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miércoles, 22 de diciembre de 2010

Juan Tortosa

Casi que puedo de memoria asegurar que fue o bien el 19, o el 26 de septiembre de 1995. Seguro (como que escribo esto), era martes. Años después él mismo nos confesó a un grupo de ex alumnos, que su primera clase fue con nosotros. Un 2º de BUP (ahí me baila un poco la memoria, de modo que me corrija Pedro Lloréns, pero creo que la letra B) que acababa de comenzar y que lo recibió impactado. Era, la primera vez en aquel Agustinos de Granada, privado, masculino y más próximo a otros tiempos pasados que a estos, que alguien tan joven iba a darnos clase. Y con una metodología tan particular, próxima y cercana. Una verdadera revolución educativa en las mentes de aquellos alumnos que no hacía mucho habían cumplido los 15 años (algunos estaban en ciernes) y se topaban de bruces con un profesor distinto que acabaría marcándonos.

El Padre Miguel (q.e.p.d.) se había puesto enfermo en los meses anteriores. Los alumnos que nos llevaban un año procuraron advertirnos de la suerte que para nosotros supondría no conocer sus métodos didácticos. Lo cierto es que el Padre Miguel era, con toda su dureza e intachable mano dura, uno de los profesores más queridos. Subía al estrado de la pizarra un recién licenciado en Matemáticas, con mucho de provisionalidad en su contrato. Nadie dudó jamás que regresaría el Padre Miguel, que el nuevo, el joven y nuevo profesor de matemáticas si acaso, iba a estar un par de trimestres con nosotros.

Se preocupó hasta la saciedad de explicarnos los enrevesados vericuetos de la ciencia exacta. Los que acabaríamos en Letras, sufrimos estoicamente esas lecciones numéricas, de derivados y otras tantas. Pero aprendimos que ante nosotros se ponía un profesor preocupado, capaz de hablarte de tú a tú en un pasillo con el objeto de recuperarte en la nota y en la enseñanza. Nos demostró una tolerancia imposible de advertirla en nuestros queridos, soberbios, magníficos pero estrictos profesores y sacerdotes habituales. Nos permitió actitudes que más que hacernos aflorar un lado travieso o provocativo, sirvió para que el respeto que fuimos cincelando hacia este joven y distinto profesor creciera lo que no fuimos capaces de comprender aquel septiembre de 1995, cuando se estrenó precisamente con nuestra clase y pudo llamarse maestro y docente en el mismo instante que mis compañeros y yo nos llamamos alumnos de él.

Ya en la Universidad, aquel profesor rupturista pasó a ser amigo. Con él topamos en cafeterías, en salidas nocturnas. Con él trabamos amistad, confidencias personales de uno y otro lado y la admiración magisterial dio paso a la franqueza de dos iguales; porque es una grandísima persona. No puedo ponerlo en relación a otros docentes de Matemáticas; y soy, dada mi irredenta condición de hombre de letras con animadversión a las ciencias, poco apropiado para hablar de su labor, que juzgué y juzgaré, en lo que a mí respecta y en cuanto beneficio me procuró, irreprochable. Pero sí digo con la boca llena de estas palabras, que es una de esas excelentes personas que hacen que mi devoción a mi antiguo colegio, a la Orden Agustina Recoleta que lo inspira y a mis docentes de EGB, del Bachillerato, sea plena. Personas como él hacen que se sienta uno orgulloso de haber sido alumno agustino. De haber sido alumno suyo. Por eso este 27 de diciembre no vas a dejar de estar ni un segundo presente en mi cabeza. Y tienes que prometernos que seguirás muchos más años, marcando para bien a tus alumnos, como a aquellos primeros que tuvimos la suerte de verte debutar en el ruedo magisterial y que te llevamos y llevaremos siempre. Como en el video de abajo, queridísimo Juan Tortosa, profesor, docente y amigo Juan, (don Juan de hace 15 años), ESTAMOS CONTIGO.

2 comentarios:

el_hombre_serio dijo...

Esto es lo más grande que he visto en años. Si ese es el espíritu del colegio, que envidia de no haber estudiado en Agustinos.
Feliz Navidad!

David R.Jiménez-Muriel dijo...

Lo es Fran, lo es... Lo era y afortunadamente, vemos que lo es. Porque quizás el Centro Privado carezca del elitismo de otros, pero anda sobrado en metas morales, que le vienen dadas del que inspira toda la Orden y a sus alumnos; el de Hipona, quizás el más reflexivo y enriquecedor teólogo, filósofo y "Doctor" de la Iglesia.

Por cierto, como tú me diste órdenes en su día, Juan, ahora te la doy a ti: PONTE BUENO.