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viernes, 26 de noviembre de 2010

Próximamente...



¿Se pueden conservar los mejores momentos, los instantes esos que sólo son capaces de guardarse en la memoria de cada uno?

¿Se puede revivir una y otra vez un instante mágico?

¿Se puede volver atrás y paladear cada segundo como un día se hizo?

Se puede... Próximamente

jueves, 25 de noviembre de 2010

Próximamente


No se va a hacer esperar, y no os va a dejar indiferentes...

miércoles, 24 de noviembre de 2010

La Inquisición


Nos cuesta digerir a los católicos una de las herramientas más iracundas de nuestra fe. En España, los tribunales inquisitoriales más allá de defender los credos de la Iglesia, actuaron en pos del poder que los nutrió y que cobraron sus favores ampliamente. Algunos casos no dejan de sorprender; la mayoría de los procesos, enerva. La Inquisición española (porque hay que distinguir entre la española y la que hubo en España) nace en 1478 por voluntad de los Reyes Católicos. Las Cortes de Cádiz la suprimen en 1808; el rey Fernando VII la recupera a su regreso en 1814, y fue definitivamente extirpada de nuestra sociedad en 1834. 350 años por tanto de horrores y de vergüenzas para la fe.

Corren leyendas de todo tipo. La que últimamente se está extendiendo, por culpa de una de las peores películas que hayamos podido ver en los últimos tiempos, “El Greco”, viene a recalcar que el genial pintor nacido en Creta sufrió en sus propias carnes la experiencia del Tribunal, al parecer, porque pintaba unas descomunales alas en sus ángeles que no se atenían a las reglas dictadas por la Iglesia. Sepan ustedes que es rotundamente falso. El Greco tuvo como mecenas al Cardenal Niño de Guevara, que fuera arzobispo de Sevilla y máximo valedor de la Inquisición durante años. De este pinta un retrato. Y además, en este tema no se había pronunciado Trento, que a partir de 1570 fija los criterios estéticos del arte religioso contrarreformista. De modo que no crean todos los bulos que corren por Internet.

Quien sí estuvo próximo a sufrir tales tratos fue Goya. La primera de las consecuencias de la persecución religiosa le vendrá dada al descubrirse sus célebres “Majas”, por encargo de Godoy. Cuando el Motín popular asalta el palacio del valido, y se descubre este conjunto, horroriza que un autor haya sido capaz de representar la desnudez femenina de manera tan directa. Es el primer desnudo en el que el modelo no encarna la divinidad antigua, sino que retrata per se un cuerpo femenino por el mero placer de su contemplación. Pero Goya además tiene sus más y sus menos con la familia Real. A María Luisa de Parma no le hace gracia que el pintor de cámara sea tan “evidente” con su físico, y no finja la falta de dentadura de la reina. A eso contribuyen su carpeta de grabados: “Los caprichos” son vistos amorales, tenebrosos y lesivos. La tirada de 46, son adquiridos nada menos que por el mismo rey ahorrando así cualquier tipo de problema con la Inquisición al que sin duda es el más grande de los pintores españoles (con permiso de Velázquez) y el más adelantado de los artistas que ha dado este mundo.

La lista de personajes famosos que la Inquisición persiguió asusta. Entre ellos, nada menos que Fray Luís de León, que fue encarcelado durante cuatro años por haber cometido el sacrílego error de traducir al castellano el Cantar de los Cantares. ¡Increíble!

Pero la buena de Santa Teresa de Ávila va a tener que rendir cuentas ante el Tribunal en 1575; y después de un nada grato proceso, sale absuelta. El motivo de su persecución, unas calumnias de una monja de su comunidad que sale del Convento. Y tener obras prohibidas en su biblioteca: obras de personas tan “malas” (nótese el concepto irónico) como Fray Luís de Granada, del que se destruyeron algunos escritos.

Hoy, siguiendo ese lexema no patentado que viene a decir que la historia es cíclica, la Iglesia, primero perseguida, luego persecutora, ha vuelto a ser incendiada. La clase política de este país no está de acuerdo. Abomina las palabras de Su Santidad y las toma como propias de un orate. La verdad duele. Los católicos por el contrario hemos aprendido que sólo reconociendo nuestros fallos podemos no volver a reproducirlos. Y si pedimos y pediremos perdón por este periodo negro y condenable de la historia de la Inquisición española, también conviene recordar que hay otro dicho popular que dice: “todas las modas vuelven”. Ah, qué bueno es estar precavido…

martes, 23 de noviembre de 2010

Mozart

En 2009 visité Sant Gilgen, a orillas del lago Wofgang, que entre otras cosas, le presta el nombre a nuestro protagonista. Está en la región de los lagos austríacos, camino de Salzburgo, donde nació el genio. En cuanto uno transita por sus calles o pierde la vista en las enormes extensiones de agua, cuando se recrea en la belleza imposible de la zona, se da cuenta que en efecto, los genios sólo pueden nacer en sitios determinados. ¿Acaso en el piso 26 de un rascacielos de San Francisco puede ver la luz una personalidad así? ¿O en Monfragüe? ¿Quizás en medio del viejo Congo Belga? No, los genios nacen en tierras abonadas por las musas como esta del comercio de la sal austríaca.

Que Mozart es uno de los más grandes de la música es tan fácil de sostener como que cuando uno cierra los ojos, deja de ver. Tocaba el violín con tres años y con cinco componía. Y desgranar sus proezas ocuparía toda esta Alacena, así que voy a la anécdota:

En 1638 el Papa Urbano VIII encarga a un miembro del coro de su capilla papal, un Miserere para el Oficio de Tinieblas del Miércoles y el Viernes Santo. La interpretación se hacía a la luz de trece velas que representaban a Jesús y los doce apóstoles y que se iban apagando una a una hasta acabar en completa oscuridad. El efecto al parecer era arrollador. Hasta el punto que el Papa prohibió que el miserere se transcribiera y ni siquiera permitió que se interpretara fuera de la Ciudad Vaticana. El rito marcaba que el Miserere de Allegri estaba hecho ex profeso para la Capilla Sixtina.

El Miércoles Santo de 1769 los Mozart aprovechando que están en Roma, acuden al Solemne Oficio ávidos por conocer la obra que tiene la fama de inaccesible y que no puede ser interpretada fuera de los muros enriquecidos por Miguel Ángel bajo pena de ex comunión. Al término, el joven Wolfgang Amadeus, de 13 años recién cumplidos, le dice a su padre que le pase papel pautado y transcribe, tras haberlo escuchado una sola vez en su vida, más de doce minutos de música; a los dos días, en los Oficios del Viernes Santo, el padre regresa a la Capilla Sixtina. Guarda en su sombrero la partitura que ha creado su joven hijo y aprovecha que aún no ha dado comienzo el Solemne Oficio para contrastar lo que de oído ha transcrito Mozart con la partitura original, sobre un atril a espaldas del gran fresco del Juicio Final. En efecto, es idéntico.

Clemente XIV era entonces el Papa. De alguna manera, el que siempre ha sido considerado el mejor servicio de inteligencia de la historia, logra enterarse de este hurto intelectual. Los Mozart esperan lo peor. Pero el Santo Padre alaba la proeza de un joven de trece años y le concede el Collar de la Orden de la Espuela de Oro, consintiendo que en adelante, el Miserere de Allegri suene más allá de los muros vaticanos.

En 1994, descubrí a Mozart, cuando estaba por cumplir los 14. De tanto escuchar a mi siempre admirado Padre agustino Félix Berdoncés, mi madre satisfizo mi deseo y adquirió su famoso Requiem. Después llegaron la Misa de la Coronación, don Giovanni, Cosa fan tutte, y tantas, y tantas… Y cuando aprendí a pronunciar en un alemán digno su nombre, cuando vi su casa natal hoy museo, estuve en el Mozarteum, lo escuché en la Ópera de Viena y me empapé aquel julio de 2009 de uno de los mayores genios que a lo largo de la historia ha dado este mundo, había merecido la pena. Total, para lo que me esperaba a mi regreso, mejor hubiera sido seguir soñando en el Valle del Danubio y la Roma de los Alpes.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Juana la loca


Ha pasado a la historia como “reina nominal” que es un absurdo juego de palabras para decir que fue reina sin reinar. Análogo entonces a mi muy admirada figura de don Juan de Borbón, otro rey sin corona que para mí y otro puñado de reflexivos, será don Juan III pese a quien pese. Y de acuerdo que no hay filiación sanguínea pero compartían una herencia genética sin mediación de esta (tolle et lege, os digo a quienes no me habéis entendido) que supera lazos familiares: amor a una patria que fue y es España.

El apelativo normal es el de “Loca”; y por Dios que no lo estuvo tanto como se empeñaron los que quisieron que pasara 46 años encerrada sin ver la luz del sol y con muy esporádicos e inciertas visitas de los suyos. Como don Juan, cada uno en su tiempo y con sus particularidades, la reina Juana molestaba, traía ideas que no convenían, rompía el juego de poder del momento. Porque ha de saberse que España se perdió la oportunidad de ser reinada en dos ocasiones por dos monarcas que podían haber cambiado a mejor esta nación. En el más reciente ejemplo, don Juan hubiera sacado del ostracismo a la sociedad patria. Su tocaya, quería en 1505 abolir la recién creada Inquisición, reagrupar con los mismos derechos pero respetando sus particularidades a los reinos hispanos bajo una misma corona y dinamizar los estamentos jerárquicos mediante un férreo control del viejo modelo feudal aristócrata y recortar el poder eclesial. Tuvo una cuidadísima educación y hablaba cinco idiomas... ¡Un verdadero torbellino! ¡Una adelantada y encima mujer! Y fueron sus ideas las que le valdrían el sambenito de loca, no su estado mental, que tras los muchos padecimientos, a nadie se le escapa que en efecto debía estar condenada a la locura.

Durante el romanticismo español, su figura fue la de una mujer enamorada no correspondida, celosa desmedida, loca por los arrebatos e infidelidades… Todo un paradigma de folletín novelesco. Pero es curioso cómo su madre, la muy loada reina Isabel la Católica no la entendía; era la hija díscola. Quizás no tuvo que someterse a la recia compostura a la que se ató su hermano y heredero don Juan. O su instructora, una de las mentes más preclaras de España y ejemplo de las hazañas de la mujer, Beatriz Galindo, cultivó en demasía una mente que acabó trastornada.

Cuando la visitó el futuro San Francisco de Borja, este viene a decir que en efecto, no cree que la reina esté loca. Los comuneros, levantados en armas contra la legión de extranjeros que contravenían las normas y tradiciones castellanas y relegaban a los propios (llegaron con el emperador e hijo de Juana, Carlos) la querían como reina. Y ella fue hábil y manifestó que de loca tenía lo mismo que de libre. Los comuneros asaltaron Tordesillas, desde donde su malvado vigilante el duque de Denia, se jactaba ante su padre el rey Fernando el Católico, y luego ante su hijo, de tenerla “encerrada en su cámara, que no tiene luz alguna”. 46 años así, no es para menos. Cierto que protagonizó histéricos episodios a la muerte de su marido. No menos cierto que su interesaba su encierro. Conocemos la labor epistolar entre abuelo y nieto (Fernando y Carlos) que venían a expresar su miedo a que “si la gente viera a la reina, se alzarían en su favor”. Y es que el enorme imperio levantado por Carlos también supuso la esclavitud de la tierra original, de Castilla, que es lo mismo que decir que España pagó las ínfulas de sus reyes con hambre y sacrificio.

Tú, tierra de Castilla, muy desgraciada y maldita eres al sufrir que un tan noble reino como eres, sea gobernado por quienes no te tienen amor”. Esa fue la frase que hizo despertar a los españoles de Castilla. Téngase en cuenta que la iglesia mendicante y apostólica, no la de las mitras, no la purpurada, no la del poder instituido, sino la de Jesucristo, se le hinchó las narices al ver cómo flamencos y germanos hacían de su capa un sayo y los oros hispanos se marchaban sin dejar gota de provecho por estas tierras… Agustinos, franciscanos y dominicos se pusieron en contra del gobierno imperial. Poco antes moría Fernando el Católico, que le vino bien el invento del “Tanto monta, monta tanto”, porque en efecto, la que demostró ser la reina de veras, y acertar como reina, es la siempre grande Isabel. Claro, dos mujeres de seguido, de armas tomar, la segunda además moderna y decididamente rupturista, era tragar ya mucho.

A Juana la volvieron loca, que no es lo mismo. Su padre la confinó en su desgracia y su hijo, a quien tanto debemos, sin embargo en este episodio se portó como un grandísimo cabrón. Así, sin remilgos. Mientras, la reina no se enteraba ni siquiera de la muerte de su padre, al tiempo que era vejada y pegada por duquesitos de tres al cuarto. Y pasaban los años…

¿Cómo hubiera sido el trato español en las Américas bajo el cetro de Juana? ¿Habríamos conseguido un imperio tan grande que a fin de cuentas nos ha servido para pasar a la historia y al ranking pero que nos arruinó? ¿Las consecuencias de una política españolista, respetuosa con las diferencias entre reinos y humanista, aboliendo la Inquisición y los privilegios de los poderosos hubieran hecho de España una nación más próspera aunque menos extendida?

Cada vez que piso la Capilla Real, donde descansan los cuatro primeros reyes de España, donde se gestó la idea nacional que hoy día persiste (y lo hará pese al empeño de algunos), me detengo en las figuras yacentes de las dos mujeres que allí descansan. Nunca me he creído la mítica propaganda del príncipe perfecto que Maquiavelo hizo de don Fernando, y menos la manida hermosura de un Archiduque con prognatismo y bragueta caliente. Pero sé a ciencia cierta que las dos mujeres, madre e hija, tenían lo que había que tener. Una lo demostró; la otra, pagó caro nacer con ese sexo en el tiempo equivocado. Y ya decía yo al principio, que sólo Dios sabe dónde estaríamos ahora de haber reinado los tocayos, Juana y Juan, en el siglo XVI y en el XX. De modo que me resta pedirle a doña Leonor (que será reina, sin duda) que si tiene hijos, no se atreva ponerles Juan o Juana, porque acompañado de Carlos, sí, funciona, pero a secas, esta España cainita y ponzoñosa no les va a dejar reinar.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Sierra Nevada


Al igual que para aquel que nació cercano a la costa, la mancha indeleble y azul del mar es necesaria, para los que cada día de cada año de nuestras vidas nos topamos al levantarnos, casi como un ritual, con el espigado y elegante Pico del Veleta que saluda a la ciudad echado hacia ella, Sierra Nevada es el termómetro de nuestros sentimientos.

Es la estética, la belleza, la naturaleza, el aljibe, la vida y la regidora térmica de Granada; es el techo de la Península, es el lugar donde se dan más de 1.000 endemismos; es un parque nacional; es el vientre del que nacen 15 ríos; es una estación de esquí de 103 kilómetros y 103 pistas, de casi cuatro millones de metros cúbicos de nieve y con desniveles que pueden ser de hasta 1.200 metros.

Es un verdadero balón de oxígeno. Pone si acaso más bonita a Granada y es un capricho visual que nos tiene a todos los que la miramos así, cogidos la medida. Ahora que hemos descubierto que Granada es, de las cien ciudades de España, la que por su valoración ocupa el 14º lugar, y el 3º como ciudad para visitar; ahora que sabemos que Granada es un reclamo estético, patrimonial e histórico, que le avala la fama de su Universidad, valorada entre las 4 mejores de España y referente europeo; y ahora que somos la primera ciudad andaluza que escogerían los visitantes para residir.... Y veo el Pico del Veleta peleando con las nubes y asomándose a Granada, sé la suerte que tengo. Vivir donde quiero, que es donde tantos otros querrían. Y para colmo en mi patria.

viernes, 19 de noviembre de 2010

El aplauso más largo de la historia


24 de febrero de 1968. El palacio de la Ópera Alemana, en Berlín, cerca del famoso muro que hasta 1989 separó una ciudad y un país, acoge la representación de una obra inspirada en la Italia del siglo XVIII. El moderno edificio de 1960, había sido estrenado apenas siete años antes.

En escena “El elixir de amor”. La historia del amor de Nemorino hacia Adina; la respuesta negativa de esta; la desesperación del muchacho. Estrenada en Milán en 1832, es obra de Gaetano Donizetti, que creó 75 óperas entre las que se encuentran “La favorita”, “Don Pascual” o la que se inspiró en los últimos momentos del reino de Granada: “Alahor en Granada” y que habla de la reconquista cristiana.

La voz del tenor sobrecoge. Un italiano con sobrepeso y diastema de 32 años encarna a Nemorino. El que triunfó como Tonio de “La hija del Regimiento”, también de Donizetti; el que fue capaz de romper la escala de adjetivos en el aria Nessun Dorma; el que me terminó enganchando a la ópera.

Pues ese, el inmortal y más grande, el que a mi parecer le ganó la partida a Enrico Caruso o Franco Borelli, y a Plácido Domingo y a quien no iguala Bocelli, ese día, ese 24 de febrero de 1968, en el corazón alemán, en la sede de la Orquesta y del Ballet nacional, Luciano Pavarotti vio como el telón se tuvo que alzar 165 veces porque los asistentes, estuvieron durante 67 minutos, durante una hora larga aplaudiendo sin parar al más grande de los tenores líricos que habrá dado hasta el momento el mundo… Al inmortal Pavarotti.

jueves, 18 de noviembre de 2010

El Juicio Final


Que fue el más grande de cuantos artistas diera (y barrunto que dará) el mundo, no cabe duda. Le ganó el pulso a su coetáneo y afamado Leonardo, que asistió desgarrado a dos triunfos de Miguel Ángel: por un lado, del mismo bloque de mármol que estaba arrumbado en la casa Medici y que Leonardo aseguró no servía para hacer una escultura, saca (con muchos menos años de edad) nuestro hombre, el inmortal David. Cuando a ambos les encargan las pinturas murales con las batallas famosas ganadas por los florentinos, en el Palacio de la Señoría, Leonardo haría la “Batalla de Anguiari” y Miguel Ángel la de “Cascina”. Pero a Leonardo, el fresco le jugó una mala pasada y se acabó por perder.

Arquitecto, escultor, pintor, poeta… Si Leonardo era un científico desmedido, Miguel Ángel el más grande de los artistas. El de Vinci fracasó con los Sforza, puso en un brete a Florencia con la desviación del río Arno y sus innovaciones en el mundo del fresco hacían que se desmoronaran las obras, como la famosa Última Cena milanesa del convento dominico. Además, fue acusado de pederasta en su juventud, mientras era discípulo del Verrochio y como vegetariano, respondía con enorme lesividad verbal a los que comían carne.

Y el florentino era dueño de uno de los caracteres más iracundos. En una pelea con Torrigiano, este le rompe la nariz. Pero el poder y los contactos de Miguel Ángel son tales, que Torrigiano primero y Jacopo Torni después, tienen que abandonar Italia y refugiarse en las obras de la Granada y la Sevilla del momento si quieren trabajar. El más grande de los escultores, el genio de la pintura, el autor de 300 sonetos de cuidada estructura, era conocido como “Il Divo”, el Divino. Lo último que hace para la Capilla Sixtina es el fresco del testero central, bajo el motivo de El Juicio Final. Hoy, hace 449 años que lo terminó.

Tardó cinco años en realizarlo, y al igual que en la rica bóveda, prohíbe a todos, el Papa incluido, que vean el proceso creativo hasta no estar terminado. Cuenta la leyenda que el mismo Paulo III sorprendió a Miguel Ángel en este sacro lugar en actitud libertina con su amante Tomasso Cavalieri, y que era tal la audacia y el respeto que sentían por el maestro florentino, que ni el Sumo Pontífice se atrevió a tomar represalia alguna contra el artista.

Miguel Ángel se retrató como San Bartolomé. El santo aparece representado en el momento de su martirio, cuando le fue arrancada su piel. El genio había superado los 60 años y no siempre recibió el trato debido. El santo dirige hacia Cristo una mirada llena de reproches que hacen de este autorretrato un análisis del estado de ánimo del maestro conforme envejece. Y es que Miguel Ángel se sentía explotado y financieramente estafado por Julio II. Además, en la zona inferior, donde el concelebrante tiene forzosamente que dirigir su mirada durante la misa, compuso parte de su particular infierno, el lugar donde caen las almas que Dios no salva en su Juicio. En este espacio está retratado nada menos que el maestro de ceremonias pontificio, Biagio de Cesana. Fue especialmente crítico con la obra, compuesta por cuatrocientos desnudos que causaron todo un impacto por presidir un espacio tan sacro. Miguel Ángel se vengará del poderoso clérigo retratándolo a las puertas del infierno con cuernos y orejas de burro. Biagio reclamó al Papa tamaño insulto y este, ardoroso seguidor de Miguel Ángel, le vino a decir:

"Querido hijo mío, si el pintor te hubiese puesto en el purgatorio, podría sacarte, pues hasta allí llega mi poder; pero estás en el infierno y me es imposible. Nulla est redemptio." (Tu salvación es imposible).

El Juicio Final se divide en dos partes: arriba, los santos y ángeles en torno al trono de Cristo. Un Cristo que en sí, es el mismo Hércules mitológico. María Santísima a su vera. Su discípulo Daniel Volterra fue el encargado, a la muerte del Papa Paulo III de pintar los paños que cubrieran la desnudez de las Sagradas Imágenes. Por esta acción, fue apodado el braghettone, el “pintacalzones” y desató la ira del genio. Cuando muere el inmortal Buonarroti, el Greco se ofrece para repintar todo de acuerdo a los gustos de la Reforma Católica (corría 1570, y acababa de concluir el Concilio de Trento). Afortunadamente, esto no ocurrió.

La zona inferior es un torbellino, una composición helicoidal, un infierno que se basa en la Divina Comedia de Dante. Pero lo que más destaca es el color, ácido, indómito, que abotarga. El maravilloso estudio anatómico y la fuerza de su conocida “terribilitá” hacen el resto. Una obra adelantada a su tiempo, cargada de enseñanzas teológicas y de maestría artística. Uno de los conjuntos más conocidos y que mayor interés despierta. La genialidad de un genio nacido bajo el signo de Marte que hoy cumple 449 años.

Murió a un mes de cumplir los 89 años en 1564. Su obra es el punto culminante del arte del Renacimiento. Para muchos, este estilo muere con él, pues a partir de su producción, los autores crean “a la manera” de los genios, especialmente del florentino. Así, nacería el estilo precursor del barroco: el “manierismo”. Profundamente religioso, tenido como un mito viviente, fue capaz de superar con su David la mismísima escultura griega y romana. Convencido de que la belleza del cuerpo encierra la gloria de Dios, la perfección está alcanzada en sus desnudos. Al fin, descansa eternamente en la Santa Cruz de Florencia en el sepulcro de la imagen de arriba.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Iglesia Mayor de Motril (VIII)

Datos y fechas del siglo XIX

El arquitecto local Miguel Cirre será el encargado de dirigir el conjunto de actuaciones que eviten que el fuerte terremoto de 1804 arruine bóvedas, cubiertas y elementos de sostén de la Iglesia Mayor. Será en las cubiertas correspondientes a la parte primitiva donde se descubran mayores problemas de sustentación, a la par que se proceda al desmonte definitivo del campanario, que queda desolado tras el movimiento sísmico. Así las cosas, hay que levantar uno nuevo, que nace adosado al anterior, del que perviven los primeros cuerpos de su alzado. La nueva obra se realiza en ladrillo con unas técnicas absolutamente respetuosas al modelo constructivo ya existente. Tiene cuatro cuerpos, violando la tradición que al respecto siempre hubo en la arquitectura sacra, pues es difícil descubrir un campanario que no posea un número impar de cuerpos. A propósito, fueron cinco los marcados como idóneos por los alarifes mudéjares y los maestros de obras del renacimiento y del barroco. Otra particularidad más la de esta Iglesia. En definitiva, Cirre concluye en 1814 el campanario que había iniciado en 1805.

Antes de marcharse los franceses, se recibe el informe de Federico Quilliet, agregado artístico de los ejércitos de Andalucía, nombrado en el cargo por el Ministro del Interior, gracias a sus conocimientos de arte y a haberse encargado de las tareas de conservación de las piezas escogidas para formar el Museo Josefino (origen del Prado); el francés supo especular con todo tipo de pinturas hasta el punto de señalarlo como responsable de buena parte de las rapiñas de los napoleónicos. Quizás a él se le deba la pérdida de ciertos lienzos que dejan de ser inventariados en esta Iglesia a la salida de la tropa invasora.

Pero los verdaderos varapalos empiezan a vivirse a raíz del 30 de abril de 1852, cuando se reciba la decisión competente que ha determinado que la Iglesia Mayor pierda su condición de colegiata, posiblemente ante la imposibilidad de mantener a la decena de canónigos y seis beneficiados que solían estar relacionados con este tipo de dignificación eclesial. Sin duda, la cuantía económica que posibilita a la Iglesia Mayor, venía dada de sus propiedades en tierras de cultivo. Los experimentos del siglo XIX y cambios de productos, los convulsos años del azúcar y la desamortización de bienes que afectaría a la Mayor, están detrás de la muy cuestionada posibilidad de mantener el rango eclesial y por tanto, de la decisión romana y la ratificación arzobispal que supuso la pérdida del grado colegial. Durante casi 110 años lo fue.

La decrepitud eclesial en estos tiempos de un recio anticlericalismo gubernamental está muy extendido. Ya ha habido que demoler en 1842 el convento franciscano de la Inmaculada, que se erigía a las espaldas de la Palma, que en una amenazante ruina por los expolios franceses y los efectos de la exclaustración, pasarían a manos privadas.

Esta suerte de desgracias vienen además acrecentadas tras el inventario patrimonial que se realiza en 1880. En el mismo, va a especificarse que se desconoce el paradero del retablo que pintara para la Capilla del Vicario Herrera el famoso Pedro Machuca. Podríamos especular acerca de por qué en estas fechas anda perdido. Lo cierto es que del capítulo de destrozos y destrucciones que infringen los republicanos en esta Iglesia durante la Guerra Civil, hay que sacar esta pieza, con probabilidad de lo más destacado. Me inclino a pensar que fueron los propios franceses bajo los dictámenes y observaciones de Quillet los que dieron buena cuenta del retablo conformado mediante tablas pictóricas. La otra de las suposiciones puede versar en una venta ante necesidades de pago de la Colegiata, por lo apreciado del conjunto. Sin duda es más probable el primero de los ejercicios de heurística que propongo. Una esperanza al continuado malestar de la institución eclesial lo trae la reina Isabel II al aceptar el 8 de mayo de 1863, el cargo de hermana mayor honoraria a perpetuidad de las hermandades de la Vera Cruz y de Nuestra Señora de las Angustias, agarrándose el clero al profundo sentimiento religioso de la monarca.

El 6 de diciembre de 1882 inicia una visita pastoral de una semana a Motril el Arzobispo Bienvenido Monzón Martín (que lo fue de 1866 a 1885). Poco después, en 1888 se inicia la nueva solería del Templo, desde la escalinata simple de acceso al ajedrezado del interior. Se culmina en 1889 siendo Párroco don Francisco García. La solería sobria, vendría a sustituir a otra necesaria de una pronta reposición.

Expira el siglo XIX, el que va a suponer el verdadero debacle de nuestra Iglesia. El terremoto de 1884 afortunadamente no ha afectado la construcción, que sí sufrió el azote del temblor de 1804. Ese 25 de diciembre de 1884, se produce el derrumbamiento de la torre de la Iglesia de la Victoria, la Casa Capitular que fue de los Mínimos y parte de Hospitalicos. Quizás algo de qué congratularse. De ahora en adelante, vendrán mayores tormentos patrimoniales y de conservación para la Iglesia. Nos adentraremos en el siglo XX y la terrible Guerra Civil.

martes, 16 de noviembre de 2010

Iglesia Mayor de Motril (VII)

El convulso siglo XIX

No habrá un periodo más inoportuno en la historia eclesial española que el vivido a lo largo de la centuria decimonónica, con lo que ello viene a significar para las artes y disciplinas decorativas relacionadas con la clientela religiosa, el principal de los mecenazgos patrios ayer y hoy. Aún así, el siglo XIX viene precedido en cuanto a lo funesto para la tradición estética asumida por la Iglesia, de la mano del academicismo que implanta en España Carlos III. Sin interés alguno por criticar los muchos aportes que la Real Academia de San Fernando logra, lo cierto es que los nuevos aires que los academicistas van a traer, supone una ruptura con el pasado artístico que se venía manteniendo, la imposición de un nuevo lenguaje dispuesto a abominar del barroco (y en menor medida del gótico), de la retablística, del empleo de materiales vernáculos como la madera o de las cuidadas formas de la liturgia hispana, (tan hispana como romana), que se envuelven en ese propósito dinamizador de modernizar la nación.

El neoclasicismo se había impuesto con el interés de derrocar los estilos precedentes y las tipologías de tan marcado arraigo. Es la Academia ahora la que dicta cómo y de qué manera hay que emprender las nuevas construcciones y destierra el empleo de la madera en los Altares de siempre previendo posibles incendios. De igual manera, se hace un estudio sobre el mundo cofrade, a resultas del que se eliminan en toda España más de quince mil hermandades de las 20.000 que en el año 1789 consigue anotar el Real Consejo de Castilla. A todo esto, los próceres de la Patria observan que los bienes eclesiales pueden ser la solución para aumentar los caudales de las exiguas arcas estatales y empiezan a oírse y redactarse los primeros proyectos “desamortizadores”. Para cuando muera Carlos III, en España se sabe de la Revolución Francesa, queda menos para dar por finiquitado el Antiguo Régimen (que si bien hubo de ser enterrado, no es menos cierto que para los empréstitos artísticos de las Iglesias españolas, sería un verdadero varapalo) y las primeras tensiones anticlericales se dejan ya notar.

Así se cambia a un nuevo siglo que vendrá marcado por el Directorio del General Napoleón, investido Emperador y que codicia una Europa bajo pabellón francés. No iba a quedar España fuera de los proyectos imperialistas del Bonaparte y la conocida invasión francesa, causará demasiados estragos en el patrimonio español, que a fin de cuentas es lo que en esta secuencia de artículos conmemorativos del V Centenario de la Iglesia Mayor de Motril nos interesa. Porque en concreto, será en febrero de 1810 cuando Motril sea tomada por las tropas napoleónicas que inician una carrera de saqueos, destrucción de obras de arte y expolio decorativo que sólo tiene comparación con el que protagonizaría la izquierda política en 1936.

En marzo de 1810 el Convento de la Victoria se convierte en hospedaje de las tropas francesas, las mismas que en julio de ese año terminan por saquearlo y sacar fuera de nuestras fronteras parte de sus elementos litúrgicos. Los desmanes de los franceses tendrán en nuestra patria chica una respuesta. El patriota guerrillero Juan Fernández, alcalde de Otívar, fusila a los dirigentes motrileños afrancesados en la pared de la Iglesia Mayor como represalia por su posicionamiento ideológico, su traición a la Patria y sus desmanes autorizados por el Gobierno Francés del rey usurpador José I Bonaparte. Cuando Motril logre la victoria sobre el invasor, será el 2 de junio de 1812, produciéndose entonces la retirada de las tropas francesas. No se van con las manos vacías: se llevan los cuadros de la Iglesia Mayor, saquean el Archivo de la Colegiata y roban piezas litúrgicas de casi todos los edificios religiosos de Motril, posponen obras de mejora y adecentamiento ya iniciadas y dejan en estado ruinoso el Convento de la Victoria, el de los Franciscanos y las Ermitas de San Sebastián o la de la Aurora.

El siglo dejará todo un reguero de malas noticias, de hechos fortuitos como este de la Guerra de la Independencia o naturales, incontrolables, caso del demoledor terremoto del día 13 de enero de 1804, origen del Voto de la Ciudad a Nuestra Señora de la Cabeza Patrona de Motril, y a Jesús Nazareno, que se salda con la ruina de Hospitalicos y su Iglesia, el desplome de la Torre de Campanas de la Iglesia Mayor y otras afecciones al patrimonio inmueble local.

Para culminar el tortuoso recorrido por las desgracias decimonónicas para la Iglesia de Motril, hay que sumar a la Guerra, la Desamortización del ministro Mendizábal, que hace que el Convento de la Victoria sea en 1839 las oficinas de Hacienda y de Correos y el de los Franciscanos un Cuartel de Infantería (amén de desposeer del uso para el que fue pensado al de Capuchinos). La muerte de edificios pensados para el desempeño de una actividad concreta que los mantengan con el ornato y cuidado precisos, hace que el Convento franciscano entre en estado de ruina, perdiendo Motril las casas monasteriales y la Iglesia en 1842, cuando ha de ser derruido. Pocos años después, la epidemia de Cólera de 1855 hace estragos en la población. Recuerden que España pierde en este siglo sus colonias y con ello parte de sus beneficios y de su imagen internacional que junto a la Guerra de la Independencia, terminan por dejar en bancarrota a la Nación.

El 25 de diciembre de 1884 se produce un nuevo terremoto, más virulento si cabe que el anterior, que asola varios pueblos de la provincia y que en Motril, junto a las víctimas, se salda con no pocas viviendas particulares en estado de ruina y el derrumbamiento de la torre de la Iglesia de la Victoria, la Casa Capitular que fue de los Mínimos y parte de los Hospitalicos. A fin de cuentas, esta última edificación es declarada ruinosa y termina por desaparecer en 1888, cuando el Hospital se traslada a las que fueron dependencias conventuales de los Capuchinos (hoy residencia de ancianos) conservándose del conjunto, la Iglesia.

Este panorama deja ideas de lo funesto que será el siglo; ante situaciones de este tipo no es difícil aventurar que no será buena época para el desarrollo de un edificio que ha vivido a lo largo del siglo XVIII su mejor momento, alcanzado un esplendor difícil de imaginar.

Aún así, empezó bien, por cuanto el 6 de febrero de 1801, María Josefa Ruiz de Castro expresa su intención de fundar una Capilla a San Juan de Nepomuceno en la Iglesia Mayor, y dos años después, en 1803 el tallista Juan de Villoslada termina la sillería del Coro acorde al ambicioso proyecto “musical” iniciado ya el siglo anterior. Ese mismo año se concluye la citada Capilla, que supone una nueva ampliación de la Iglesia, ya con dimensiones que le confieren plantas y tamaños que para sí quisieran algunas catedrales hispanas, al tiempo que la de nueva obra se dota de Altar y elementos litúrgicos que enriquece aún más el tesoro sacro motrileño.

Con todo, el varapalo del terremoto obliga a que el 25 de enero de 1804 el arquitecto Miguel Cirre y los maestros de obras de Motril, empiecen las actuaciones para evitar el derrumbe de la Iglesia Mayor tras el terremoto, que se ha cobrado la primitiva Torre de Campanas.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Iglesia Mayor de Motril (VI)

Auge y declive (1743-1800)

En el año de 1743, moría a los 80 años de edad don Luís Antonio de Belluga y Moncada, el Cardenal que consigue para la Iglesia Mayor los mayores empréstitos tanto de fábrica como de mercedes. Como una premonición, la muerte de uno de los más preclaros motrileños de la historia, marca el final de una etapa gloriosa y en auge vivida por la construcción eclesial que nos ocupa.

La pérdida de uno de los protectores y mecenas del Templo no iba a ser sino una de tantas vicisitudes nada favorables con las que ha de lidiar la Parroquial en el periodo señalado en el título de este artículo. Un año después de la luctuosa noticia, es nombrado gobernador político y militar el que pasará por ser el peor recordado de cuantos ostenten el cargo, José de Trell; sufre Motril un periodo de profunda decadencia del cultivo del azúcar y a la pérdida hegemónica española y la Guerra de la Sucesión al trono, le sigue una época donde el Estado en sí, es la sombra de lo que un día llegó a ser. Todo ello, con razón influirá no ya en el desarrollo, sino en el mantenimiento de lo logrado por la Iglesia de la Encarnación.

No debía estar atravesando un buen momento la economía eclesial, por cuanto en 1745 se solicita un préstamo a la Curia Metropolitana que esta deniega; en concreto preocupaba el mal estado del órgano, que se hace inservible en 1746, dejándose de incluir en las solemnes ceremonias litúrgicas de la Encarnación dicha pieza y obviamente, perdiéndose los contratos que organistas y capillas de música tenían con la Parroquia, aunque vino a ser un bálsamo entre tan malas noticias la sanción favorable de Fernando VI, con fecha del 11 de diciembre de 1747, aviniendo a declarar Colegiata a la edificación.

Repuesta la flamante Colegiata, ve una nueva ampliación en 1749, año en el que se funda y comienza a construir la Capilla del Sagrado Corazón costeada por la Congregación del Espíritu Santo, terminándose las obras en 1750. Esta construcción añadida en el lado del Evangelio del crucero, nos ha llegado intacta a nuestros días, tratándose de una capilla cubierta por bóveda de cañón que disponía de una sacristía propia (esta sí desaparecida) para el uso privado de la Congregación que la impulsa.

La curiosidad documental viene de la mano de la declaración como Colegiata: si la Parroquia se consagró, costumbre en la Archidiócesis, a al Encarnación de la Virgen, con la otorgación del grado colegial, pasa a denominarse de la Anunciación, como consta en documentos de 1756. Algo antes, se había conseguido arreglar el órgano, de barroca maquinaria, tras siete años de un silencio impuesto. Todo nos hace pensar que las dotaciones de la Iglesia volvían a ser factibles y que esta retomaba su curso habitual.

Pero será a raíz de la visita del Arzobispo de Granada, Pedro Antonio de Berroeta (que lo fue de 1757-1775) cuando la Encarnación sufra una de las modificaciones estéticas que van a conferirle el carácter actual y el patrimonio mueble a la altura de su dignidad, el mismo que la ideología de izquierdas acabó por destruir. El Arzobispo, aconseja pasar el Coro a los pies de la nave, hacer una nueva sillería en este espacio, construir nuevo órgano y dotar de elementos litúrgicos apropiados la Colegiata, que se había visto enriquecida por las generosas donaciones del Cardenal Belluga.

Y en efecto, un 8 de agosto de 1760 se solicita la construcción de un nuevo órgano para, tan solo un año después, el 17 de junio de 1761 aprobar el proyecto de Mateo de Zea para el nuevo coro, que se termina en diciembre de 1761, pasando a los pies de la nave principal, sobre el testero oeste de la misma, en el espacio que actualmente ha venido a ser reconvertido en Baptisterio. El órgano se estrena en 1763 dando a cuenta el anterior, que tenía 123 años. Una impecable pieza tardobarroca que ardió en 1936. Acaba de empezar un pródigo proceso de enriquecimiento de la Colegiata, una etapa paradójica a caballo entre auges y declives. Qué mejor exponente que la Capilla que los cofrades de Jesús Nazareno, a imagen y semejanza de la de los Dolores, levantan en el lado del Evangelio del crucero. En 1765 comienzan las obras que finalizarán en 1767. Un año antes, en 1766 se inaugurar el nuevo reloj en sustitución del que había dejado de funcionar años atrás y al in, en 1770 se soterra y ciega la escalinata primitiva de acceso a la Iglesia Mayor en donde se había instalado el coro.

La década posterior ofrece nuevas empresas artísticas. Así, en 1780 se concluye el Retablo de la Capilla de Santa Teresa, obra del tallista granadino Antonio Cabello y se instaura la Capilla del Cristo de Pataura, la segunda del lado el Evangelio del Presbiterio. Se trajo la Imagen desde Pataura y se construyo el Retablo y el Camarín. Más hubo de empezar un periodo traumático; en 1783 se sufre una inundación a causa de continuas lluvias que afectan las cubiertas de la nave central y del crucero, a la que sigue el terrible año de 1785, escenario de problemas económicos para la Iglesia Mayor, que se ve obligada a reducir canonjías y paralizar las obras de restauración de las cubiertas.

Para colmo, en 1789 muere el último de los grandes monarcas hispanos: Carlos III

viernes, 12 de noviembre de 2010

Iglesia Mayor de Motril (V)

Entre dos siglos. Motril y su Iglesia Mayor (1679-1742)

Las dos últimas décadas del siglo XVII (y cuantos años posteriores quedaran afectados por el incidente) iban a estar marcadas por la grave epidemia de peste que asola buena parte de Andalucía; ese 1679 iba a ser demoledoramente aciago. El 10 de abril fueron visibles los comienzos de la Peste que duraría hasta comienzos de agosto de ese año, al punto que de las 1715 viviendas, se afectaron 1439 (84 %), quedando pues sin contagiar sólo 276. Murieron 1750 personas, aproximadamente el 38 % de la población.

Tan luctuosa pandemia aguijoneará la devoción popular, sucediéndose las procesiones, los votos (como el que se consagró a San Antonio) y las colectas para la rehabilitación de ermitas, caso de la de San Roque, que pasa a ser del Carmen, por las peticiones lanzadas a dicha advocación en el transcurso de la epidemia. Así iría pasando los últimos años del siglo, hasta que la llegada del Arzobispo Arzobispo Martín de Ascargorta en 1697, supone un acicate para el decoro y engrandecimiento de la Iglesia Mayor, pues este recomienda que las generosas rentas que recibe el Templo, sean destinadas a la confección de ornamentos litúrgicos de calidad, al tiempo que se haga un nuevo Retablo Mayor, acorde con los tiempos. En una palabra: el patrimonio para culto de la Iglesia Mayor, estaba en precario.

Los sacerdotes hubieron de ponerse las pilas; el 4 de julio de 1704 se había reunido la cuantía económica precisa para encargarle al tallista Jerónimo de la Cárcel, con una reputación para entonces fuera de dudas, una nueva pieza retablística. El Retablo, al gusto del barroco más delirante, siguiendo los patrones de las maquinarias churriguerescas, se comienza en 1706, se concluye su fase de talla en 1716, empezándose entonces la de dorado, que se finiquita en 1719, tras trece años de trabajos que constituyeron una de las mejores fábricas de la retablística andaluza de la época. En sí, este nuevo Retablo Mayor, no iba a tener comparación con cuantos hubo y habría en la comarca, amén de poseer una de las mayores atenciones en su conjunto.

De tres calles y tres cuerpos más ático y sotabanco, la pieza quedaba presidida por un baldaquino exento bajo el que se refugiaba el Sagrario, seguido del altorrelieve de la Anunciación de María y coronado todo ello por el afamado Cristo de Guájar. En las calles laterales, se alojaban los Evangelistas, de tamaño mayor al natural, al tiempo que el orden colosal era recorrido por columnas salomónicas. Un muy notorio conjunto que estaba llamado a ser uno de los más destacados de toda la provincia, destruido por la República española.

Durante estos trece años, en Motril, el trasunto religioso se afianza y acrecienta. Así, en 1699 se concedía la fundación de un Monasterio de Agustinas Recoletas, se creaba en 1713 la Hermandad de la s Benditas Ánimas y se construían el citado Monasterio y la Iglesia del Hospital de Santa Ana, los Hospitalicos en 1719. No iba a acabar el año sin una alegría para el pueblo de Motril, cuando Clemente IX hiciera Cardenal al paisano Alonso de Belluga.

La Iglesia Mayor modificaba su aspecto primitivo de fortaleza y edificio de refugio pero no podía obviar sus dos siglos como epicentro de la defensa de la población. De otra manera no se entendería el traslado del almacenaje de pólvora y de armas, hasta la Torre de la Iglesia, un 12 de julio de 1707, que constituirá un movimiento vecinal opuesto a convivir con tan peligrosas mercancías.

Decíamos que iba a tener Motril motivos para festejar la concesión del capelo cardenalicio a uno de sus hijos, no haciéndose esperar las muchas dádivas y mercedes que don Alonso tendría para con su patria chica. Y así, un 8 de diciembre de 1729 funda una Capilla que ha de levantarse conjunta a la Iglesia Mayor, bajo la advocación de Nuestra Señora de los Dolores. Acababa el Cardenal de otorgarle a Motril, el más interesante de los contenedores patrimoniales que nunca antes tuvo y desgraciadamente tendría. Comienzan sus obras el 30 de noviembre de 1730, espaciándose durante tres años. El siguiente de los capítulos de su fábrica, fue encargarle en agosto de 1733 al muy acreditado arquitecto y decorador José de Bada y Navajas (1691-1755) la decoración y enriquecimiento de conjunto.

José de Bada, sin duda alguno, firma los más originales y meritorios conjuntos del tardobarroco español, caso de los de la Basílica de San Juan de Dios, el Monasterio de la Cartuja, la Iglesia del Sagrario Catedralicio o el Palacio de Bibataubín en Granada, como cuantas capillas-camarines deja en la Subbética cordobesa. A sus cualidades sumaría el Cardenal Belluga todos sus empeños por hacer de esta Capilla, centro de la espiritualidad del lugar, pero todo un artificio de decoración, suntuosidad y calidad marmórea, más propia de Roma que de Motril.

En 1737 llegaba el envío que había efectuado: grandes cajones con elementos litúrgicos, candeleros, vasos sagrados, un retablo desarmado, lienzos y un sinfín de reliquias, vienen a constituir la grandeza del espacio. Todo está instalado y previsto para su consagración litúrgica, un 15 de septiembre de 1739. Y a todas luces, es la Capilla más suntuosa de la ciudad y de su comarca. El nuevo Retablo y tan envidiable espacio sacro, han terminado por hacer de la Iglesia Mayor, el referente artístico de la primera mitad del siglo XVIII en el antiguo Reino de Granada.

Y a pesar de ello, el Cardenal Belluga aún guarda una última sorpresa, solicitando un 26 de mayo de 1740 que la Parroquial motrileña pasara a ser distinguida con uno de los mayores rangos eclesiásticos previstos por Roma para un edificio sacro. De tal modo, un 21 de noviembre de 1742, el Sumo Pontífice Benedicto XIV concede el grado de Colegiata a la Iglesia Mayor, merced a las súplicas y peticiones del Cardenal Belluga, pasando pues a obtener las prebendas mayores conocidas por este Templo de 500 años.

Porque sin duda, la época de esplendor por antonomasia para nuestra protagonista, la Vieja Iglesia, fue esta.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Iglesia Mayor de Motril (IV)

El siglo XVII o el esplendor de la ciudad.

El siglo de las luces lo será igualmente para Motril, o al menos hasta 1670, y ello por una sucesión de logros, conquistas y progresos que determinan definitivamente la supremacía de esta población sobre las demás de la comarca, marcando más si cabe las diferencias.

En primer lugar, se había alcanzado la nada desdeñable cifra de 4.300 habitantes hacia 1600. Ello obliga a dividir la ciudad en ocho barrios, a ejecutar nuevos proyectos y servicios y a hacer obras que hoy día siguen siendo de un valor patrimonial indiscutible. Es el caso de la terminación del Convento de la Victoria, de la portada manierista del Templo referido, de la fundación de conventos para franciscanos y capuchinos, del asentamiento de una comunidad de monjas, la erección del Monasterio agustino de la Visitación, la nueva torre defensiva del Varadero, el refuerzo y ampliación de murallas...

La Curia distingue a la Villa haciéndola cabeza de partido eclesiástico en 1609; se levanta una Casa de Comedias (1613), el edificio del nuevo Ayuntamiento y de la Iglesia de la Virgen de la Cabeza, se restaura y remodela la ermita de San Roque, se funda la de San Antonio, se crean hermandades como la de la Vera Cruz (antes de 1625), Nazareno (1634) o Refugio (1644) y el rey Felipe IV, eleva a Motril al rango de ciudad, le da títulos y le concede un escudo de armas con el uso de la corona. Se ha caminado hacia el asentamiento definitivo de una población que mira a las vecinas, por encima del hombro.

En cuanto a nuestra Iglesia, este mismo crecimiento social repercute en su fábrica. Si el siglo XVI sirve de definitivo asentamiento formal de este edificio, consolidado como una pieza defensiva., sacra y de plenas formas cristianas, ahora se ve enriquecida no ya tan solo en dimensiones sino en calidades, proyectos y artistas involucrados en la misma. Con diferencia, será este primer periodo del siglo XVII el definitorio para la Iglesia Mayor.

Desde 1599 se venía solicitando a la Autoridad Metropolitana la ampliación de una Iglesia incapaz de acoger a tantos fieles merced al crecimiento poblacional de Motril. Al fin, será el Vicario el que arranque al Arzobispo Pedro de Castro, en 1602, dicha autorización. Así las cosas, al año siguiente, se procede a derribar las casas anexas al templo, con el fin de elevar hacia el testero del este, un crucero de sobredimensionadas proporciones que acoja a los nuevos fieles y dote de una distinción constructiva al conjunto. Será así como se expropie la casa de la familia Peralta y las adyacentes para este fin.

Con el espacio propicio, la obra es encargada por la Curia Metropolitana de Granada, nada menos que al maestro mayor de obras de la Catedral granadina, el prestigioso Ambrosio de Vico, que desde 1604 se dedica al propósito de elevar un crucero. Sufrirá Motril por espacio de 14 años el lento y preciso ritmo constructivo de este nuevo cuerpo adosado a la nave central. A lo largo de estos 14 años, se hubo de desembolsar la importante cifra de 99.831 reales, que venían a ser 3.394.254 maravedíes; si atendemos que por un maravedí podía comer una familia de la época durante una semana, el precio resulta elevado y fruto de los desembolsos constantes de la nobleza y oligarquía que empieza a ser habitual en el Motril del seiscientos. Un barco de amplio calado, costaba algo más de 1.800 ducados de plata. Pues con este costo, que equivale a 9.052 ducados de plata, pudiera haberse adquirido 5 barcos.

El Crucero es de una sola y amplia nave, sobresale ante la nave central, se cubre con bóveda de cañón que descarga en arcos fajones de medio punto y sostiene la capilla mayor mediante cuatro columnas en las que vienen a descargar el peso los arcos torales. Se trata de un modelo clasicista que evidencia ya el barroco, de dimensiones descomunales para la época, a tenor igualmente de las otras obras del momento (no ya en Motril, sino en todo el antiguo Reino de Granada). Dirigidas las obras por el citado Vico, en ellas intervinieron autores como Miguel Castillo, encargado de hacer los pilares torales. El conjunto fue sancionado positivamente y tasado, por el maestro mayor de las obras de la Alhambra, Francisco de Potes, en 1624.

Mientras duraron las obras, se levantó una pared que dividía la nave central del añadido, hoy su crucero y capilla mayor. Esta se derribó en 1611, lo que da idea de lo avanzado del proyecto a pesar de lo que restaba por concluir. Se pudo costear el conjunto con intervenciones tales como las ventas de capillas para enterramiento, que adquirieron, por ejemplo, el Vicario Bartolomé Valverde de Haro.

En la Iglesia, por espacio de varios años y hasta 1631, se venerará a la Virgen de la Cabeza, originando el famoso pleito que da lugar a su nombramiento como Protectora y Patrona de la Ciudad. En 1640, se sigue ampliando patrimonialmente el edificio, en esta ocasión con un nuevo órgano firmado por Gaspar Fernández de Prados.

Que Motril goza de una época dorada (o al menos más resplandeciente que en ninguna otra época anterior) sigue reafirmándolo algunos de sus vecinos. En esta Iglesia, se casan en 1646 Sebastiana y en 1648 Alonso de Mena y Medrano, hermanos del muy afamado escultor granadino Pedro de Mena. Aquí es enterrado en 1650 el siempre recordado e ilustre motrileño Tomás de Aquino y Mercado y se reciben las visitas de los Arzobispos Diego Escolano y Ledesma (que lo fue de 1668 a 1672) y Francisco de Rois y Mendoza (de 1673 a 1677).

Para 1674 se cerraba el coro mediante un cancel. Ese mismo año se estrenaba, por necesidades, el nuevo pavimento, en sustitución del anterior que andaba ya deteriorado. La Iglesia, sumaba a su estética de fortaleza mudéjar al exterior, y a la sobriedad de su gótico retardatario, un imponente crecimiento constructivo barroco, solvente, práctico y majestuoso. Antes de expirar el siglo XVII, el paisano Belluga, era ya influyente. Así las cosas, el siglo que sigue sería el definitivo para la consecución de uno de los conjuntos eclesiásticos más interesantes de la Archidiócesis.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Iglesia Mayor de Motril (III)

El siglo XVI: la consolidación formal de la Iglesia Mayor.

El Vicario don Gonzalo va a ser una de las personalidades más relevantes de este nuevo Motril, como pone de manifiesto las muchas actividades que encabeza y de las que es nombrado responsable, caso de la pretendida y siempre alargada erección de la muralla defensiva de la villa. Lástima que la nebulosa de la historia y la desidia local hayan terminado por dejar en el olvido al insigne presbítero.

Para las fechas de 1526, Pedro de Machuca de nuevo es solicitado por don Gonzalo Hernández de Herrera, para que en esta ocasión ejecute los frescos que debieran de decorar la capilla que, en el lado del Evangelio de la Iglesia, estaría destinada a su propio enterramiento. El espacio funerario queda concluido hacia 1530, al tiempo que el mencionado don Gonzalo no fallecería hasta siete años después. La trascendental importancia de estos frescos, a decir del prestigioso historiador José Pijoán Soteras (1880-1963), suponen toda una triste pérdida por cuanto la pintura admirable de Machuca situaría hoy día en la órbita de los estudios artísticos esta Iglesia Mayor nuestra.

Ese 1530 los réditos eclesiales en forma de marjales en la vega empiezan a dar su fruto. Buen año de progresos en Motril, en tanto que está en marcha la nueva muralla, se ha construido la Torre del Varadero, e igualmente, se eleva el nuevo campanario de la Iglesia, ya que hasta entonces la conocida Torre de la Vela había desempeñado estas funciones. La torre con su cuerpo de campanas, rectangular y alta, se ubica en la parte izquierda del testero oeste de la Iglesia. Así, con todos los elementos formales (arquitectónicos, estéticos y litúrgicos), la Encarnación es ya una referencia constructiva y devocional en la sociedad motrileña, la misma que a finales de marzo de 1537 asiste a la muerte del Vicario Herrera, que se despide del mundo de los vivos otorgando en su testamento la nada desdeñable cantidad de 922 marjales para el provecho de este templo. Algo así se repetirá en 1545, cuando el vecino Pedro Tamayo funde y costee una nueva capellanía que empieza a sugerirnos los suculentos empréstitos que lograba el casi reciente edificio eclesial.

Será este segundo tercio del siglo XVI poco interesante por cuanto los esfuerzos constructivos y las dotaciones patrimoniales ya estaban cumplidos. Sí es cierto que a pesar del buen órgano con el que contaba desde 1522 la Iglesia, en 1547 se encarga uno nuevo que hubo de ser francamente modesto, porque al poco ya estaba inservible. Eso sí, en las ceremonias cultuales se puso especial cuidado, ya que había partidas constantes para pagar a los organistas.Pronto, la población motrileña irá en aumento hasta el punto de necesitarse una nueva Iglesia o en su defecto, la ampliación de la existente. Así las cosas, los presbíteros y regidores motrileños, manifiestan este deseo ante el Arzobispo Pedro Guerrero (1546-1576), cargado de fama al haber sido ponente del Concilio de Trento. No debía ser mucha la inquietud de la Curia Metropolitana, porque nada más se sabe al respecto de la solicitada ampliación, aunque sigua dotándose a la Encarnación y por ende a la población, al inaugurarse en 1562 el primer reloj público del lugar, sobre la Torre de la Iglesia, aunque no nos quede definitivamente claro si en la de la Vela, o en el campanario del testero oeste.

Once fueron los años que hubo que esperar hasta que don Pedro Guerrero dio su consentimiento a las obras que vinieran a mejorar esta Iglesia. En concreto, en 1566, el Cabildo de la ciudad costea las obras de explanación del espacio que linda con la Plaza Mayor (la actual Plaza de España) con el fin de convertir aquello en un atrio decente y significado al que abrirse la portada del sacro edificio. Ese mismo año se proyecta una nueva pila bautismal acorde con los programas decorativos que imperan en la época. Hubo de ser grandiosa, por cuanto, hecha en jaspe, contó con la participación de un cantero (de ascendencia gala, Pierrres Macera) y no en balde, pasaron 11 años de nuevo hasta su conclusión y estreno en 1577. Ese mismo año, moría el Arzobispo.

Pronto, surgen nuevas Iglesias y espacios sacros en Motril. En 1580 el Convento de la Victoria y su templo, y en 1583 la ermita de San Roque (hoy Iglesia del Carmen), en recuerdo de la epidemia sobre la que salvíficamente actúo el santo citado y que sirvió para nombrarlo protector de Motril. Así también, la ermita de Nuestra Señora de la Cabeza (el Real Santuario de la Patrona) sigue atendida y todo ello hace que se disipe las necesidades de enriquecimiento y ampliación de la Encarnación.

Que no quiere decir que la Iglesia no sea convenientemente remozada, con elementos que le configuran un aspecto más propio, pues no debemos perder de vista que estamos ante una masa edificatoria con la función, también, de fortaleza para los vecinos ante los continuos ataques piratas y las levantiscas de los moriscos. Y por ello en 1588, el Coro en alto donde se situaba el órgano, ve como la viga de madera que lo sostiene se sustituye por otra en jaspe, a juego con la ya mencionada pila bautismal. Y de nuevo otra coincidencia, porque en ese año de 1588, moría el Arzobispo granadino Juan Méndez de Salvatierra, que lo fuera de 1577 hasta esa fecha. Si se dan cuenta, cada vez que entraba jaspe en la Encarnación, salía difunto el sucesor de San Cecilio en Granada.

Las casas se amontonan alrededor de edificio. Sus imponentes medidas y lo estudiado de sus materiales, sirven de defensa y cobijo. Sustituye además la traza de muralla que hubiera de existir pero cuyas obras anda en continúas parálisis. Algo de orgullo debía ya despertar la obra, para que el regidor Alonso de Cárdenas se planteara la expropiación y demolición de los edificios que la encorsetaban, con el fin de aislar la Iglesia, procurarle una mayor protección y que sirviera para ese doble uso religioso y defensivo. Costaban las obras, como así presupuestaron, la muy respetable cantidad de 3.200 ducados. Y nunca será fácil de afrontar.

El grandioso Pedro de Castro Cabeza de Vaca y Quiñones, Arzobispo de 1589 a 1610 y uno de los más influyentes prelados españoles, se digna a visitar la Villa y la Iglesia en febrero de 1591. Será entonces cuando oiga de primera mano las peticiones de ampliación, al tiempo que aprovecha para conocer la realidad eclesial de Motril. Que en parte, tuvo que estar al servicio más que espiritual, porque solo 3 años después de esta visita, en 1594, para refrendar su carácter de fortaleza, la Iglesia se abre para refugiar a los habitantes, se cierran sus puertas, se montan las piezas de artillería en la Torre de la Vela y se espera lo peor. El Capitán General de Orán (en manos españolas entonces), ha advertido por misiva que Motril sufriría un ataque berberisco. He aquí otra de las importancias históricas añadidas a la Iglesia que nos ocupa.

Y cuando va a expirar el siglo XVI, al fin, las peticiones de los motrileños trasladadas por su vicario, son oídas en Palacio Arzobispal. Y el Arzobispo don Pedro de Castro, que vive la convulsión inmaculista en Granada, autoriza las obras pertinentes con destino a la ampliación de esta Iglesia, que irá progresivamente alcanzando las dimensiones y estéticas definitorias de su imponente estructura constructiva. Y en el siguiente de los números, en los que nos estamos empeñando en celebrar estos 500 años de vida del primer monumento y edificio de Motril, contaremos esta nueva imagen que cobra “la Mayor”.

martes, 9 de noviembre de 2010

Iglesia Mayor de Motril (II)

El nuevo edificio eclesiástico

Desde que en el año 1501 se solicitara la erección de un nuevo edificio sacro con destino a la atención de los fines espirituales de Motril, hasta que se pusiera su primera piedra, hubieron de transcurrir, casi nueve años, que dan perfecta cuenta de la trascendencia de la obra así como de la precariedad de las arcas de la Corona (benefactora per se de las construcciones eclesiales en el Reino de Granada) y la lentitud burocrática, que no obstante, sirvió para poner en la órbita diplomática (al menos a través de las correspondencias) a un Motril morisco, disoluto y levantisco con Roma y las cancillerías reales hispanas.

El edificio se proyectaba sobre la que fuera Mezquita Aljama de la ciudad. Viene confundiéndose la mezquita de los viernes (día sagrado de los musulmanes) con la mayor de cada población. En el caso de la que se levantaba en el espacio que hoy lo hace nuestra Iglesia Mayor, se trataba de una de las cuatro mezquitas de la ciudad y segunda en importancia, que seguro terminaría (en los últimos reinados nazaríes, el rezo de los viernes era dirigido por imanes afines a la política real, y por tanto, las mezquitas elegidas, verdaderos hervideros del pulso social y político, tan convulso a lo largo de todo el siglo XV) relegando a la propia Mezquita Mayor.

La primera piedra de la Iglesia se colocaba un 8 de noviembre de 1510, fiesta del Papa San Adeodato. Ya era Vicario el ilustre Gozalo Hernández de Herrera, encargado de poner esa primera piedra en nombre del Arzobispo Antonio de Rojas Manrique. Las obras le fueron encargadas a Alonso Márquez, imaginamos que un alarife proveniente de Castilla y al servicio de la necesitada Iglesia de Granada, en cuanto a maestros mayores y entalladores se refiere.

Este Templo, origen y germen del que actualmente sigue siendo faro estético y cabeza patrimonial de la ciudad, respondía a las pretensiones del mudéjar. Se orientaba del este al oeste (de los pies a su cabecera), siendo de ladrillo y mampostería, enfoscado y con revoque, sobre un esquema de planta de cruz latina y cubierto mediante bóvedas de arista. O lo que es lo mismo, la convivencia entre el tardogótico y el mudéjar (y no esa supeditación del mudéjar a estilos internacionales, como por norma marcaba la historiografía hoy ya trasnochada).

El edificio tarda en construirse cuatro años y veinte días. A lo largo de este periodo constructivo, deja de ser Parroquia la Iglesia de Santiago, en concreto en 1512, con lo que entendemos, el grado parroquial ya le correspondía a la Iglesia en construcción. No sólo habría que pensar en la absorción de la representación eclesial en Motril, sino además en que el Templo, parcialmente, podría ya acoger algún uso cultual desde esta época. Entre otras cosas, porque se había señalado de continuo la precariedad de la Iglesia de Santiago desde su misma reconversión para el uso cristiano.

Lo más curioso posiblemente es que estamos ante una edificación pionera en la diócesis. Si lo usual era que la mezquita pasara a ser instrumento de aculturación y por tanto, de asimilación de nuevo credo por parte de la población morisca, en Motril, además, se construye de nuevas y en esta ocasión con un edifico de relevancia, al menos, en su masa edificatoria. Mientras que en los valles de Lecrín, en la Alpujarra o en las Vegas del Genil y comarcas próximas a la capital, los edificios de nueva traza no llegan hasta 1520 (y en adelante), en Motril ya se está construyendo de nuevas, diez años antes. Para hacernos una idea, la ciudad de Granada, en aquel entonces el verdadero motor cultural del Reino, capital variadamente de este, no construye edificios plenamente católicos hasta mucho más tarde. Así, la Mezquita Mayor de la Alhambra, se mantiene hasta 1576; la del Albaicín, hasta 1590. La de la ciudad, hasta 1704. Motril tiene, entiende y consigue responder a una necesidad: la antigua mezquita, pese a su reconversión, no puede concentrar en su interior la liturgia católica, adelantándose pues, al menos una década a lo que luego sería el común denominador de la Diócesis. Para reforzar la teoría expuesta, valga decir que hasta 1530, eran de nueva planta, en todo el territorio granadino, sólo siete iglesias.

Recia, mudéjar (en connivencia con el gótico y no al contrario) y de pequeñas dimensiones (en torno a los 21 x 7 metros), la Iglesia de la ciudad se terminaba un 30 de noviembre de 1514, fiesta del Apóstol San Andrés. Se consagraría oficialmente como Iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación, en la dispuesta festividad del 25 de marzo de 1515. Pronto, los principales señores y repobladores de la Villa, la dotan económicamente y sufragan los gastos necesarios mediante la fundación de capellanías en nombre de los concomitantes. Así sucede con Pedro de Vitoria, alcaide del Castillo de Salobreña, que en 1519 funda una capellanía. Sólo un año después, la Iglesia, es propietaria de la nada baladí cifra de de 1.130 marjales de cultivo en la vega motrileña, que nos sirve para explicar la pujanza patrimonial que empieza a poseer ya desde la misma década de los veinte del siglo XVI.

No en balde, Bartolomé Alguacil, asociado a las maestrías artesanas de la Diócesis, construye para esta Iglesia su primer órgano en 1521. La obra, que no llega a concluir por sobrevenirle la muerte, se terminará en 1522 de manos de Juan Palomares. Un veedor observa la pieza y la sobrevalora según lo estipulado. Así, se entregan 9.000 maravedíes más de lo acordado, a lo herederos del maestro Alguacil en virtud a lo costeado de la pieza. La solemnidad de las funciones religiosas pasaban indudablemente por la función de la música que desde la Época Clásica formaba parte de las liturgias cristianas.

Es en estas fechas cuando además, vemos la existencia del corporativismo, o si lo prefieren, del asociacionismo religioso en la ciudad. Había nacido en 1517 la Hermandad Primitiva y Principal del Santísimo Sacramento, que en 1523, dada su importancia social, se encarga de gestionar las donaciones, prebendas y recaudaciones con el fin de eregir una ermita extramuros, a la devoción y advocación de San Sebastián, que desde ese año, será tenido por el Patrón de la Ciudad. Ese 1523, Motril había sufrido una epidemia vírica de especial virulencia que, tras la intervención solícita del mártir, remite.

Pero fruto de las muchas mercedes que empieza a atesorar el Templo, es sin duda el trabajo recibido, con toda probabilidad el más apremiante y plausible, ese 1524. Se trata de un Retablo que iría coronado por una Imagen expirante de Cristo, en el sobrenombre popular de Cristo de Guájar, ejecutado por el prestigioso pintor y arquitecto toledano Pedro de Machuca (1485-1550). El insigne maestro, activo en Granada en los trabajos imperiales (luego al frente del Palacio de Carlos V nada menos) desde 1520, envía dicha obra a Motril, no siendo la única que entregue con destino a esta Parroquial. El retablo que nos ocupa, conformado por calles destinadas a acoger pinturas con un definido proyecto iconográfico, termina convirtiéndose en 1526 en el Retablo Mayor de la Parroquial, que se conservará hasta 1704 cuando sus piezas se pasen a distintas capillas de la Iglesia, al ser este sustituido por otro nuevo del maestro barroco Jerónimo de la Cárcel.

Pero todo ello, será objeto de siguientes artículos en esta serie con la que pretendemos poner de manifiesto la importancia de los cinco siglos de historia de la Iglesia Mayor de Motril.