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lunes, 1 de noviembre de 2010

Requiem

Hay flores todo el año, sin que hayamos sabido todavía, quién las pone. Una cuerda escueta y simple atraviesa el sobrio mármol. De ella penden cada cierto tiempo, ramos sencillos. Una de tantas ofrendas para el que allí yace. No es nadie de la familia, pero se empeña en perpetuar su memoria. Si mañana me dijesen qué beneficio, qué rédito, que prebenda quisiera para mí, respondería que acabar mis días recordado como alguien bueno.

Hay flores todo el año y las que se suman por la familia en estas fechas, predican que en efecto, la muerte no es el final. No hay mayor alegría para los que no nos hemos olvidado de ellos, saber que hay desconocidos, por los motivos que sean, que tampoco lo han hecho.

No nos hizo falta blanquear ningún sepulcro, porque lo que hizo en vida lo dejaron pulcro para la muerte. A mi abuelo, quién o quiénes sean, porque se deshizo en pos de los demás, porque en efecto imitó al de Judea, le siguen tributando, tantos años después, el afecto sincero y desinteresado. Y no indagaremos, porque tal vez nos hemos acostumbrado que Manuel, será siempre recordado por el cielo que se ganó en la tierra. Y después de ello, su nombre me sigue acudiendo a la memoria y aseverándome, por qué un día hablaré de él a quien así lo lleve. ¡Seguro!

Pocos pueden presumir de esto. Sus hijos y nietos nos hemos acostumbrado a sabiendas que sin necesidad de Congregaciones para la causa de los santos, tuvimos la inmensa suerte de vivir con uno.

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