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viernes, 31 de diciembre de 2010

Nochevieja

Prisas para adquirir la tanga, el slip, bóxer, braguita, culotte, o braga como Dios manda de toda la vida, pero en rojo. A pelar uvas. Ingesta innecesaria de alcohol. Pocos motivos para tanto alboroto, disculpable. Ocasión de púberes para ver a amanecer. Tradiciones impostadas, metidas con calzador. Ruido insoportable, continuo. Petardos. Mesas enormes en salones escuetos. Lujo a medida y según qué hogar (seguro que no toda la vajilla sobrevivirá la cena). A la abuela le cuesta distinguir los cuartos. El traje de estreno del niño de estreno, planchado y preparado. El nudo de la corbata no le sale ni al padre ni al tío. Por fortuna, está el abuelo, que resuelve con uno clásico. Despedidas con las últimas recomendaciones. Dos vueltas de llave a la cerradura de la casa y cada uno a un sitio.

La calle. Jolgorio incontrolado. Pareciera que la celebración mereciera tantos esfuerzos. Primeros torrentes de alcohol. Ni el pavo, el cordero, la lubina, el marisco, los dulces, ni los estofados, empapan a ciertas horas. Primeros escándalos. Primeros sobresaltos. Ruido de siempre, música de siempre, garitos de siempre y los mismos donde siempre. ¡Nada nuevo bajo el sol ni nada extraordinario a pesar del boato!

Amanece. Regresan más tarde de lo habitual. Huellas ciudadanas de una noche sin freno. A la hora del almuerzo, hay "víctimas" entre los comensales. La tradicional, española y seria y respetable comida de Año Nuevo, se presenta con sillas vacías. Los ronquidos emanan de los dormitorios. He ahí la explicación. Se empieza el año ebrio, tras un considerable desembolso económico y con dolor de cabeza. Y eso que el refrán recomienda lo contrario.

Les resumo: no entenderé esta fiesta profana, civil y sinsentido. Jamás participé de la Nochevieja. No hubo necesidad de salir hasta la hora que se creyera oportuna en un día como este, cuando otros tantos, muchos del resto del año, me brindaban idénticas oportunidades. No compartí jamás la necesidad de vivir situaciones de ocio iguales a otro día con precios desmesurados, servicios claramente inferiores y ambientes enrarecidos. Y no llegué nunca a entender qué hace de especial el cambio de año, cuando no de semana, o de mes, o de lustro.

Si la Nochevieja significa no estar en el españolísimo almuerzo del Año Nuevo, donde lógico en estas Fiestas, consideramos el componente religioso de la fecha y nos acordamos nada menos que de la festividad del Niño Dios y de Santa María, conmigo no cuenten. Cuando fui púber jugué a comportarme de manera adulta. Cuando lo he sido, he dispuesto de muchas ocasiones para regresar a casa a mediodía, tras haber estado en las mejores reuniones, con ingestas de alcohol parecidas y con ambientes claramente mejores.

Como siempre salvo un erróneo lapsus de dos años, tras las campanadas, me enfundaré un cálido pijama. Haré caso de Groucho Marx y valoraré positivamente la tele; porque es tan especialmente mala ese día, que trabaja por mi cultura y me obligará a tomar un libro, el que haya dejado la noche de antes en la mesita de noche ("Sólo nos queda el recuerdo de Jesús Cabezas"). Cuando me venza el sueño, sabré que el cambio de año no es óbice para fingir deseos, plantearse metas y retos y proponerse cambios, que es eso una labor diaria. Y al fin, madrugaré, más que de costumbre, sin necesidad al ser festivo. Y disfrutaré de ir contracorriente con la sentida sensación de que el paganismo impuesto de esta fiesta insulsa y civil, no va conmigo.

Eso sí, vuestros sueños, que se cumplan. Buenos propósitos, que acaben en buen puerto. Pero no olvidéis que un año distinto no es sinónimo de un rumbo distinto (y a mejor). Hay días mucho más señalados para alcanzar ese anhelo. Yo, no voy a ser descortés: os deseo un Feliz Año 2011.

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