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viernes, 28 de mayo de 2010

María Teresa Bustos Béjar


La primera mujer presidenta de un ente agrupacionista cofrade en Andalucía, camarera, vestidora, miembro de Juntas de Gobierno, cristiana de veras, comprometida con su fe y con los suyos, incansable en lo referente al optimismo, a la mesura, al buen trato... Exponente de un motrileñismo auténtico, sincero, sencillo, cercano. Ejemplo de cordialidad, de afecto, de todo lo que debería significar la dignidad cofrade.

Tenías tantas prisas... Nos dejas herencias impagables, que no contabilizan en los impuestos de sucesiones, que no hay manera de computar. Nos llenas de ejemplos, nos cobijas con tus recuerdos y nos abriga tu memoria.

Serás perpetua mientras tantos como te tratamos, no cejemos en nuestro empeño de imitar el modelo que verdaderamente habría que imitar. El que nos pusiste de frente con tus maneras y tus formas.

Y cuando estés recostada sobre el pecho eterno de la Esperanza, de la misma que un día meciste en tus manos y en donde te acunas, no te olvides de nadie, que tú ya has conquistado las parcelas de Dios pero a los demás, nos hace falta mucho de tus modos y queremos verte por siempre, años ha, en esos pagos de la vega celestial.

Descanse en paz María Teresa Bustos Béjar, que anduvo con prisas para ejercer de camarista a perpetuidad de la Madre de Dios de la Esperanza.

"No nos entristezcamos por su pérdida. Alegrémonos por haberla tenido" (San Agustín de Hipona)

Autovía de la Costa Tropical

Felicidades... A todos los hipócritas, a todos los chupópteros, a todos los politicuchos de tres al cuarto que no sirven ni para estar escondidos. Se os ha puesto grande y se os ha hecho mayor la bola. Está mejor que nunca, más lustrosa que nunca. Cumple hoy 20 años. Muchas gracias por dejarnos esta mierda en las entrañas del terruño más subdesarrollado de la Europa Comunitaria. Gracias, encarecidamente gracias, por hacer de la provincia de Granada el único espacio de todo el Continente Europeo por cuyas costas no existe un trazado de Autovía. Gracias por los carteles y la propaganda de la Segunda y la Tercera Modernización. Para los granadinos, de Granada, de Motril, de Almuñécar, de Salobreña, de la Costa y del interior, la publicidad podríais invertirla en cumplir la porquería de promesas que nos habéis hecho desde hace 20 años. Pero gracias, y muchas felicidades, patraña de políticos.

A ver, que las mentiras tienen las patas muy cortas: año 1988, se promete la Autovía. Año 1990, comienza a hacerse; año 2010, le falta tela, cabronazos... Le falta tela. Es de vergüenza. Pero dejadme, que os lo voy a poner por escrito, a cada uno de los partidos, para que no uséis la Autovía y las vidas que ha costado el trazado más anticuado y denigrante de la civilizada Europa, en vuestro rascar de votos que es para lo que servís.

Con el PSOE
1990-1992: 9 puercos kilómetros entre Granada y Alhendín. Uf, para quebrarse.
1990-1995: 37 kilómetros entre Bailén y Jaén. No está mal, 37 putos kilómetros en cinco años.

Con el PP
Se inaugura en 1997/1999 77 kilómetros entre La Guardia de Jaén y Albolote. Los cuatro kilóimetros entre Albolote y Granada tendrían que esperar. Y 19 de ellos, les corresponde al PSOE.
2000-2001: 19 kilómetros de nada entre Alhendín y Dúrcal.
2002: Dúrcal-Ízbor, ocho kilometritos.

De nuevo el PSOE
2003-2009: Ízbor-Vélez de Benaudalla; uf, seis años después de lo previsto. 23 kilómetros.

Las cuentas demoledoras:
PSOE-86 kilómetros.
PP-89 kilómetros.
Faltan aún ocho kilómetros de una anticuada, vergonzosa y mal trazada autovía, veinte años después de iniciada, aún no concluida, y que supone la punta de la lanza de las mentiras políticas de cualquier signo.

No salvo a nadie, pero las cuentas son claras. De estos 20 años, 12 ha gobernado el PSOE y ha hecho menos kilñometros de Autovía. Ocho, ha gobernado el PP y ha hecho más kilómetros de Autovía. Las cuentas son fáciles y los datos, muy asequibles para cualquiera. También tenemos memoria. ¿Recuerdan ustedes cómo un alcalde de Motril, para salvar el culo ponzoñoso de su partido, dijo que la Autovía sólo era necesaria en momentos puntuales del año, sobre todo en verano. Al cementerio, a visitar los nichos de los que han perdido la vida en esta mierda de carretera tercermundista, lo acompañaba yo. Pero esta gente no tiene vergüenza. Por cierto, el alcalde, pertenecía al PSOE, vayamos a tonterías.

Hoy, viernes 28 de mayo de 2010, en el XX Aniversario de esta porquería que nos han colado, con un trazado que se queda ya desfasado al haberse ejecutado en 1988, quiero darles las gracias a la clase política andaluza en general. Me siento cada vez menos andaluz, por mucho que sus tres teles, sus cuatro radios y su campaña continua nos venda la moto. A ver si prospera la demanda y se comprueba cómo desfavorecen ustedes a esta provincia, que es última en todo.

Lo malo, es que también es última en pundonor. Si por mí fuera, la Autovía estaba cortada día a día, con sentadas de los motrileños, los sexitanos, salobreñeros, granadinos en general... En medio de ella, por turnos, para que no pase ni una ambulancia. Muchos han muerto, que busquen las maneras los políticos. Yo me iba a la cárcel, pero mi pueblo tendría ya su deseada, necesaria y digna vía de comunicación, que parece, interesa mantener postergada, porque así, una provincia entera, se alimenta con los engaños y subsidios pertinentes y echa al cazo de las urnas el voto que debe. O que necesitan unos políticos, que sólo sirven para abono. MIERDAS.

Ojalá se os atragante la tarta de este ignominioso vigésimo cumpleaños. Por la tarde, me acordaré de vosotros y de vuestro engendro de carretera.

jueves, 27 de mayo de 2010

Nombres de niños

¿Os acordáis de Manolo? Si hombre, si hace unos días os conté como vivió la Primera Comunión de su chaval nuestro amigo Manolo. Pero lo que no os había nunca transmitido, es que Manolo, un día, tenía a los niños chicos, o mejor dicho, ni siquiera los tenía, que eran patrimonio de la barriga de su mujer, y hubo que ponerles nombre. Porque es un clásico indiscutible, más que “Paquito el Chocolatero” cuando uno se ha bebido hasta las aguas mansas del Beiro. Uno se encuentra con una conocida, con una barriga que ha adquirido nuevas dimensiones hasta el momento nunca advertidas, y se producen las preguntas de rigor: ¿de cuánto estás? Hasta llegar a la que de verdad importa, a menos que te hayas casado no ha mucho, porque entonces lo que de verdad querían saber es si te casaste con “sobrepeso” en el Altar. A lo que vamos, la que de verdad es interesante es: ¿y cómo le vais a llamar?

Cuando Manolo empezó a contar que su señora andaba encinta (bueno, no quiero mentir, el dijo “preñá”) de tres meses, cometió el mayor error de su vida. Sentenció a muerte los meses que restaban de embarazo, con sus padres, familia política, amigos y por supuesto, con “su costilla”. Porque sin darse cuenta, acababa de crear el Comité de Búsqueda de Nombres para el Niño de Manolo, el Cobnonim, formado por su madre, su suegra, su cuñada, su hermana, su tío abuelo el que vivió en Venezuela, la camarera de la taberna del barrio y su jefe. Los cargos del Cobnonim los desconozco, pero groso modo estos fueron sus integrantes. Ah, faltara... ¡Y su costilla!

-“Si es niño, Manolo, como tú. Y si es niña, pues Manolo”. La verdad es que su madre debía haberse dedicado a las letras, porque su inventiva no conoce límites. Qué perspicacia, qué imaginación, se decía Manolo.

-“Oye, ¿has pensado en ponerle Iria?”

-“¿Iria? ¿Iria por qué? Contestaba Manolo a su cuñada, la Mari. Un encanto que al parecer nunca recordaba que tenía casa con muebles, marido e hijos, porque se pasaba la vida en la suya.

-“No sé. Iria es María en griego, y le podías poner Iria.

-Pero coño, si no sé griego y no he estado nunca en Grecia. Para eso, le pongo María, en español, de aquí, de España. ¿O es que conoces tú a alguien de Atenas que le ponga a su niño Paco? Que bien pensado, ¿cómo se dice Paco en griego?

Su jefe ansiaba saber. Si había terminado el montaje de los bajantes del piso de doña Carmencita (porque Manolo es fontanero), si iba a ver el sábado el fútbol en el bar y cómo se iba a llamar la criatura. “Pues mire don Juan, si es niño, se llamará como se llaman los niños. Si es niña, como se llaman las niñas. Porque me parece un follón llamar a un niño Toñi, y a una niña Jacinto”. Lo que no sabía es que la gracia le iba a costar el domingo terminar una obrilla de nada...

Lo mejor fue cuando su suegra disparó: “Si es niño está claro que se va a llamar como su abuelo” Ahí fue cuando Manolo se reconcilió con la vida, con el mundo y con su suegra. Vaya detallazo venido de ella, acordarse de su padre. Entonces, dijo la suegra: “se llamará Maximino, ¿verdad niña?” Y ahí es cuando Manolo deseó con todas sus fuerzas que el Gobierno suprimiera las pensiones. Mira, casi lo logra diez años después gracias al profeta Zapatero. Porque claro, Maximino, nombre de enjundia, característico, rápido y moderno, era el de su suegro, no el de su padre. Por cierto que la “niña” era su señora costilla.

La tabernera del barrio compartía con Manolo, además de local de esparcimiento, la misma nómina de Hermandad. “Si es niño, Manolo, le puedes poner como nuestro Cristo, y si es niña como la Virgen. Sería muy bonito, Manolo”. Sí, precioso, se decía para sí el futuro padre... Le puedo poner Sepulcro o Calvario, vamos, para comerse a los niños... Para comérselos antes de que cuando tengan dieciocho, me demanden por arruinar sus infancias y adolescencias.

Y al fin, después de que le dijeran que debía llamarla, siendo niña, Triana (joder, pues ya puestos, ¿por qué no le pongo Chana, que es más de aquí?), Mona (digo Mona, y tanto, como que iba a ser su hija) y no unas pocas paridas más extraídas de la mitología y del Hola de la época, o bien, si fuese niño, Amancio (Manolo es que era más de Hugo Sánchez), Obi (que se figuraba él que era por el de la Guerra de las Galaxias) o Pepe, así, a secas, Manolo perdió la esperanza de ser libre para escoger el nombre de su hijo. Simplemente lo perdió.

Hasta que un buen día, a eso del quinto mes de embarazo, su costilla, así, bajito, como se dicen las cosas importantes (que para recordar que necesita dinero o que quiere un nuevo bolso no hace falta susurrar, demuestra una amplia capacidad torácica digna de envidia), le dijo que ya sabía que era niña, y que se iba a llamar Vanessa, y luego vendría el niño, Jonathan para después traer al mundo a Deborah y a Maximino, como su padre (vamos, el abuelo de la criatura). Y por el momento, lo ha clavado. ¡Qué barbaridad! La niña es Vanessa, el niño Jonathan, la chica Deborah y después, el siguiente se llama Seguridad Social Gratuita. No, el nombre no es raro, es que a Manolo le hicieron tras el tercero una vasectomía gratuita. Eso mejor que darle el gusto a su santa suegra, la hija de...

miércoles, 26 de mayo de 2010

Consejos para ver el arte contemporáneo

De verdad que no pasa nada... Para eso estamos, y tanto. Tú no te preocupes que ya sé yo que te asusta la idea de acudir por vez primera. Si es que también es mala suerte, que de todas las tías bastante interesantes que había el sábado por la noche en Mae West, fueras a dar con una intelectual, con una amante del arte contemporáneo. Y mira que sin saberlo, te puse hace unos días qué hacer con este tipo de expresión artística, pero claro, no te dije nunca cómo hay que actuar ante tu primera visita a un Museo Contemporáneo o a una muestra itinerante de post vanguardias... Ea, sin miedo ninguno...

Para empezar, partamos de una base. Ni tú le gustas al arte contemporáneo ni a ti te gusta él. Ya está, hay que aceptarlo. Pero con dignidad, por Dios, con dignidad. No os vais a entender. Tú a él menos, pero hay que disimular. Así que para empezar no me vayas a ir con un polo de esos que exhiben un caballo en el que yo podría montarme a la altura del pecho. ¡Qué he visto legionarios menos entregados a la causa! Así que pasa del Patrico por un día, y guárdate los náuticos en el zapatero, que lo más cerca que has estado de un barco fue el Pirata de Playmobil de los Reyes del 87. Y ha llovido, ¿eh?

Tú un poco a tu aire. Cógele a tu padre el jersey ese que se pone para ir al Cortijo. Sí, ese que en casa es el saquito y tiene más rombos que una película adulta en tiempos de Franco. No te molestes con los pantalones; te sirven los de la última pintura de Almuñécar. Claro, hombre, así vas más a tu aire. Y el pelo, a ser posible, te lo lavas de regreso de la Exposición, que no es plan de dar el cante con algo lacio y en su sitio.

Bueno, ya estás dentro. Pero no hombre... No me pongas esos ojos y esos gestos de sorpresa, como si te estuvieras comiendo quilo y medio de guindillas mojadas en cayena. Relajación, imagina que se te ha abierto la bragueta y estás en medio de la fiesta de ascenso del Graná. Tú con mucha naturalidad, como si hubieras estado en estas ya, muchas veces. Escoge tu primera víctima. Puede servirte ese cuadro de Guerrero. Sí, eso es un cuadro; ¿te creías que era el cuadro de luces? Procura de ahora en adelante no equivocarte, que yo una vez estuve doce minutos de reloj mirando un extintor, convencido que estaba ante una pieza más exhibida. Claro, te preguntas que como distingues el mobiliario, las papeleras o un aparato de climatización de una obra de arte... Sencillo; que nooooo. Que es muy sencillo no porque uno haya estudiado esto, no. Atiende: si tiene debajo un cartel con un título que parece que lo ha escrito Kafka después de salir del Enano Rojo, eso es una pintura, o una escultura, o cualquier manifestación plástica que has ido a ver porque se supone que es arte. ¿Lo entiendes ya?

Bien. Antes que nada haz alguna afirmación que haga suponer a tu acompañante y a quien te rodee, que no te estás desvirgando en esto. Valen frases que irás soltando cada tres piezas, no lo olvides: “acertado manejo del color”... Bien, la segunda: “el equilibrio de la composición reside en su desequilibrio organizativo”. Y una tercera: “sugerente, muy sugerente”. Si te ves en un apuro, porque después de soltar ochenta veces cada frase, te vas a repetir más que el pepino de los gazpachos de cartón, recurre a un clásico: “sin palabras”. Y por supuesto, cada diez obras, comunícate: “¿qué te sugiere a ti?”. Cuando oigas la respuesta, tienes que contestar ávidamente de dos maneras: “no lo hubiera definido mejor” y “comparto tu opinión, pero la obra para mí expresa tanto que no puedo coincidir contigo". Si esto te sale a la primera, ya está, eres un triunfador. Por eso es fundamental que también recurras de vez en cuando a una crítica. En el momento que lances una, te convertirás en alguien que sabe, que no se traga cualquier cosa, que acaba de marcar su territorio. Pero hazlo poco, tampoco conviene quitarle el honrado pan a un artista... [cri, cri, cri] Juas, juas, espera, espera, que me parto conmigo mismo.

Esto ya lo dominas... Ahora, el elemento pose. Tu brazo izquierdo debe trazar a la perfección 90 grados y recorres tu cuerpo hasta parar, puño cerrado, a la altura de lo que viene siendo el sobaco. El brazo derecho se servirá de este. Su codo, apoyado en el puño cerrado del brazo izquierdo, hacia arriba. Sí, ¿lo tienes ya? Venga... La primera postura consiste en mesarse la barbilla con el pulgar y el índice. La otra, para no aburrir con los gestos, es destacar el nudillo del dedo índice, y apoya la barbilla en él. Acompaña además estos poses, con gestos faciales. Tienes que subir de vez en cuando las cejas, mucho, mucho y muy rápido. Sí, hombre, sí. Como cuando se pega un guarrazo delante de ti un chulito con la bicicleta.

Ahora me dirás: ¿y si me preguntan algo y me pillan? Hombre de poca fe... Aquí está todo inventado. Tú, hazte el distraído. Que tenga que repetirte la pregunta otra vez... Y entonces, utilizas una de las frases de repertorio anterior, así, como si no fuera contigo. Nunca mires a los ojos, ¿de acuerdo?, siempre mirando hacia el cuadro. “Ah, perdona. Andaba pensando que el equilibrio de la composición reside en su desequilibrio organizativo”... Joooooooder. ¡Lo has clavado! No te pregunta en tres cuartos de hora. Por cierto, no mires el reloj. Ya sé que estás pasando un ratazo de esos que no se perdonan, pero luego vendrá la recompensa.

Cuando hayas practicado, serás, sin duda, un crítico, un experto, alguien con la mentalidad abierta, con la suficiente sensibilidad para percibir el arte no figurado, un genio esnobista e intelectual como la pata de una vaca. Pero ojo, la gilipollez es contagiosa, así que no abuses...

Esta entrada tiene varias dedicatorias muy claras: una, paras Pepe Luís Illescas, que me acompañó a una exposición de arte contemporáneo y pasó lo suyo. Otra, para Junior León, que a raíz de una muestra de Miró, me sobrebautizó. Para Alejandro Romero Pérez, el tío con más categoría que he visto yo catalogar obras de arte contemporáneas, y el que mejor las describía en los exámenes. Le debo yo algo de nota en una asignatura en concreto...

Y al fin, para Alfredo Hernández García, que una noche no ha mucho, estuvo el hombre muy interesado en estas cuestiones del arte contemporáneo. Con tanta sensibilidad como la que siente por los linces, que será objeto de otra entrada.

A todos, gracias, por alimentar este arte que los incultos no entienden...

martes, 25 de mayo de 2010

Como torea Sevilla

Vayan por delante mis disculpas, que uno más que saber, le gusta, y más que hablar con la propiedad del estudio que en otras facetas sí tienen su justificación, en este caso, el que suscribe se deja llevar por sus pasiones. En esto, la voz docta de Juan Morillas tiene patente para decir las cosas. El que firma que soy yo mismo, sólo ojos y pasión.

Sevilla es una ciudad de contrastes, sobre todo en algo: o es muy odiada por el resto, o es amada hasta los extremos. Yo pertenezco a esa segunda clasificación, considerando a la ciudad de los Imperios (el romano, el español, el cofrade...) como un modelo a imitar. Por supuesto no como algunos dicen, sin los sevillanos. Al contrario, yo considero que el espíritu, el pundonor, el amor propio y el sentimiento sobre su ciudadanía de los hispalenses, debía exportarse.


Sevilla es una ciudad que emborracha. Seguro que de ella han dicho mil fortunas poéticas, y yo no tengo otra que decirle a ese trozo de historia y de patrimonio tangible y sobrecogedor, que emborracha. Lo hace desde el perfume penetrante de sus calles, desde finales de febrero y en forma de azahar, y lo hace en sus manifestaciones públicas. Sevilla, a pesar de su alcalde y el de la pipa, es una ciudad que de no haber nacido en la mía, para mí quisiera.
Y como Sevilla es así, sus expresiones culturales, artísticas y estéticas quedan tocadas de una magia impregnada en galantería, personalidad y suficiencia, que todos queremos imitar pero que al exportar, nos damos cuenta que es inigualable. Como iba el toreo, la cultura, el arte y la estética del toreo, a quedar fuera de una interpretación según Sevilla. Y decenas de años después, yo les traigo la manera perfecta de entender un toreo que se deja al albur, a que el animal quiera y se deje, a que las musas visiten al matador y a que la plaza entienda que de una corrida secular e inolvidable, a otra tediosa y para olvidar, hay una delgada línea fácil de traspasar. Porque el que apueste por el toreo de arte, y más si cabe interpretado por uno que lleva la sevillanía en los túetanos, sabe que se la juega a una sola carta. Puede salir apuntando en las palmas de los manos qué decirle en un futuro a los nietos, o con la sensación de haber arrojado su dinero. Pero nunca indiferente.

Hace dos días, en Nimes,Morante repitió las maneras de un toreo que no se practica pero que en su día fue demoledor. El de su paisano provincial (uno de Gelves, otro de La Puebla) Rafael Gómez Ortega, El Gallo (1882-1960).

Hijo, sobrino, hermano y cuñado de toreros, miembro de la saga de los gallo, su hermana, esposa de Ignacio Sánchez Mejías. Apodado el “divino calvo”, 35 años en activo, considerado como uno de los mejores intérpretes del toreo de arte, esos son los modos de uno de los hombres más perspicaces, capaz de frases tan geniales como: “Sevilla está donde tiene que estar, lo que está lejos es el resto” (*)... o de “Hay gente pa tó” (**), quedará en los Olimpos del Toreo Moderno. De esta escuela, Curro Romero o Rafael de Paula. Ya está todo dicho.

José Antonio Morante Camacho va a cumplir en unos meses 31 años. Lleva 15 en este oficio y le ha bastado para considerarlo, hoy por hoy, junto a José Tomás o Castella, el torero más seguido, formado y completo. Además, de él dice un ganadero que un muletazo suyo vale más que la mejor corrida de cualquier otro torero. Torero artista, el mejor considerado de su generación, de pureza y clasicismo rotos por una pinturera forma de exponerse, queda plenamente definido por él mismo: “soy un torero de impulsos”. No deja a nadie indiferente, porque torea según su ánimo y consigue dividir a la afición si la cosa sale mal: unos, se acuerdan de su padre y otros de su madre (***). Como triunfe, nada más que hay una voz: es el artista por excelencia del arte de Cúchares. Y 85 años después, Sevilla con montera se repitió, hace dos días, en Nimes. Fue la resurrección de la dinastía Gallo y el Morante que no necesita morir en la plaza para ser mediático, al contrario que otros. Y a buen entendedor...

Arte Contemporáneo

En el año 2003 dos personas colgaron de las paredes del afamado Guggenheim de Bilbao un cuadro contemporáneo haciéndolo pasar por una pintura acreditada, con el único fin de denunciar el escaso valor de este tipo de arte y que cualquiera puede ser artista dentro de este lenguaje contemporáneo. Hace tres semanas, uno de los suplementos dominicales que adjunta con sus periódicos el Grupo Vocento, nos traía obras de una niña de tres años que habían pasado por piezas artísticas del estilo del expresionismo o de la Escuela de Nueva York. Sumen a esto, que en febrero de 2007, de nuevo el arte contemporáneo fue puesto al descubierto por una cadena de televisión, cuando de manera in fraganti pusieron en los salones de la feria de Arte Contemporáneo más importante de España, ARCO, un cuadro pintado por niños al que muchos entendidos catalogaron como maravilloso, con un precio superior a los 15.ooo euros y que expresaba una angustia vital, o tal vez una pulsación sexual reprimida.

El periodista, escritor y director de programas radiofónicos José Javier Esparza, decía sobre el arte contemporáneo que este tenía ocho pecados capitales tras de sí: la búsqueda obsesiva y a cualquier precio de la novedad; la desaparición de significados inteligibles; el hecho de que hoy día cualquier soporte es válido para hacer arte: una caja de cigarros, un macarrón…; la consagración de lo efímero; la vocación nihilista de la cultura contemporánea; la sintonía con un poder concebido como subversión; la naufragio de la subjetividad del artista, como excusa para presentar cualquier estupidez; y la obliteración absoluta de la pregunta por la belleza, considerada ésta algo retrógrado, e incluso perverso.

Sin embargo hoy día pocos se atreven a decir que las obras de Pollock, de Kandinsky o similares, no les gusta. Sobre todo después de ser testigos de cómo algunos pueden llegar a gastar en lienzos de formato reducido, en torno a 100 millones de dólares por piezas de estos artistas. Está claro que si uno se manifiesta con toda sinceridad, corre el riesgo de ser tachado de inculto, de retrógrado, de incapaz. El esnob no ahorrará cumplidos para el que diga lo que piensa ante una orgía de colores que pareciera haberlos aplicado un demente psíquico o tal vez un chimpancé con gastroenteritis.

No, el crítico, que suele vestir una chaqueta de pana o en su defecto con coderas, un pelo ciertamente más largo de habitual (y ciertamente menos limpio de lo habitual) y no escatima en sesudos ensayos para los estantes de su biblioteca, te perseguirá sin pudor. Lleva en su sangre la herencia genética de Torquemada, tamizada por siglos de historia y convertida ahora en azote de mentes impropias del siglo XXI. ¡Habrase visto tamaña ofensa! ¡Usted no entiende de arte porque no sabe! ¡Porque es incapaz de apreciar la magnificencia poética que la plástica tormentosa del autor ha querido plasmar, en su particularísimo cosmos introspectivo de reveladora perspicacia misántropo!


¿Qué qué quiere decir todo esto? Pues que el autor fuma; que sí, que fuma. Que se mete algo raro. Que es tonto y después de diez años, le sigue timando su camello. O a lo mejor es que es incapaz de hacer la perfección de Antonio López o la distinción pictórica del iraní Imán Maleki... O bueno, no... Lo más seguro es que se aproveche de mil y una subvenciones y guste de hacer un arte provocativo, un arte incomprensible más fácil de vender, precisamente porque a cada uno le dice una cosa y seguro que no es lo mismo que le dice al que la creó. De modo que nunca averiguarás qué es eso, y quedará como autor marginal, para mentes extraordinariamente dotadas y como producto reservado para unos pocos.

¿No me crees? Bueno, te cuento... En 1992 el Cartel anunciador de las Fiestas del Carnaval de Cádiz fue obra de Rafael Alberti, que también le dio a la pintura para escarnio de los pintores. Ese año, presentó el Selu una chirigota de órdago conocida popularmente como Los Borrachos, pero que el tituló “El que la lleva la entiende”. Yo te dejo la opinión (y no fue sólo de Selu y los suyos, créeme) acerca de tan distinguido parto artístico:

Después de esto, se me ocurrirían muchas cosas para pensar que tras los “ismos”, y desgraciadamente no todos, el arte es la manera de crear algo nuevo sin que necesariamente este sea bueno, o sea arte, que tanto monta, monta tanto. Pero apunto sólo una frase que merece ser recogida en la antología de grandezas de la cultura. La dijo el que está considerado uno de los mejores historiadores del arte de España. Es catedrático y nos reiteró con firmeza que si poníamos en su boca esta frase, por mucho que la hubiera dicho, lo negaría con vehemencia. Así, conservo para mí la autoría de la verdad que ahora te dejo escrita, pero que no deja de ser eso: VERDAD


“A la muerte de Goya, asistimos a un doble óbolo. Se nos moría el grandioso don Francisco, y fallecía con él el arte. Luego, los cuñados perversos de este se autoproclamaron arte, y nunca lo fueron...” AHÍ ES NADA.

lunes, 24 de mayo de 2010

El club de una ciudad

Esta ciudad puede ser cuanto quieras, menos mediocre. Puede ser arrabalera y la más elegante, o sosa y abúlica, o la más festiva. Es fría seis meses y te fríe otros seis. Es preciosa como ninguna y según la mires, fea, muy fea. Exclusiva y categórica o poligonera. Capaz e incapaz. Porque en esta ciudad no existe la mediocridad. Aquí hacemos lo imposible, posible y lo posible, imposible. Esta es una ciudad sin términos medios, sin ambages, sin posibilidad de encontrar el punto de encuentro, que pasa de escenas gloriosas a míseras en cuestión de segundos, a lo sumo días.

Es capaz de ofrecer una de las más cautivadoras imágenes y de ser insegura. O tener la mejor oferta cultural jamás soñada y andar cargada de ciudadanos sin alfabetización. Es Granada en estado puro, una brujería, un sortilegio, un trozo de tierra por el que rememorar las gestas del pasado y revestirse de un honor extinto y caduco para dar hasta la vida por ella. A uno que se llama español como única herencia digna que tengo, tiene que reconocer que cosas como las de ayer le dan ganas de decir sin pudor y sin tapujos, que mi única patria es Granada.

Por eso, cuando a eso de las nueve de la noche embobinamos la memoria negra y salpicada de errores y zancadillas de los últimos 23 años, tuve a tantos presentes que aquí decirlos, sería una empresa cuestionable. Vienen a ser tantos como los que cita Alejandro García Morón en el blog del garbo y de la guasa elegante, que ya sabes como se llama. Pero por encima de todo, la gesta de anhelo, la que nos hizo a más de uno llorar, por unos colores pero por una ciudad que tiene más de madre y de patria que de lugar de nacimiento, me acordé de uno en especial. Podía haber sido mi abuelo, veinte años socio del Granada. O de mi tío Enrique, que hasta que vivió por estos lares, no faltó a la cita del Granada. Pero yo me acordé del que un día me envenenó de granadinismo, desde la E.G.B.

Católico convencido, un día cambió el color de las liturgias por las franjas rojas y blancas. Su única experiencia costalera bajo el Señor de la Amargura, fue a trompicones y por necesidad de aquella cuadrilla, pero me hizo prometer que en el mismo momento en que pudiera y consintiera el Cristo de San Agustín, yo andaría con él por Los Cármenes y él conmigo bajo un paso.


En la Glorieta de Arabial detenía los relojes, mientras Alejandro, Pedro, Manolo o yo, café en ristre, oíamos de su voz, un lejano 1997, sueños que la persistencia y la fe no dejan diluirse. Ha recibido golpes de la vida y entre ellos, aquel de un 25 de junio de 2000. Y nunca ha faltado, hasta en la categoría de hojalata, a encontrarse con esa manera de entender la vida que le contagió su abuelo y alimentaron en su casa, hasta que por su propia iniciativa y necesitando entonces de paga paterna, invirtió sus escasos bienes en un carnet que renueva desde entonces, y son ya... taitantos...

Él si creyó, de hecho sigue creyendo. No en la 1ª División, o en esta acariciada de plata. Él creyó desde siempre en su ciudad, y en el equipo de su ciudad. Y hace la friolera de catorce, quizá quince años, empezó su pregón hermoso, creíble, convincente y cargado de corazón, desde el cabecero de su cama donde se fundía, allí en el Camino de Ronda, la bandera de España con la bufanda de sus colores, y acabó por envenenarnos a todos. Si hay un Granadinista para mí, ese es el que me enseñó que esta ciudad es capaz de todo, y que si fuera menester, a la que he llamado madre en mil ocasiones, le daría mi vida a pesar de las ingratitudes de sus otros hijos granadinos.

Por eso, ayer, a las nueve de la noche, con las lágrimas saltadas, me acordé de ti como pocas veces, y eso que bien sabes que en número son muchas. Me acordé de ti y pensé que se había adelantado tu regalo de Primer Aniversario, de aquel día de San Fernando de 2009. Y pensé que es un honor haber nacido en esta ciudad y tener como hermano, hijo de nuestra madre Granada, a alguien como tú.

El año que viene, cuando tengas que dividirte y ver fútbol profesional y sentir qué es ser costalero, habremos cumplido la promesa que nació hace muchos años. Y los que nos quedan... Gracias por hacerme sentir qué es el fútbol según Granada. Gracias Luís José Ramírez Sánchez.

viernes, 21 de mayo de 2010

Mentiras, profesiones y cintas de video

No hay nada más curioso que las enormes inventivas del género humano a la hora de explicar una profesión concreta. Tengo para mí que el barroco le ha hecho más daño que beneficio a la humanidad y que Góngora fue un supino maestro del engaño, porque todos hemos estudiado su obra poética (me refiero a aquellos que nunca supieron del sistema educativo L.O.G.S.E.) para poner maravillas de este en los exámenes sin saber a ciencia cierta de qué trataban sus poemas.

Da igual el que escojan, le costará mil días cogerle el tranquillo al cordobés del siglo de oro:

Los caballos, favonios andaluces,
gastándole al Perú oro en los frenos,
y los rayos al sol en los jaeces,

Al trasponer de Febo ya las luces
en mejores adargas, aunque menos,
Pisuerga vio lo que Genil mil veces.

El caso es que si nunca se hubiera inventado la metáfora, todos seríamos más felices. Y es en el mundo laboral donde se alcanzan las cotas más altas de empleo de un lenguaje metafórico. Porque ya me dirán a mí, si un agente inmobiliario, no es, en definitiva, un vendedor de pisos o de casas.

Hoy día, tu interlocutor te espeta que es empresario y uno se cree estar ante un prócer de tomo y lomo. Y es que regentar en un local de diez metros cuadrados un dispensario de gominolas y otras galguerías junto al Instituto de la Chana es sin duda una empresa. Pequeña o mediana no sé, pero da rango de empresario.

El vendedor, de lo que sea, es hoy comercial. El labrador, trabajador agrícola; a la prostituta (no confundir con puta, que esa no suele cobrar y abunda por nuestras ciudades) se le llama trabajadora sexual; al guardabosques, técnico forestal; el guía turístico, técnico de interpretación del patrimonio; el callista, podólogo... Que esa es otra, sin duda le acabo de encontrar sentido a tantos años de estudio del latín. Porque si a uno le duele un huevo, hablando en plata, debe ir al urólogo, y no al toca... que está claro debe su renombrado oficio a la lengua del Imperio. No, no sean tiquismiquis, no es lo mismo un cardiólogo, un pediatra o un hematólogo que el médico del corazón, de niños o de la sangre, faltaría más.

Ahora bien, cuando más me río de los virajes de la lengua, es cuando piso un restaurante. El que regenta el local, resulta que es restaurador. El término restaurante, que procede del antiguo participio de restaurar (me dice el diccionario), ha dado como curiosidad, que el que te fríe unas patatas o te pone media ración de chipirones congelados que han sido fritos en el mismo aceite de las olivas del Huerto de Getsemaní, se llama restaurador. A pesar de que las acepciones anteriores se refieran a las piezas de arte o a la acción de restaurar, bien un estado anterior, un gobierno o el mencionado arte.

Yo, que sigo empeñado en trabajar en cuestiones de arte, en las muchas oportunidades, escasas pero muchas, que te ofrece la cuestión patrimonial, sigo buscándome un nombre rimbombante acorde a estos tiempos. He pensado en Director Técnico en dislates, dada la cuantía económica que suelo percibir y lo que tarda esta siempre en llegar. Luego, me he dicho que debo ser más cauto y decirme que soy Profesional cualificado de la ventura, porque con lo que cae y lo poco que le interesa a la gente la cultura, seguir ingresando algo por estas cosas, es para ello. Al fin, me he dicho que no debo caer en los abusos lingüísticos que tanto deploro, y ya me he encontrado nombre: Corneado de la vida. A buen entendedor...

jueves, 20 de mayo de 2010

Primeras Comuniones

Salía Manolo de la Iglesia, contento, hasta el momento en que su mujer se le acercaba al oído. Algo tuvo que decirle porque le cambió el semblante, el gesto, la risa y las ganas de tomarse el aperitivo previsto. Sostenía “su costilla” (como diría don Manuel de Unamuno) al retoño en brazos, con su traje largo y blanco de acristianar. No era momento entonces para caras largas, ni sobresaltos. Pero a la ínclita costilla, se le ocurrió decir algo de un mal gusto supino, una profecía sin gracia y sin anhelo porque se cumpliera. Obviamente bajito, al oído de Manolo. No lo oyó más que él y aún así bastó.

-Ea cariño, pues ya tenemos que empezar a ahorrar para cuando Jonathan haga su primera comunión.

Y ahí que está Manolo frente al espejo del remozado cuarto de baño. El mismo que aún debe pero que adquirió gracias a la extraordinaria financiación de El Corte Inglés. El otro tenía diez años y estaba en óptimas condiciones, pero cuando “su costilla” quería algo, podía ser muy convincente. Y noche tras noche, la entrepierna de Manolo acabó por convencer al resto del cuerpo que el cuarto de baño estaba viejo, feo y cochambroso. Y helo ahora practicando el doble nudo con una corbata de seda monísima que le ha hecho adquirir... Sí, adivinan bien.

En su cabeza suena el ritmo evocador de Su primera comunión de Juanito Valderrama. Qué tiempos tan cambiantes, cuando era él el que entonces se acercaba a tomar a Cristo por vez primera y no su hijo. Él estuvo toda una noche sin ingerir alimento alguno, heredó un traje de chaqueta azul marino de su hermano mayor y se pegó una tripotera de chocolate y de buñuelos que hizo su abuela, en el patio de la corrala de vecinos de su añorada casa del Albaicín. Y sin embargo, su hijo es hoy la resurrección del almirante Gravina, con más adornos y chorreras que Cervera, ampulosos galones y relucientes zapatos. Cenarán en el Hotel Palacio de los Patos, una monería que les ha dejado dos años sin vacaciones y otros tres más de gorrones oficiales en casa de la cuñada en ese piso de setenta metros a quince minutos de la arena de Velilla. Curiosamente, el cuarto de baño sí que estaba viejo e indecente. Pero su coche no. Total, para un comercial encargado de recorrer Andalucía Oriental, que una rueda tenga un remiendo, haga falta revisar la amortiguación y el radiador eche tanto humo como las viejas locomotoras por Despeñaperros, la utilidad de un mueble wengué, un espejo antisalpicaduras, accesorios de titanio pulido, monomando de diseño italiano y columna de hidromasaje es infinitamente más práctico que un coche nuevo.

El menú se ajusta a la sencillez del momento... Cinco platos para los doscientos invitados. Nunca llegó a decirle a su mujer por qué no había más que cuatro amigos del niño, y 196 adultos, algunos de los cuales nunca antes llegaron a ver a su hijo, sino que él mismo desconocía el nombre de 41 de ellos. Tampoco se planteó por qué hacía falta tanto centro de mesa, recordatorios para los asistentes y vinos, si el niño probaba el vino por vez primera hoy, y servido en cáliz, y seguro que le era indiferente el bouquet de un reserva del Duero o si al paladar, la textura de un Burdeos convencía más. Lo que sí llegó a sugerir, para escarnio y paciencia de sus partes pudendas por espacio de una semana, es por qué había que tener un detalle con los invitados, toda vez que ya habían sido agasajados con un suculento almuerzo. Creía que como invitados, el regalo contractualmente, les correspondía a ellos. ¡Cuánto de protocolo le podía enseñar “su costilla”!

En el Sagrado Corazón el revuelo era interesante. La Gran Vía era tomada por decenas de tocados, pamelas de curiosa horizontalidad, chaquetas con los primeros cercos a la altura de la axila, y la mitad de los tripulantes del Cano y un desfile de modelos con trajes de novias para novias enanas. Manolo, durante la ceremonia, no podía dejar de acordarse de su abuela. De lo mucho que le recordaba la importancia del día y de cuánto se preocupó para que después de ese día, la visita a la Iglesia fuera algo regular. Hasta que se detuvo en una niña, que formaba parte del grupo de “primeros comulgantes”.

La niña mide un metro sesenta y cuatro, calza un treinta y nueve y lleva ya un año usando sujetador. La niña, que te destripa un ordenador en décimas de segundo, y se queja de Luxofractura de Bennett (se ha jodido los dedos de escribir tanto y tan rápido mensajes de móviles), tiene tres cientos cincueta y ocho amigos en Facebook y se acuesta a las doce los días de diario y a las dos y media (AM, of course) en fines de semana. Una genio que emula los peinados imposibles de la hermana mayor y que se empeña en recibir al Señor con un mechón teñido en malva mientras sostiene en lucir un “maquillaje fluido de cobertura media”, aunque su diatriba es si se alargara la fiesta, porque a lo mejor, podía jugar con un “maquillaje nocturno y tender a la cobertura profunda”. Hoy es el primer día que pisa una Iglesia desde que fuera bautizada, y hasta que no encuentre a un primo como Manolo que la lleve al altar con un traje parecido al que hoy lleva pero con un corte acorde a lo que se estile dentro de veinte años, no volverá a entrar en otra, salvedad hecha que una prima o una amiga, decida encaramarse a un altar, y claro, asistirá para tomar ideas.

Manolo se derrumba en el banco de la iglesia jesuítica. Los angelitos inocentes y de blanco que van a recibir al Señor ya comulgan. Hoy él lo hará, y quizás con reforzadas intenciones, porque ha prometido que en su corazón, habrá espacio de hoy en adelante para Dios, por él y por su hijo, ese que en unos meses habrá declinado cualquier deseo de acudir a Misa y en unos ocho años, con su palestino al cuello, se preguntará para qué sirve la Iglesia, cuestionará la existencia de Dios y se reirá de una fe que, como ha escuchado en una letra de su grupo favorito, es una mezcla de mitología y mala baba medieval.

Y Manolo se alegra profundamente de haber vivido otra época y se santigua, ya de nuevo en la Gran Vía, porque le toca, como hace ahora diez años, recibir de su mujer otra mala nueva:

-¡Ya verás cuando casemos a Vannesa, que bien todo!

Y Manolo contempla la posibilidad de comprobar el funcionamiento del divorcio express ese.