Visitas

martes, 28 de diciembre de 2010

Los Santos Inocentes

La paternidad obliga a un ejercicio de responsabilidad enorme, partiendo de la base que no es innato ni podrá serlo nunca. Y siguiendo con estos presupuestos, no me caben dudas que no corren buenos tiempos para la labor de padre. Siempre he considerado una tarea ardua y a veces ingrata, la de convertirse en educando, la de adquirir voluntariamente la labor de hacer de un niño, una figura social y ciudadana plena. Más allá de condicionantes particulares o de imposiciones familiares. Porque a veces, el hijo termina recibiendo una herencia más allá de la genética que no ha pedido ni merecería.

El ritmo de nuestra sociedad, fuera de las arquetípicas frases que la señalan como dinámica, estresante y en continuo cambio, lo cierto es que ha configurado a personas egoístas, retrotraídos, intimistas. Fieles caricaturas del huraño de entonces, la vecindad tiende a excluirse y las relaciones familiares a reducirse. En estos ambientes que en ningún momento juzgaré como malos, sino diametralmente distintos a los que considero más oportunos, el ejercicio de la paternidad es sin duda cuestión harto complicada.

Procuramos basar en apreciaciones económicas lo positivo de nuestros actos. El valor del dinero asume el papel protagonista de nuestras vidas al tiempo que la transacción mercantilista se convierte en el escenario perfecto del Siglo XXI en la cultura de Occidente. Formo parte de la misma y si la critico, no hago más que una reflexión propia. Y dicho esto, para el ejercicio de la paternidad, la cuestión monetaria viene a significarlo todo. Sería yo el primero en procurar lo mejor para mi progenie y en el sistema social que nos envuelve, esto pasa por una situación económica solvente.

Sin embargo al nasciturus le amenaza más que la crisis que mal llevamos, la postura cómoda de la pareja creada. No se trata de la conciliación materna entre trabajo, hogar y responsabilidad maternal, sino que el niño coarte un modo de vida cargado de asueto. El ocio se escoge antes que la decisión de ser padre. Vaya mi respeto hacia esta postura. Pero mi crítica al mal ejercicio de los padres que alcanzada la responsabilidad de convertirse en tales, hacen delegaciones continuas de su función.


No seré yo el que no vea con buenos ojos la labor de los abuelos en la educación del niño. Casi que estimo más interesante, durante cierto periodo de la vida de la criatura, la educación madura y sabia del abuelo que la del padre. La sobreprotección, tal vez mezclada con inexperiencia, es superada por el que en su día hubo de vivir lo que vive el padre neófito. De ahí a que en cada salida, cada cita ociosa, cada ocasión de esparcimiento, se traduzca en la legación de unos padres de su ejercicio responsable en la figura de terceros, hay un mundo. La educación complementaria de los abuelos es enriquecedora y necesaria. La caradura de quien aprovecha la jubilación de sus mayores para desentenderse durante un espacio de tiempo del niño, algo moralmente reprobable. Ante cuestiones lógicas, de fuerza mayor, comprensibles, nada que objetar. Cuando es la necesidad de quedarse a solas, de recuperar el tiempo adolescente que ha tiempo se marchó, una desvergüenza de tamaña consideración.

El fenómeno que más me enerva lo llevo viendo hace unos ocho años. No deja de sorprenderme que en pubs tranquilos (mi garganta no soporta los infernales garitos de hoy), parejas en la frontera de los 30, o que acaban de estrenarse en dicha década, prosigan su hábito de ocio con los suyos, mientras en un espacio de humo, ruido y que es claramente antítesis del lugar propicio para un niño, pueden cohabitar carritos de bebé (no se espanten) o niños de infantil echados sobre taburetes y recostados en un montón de abrigos. Comprendo que la vida que nos envuelve haga necesaria unas horas de esparcimiento. Pero la elección de la paternidad, jamás puede convivir con este modelo. Ni creo que en el fuero interno de un padre con cierta capacidad de reflexión, se albergue un apoyo a esta práctica.

Molestan. Simplemente, los niños molestan. Hemos crecido en familias cada vez más reducidas. Legiones de hijos únicos como servidor. Estructuras monoparentales. Y lo peor, una enorme cantidad de familias que rompieron todo lazo entre ellos, lanzando a veces al aire expresiones jocosas que no dejan de encerrar verdades en el axioma pronunciado. O dicho de otra manera, toda broma esconde una verdad, y cuando oigan aquello de: “familia y trastos viejos, pocos y lejos”, o “tú cómo pasas la navidad, ¿bien o en familia?”, sepan que están ante el modelo que les propongo.

Los niños crecen con un importante desequilibrio personal. La televisión, las más variopintas opciones de videojuegos y todo un universo de distracción dirigido a fomentar diversiones “para uno”, abstraen al menor de ocios donde pueda interrelacionarse con otros. El cultivo del niño casero, aparte de los problemas endocrinológicos que los expertos vienen alertando, construye niños huidizos, introvertidos y a los que molesta el contacto social. Y es preferible acudir a la bollería industrial por un ahorro de tiempo, a la consola (por un descanso temporal “del jugador”) y a la colocación en el hogar de los abuelos del niño, que reconocer que en la sociedad que nos ocupa, las premuras, el desempeño de la vida laboral, el reclamado espacio para el ocio propio y el niño, no caben. No están llamados a entenderse y la paupérrima natalidad europea lo pone de manifiesto. A mí, me preocupa más que en definitiva, es el hijo el que pierde frente a las seducciones de la vida diaria.

Cuando además de todo esto uno oye a una mujer que por el simple hecho de parir está en el derecho de decidir, le queda todo más claro aún que corren malos tiempos para ese ejercicio paterno-filial saludable y correcto. Me sigue pareciendo un reto imposible formar a futuros ciudadanos sanos desde la visión social y cultural, con ese egoísmo latente y patente del que hacemos bandera. Si estudiáramos además la particularidad de un niño en un hogar donde los padres se han separado (o divorciado), aflorarían casos donde el pequeño se convierte en instrumento, arma arrojadiza y elemento mefistofélico en manos de sus mayores. Cuando no, en víctima mortal como hace unas semanas tuvimos que conocer.

Desconozco si todo lo dicho no ha de pasarme factura en un futuro. Tengo claro que a lugares reservados a menores no llevaré jamás a un menor a mi cargo. Y me empeñaré en que encuentre en la calle, en la observación del natural y en un ocio más allá de una realidad virtual servida en pantalla de plasma, la correcta educación. Los valores fundamentales que creo debo transmitir, son los de la amistad, la lealtad a los conocidos y el respeto a los mayores, y por supuesto el sentido de la familia como el conjunto de personas que más allá de la vinculación genética, se convierte en el oasis del recuerdo, la memoria y la verdad. En mi caso fue así y sigue sorprendiendo que primos segundos nos llamemos con inquebrantable sentimiento familiar. Muchos, no lo entiende; es algo de lo que me jacto.

No hay un único personaje oscuro. No ha dejado de existir Herodes, lacayo de Roma. Ni es el aquel el único sitio donde mueren infantes. Pero yo hoy, en la festividad de los Santos Inocentes, me he querido acordar que más allá de las tradicionales bromas socarronas de la jornada, los niños del siglo XXI sufren su particular matanza, desde el útero materno al de la privación de su papel de niños en este mundo egoísta y personalista.

No hay comentarios: