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jueves, 16 de diciembre de 2010

Niños asesinos

Comparto la idea que la mejor manera para lograr la reinserción de quien ha cometido un delito (en la dimensión que sea) pasa por una labor psicológica y educativa. Antes, subrayo y afirmo que creo concienzudamente que la educación es el mejor de los instrumentos preventivos ante el delincuente en potencia. Pero se me escapan algunas cosas de mis, seguro, cortas entendederas. Y es que no logro ser capaz de comprender qué mueve a una niña de 14 años a asesinar a otra. Uno que a sus treinta años puede llevarse a gala no haber levantado jamás una mano. Uno que a sus treinta años, tiene a bien no haber tomado parte de pelea de forma alguna. Uno que a sus treinta años, los brotes violentos que por desgracia, se han convertido en habituales, quedan descartados de su manual de vida.

Hemos fracasado. Nuestra enseñanza lo ha hecho, eso es una verdad comprobada estudio tras estudio. Nuestra televisión que es la conciencia de las masas, también. Les recomiendo que lean la opinión que suele firmar José Javier Esparza en los diarios del Grupo Vocento y salió este pasado domingo 11 de diciembre acerca de la programación que esgrime una televisión concreta nacional. Pero hemos fracasado en el ámbito familiar, donde el bofetón preventivo ha sido tildado de nefasto, retrógrado y poco aleccionador, y se han sustituido los métodos tradicionales que los padres de los padres de nuestros padres patentizaron, por una corriente de “buenismo” que asusta.

Cuando uno de los autores del intragable crimen que dejó a Sandra Palo sin su vida tiene un tratamiento de castigo (por supuesto, con fines resocializadores, porque el castigo o la prevención de la comisión de delitos, está mal visto) tan absolutamente permisivo al punto de devolverlo a la sociedad convertido en un delincuente y asesino de tomo y lomo que repite fechorías a diario, nuestro sistema está en crisis. La solución no pasa por la cadena perpetua, como tampoco por ese diálogo ruin con quienes pagaron tan rápido 25 muertes y se jactaron de sus atrocidades, y sí, ese es el terrorista Iñaki de Juana.

Una niña (porque las chicas de 14 años que conocí a esa edad, que era la que yo tenía, eran niñas) asesina a otra y la justicia considera que el internamiento en un centro de menores por espacio de cinco años es suficiente. A lo mejor soy el único que se ha puesto a pensar en qué cabeza cabe que una niña que está a punto de entrar en su adolescencia, que acaba de dejar la muñeca de sus suspiros sobre la balda del escritorio y ha colocado a su antojo el peluche sobre el edredón de la cama, pueda matar. A lo mejor el problema no es del entorno familiar, de los centros de enseñanza, de la justicia, de las leyes… A lo mejor el problema es suyo, y mío, y de cuantos nos pegamos cuatro horas delante de la televisión y ni precisamente en búsqueda de obras de arte incontestables o series educativas, o documentales serios.

El que no sea capaz de echarse las manos a la cabeza y quedarse un buen rato meditando por qué una niña de 14 años se convierte en asesina, es que lleva tantos años acostumbrado a una suerte de violencia social en torno a él que no tiene ya capacidad de sorpresa. Y esto es lo más grave sin duda de la noticia. Para mí ha fracasado el sistema, que es tanto como decir, que ha fracasado la sociedad que entre todos, en mayor o menor medida, hacemos y sostenemos todos los días. Yo que quedaría atónito de enterarme que alguien próximo a mi entorno hubiera sido capaz de cometer una villanía de tal calado, estaría a punto del ataque de ansiedad de saber que se tratase de una niña.

El verdadero problema reside en que las posturas progresistas inciden en algo que no da resultado. La educación y la formación humana de los niños es absolutamente necesaria; pero todo se va al traste desde el mismo momento en que sustituimos en las lecciones de la vida un modelo humano y humanista. Privar de un código ético evidente y sin fisuras al escolar nos lleva a esto. Sacar a un niño de los ejemplos edificantes de su entorno es una aberración. Inmiscuir su ocio con juguetes violentos, proporcionarle una televisión donde una teta a las diez de la noche es censurable pero una matanza de un policía norteamericano es loable, una incongruencia. Mostrarles que hay un camino en la vida para ser alguien, que es la estulticia de los que se acicalan para salir en un debate de un programa de realidad televisiva, denigrante. Qué Gran Hermano sea el sueño de estos pre adolecentes y adolecentes, una locura.

A los once años se nos ocurrió a un grupo de compañeros de la clase C de 6º de EGB, hacer un coche. Incluso compramos madera, convencidos que sería el material perfecto. Pusimos cada uno las cien pesetas (estimo) de paga que nos daban. A los catorce años, yo había publicado dos artículos y había dado un pregón. Y mi sueño era volver a toparme con los libros cofrades que me iba buscando en Sevilla mi tío Carlos. Ese año (1º de BUP) me peleé con uno de los que hoy son mis amigos inquebrantables. Ayer mismo estuvimos tomando café. Ninguno hubiera acuñado la idea de dañar, siquiera mínimamente al otro.

Matar a veces es premiado. Si encima se hace enarbolando la bandera de la política independentista, en este país, es una honradez. Uno merece un discurso y la envidia de los patriotas que piensan como uno. El joven que asesina es exculpado. Se busca primero la desestructuración de su familia. Se estudia el entorno. ¡Claro que tiene que ver! Pero la culpa recae en partes iguales en los padres y en el criminal, por muy joven que sea. Y no creo que sea lógico. Yo sostengo otra cosa: el que es capaz de matar intencionadamente, con 10, con 14 o con 90 años, es un asesino que no debería gozar de privilegio alguno. Y debería acabarse la mentira estadística de la resocialización, de la reinserción social del preso. Porque la policía, de no estar sujeta a una ley de silencio impuesto, podría decirnos cuántas veces de verdad, la cárcel como instrumento pedagógico, funciona; “el Rafita” es un ejemplo claro. Sin embargo, Sandra Palo ya no conoce tantas cosas que aquel día le arrebataron una panda de asesinos, no de jóvenes procedentes de familias desestructuradas, que en los Tribunales de Menores reciben el cariño infausto de jueces “enrollados” que los mandan copiar cien veces lo mal que me he portado o los ponen a coger hojas de árboles durante el otoño.

La asesina confesa de Cristina Martín, una chavala de 14 años de Seseña, no debe estar cinco años interna en un Centro de Menores. Porque es tan absolutamente inhumana (como todo el que mata) que a pesar de sus tiernos catorce años, ha demostrado que el tiempo de “Marco”, “La abeja Maya” y “David el Gnomo”… El tiempo de los cromos. El tiempo de los partidos de fútbol… El tiempo de los sueños creativos… El tiempo de la salida al cine con tus amigos como una experiencia novedosa… El tiempo de ser niño cuando se tiene la edad de un niño, ¡ha expirado! Porque uno debe ser un analfabeto seguro con mechas en el pelo y estrambóticas pintas que logra el importante sueño de entrar en Gran Hermano y mantener relaciones sexuales con una libertad moral sin precedentes ante millones de personas, para luego embolsarse un puñado de euros exhibido como mono de feria en dos discotecas de pueblo. Mientras, algunos se empeñan en hacer de esta sociedad algo menos frívolo y con sentido.

Por eso, el asesino, tenga 14 años o tenga 100, es un asesino. Y la ley de menores ante casos como este, me la pasaba yo por donde se pasan estos crueles y detestables niños su humanidad. El que mata debe ser excluido de la sociedad. El que protege estos comportamientos, también. El que encubre y disfraza la verdad, más si cabe. Y los que leen o conocen casos como estos y no trituran su conciencia y exprimen su pensamiento, ratifican mi teoría que la crisis de España no es económica, sino ciudadana.

Cristina, descansa en paz. Tu asesina tendrá todas las oportunidades del mundo. Tú ninguna. El consuelo para los tuyos, es algo baladí a estas alturas. Me quedo con la sensación que una pérdida como la tuya puede ser algo impagable, pero lo que seguro es, una derrota de esta sociedad.

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