracias por ello.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Juan Tortosa

Casi que puedo de memoria asegurar que fue o bien el 19, o el 26 de septiembre de 1995. Seguro (como que escribo esto), era martes. Años después él mismo nos confesó a un grupo de ex alumnos, que su primera clase fue con nosotros. Un 2º de BUP (ahí me baila un poco la memoria, de modo que me corrija Pedro Lloréns, pero creo que la letra B) que acababa de comenzar y que lo recibió impactado. Era, la primera vez en aquel Agustinos de Granada, privado, masculino y más próximo a otros tiempos pasados que a estos, que alguien tan joven iba a darnos clase. Y con una metodología tan particular, próxima y cercana. Una verdadera revolución educativa en las mentes de aquellos alumnos que no hacía mucho habían cumplido los 15 años (algunos estaban en ciernes) y se topaban de bruces con un profesor distinto que acabaría marcándonos.

El Padre Miguel (q.e.p.d.) se había puesto enfermo en los meses anteriores. Los alumnos que nos llevaban un año procuraron advertirnos de la suerte que para nosotros supondría no conocer sus métodos didácticos. Lo cierto es que el Padre Miguel era, con toda su dureza e intachable mano dura, uno de los profesores más queridos. Subía al estrado de la pizarra un recién licenciado en Matemáticas, con mucho de provisionalidad en su contrato. Nadie dudó jamás que regresaría el Padre Miguel, que el nuevo, el joven y nuevo profesor de matemáticas si acaso, iba a estar un par de trimestres con nosotros.

Se preocupó hasta la saciedad de explicarnos los enrevesados vericuetos de la ciencia exacta. Los que acabaríamos en Letras, sufrimos estoicamente esas lecciones numéricas, de derivados y otras tantas. Pero aprendimos que ante nosotros se ponía un profesor preocupado, capaz de hablarte de tú a tú en un pasillo con el objeto de recuperarte en la nota y en la enseñanza. Nos demostró una tolerancia imposible de advertirla en nuestros queridos, soberbios, magníficos pero estrictos profesores y sacerdotes habituales. Nos permitió actitudes que más que hacernos aflorar un lado travieso o provocativo, sirvió para que el respeto que fuimos cincelando hacia este joven y distinto profesor creciera lo que no fuimos capaces de comprender aquel septiembre de 1995, cuando se estrenó precisamente con nuestra clase y pudo llamarse maestro y docente en el mismo instante que mis compañeros y yo nos llamamos alumnos de él.

Ya en la Universidad, aquel profesor rupturista pasó a ser amigo. Con él topamos en cafeterías, en salidas nocturnas. Con él trabamos amistad, confidencias personales de uno y otro lado y la admiración magisterial dio paso a la franqueza de dos iguales; porque es una grandísima persona. No puedo ponerlo en relación a otros docentes de Matemáticas; y soy, dada mi irredenta condición de hombre de letras con animadversión a las ciencias, poco apropiado para hablar de su labor, que juzgué y juzgaré, en lo que a mí respecta y en cuanto beneficio me procuró, irreprochable. Pero sí digo con la boca llena de estas palabras, que es una de esas excelentes personas que hacen que mi devoción a mi antiguo colegio, a la Orden Agustina Recoleta que lo inspira y a mis docentes de EGB, del Bachillerato, sea plena. Personas como él hacen que se sienta uno orgulloso de haber sido alumno agustino. De haber sido alumno suyo. Por eso este 27 de diciembre no vas a dejar de estar ni un segundo presente en mi cabeza. Y tienes que prometernos que seguirás muchos más años, marcando para bien a tus alumnos, como a aquellos primeros que tuvimos la suerte de verte debutar en el ruedo magisterial y que te llevamos y llevaremos siempre. Como en el video de abajo, queridísimo Juan Tortosa, profesor, docente y amigo Juan, (don Juan de hace 15 años), ESTAMOS CONTIGO.